Saltar al contenido
Cargando…

Capítulo 26: El verdadero jefe

DNavarrete
Pública 3 conversaciones 7 pensamientos 28 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

El silencio duró apenas unos segundos.

En series

In groups

Pensamiento

Pensamiento

TintaYMadrugada

Lo que me tiene enganchado es que el laberinto deja de girar para confundir y empieza a apuntar. Esa pared que se frena en seco y después sale disparada da más miedo que el tamaño de toda la esfera. Me recuerda a los jefes que en vez de pegar más fuerte t

Lo que me tiene enganchado es que el laberinto deja de girar para confundir y empieza a apuntar. Esa pared que se frena en seco y después sale disparada da más miedo que el tamaño de toda la esfera. Me recuerda a los jefes que en vez de pegar más fuerte te cambian el piso abajo de los pies.

Contenido de la publicación

El silencio duró apenas unos segundos.

 

Después...

 

El servidor entero estalló en un alboroto sin precedentes.

 

En los cielos del Segundo Piso, una barrera transparente y brillante se desplegó en un instante, extendiéndose hasta rodear por completo toda la zona de las Ruinas Eternas. Era como si una cúpula de cristal invisible hubiera caído sobre la región, aislando su interior del resto del mundo.

 

Y dentro de aquel recinto... algo que desafiaba toda lógica y programación estaba ocurriendo.

 

El viejo laberinto de muros fijos y pasillos predecibles había dejado de existir para siempre.

 

En su lugar, cientos de murallas, escaleras monumentales, puentes arqueados y corredores infinitos comenzaron a moverse con una sincronía perfecta, girando lentamente alrededor de un centro que parecía no tener forma ni ubicación exacta.

 

Una capa se deslizaba sobre otra.

 

Luego otra, y otra más.

 

Anillos completos de piedra maciza rotaban en direcciones opuestas, cruzándose entre sí sin chocar jamás. Escaleras que antes subían hacia arriba se inclinaban hasta colocarse en posición horizontal, o incluso boca abajo, mientras los pasillos atravesaban espacios vacíos como si el aire fuera un suelo sólido.

 

Todo el conjunto se unía en una única estructura: una inmensa esfera tridimensional, colosal y compleja, que parecía no tener principio ni final. Era una construcción mecánica de proporciones impensables, un laberinto suspendido en el aire que parecía desafiar las leyes de la física misma.

 

Vista desde lejos, recordaba a una Esfera de Dyson, pero en lugar de metales refinados y tecnología avanzada, estaba construida enteramente con bloques de piedra antigua, columnas desgastadas, fortalezas en miniatura y escalinatas que se perdían en la altura.

 

Y lo más impresionante de todo: su tamaño era tal que podía verse desde cualquier rincón del Segundo Piso, elevándose sobre montañas y valles como un nuevo horizonte.

 

A los pies de aquella maravilla aterradora, Kaede y Hina permanecían inmóviles, con la boca entreabierta y la mirada fija en lo alto. Levantaban lentamente la cabeza, pero cuanto más miraban, más les costaba comprender la magnitud de lo que tenían ante sus ojos.

 

Era tan grande... que incluso desde aquella distancia, apenas podían distinguir dónde terminaban los anillos exteriores y dónde comenzaba la inmensidad del vacío que los rodeaba.

 

—Esto... —susurró Hina con voz quebrada, como si temiera que sus palabras pudieran alterar aquella estructura—. No puede ser simplemente un jefe...

 

Kaede tragó saliva con dificultad, sintiendo cómo un escalofrío le recorría la espalda.

 

—No... —respondió ella, con una mezcla de asombro y temor—. Esto no parece una criatura, ni un mecanismo... parece un mundo entero que ha cobrado vida propia.

 

A su alrededor, las paredes seguían deslizándose con un zumbido grave y constante. Escaleras enteras giraban hasta quedar invertidas, y puentes aparecían de la nada para conectar dos puntos que segundos antes estaban separados por un abismo. Era como observar el engranaje interno de un reloj gigantesco, pero a diferencia de cualquier máquina conocida, aquel reloj respiraba, cambiaba y se transformaba sin cesar.

 

En cuestión de minutos, capturas de pantalla y transmisiones en directo comenzaron a inundar todos los foros y redes del juego. Miles de jugadores compartían las imágenes desde todos los ángulos posibles, y los mensajes se acumulaban a una velocidad que casi colapsaba los servidores de comunicación.

 

—¡¿QUÉ ES ESA COSA?! ¡NUNCA HABÍAMOS VISTO NADA IGUAL!

 

—¡TODO EL SEGUNDO PISO HA CAMBIADO DE FORMA!

 

—¡NO ES UN EVENTO TEMPORAL! ¡ES LA VERDADERA FORMA DE LAS RUINAS!

 

—¡ENTONCES ARGOS NO ERA EL JEFE! ¡ESTA ES LA VERDADERA PRUEBA!

 

—¡¿ALGUIEN MÁS LO ESTÁ VIENDO O ES QUE MI JUEGO SE HA ROTO?!

 

En muy poco tiempo, no había un solo jugador en todo el servidor que no supiera lo que estaba ocurriendo en las Ruinas Eternas.

 

Mientras tanto, en las oficinas centrales de desarrollo, el silencio era absoluto. Decenas de programadores, diseñadores y supervisores permanecían de pie, con la mirada clavada en las pantallas de control, observando los datos que llegaban en tiempo real.

 

Uno de ellos fue el primero en romper el silencio, con voz tensa.

 

—¿Confirmado? ¿La activación es legítima?

 

Otro revisó las lecturas con rapidez y asintió con firmeza.

 

—Confirmado al cien por cien. Es la primera vez que se registra desde el lanzamiento oficial del juego. Nadie había logrado dañar al núcleo lo suficiente para desencadenar este protocolo.

 

El director del equipo respiró hondo, soltando una larga exhalación que llevaba retenida desde hacía minutos. Luego, una sonrisa de satisfacción y desafío apareció en su rostro.

 

—Entonces no tiene sentido ocultarlo ni limitarlo. Es el momento de mostrar lo que realmente hemos construido.

 

Todos levantaron la vista, esperando sus órdenes.

 

—Transmitan la batalla en abierto.

 

—¿A todas las ciudades principales? —preguntó un asistente.

 

—A todas. A cada plaza, a cada taberna, a cada pantalla pública del servidor. Que todos los jugadores puedan ver cómo es enfrentarse al verdadero corazón de este lugar.

 

En apenas unos segundos, miles de pantallas gigantescas distribuidas por las ciudades comenzaron a encenderse con un brillo suave. Un aviso apareció en letras doradas sobre fondo oscuro:

 

━━━━━━━━━━━━━━━

 

EVENTO ESPECIALPROTOCOLO DE DEFENSA MÁXIMA ACTIVADO

 

Transmisión oficial iniciada.

 

━━━━━━━━━━━━━━━

 

Los jugadores que caminaban por las calles, comerciaban en los mercados o entrenaban en las plazas levantaron inmediatamente la vista. Todas las pantallas mostraban la misma imagen: una joven domadora, montada sobre el lomo de un enorme lobo de pelaje negro como la noche, corriendo a toda velocidad por los pasillos de aquella esfera imposible.

 

En el interior de la Academia, Reika y Reina permanecían inmóviles frente a la pantalla, sin pronunciar palabra, con la respiración contenida. Cada movimiento que veían las dejaba más impresionadas que el anterior.

 

Fern corría con agilidad sobre una escalera de piedra que se deslizaba lentamente hacia un lado. Solo unos segundos después, aquella misma escalera giraba ciento ochenta grados, transformándose en una pared vertical, y el lobo seguía avanzando sin perder el equilibrio, como si la gravedad se hubiera ajustado a su nueva posición.

 

Al instante siguiente, una plataforma surgía de entre las sombras, seguida de un puente que se extendía como un brazo. Más arriba, Lyn surcaba el aire describiendo amplios círculos, observando la estructura desde una perspectiva que nadie más podía alcanzar, mientras Regulus volaba a poca distancia, explorando corredores y cámaras que quedaban fuera de la vista desde el suelo. Ambos enviaban constantemente información a Aoi mediante señales, chillidos y movimientos coordinados. Era la única forma de no perderse en aquella arquitectura cambiante.

 

Reina tragó saliva, con los ojos muy abiertos.

 

—¿Cómo hace para saber hacia dónde ir? Si todo se mueve, ¿cómo puede tener un rumbo fijo?

 

Reika no apartó la vista de la imagen, analizando cada detalle con atención. Primero siguió el vuelo de Lyn, luego el de Regulus, y finalmente la figura de Aoi, que permanecía erguida sobre el lobo.

 

—No lo hace sola —respondió con voz grave—. Es un trabajo en equipo. Los cuatro están explorando al mismo tiempo.

 

Señaló con el dedo la pantalla.

 

—Mientras Fern corre por el suelo, Lyn observa desde lo alto para ver el panorama general. Regulus se adentra en los pasillos más estrechos para comprobar si son seguros. Y Aoi recibe toda esa información, la ordena y la interpreta en tiempo real.

 

La imagen mostró cómo Aoi movía apenas uno de sus abanicos, señalando hacia un lado con un gesto preciso. Fern cambió de dirección al instante, sin dudar ni un segundo.

 

—Está construyendo un mapa mental —murmuró Reika, asombrada—. Un mapa que se actualiza a cada segundo, justo mientras el laberinto sigue moviéndose y transformándose.

 

Reina negó con la cabeza, incapaz de creer lo que veía.

 

—Eso no es solo habilidad... es una locura.

 

Dentro de la inmensa esfera, la sensación era aún más intensa.

 

Fern corría con la fuerza y la agilidad de una criatura hecha para moverse en terrenos imposibles. Bajo sus patas, las escaleras giraban y los muros cambiaban de posición; en algunos sectores la gravedad tiraba hacia el suelo, en otros hacia las paredes, e incluso en algunas zonas parecía no existir, obligándolos a aferrarse a los salientes. Pero el lobo seguía avanzando, guiado únicamente por las indicaciones precisas de Aoi.

 

—¡Derecha, rápido! —gritó ella.

 

Fern giró bruscamente, evitando que el camino se cerrara detrás de ellos.

 

—¡Salta! ¡Ahora!

 

El lobo se impulsó con todas sus fuerzas justo en el momento en que el suelo desaparecía bajo sus patas, cayendo sobre una plataforma que acababa de emerger.

 

—¡Agáchate!

 

La siguiente pared pasó rozando sus cabezas con un viento que levantaba polvo y pequeños fragmentos de roca.

 

Desde lo alto, Regulus descendió en picada, emitiendo un sonido grave que indicaba un camino seguro. Lyn respondió con un chillido agudo desde el otro extremo, marcando una zona donde los engranajes se movían más lento.

 

Todo parecía funcionar con una sincronía perfecta, como si cada uno conociera el papel que debía cumplir.

 

Hasta que todo cambió.

 

Una de las murallas que tenían delante dejó de girar con suavidad. Se detuvo en seco, con un sonido metálico que resonó por todo el corredor.

 

Aoi frunció el ceño, sintiendo que algo en el aire se había vuelto más pesado y hostil.

 

—...

 

Algo no estaba bien. El mecanismo ya no se movía solo para cambiar de forma; ahora parecía estar apuntando.

 

De repente, aquella pared salió disparada hacia adelante con una velocidad increíble. No giró, ni se deslizó, ni se desmoronó: atacó, como si fuera el brazo de un gigante que quería aplastar a sus intrusos.

 

—¡¡Fern, esquiva!!

 

El enorme lobo saltó hacia un lado con una agilidad sorprendente, apenas una fracción de segundos antes del impacto.

 

¡¡BOOOOOM!!

 

El estruendo sacudió toda la estructura. La pared atravesó por completo el corredor donde habían estado hacía un instante, lanzando fragmentos de roca por todas partes con una fuerza devastadora.

 

Pero no fue la única.

 

Otra escalera cambió bruscamente de trayectoria, inclinándose para golpear como un mazo. Después, un puente giró sobre su eje intentando lanzarlos al vacío, mientras los pasillos comenzaban a cerrarse como fauces gigantescas.

 

Toda la esfera había dejado de ser un simple laberinto para convertirse en un depredador vivo. Los engranajes ya no se movían para confundir, sino para atacar, rodear y aplastar.

 

Y ellos... se habían adentrado directamente en el interior de su cuerpo.

 

Fern aceleró al máximo, saltando de una plataforma a otra, deslizándose bajo techos que bajaban y esquivando columnas que se movían como tentáculos. Aoi sujetaba con fuerza a Puddle, que todavía descansaba entre sus brazos, mientras mantenía un abanico abierto en la otra mano, atenta a cada indicación de sus compañeros.

 

—¡Lyn! ¿Qué ves en el nivel superior?

 

Un chillido agudo y claro respondió desde lo más alto, marcando un camino libre.

 

—¡Regulus! Comprueba si hay acceso al centro.

 

—¡Rrrr! —respondió el dragón, alejándose velozmente.

 

Ambos recorrían zonas diferentes, explorando y señalando cada rincón de aquella esfera colosal. Su objetivo ya no era solo sobrevivir a los ataques: buscaban el punto central, el núcleo que mantenía toda aquella estructura en movimiento.

 

Porque ahora ya no había ninguna duda.

 

La batalla contra Argos, el golem de piedra, había terminado hacía mucho tiempo. Aquella había sido solo la prueba de entrada.

 

La verdadera batalla, contra el ser que había habitado en las ruinas desde el principio, acababa de comenzar.

 

Y en ese momento, millones de ojos en todo el servidor observaban en silencio, sabiendo que estaban presenciando el enfrentamiento más grande que jamás se hubiera visto en la historia del juego.

 

Dentro de la inmensa esfera, el tiempo parecía haber perdido todo significado.

 

No existía un verdadero arriba, ni un abajo definido. La gravedad cambiaba según el sector, inclinándose hacia los laterales, rotando en espirales o desapareciendo por completo en ciertos corredores. Cada poco segundo, las escaleras giraban sobre su propio eje, los pasillos se deslizaban para cambiar de dirección y las paredes se desplazaban como enormes engranajes vivos, sincronizados en un movimiento constante y casi hipnótico.

 

Aun así, en medio de aquel caos geométrico, Aoi seguía avanzando.

 

No se movía al azar. Nunca al azar.

 

—Fern… otra vez.

 

El enorme lobo negro comprendió la orden al instante. Tomó aire profundamente, llenando sus pulmones hasta el límite, y dejó escapar un sonido que hizo vibrar la misma piedra bajo sus patas.

 

—¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUU!!

 

El potente aullido recorrió cada rincón de la estructura, amplificado al instante cuando Aoi abrió uno de sus abanicos. La gema incrustada en su centro comenzó a brillar con una luz azulada y cálida, canalizando su magia para multiplicar el alcance de la onda sonora. Lo que habría sido un sonido común se transformó en una red invisible que se extendía por cientos de pasillos al mismo tiempo.

 

Aoi cerró lentamente los ojos y dejó de mirar para empezar a escuchar. No con sus oídos físicos, sino a través de la magia que conectaba su mente con cada rebote. Cada eco que regresaba le entregaba una información precisa: la forma de una pared, la longitud de un corredor, la inclinación de una escalera, el vacío que separaba una plataforma de otra, la distancia exacta entre dos puntos.

 

Poco a poco, en su mente se iba construyendo un mapa tridimensional, vivo y cambiante, que se actualizaba segundo a segundo.

 

—Ya cambió otra vez… —murmuró en voz baja, sintiendo cómo las rutas se reacomodaban.

 

Pero lejos de mostrar frustración o desesperación, una sonrisa confiada apareció en sus labios.

 

—Entonces solo tengo que seguir actualizando el mapa.

 

Al otro lado de la transmisión, millones de jugadores observaban con la respiración contenida, siguiendo cada movimiento con atención absoluta.

 

—¡Otra vez está usando la ecolocalización! —comentó uno, con admiración en la voz—. ¿No se cansa de mantener ese nivel de concentración?

 

—Es imposible memorizar un laberinto que cambia cada segundo… —añadió otro, sacudiendo la cabeza—. Nadie podría seguirlo así.

 

En la sala de estrategia, Darius negó lentamente con la cabeza, con la mirada fija en la pantalla.

 

—Precisamente por eso no intenta memorizarlo —explicó con calma—. Lo entiende.

 

Todos guardaron silencio, esperando que continuara.

 

—Aoi ya captó el principio que rige esta estructura. Si realmente funciona como una Esfera de Dyson, como hemos visto, entonces todo este conjunto de anillos, murallas y escaleras gira alrededor de un eje central fijo.

 

Mireya abrió los ojos, comprendiendo de inmediato.

 

—¿El centro?

 

—Exactamente —asintió Darius, señalando el punto vacío que aparecía marcado con una luz tenue en la representación esquemática que mostraba la pantalla—. Toda máquina necesita un eje que la sostenga. Todo mecanismo complejo necesita un punto desde el cual se controla todo el movimiento. Y si Argos es quien gobierna esta estructura… su verdadero núcleo tiene que estar ahí, en el corazón de la esfera.

 

Las palabras se extendieron rápidamente por todos los canales de comunicación, y los foros explotaron en cuestión de segundos.

 

    —¡¡Tiene todo el sentido del mundo!!—¡No busca la salida! ¡Busca el centro!

 

—Está atravesando el laberinto para ir directamente a su dueño.

 

—¡Esto ya no es escapar, es una invasión!

 

Dentro de la esfera, la carrera continuaba sin descanso.

 

Fern corría con la agilidad de una criatura nacida para moverse en terrenos imposibles. Saltaba entre plataformas que aparecían y desaparecían, atravesaba corredores que se estrechaban en su camino y avanzaba por paredes verticales o techos inclinados, adaptándose a cada cambio de gravedad sin perder el equilibrio.

 

Cada vez que una sección de escalera descendía con la intención de aplastarlos o un puente giraba para lanzarlos al vacío, Aoi levantaba apenas uno de sus abanicos y daba una orden seca y precisa.

 

—Izquierda, tres pasos.

 

Fern giraba sin dudar.

 

—Arriba, salto largo.

 

El lobo se impulsaba con fuerza, alcanzando la siguiente plataforma justo cuando el suelo anterior se deslizaba hacia un lado.

 

—Ahora baja, rápido.

 

Todo ocurría con una sincronía y precisión casi perfectas, como si ambos compartieran un solo pensamiento.

 

Pero no estaban solos en esa tarea.

 

Más arriba, surcando los espacios vacíos entre los anillos exteriores, Lyn recorría la estructura en vuelo constante. Su vista aguda le permitía detectar los huecos más estrechos y las zonas donde el movimiento de las piezas era más lento. Cada vez que encontraba un recorrido más corto o seguro, emitía un chillido agudo y claro que resonaba en el aire.

 

—¡Kiii!

 

Aoi sonreía al reconocer la señal.

 

—Entendido. Cambiamos de ruta.

 

Y Fern modificaba su trayectoria al instante.

 

Por su parte, Regulus, aunque todavía era un dragón recién nacido y de tamaño reducido, ya comenzaba a demostrar por qué su especie era considerada legendaria. Cuando alguna pared o columna se movía demasiado rápido y resultaba imposible esquivarla, el pequeño dragón desplegaba sus alas, envolviéndolas en llamas intensas y brillantes, y lanzaba un golpe seco con toda su fuerza.

 

—¡¡Rrrrr!!

 

—¡BOOM!

 

El impacto no destruía la estructura completa —era demasiado sólida para eso—, pero sí lograba romper las secciones más delgadas o desviar el curso de la pieza amenazante, abriéndoles paso justo a tiempo.

 

—Buen trabajo, Regulus —le decía Aoi con voz suave.

 

El pequeño dragón inflaba orgullosamente el pecho, emitiendo un sonido de satisfacción.

 

—¡Rrr!

 

Sin embargo, cada esfuerzo tenía un precio que no tardaba en hacerse notar.

 

Fern comenzaba a jadear, su respiración se volvía más profunda y pesada. Cada aullido consumía una cantidad inmensa de energía, y aunque el abanico de Aoi le proporcionaba un refuerzo temporal para resistir más de lo que su cuerpo naturalmente permitía, el cansancio se acumulaba paso a paso.

 

Regulus también respiraba con más dificultad; cada vez que encendía sus alas, gastaba una parte importante de su reserva de fuego y energía vital. Lyn, por su parte, llevaba varios minutos volando sin descanso, explorando y vigilando desde lo alto.

 

Y Aoi era quien soportaba la carga más pesada.

 

Mantener la ecolocalización, coordinar a tres compañeros, amplificar sus habilidades y procesar en tiempo real un mapa que cambiaba cada segundo exigía un gasto constante de maná. Abrió rápidamente su inventario, sacó una botella de cristal azul y la bebió de un solo trago.

 

—Poción de maná… —murmuró mientras la dejaba vacía y la desechaba.

 

Inmediatamente tomó otra, y luego otra más.

 

—Ya va por la quinta en menos de veinte minutos —comentó Mireya al observar los indicadores que aparecían en la transmisión.

 

Darius asintió con seriedad, sin apartar la vista de la pantalla.

 

—No está luchando solo contra el laberinto —dijo en voz baja—. Está luchando contra el tiempo. Si Aoi se queda sin maná, todo el sistema se derrumbará. Sin el abanico, Fern perderá su refuerzo; la ecolocalización se reducirá a una fracción de su alcance; la coordinación entre ellos será mucho más lenta. Y atravesar esta estructura sin guía… sería prácticamente imposible.

 

Mientras tanto, en el regazo de Aoi, Puddle seguía descansando profundamente. Su cuerpo, que había perdido brillo y consistencia tras el combate anterior, recuperaba lentamente su color y su energía. Los números que indicaban su nivel de maná subían con calma pero sin detenerse: 20%, 24%, 29%, 32%…

 

Aoi bajó la mirada y esbozó una sonrisa tranquila, acariciando suavemente la superficie suave del pequeño slime.

 

—Descansa todo lo que necesites —le susurró—. Pronto volveré a necesitar toda tu fuerza.

 

—Pui… —respondió Puddle con un sonido débil pero reconfortante, sin llegar a abrir los ojos.

 

De nuevo, Aoi ordenó otro aullido.

 

La onda sonora se expandió por todos los rincones, rebotando en las paredes y regresando a su mente. Pero esta vez, algo cambió.

 

Las ondas no se dispersaban en todas direcciones como antes. Una parte de ellas, la más fuerte y profunda, se deslizaba entre los anillos giratorios y convergía hacia un único punto, como si una fuerza invisible las estuviera atrayendo.

 

Aoi abrió lentamente los ojos, con la mirada fija en la distancia, más allá de las escaleras, más allá de los puentes que se cruzaban en el camino.

 

—Lo encontré…

 

Fern dejó escapar un gruñido de comprensión y alivio. Lyn descendió en picada hasta colocarse justo encima de ellos, y Regulus giró en el aire para situarse a su lado, listo para proteger el avance.

 

Aoi levantó la mano y señaló directamente hacia el centro geométrico de la inmensa esfera, donde la luz parecía concentrarse y donde el movimiento de las piezas se volvía más lento y pesado.

 

—Ahí está. El eje. El núcleo.

 

Su voz sonó firme, segura.

 

—Argos está allí.

 

Por primera vez desde que comenzó esa segunda fase, ya no corrían para escapar de un laberinto que los atacaba. Ahora sabían exactamente hacia dónde debían dirigirse.

 

Y el verdadero avance, el que los llevaría al enfrentamiento final, acababa de comenzar.

 

El recorrido hasta el centro había sido una auténtica carrera de resistencia contra el tiempo, la fatiga y una estructura que parecía tener vida propia.

 

Cada paso avanzado costaba una porción de maná. Cada salto entre plataformas inestables consumía energía que no se recuperaba. Cada segundo transcurrido obligaba a Fern a girar, agacharse o saltar para esquivar una pared que se cerraba como una mandíbula o una escalera que descendía como un mazo de piedra.

 

Pero a pesar de todo, seguían avanzando. Una y otra vez, sin rendirse.

 

Gracias a la ecolocalización, Aoi conseguía actualizar su mapa mental segundo a segundo, transformando el caos geométrico en una ruta clara y definida. Mientras tanto, Lyn, desde lo alto, y Regulus, explorando los pasillos laterales, cubrían cada punto ciego que el eco no lograba alcanzar, corrigiendo la trayectoria antes de que pudieran caer en una trampa.

 

Sin embargo, el desgaste ya comenzaba a hacerse visible en todos.

 

Fern respiraba con fuerza, sus costados subían y bajaban con rapidez, y su pelaje negro estaba cubierto de una fina capa de polvo antiguo y surcado por pequeños rasguños causados por los roces continuos contra las superficies móviles.

 

Regulus ya no lanzaba llamaradas amplias ni ataques de gran alcance; ahora reservaba cada chispa de fuego solo para aquellos obstáculos que resultaban imposibles de esquivar, golpeando con precisión para abrir un paso sin gastar más energía de la estrictamente necesaria.

 

Lyn seguía surcando el aire, pero sus movimientos ya no eran tan ligeros ni rápidos como al principio; cada giro requería un esfuerzo que antes no se notaba.

 

Y Aoi era quien cargaba con la mayor parte del peso.

 

Levantó la mano y observó el frasco vacío que acababa de beber. La luz azulada que llenaba su interior se había desvanecido por completo.

 

—Es la última —murmuró en voz baja, dándole la vuelta para asegurarse de que no quedara ni una gota.

 

Lo guardó con cuidado en su inventario, con la mirada fija en la distancia.

 

—Espero que con esta lleguemos justo a tiempo.

 

No quedaban más reservas. Si la batalla se alargaba demasiado, su maná se agotaría y todo su sistema de guía y protección se desmoronaría.

 

—¡Otra vez! —ordenó con firmeza.

 

Fern tomó aire hasta llenar sus pulmones, y en cuanto soltó el sonido, Aoi abrió su abanico. La gema brilló con intensidad, amplificando el aullido hasta convertirlo en una onda sonora poderosa que atravesó cada rincón de la estructura.

 

—¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUU!!

 

Las ondas viajaron entre los anillos giratorios, rebotando en muros, escaleras y puentes, regresando a su mente con miles de datos en fracciones de segundo.

 

Aoi cerró los ojos y dejó que la información fluyera.

 

Escaleras que rotaban.

 

Muros que se deslizaban.

 

Vacíos profundos y corredores estrechos.

 

Todo seguía moviéndose, cambiando y reacomodándose sin cesar…

 

Pero entre toda esa confusión, detectó algo distinto.

 

Una zona diminuta, pero definida.

 

Completamente inmóvil.

 

Sin vibraciones, sin desplazamiento, sin movimiento alguno.

 

Una sonrisa de alivio y determinación apareció lentamente en su rostro.

 

—Ya casi… ya estamos ahí.

 

Fern aceleró de inmediato, aprovechando el último tramo más despejado. Los anillos exteriores comenzaron a quedar atrás uno tras otro, reduciendo progresivamente la complejidad del camino.

 

Fuera de la inmensa esfera, millones de jugadores seguían pegados a las pantallas, sin atreverse ni a parpadear.

 

—¿Hasta dónde ha llegado ya?

 

—¿Está cerca del centro? ¡No es posible que haya recorrido tanto!

 

—Si esto sigue así… va a llegar hasta el corazón mismo.

 

La transmisión cambió entonces su perspectiva, mostrando por primera vez una vista panorámica desde el interior hacia el centro. Las incontables capas de piedra giraban unas sobre otras, cruzándose en direcciones opuestas, formando un mecanismo gigantesco y perfecto.

 

Y en medio de todo ese movimiento, suspendida en el vacío, había una figura que rompía con toda la dinámica: una esfera maciza de piedra negra, mucho más pequeña que el resto de la estructura, pero con una presencia que imponía respeto.

 

Cada pared, cada puente, cada escalera del laberinto giraba alrededor de ella, como si fuera el eje que sostenía todo el sistema. Era el punto fijo, el origen de todo el movimiento, el centro absoluto.

 

En la sala de control de la transmisión oficial, Darius se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos.

 

—…

 

Mireya apenas pudo articular palabra, con la voz entrecortada por la impresión.

 

—Esa es… esa es la fuente de todo.

 

Darius asintió lentamente, sin apartar la mirada.

 

—El núcleo. El verdadero cuerpo de Argos.

 

En la Academia, Reina abrió los ojos despacio, con la respiración contenida.

 

—Lo encontró… realmente ha llegado hasta allí.

 

Reika sonrió con orgullo, cruzándose de brazos.

 

—Sabía que no se detendría hasta dar con lo que buscaba.

 

En la entrada de las Ruinas Eternas, Kaede dejó escapar un largo suspiro, sintiendo cómo la tensión acumulada comenzaba a soltarse.

 

—Ha llegado… ha atravesado todo el laberinto.

 

Hina no podía apartar la vista de la imagen proyectada en su pantalla portátil.

 

—De verdad lo ha conseguido… nadie había logrado siquiera acercarse tanto.

 

En el mercado principal de la ciudad más grande del Segundo Piso, Kyouka simplemente se echó a reír. No era una risa burlona ni arrogante, sino una llena de admiración y asombro.

 

—Lo encontraste… ni siquiera los equipos de exploración más preparados llegaron a la mitad del camino. Y tú lo hiciste sola, con tus compañeros.

 

Mientras tanto, en el interior de la esfera, Fern redujo lentamente su velocidad hasta detenerse.

 

Frente a ellos, solo quedaba una última barrera: una inmensa escalera en forma de anillo, que giraba con más lentitud y solidez que todas las anteriores. Era la penúltima capa.

 

Más allá de esa barrera, ya no existían más caminos, ni puentes, ni pasillos. Solo un espacio completamente vacío, inmenso y silencioso, que separaba la última estructura del punto central.

 

Y en el centro absoluto de todo, flotando en el aire sin ningún soporte visible, se alzaba aquella esfera de piedra negra, lisa y opaca, que irradiaba una sensación de poder inmóvil y antiguo. Era el verdadero núcleo de Argos, el corazón que daba vida a todo el laberinto.

 

Aoi calculó la distancia con precisión, midiendo la velocidad de rotación de la escalera y la estabilidad del aire.

 

—Unos cinco metros exactos…

 

Fern también observó el vacío, midiendo con sus propios instintos la distancia. El lobo podría cubrirla de un solo salto sin ninguna dificultad física; era una distancia que en cualquier otro terreno no representaría ningún reto.

 

Pero Aoi negó lentamente con la cabeza, frunciendo el ceño.

 

—No podemos hacerlo así.

 

Fern soltó un gruñido bajo, como si compartiera la misma duda.

 

Mientras permanecían apoyados sobre la escalera, tenían un punto de apoyo sólido y podían reaccionar, esquivar o cambiar de dirección si algo ocurría. Pero en el aire, durante el salto, quedarían totalmente expuestos: sin suelo bajo sus patas, sin paredes a las que aferrarse, sin posibilidad de frenar ni desviarse.

 

Si Argos decidía atacar justo en ese momento, no tendrían dónde esconderse ni cómo defenderse. Todo terminaría en cuestión de segundos.

 

Regulus descendió hasta quedar al nivel de Aoi, miró primero el vacío que los separaba, luego la esfera negra y finalmente volvió la vista hacia su domadora, emitiendo un sonido grave y pensativo.

 

—Rrr…

 

Lyn aterrizó sobre el lomo de Fern, con las alas ligeramente desplegadas y la mirada fija en el núcleo, tan seria como el resto.

 

El siguiente movimiento sería decisivo. No habría segundas oportunidades.

 

En todas las ciudades del servidor, el silencio era absoluto. Miles de jugadores permanecían inmóviles frente a las pantallas gigantes, muchos con las manos apretadas, conteniendo la respiración sin darse cuenta. Para ellos, ya no se trataba de una simple transmisión de juego; parecían estar presenciando el nacimiento de una leyenda.

 

En los foros, los mensajes aparecían con una velocidad incesante:

 

—Da igual el resultado final. Ya ha hecho historia.

 

—Llegó más lejos que cualquier equipo de élite, y lo hizo completamente sola.

 

—Con solo tres compañeros domesticados. Nadie podrá volver a decir que los domadores son una clase débil.

 

—Esto cambia todo lo que sabíamos sobre el Segundo Piso.

 

En distintas salas privadas, donde se reunían los líderes de los gremios más poderosos e influyentes, la tensión también era palpable.

 

Uno de ellos rompió el silencio, con voz firme y decidida.

 

—La quiero en mi gremio. Sin condiciones, ofrezco lo que pida.

 

Otro respondió de inmediato, sin dejar espacio a dudas.

 

—Olvídalo. Nosotros nos pondremos en contacto primero.

 

—No —replicó un tercero—. Yo haré la oferta personalmente. Nadie más tiene prioridad.

 

Un cuarto líder sonrió con una mirada calculadora.

 

—Después de lo que está logrando hoy… toda la comunidad intentará reclutarla. Ya no importa si gana o pierde esta batalla.

 

Aoi había conseguido algo que nadie había logrado en toda la historia del servidor:

 

Había descubierto la verdadera forma del jefe final del Segundo Piso.

 

Había obligado a Argos a activar un protocolo de defensa desconocido hasta entonces.

 

Y ahora, estaba a solo unos metros de convertirse en la primera persona en llegar hasta el corazón mismo del Laberinto Viviente.

 

Solo quedaba un último paso por dar.

 

El más corto en distancia, pero el más peligroso de todos.

 

Cruzar el vacío y llegar hasta el núcleo.

Thoughts

  • CapituloTrasCapitulo

    Argos resultando ser la prueba de entrada me dejó pensando todo el rato. Desde que apareció el golem venía convencida de que el piso terminaba ahí. Apuesto a que el núcleo negro tampoco es el final.

    Permalink
  • TintaYMadrugada

    Lo que me tiene enganchado es que el laberinto deja de girar para confundir y empieza a apuntar. Esa pared que se frena en seco y después sale disparada da más miedo que el tamaño de toda la esfera. Me recuerda a los jefes que en vez de pegar más fuerte te cambian el piso abajo de los pies.

    Permalink
  • rgaray4116

    Cinco pociones en veinte minutos y después la última, dada vuelta para ver que no cayera ni una gota. En eso me quedé pegado, más que en la esfera gigante. Los gremios ya se la pelean en sus salas privadas y ella ahí contando frascos vacíos. Se nota que lo que la puede matar acá es el maná que se acaba, mucho antes que Argos.

    Permalink
  • MarianelaVidal

    Puddle durmiendo en el regazo mientras el maná sube de a poquito, 20, 24, 29, y en todo el servidor nadie lo está mirando. Todos miran la esfera. A mí me pasa que me llevo esa esquinita del capítulo y no el ruido de los foros, y me suena que ese slime es el que va a terminar salvando el salto al núcleo, justo cuando ya no haya con qué.

    Permalink

Related posts

  • Capítulo 79: Agnóvar (2)

    Cuarenta y seis horas pasan frente a la grieta.

  • CAPITULO 19: HUYENDO DEL CAOS

    No hay nada más aterrador que caminar bajo un manto de oscuridad del cual eres consciente plenamente, y sabes perfectamente que fueron tus acciones el motivo por el que llegaste allí. En la ciudad…

  • Capítulo 30: no los volveré a perder

    El aire en la habitación ya no pesaba como el día anterior. Había desaparecido la tensión, el miedo y la desesperación que habían acompañado cada segundo de la batalla. Solo quedaba un silencio…

  • Capítulo 29: una decisión universal

    Mientras Aoi descansaba profundamente en el mundo real, y millones de jugadores llenaban cada rincón de los foros intentando desentrañar cada detalle de la batalla, en un rincón reservado y secreto…

  • Capítulo 28: La heroína que cambió el juego

    El silencio cayó sobre el mundo como una manta pesada.

  • Capítulo 27: Una voluntad de Acero

    El inmenso anillo de piedra que custodiaba el corazón del Laberinto giraba lentamente sobre su propio eje, como un reloj antiguo que marcara los últimos segundos de la contienda. A diferencia de…

  • CAPITULO 20: LA CHICA DE CABELLOS DORADOS PRIMERA PARTE

    Y aquí va de nuevo Ark, escapando de quien es, huyendo de lo que fue llamado a realizar, pero nunca iba solo, siempre a su lado estaba su inseparable amigo, el gran y fuerte Yuan, que nunca lo…

  • EPILOGO ENTRE EL 19 Y 20

    La gran base militar de Timitry, la más formidable de las fortificaciones del reino, la que más historias cuenta, la que más resistió, la única capaz de contar con orgullo jamás haber sido tomada,…