El automóvil de Shido-sensei avanzó despacio por la calle tranquila hasta detenerse suavemente frente a la casa. El sonido del motor al apagarse se mezcló con el canto de los grillos y la brisa fresca que traía el anochecer. La profesora soltó el volante con una media sonrisa de satisfacción.
—Bueno... creo que podemos decir que la misión se cumplió. Aunque no exactamente como la habíamos planeado.
Ren soltó una pequeña risa resignada mientras abría la puerta.
—Más o menos es una forma amable de decirlo.
Miyu cruzó los brazos apenas bajó, mirando hacia el vehículo.
—La próxima vez elegimos un lugar donde no haya nada que pueda soltarse, caerse o romperse. ¿Trato hecho?
Lilia inclinó levemente la cabeza con total seriedad.
—Haré todo lo posible para que así sea.
Los tres la miraron un instante y estallaron en una carcajada al mismo tiempo.
—¡No depende de ti que las cosas no se rompan, Lilia! —aclaró Miyu entre risas.
Kaede sonrió sacudiendo la cabeza.
—Solo intenta... no tener que sostener ninguna atracción entera con una sola mano, ¿vale?
Lilia lo pensó unos segundos con mucha atención.
—Lo intentaré con todas mis fuerzas.
Esa respuesta solo consiguió que volvieran a reír con más ganas.
Shido-sensei los miró con ternura desde el asiento del conductor.
—Nos vemos el lunes a primera hora. Descansen todos.
—Hasta el lunes, profesora —respondieron Kaede y Ren al unísono.
—¡Y no llegues antes de que abran las puertas! —le advirtió Miyu a Lilia con una sonrisa traviesa.
Lilia asintió con la misma seriedad de siempre.
—Lo tendré muy presente.
Se despidieron con una última mirada y una sonrisa compartida. Antes de cerrar la puerta, Lilia hizo una pequeña y elegante inclinación de cabeza.
—Gracias por acompañarme hoy. Fue... realmente divertido.
—Para nosotros también —dijo Kaede con calidez—. Nos vemos el lunes.
Lilia bajó del coche y se quedó un instante observando cómo se alejaba. Pero al darse la vuelta hacia la entrada, los tres amigos se quedaron mirándola con una mezcla de asombro y ternura.
Llevaba entre los brazos un enorme peluche de oso que casi le tapaba la cara; colgaban de sus manos dos bolsas grandes llenas de dulces y golosinas; otros tres premios más pequeños, una espada de juguete de brillantes colores, un llavero con forma de estrella y varias bolsas más llenas de recuerdos del parque, todos ganados en los distintos puestos a lo largo del día.
Miyu se llevó una mano a la frente fingiendo desesperación.
—No puedo... es imposible tomarte en serio. Acabas de salvar una familia entera y sostener una cabina con una mano... y vuelves cargada como si hubieras saqueado la tienda de regalos.
Ren suspiró, aunque sonreía.
—Es una imagen bastante... contradictoria. Pero muy ella.
Lilia miró sus bolsas con confusión.
—¿Hice algo incorrecto? ¿Compré demasiado?
—¡No, nada de eso! —respondieron los tres al mismo tiempo.
Y una vez más, la risa se apoderó de ellos.
Lilia se despidió con un gesto y caminó hacia la puerta de la casa. Estaba entreabierta, y desde el interior llegaban voces animadas. Iba a anunciar su llegada como siempre hacía... pero se detuvo al escuchar lo que decían.
En la sala de estar, Aiko tenía la tableta apoyada sobre las rodillas, y en la pantalla se veía una grabación nítida del momento exacto en que Lilia sujetaba la cabina con una sola mano mientras se aferraba a la estructura con la otra.
—¡Mírala otra vez! —decía Aiko con una sonrisa enorme, llena de emoción—. ¡Es increíble! ¡Ni siquiera se mueve un poco!
El padre de Haru estaba sentado en el sofá observando el vídeo con los ojos brillantes de orgullo.
—Nuestro hijo siempre supo elegir muy bien a las personas que quería a su lado. Nunca se equivocó en eso.
La madre terminaba de colocar los platos y los cubiertos sobre la mesa del comedor, deteniéndose un instante para mirar la pantalla.
—No me sorprende en absoluto —dijo con suavidad—. Haru nos dijo en sus cartas que Lilia era una chica maravillosa, valiente y leal.
Aiko volvió a poner el fragmento una y otra vez.
—¡Y mira cómo salta! ¡Parece que vuela! ¡Es genial!
El padre soltó una pequeña risa cálida.
—Tenemos una hija de la que podemos sentirnos muy orgullosos.
La madre asintió con total naturalidad, mirando después hacia la pequeña fotografía de Haru que descansaba sobre el altar familiar.
—Así es. Si nuestro hijo la consideraba su hermana... entonces también es nuestra hija. Y eso es algo que no cambiará nada.
Lilia se quedó inmóvil en el umbral. Aquellas palabras resonaron en su interior con una fuerza que no esperaba: “Nuestra hija”.
En todo el tiempo que recordaba, nadie la había llamado así. En el ejército demoníaco solo había superiores, instructores, comandantes y órdenes. Nunca una palabra que hablara de pertenecer, de lazos de sangre o de cariño sin condiciones. No sintió rechazo, ni extrañeza desagradable: al contrario, era como si algo cálido y suave empezara a llenar un espacio en su pecho que hasta entonces había estado vacío. Sin darse cuenta, una pequeña y sincera sonrisa apareció en sus labios.
Respiró hondo, empujó suavemente la puerta y entró.
—Ya regresé.
Los tres giraron hacia ella de inmediato.
—¡¡Lilia!!
Aiko casi saltó del sofá. En un abrir y cerrar de ojos ya estaba frente a ella, tomándola suavemente de la muñeca y llevándola hacia donde estaba la tableta.
—¡Ven, ven rápido! ¡Tienes que ver esto! ¡Hay un montón de vídeos tuyos circulando!
—¿Vídeos... míos? —preguntó Lilia, dejando sus cosas sobre una silla y sentándose junto a ella.
Aiko comenzó a pasar las grabaciones una tras otra: unas tomadas desde el suelo, otras desde cabinas cercanas, algunas mostrando el momento exacto en que saltaba entre las estructuras, y la mayoría deteniéndose en la imagen de ella sosteniendo el peso que nadie más habría podido mover.
—¡Mira este! ¡Se ve perfecto cómo aterrizas!
—¡Y este otro! ¡Desde aquí se nota lo fuerte que eres!
Lilia observaba cada imagen con curiosidad. Nunca se había visto a sí misma actuar desde fuera, como si fuera una extraña.
—Es... muy extraño —murmuró—. No me imaginé que me viera así.
—¡Pero también es impresionante! —exclamó Aiko con los ojos brillantes.
Desde el comedor la madre los llamó con cariño.
—¡La cena ya está lista! Entren antes de que se enfríe.
El padre se levantó del sofá.
—Vamos. Hoy toca comer bien y descansar.
Aiko tomó entonces la mano de Lilia con mucha más suavidad, apretándola un instante.
—Vamos, hermanita.
Lilia se quedó quieta un segundo. “Hermanita”. La palabra todavía le resultaba ajena, todavía no sabía bien cómo responder cuando la llamaban así, pero al mirar a Aiko, luego al padre que le sonreía con ternura, y después a la madre que ya le tenía preparado su lugar en la mesa... comprendió que aquel lugar ya no era solo una casa donde dormir y comer.
Era un hogar.
Y aquellas personas, sin que ella se diera cuenta del todo, ya habían ocupado en su corazón un espacio que nadie había ocupado jamás. Se sentó a la mesa junto a ellos, y por primera vez en mucho tiempo, supo con certeza que ya no estaba sola.
La casa se sumió en un silencio suave y acogedor. Tras ayudar a recoger la mesa y despedirse con un cariñoso “buenas noches” de todos, Lilia regresó a su habitación. Al cerrar la puerta tras de sí, el mundo exterior quedó al otro lado, y solo quedó ella, la penumbra y el recuerdo de todo lo que había vivido aquel día.
El vapor aún subía lentamente de su cabello recién lavado, cayendo suelto sobre sus hombros. Vestía un sencillo pijama de color celeste que Aiko había insistido en elegir y comprar para ella. Al principio le había parecido algo extraño, acostumbrada como estaba a telas gruesas, armaduras y ropa pensada solo para la batalla; pero ahora, al sentir la suavidad contra su piel, empezaba a comprender por qué se sentía tan bien vestirse así al terminar el día.
Sus ojos recorrieron despacio cada rincón de la estancia. Sobre la cama descansaban todos los peluches que había ganado: el enorme oso que apenas cabía junto a ella, un conejo de orejas largas, un pequeño dragón de colores brillantes y otros tantos premios que casi cubrían el colchón. En el escritorio, ordenados con cuidado, estaban los llaveros, las tazas y todos los pequeños recuerdos que había ido consiguiendo en los puestos del parque.
Lilia los miró unos instantes con una extraña sensación de calma. Luego caminó hasta el borde de la cama y, entre todos aquellos juguetes, tomó uno en particular: un pequeño gato de felpa de ojos grandes y amables. Lo había elegido porque, de alguna forma que no sabría explicar, le recordaba a Haru. Lo abrazó con suavidad contra su pecho y se recostó lentamente, mirando hacia el techo iluminado apenas por la luz de la luna que entraba por la ventana.
Y sin darse cuenta, su mente se alejó mucho, mucho tiempo atrás...
El aire olía a humo, a hierba pisoteada y a magia gastada. La batalla había terminado. El ejército demoníaco que seguía a la general Lilia había sido derrotado, y ella permanecía arrodillada en medio del campo, con las muñecas atadas por cadenas encantadas que le impedían usar su fuerza o su magia. Su armadura negra, aquella que había sido su segunda piel durante años, estaba hecha pedazos, esparcida a su alrededor; su espada había sido retirada lejos de su alcance. Aun así, al levantar la vista, sus ojos no mostraban miedo, ni duda, ni rendición: solo la misma determinación que le habían grabado a fuego.
Frente a ella estaban los integrantes del grupo del Héroe, todos con las armas en alto, listos para cualquier movimiento.
—No podemos llevarla con nosotros —dijo uno dando un paso adelante, con voz firme—. Es una de las armas más letales del Rey Demonio.
—Lo más sensato es entregarla a las autoridades del Imperio —añadió otro sin dudarlo—. Que ellos decidan qué hacer con ella.
Lilia alzó un poco más la cabeza. Su voz sonó tranquila, serena, como si estuviera comentando algo sin importancia.
—Si no quieren morir... mátenme aquí mismo.
Todos se tensaron. Ella continuó con la misma naturalidad:
—En cuanto logre soltarme, cumpliré mi misión. Eliminaré al grupo del Héroe.
No había odio en sus palabras, ni rencor. Solo era lo que era. Lo que le habían enseñado a ser desde que tenía uso de razón.
—¿Lo ven? —dijo el primero apretando el puño sobre su espada—. Ni siquiera lo niega.
—Ella no conoce nada más que la guerra —añadió una compañera mirando a Haru—. Fue creada para obedecer y matar. No hay otra opción.
El silencio cayó sobre el campo de batalla. Todos esperaban la decisión del Héroe. Haru la observó en silencio durante unos segundos, y ella sostuvo su mirada, firme, esperando la sentencia que suponía inevitable.
Entonces él habló.
—No.
Todos lo miraron sorprendidos.
—No será ejecutada —repitió con claridad.
—¡¿Estás loco?! —exclamó uno de ellos— ¡Es una de las mayores amenazas que hemos enfrentado!
—A partir de hoy —dijo Haru sin apartar la vista de ella—, estará bajo mi protección y mi responsabilidad.
—¡Haru, eso es una locura! —insistieron— ¡Es una herramienta de guerra! ¡No sabe ser nada más!
Haru volvió a mirarla. Ella seguía inmóvil, preguntándose por qué todavía seguía viva. Y entonces él sonrió: una sonrisa cálida, tranquila, que no encajaba en nada de lo que ella conocía.
—No —dijo con total seguridad—. Yo no veo un arma.
Se acercó hasta quedar frente a ella, se agachó despacio y la miró directamente a los ojos.
—Solo veo a una chica... a la que nunca dejaron vivir como una persona.
Lilia se quedó paralizada. Aquellas palabras no tenían sentido. Para ella, “arma” y “lo que soy” eran la misma cosa. ¿Cómo podía alguien ver algo distinto?
Haru se levantó y miró a sus compañeros.
—Y les demostraré que todos están equivocados.
...
Lilia parpadeó suavemente, volviendo al presente. La luz de la luna seguía iluminando su habitación; el pequeño gato de peluche seguía abrazado contra ella.
Durante años no había entendido aquella decisión. ¿Por qué perdonar a quien quería matarte? ¿Por qué confiar en alguien que solo conocía el dolor y la lucha? Al principio pensó que simplemente era un hombre extraño, demasiado bondadoso para sobrevivir en un mundo tan cruel.
Pero ahora...
Recordó a Aiko llamándola “hermanita” con una sonrisa llena de cariño.
Recordó a los padres de Haru diciendo con naturalidad que ella también era su hija.
Recordó las risas de Miyu, la paciencia de Ren, la ternura de Kaede.
Recordó los libros, el aula, el parque, la sensación de sentirse parte de algo.
Y recordó a aquellos dos niños prometiendo guardar el secreto de su “superheroína”.
Abrazó un poco más fuerte el pequeño gato de peluche, y una sonrisa muy suave, sincera y nueva apareció en sus labios.
—Ya lo entiendo... —susurró apenas al aire.
Haru nunca intentó salvar a un arma.
Porque desde el primer momento... jamás la vio como una.
Y quizá, después de toda una vida de ser solo eso...
Lilia empezaba, por fin, a dejar de verse así también.
La mañana siguiente llegó envuelta en una calma absoluta. Los primeros rayos de sol se colaban despacio por las cortinas, tiñendo el suelo de un tono dorado suave. Aún no se escuchaba ningún ruido en la casa; parecía que el tiempo seguía detenido.
En el segundo piso, Aiko seguía profundamente dormida, arropada entre las sábanas. La luz del amanecer golpeó directamente su rostro, haciéndola removerse con un quejido suave.
—Mmm... cinco minutos más... —murmuró medio dormida, dándose la vuelta hacia el otro lado.
Pero entonces sintió algo extraño: una presencia muy, muy cerca. Tan cerca que podía notar la respiración, aunque fuera casi imperceptible. Abrió lentamente un ojo, y lo primero que vio fue un par de ojos azules claros observándola fijamente, a solo unos centímetros de su cara.
Sentada en el suelo, justo al borde de la cama, estaba Lilia. Completamente inmóvil, sin hacer el menor ruido, mirándola con una atención absoluta.
Aiko tardó varios segundos en procesar lo que veía.
—Buenos días —dijo Lilia con total naturalidad—. Quería hacerte una pregunta.
Aiko se quedó congelada, sin saber si estaba despierta o soñando.
Lilia inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Qué es una superheroína?
El silencio duró exactamente dos segundos.
—¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHH!!!!!!
El grito atravesó toda la casa de punta a punta.
En la habitación principal, el padre de Haru se incorporó de golpe, con el corazón a mil por hora.
—¡¿Qué pasó?! ¡¿Hay un incendio?! ¡¿Alguien entró?!
Su esposa apenas comenzaba a despertar, bostezando con calma.
—Tranquilo... seguramente Lilia se le acercó para preguntarle algo —dijo con voz adormilada.
El hombre se quedó pensativo unos instantes, luego soltó un largo suspiro y volvió a recostarse.
—...Sí, tiene sentido. Buenos días, Lilia... —murmuró antes de volver a quedarse dormido al instante.
Su esposa sonrió con ternura, arropándolo de nuevo. Ya se habían acostumbrado a sus formas tan particulares.
Mientras tanto, en la habitación de Aiko, la chica seguía llevándose una mano al pecho, intentando recuperar el aliento.
—¡Lilia! ¡No puedes aparecer así de la nada mirándome a la cara! ¡Casi me da algo!
Lilia parecía sinceramente confundida.
—¿Por qué? Ya estaba despierta.
—¡Porque asusta! ¡Porque casi me da un infarto!
—¿Qué es un infarto?
—¡Eso no importa ahora! —Aiko respiró hondo varias veces hasta calmarse, luego suspiró y miró a su compañera—. Bien... ¿qué querías preguntarme?
Lilia respondió al instante, como si hubiera estado esperando la oportunidad desde ayer:
—¿Qué es una superheroína? Los niños que rescaté me llamaron así. Quería saber qué significa exactamente.
Aiko sonrió al entenderlo todo.
—Ah, ya veo. Ven, siéntate aquí.
Se levantó y fue hasta una estantería llena de libros, mangas, figuras y cajas de películas. Lilia la observaba todo con curiosidad, como si estuviera inspeccionando un territorio desconocido. Aiko comenzó a sacar tomos, cajas y objetos uno tras otro, colocándolos en el suelo a su alrededor.
—Mira —empezó a explicar sentándose junto a ella—, las superheroínas son personajes que usan lo que tienen —ya sean poderes, habilidades o simplemente mucha valentía— para proteger a la gente y hacer el bien.
Abrió un manga y le mostró las páginas.
—Muchas veces ocultan quiénes son en la vida real, tienen una identidad secreta. Ayudan a quien lo necesita, luchan contra quienes hacen daño y siempre intentan que todos puedan vivir tranquilos y felices.
Siguió sacando más cosas: novelas, animes en disco, figuras de heroínas con trajes coloridos y posturas valientes.
—Hay miles de historias: en dibujos animados, en libros, en películas... todas cuentan cómo se esfuerzan por los demás.
Los ojos de Lilia iban de un objeto a otro, atenta a cada palabra como si estuviera recibiendo una lección de estrategia militar. Todo aquello era un mundo totalmente nuevo para ella.
Aiko la miró con una sonrisa llena de entusiasmo y levantó el primer tomo de una de sus series favoritas.
—¿Sabes qué? Hoy vamos a arreglar eso. Vamos a hacer un curso intensivo.
Lilia inclinó la cabeza.
—¿Un curso?
—¡Sí! —Aiko levantó el puño con energía—. ¡Te voy a enseñar todo sobre los héroes, las historias y todo lo que quieras saber!
Lilia asintió con la misma seriedad y concentración que ponía en cualquier entrenamiento.
—Entendido. Estoy lista para aprender.
Aiko sonrió de oreja a oreja. Sin darse cuenta, acababa de encontrar a la compañera perfecta para compartir todo aquel mundo que tanto le gustaba. Y Lilia... con la misma dedicación con la que había estudiado cada movimiento de espada o cada táctica de batalla, estaba a punto de dar sus primeros pasos en un universo lleno de sueños, valentía y nuevas formas de ver el mundo.