La tarde avanzaba tranquila cuando Lilia y Miyu salieron de la biblioteca. Lilia llevaba una bolsa en una mano y, contra su pecho, abrazaba el primer libro que pensaba leer. Dentro de la bolsa descansaban otros cuatro tomos, elegidos tras mucho pensarlo —y tras que Miyu la ayudara a decidir—.
—¿Segura de que no quieres llevarte más? —preguntó Miyu mientras caminaban.
Lilia negó con la cabeza.
—Ya aprendí que no necesito leerlos todos de inmediato.
—Mira tú. Ya estás aprendiendo —sonrió Miyu.
Lilia bajó la mirada hacia su libro.
—Aunque sigo pensando que sería más eficiente llevármelos todos.
—¡No empieces otra vez!
—Solo era una observación.
—Una observación que casi hace que te echen de la biblioteca.
—No creo que fueran a hacerlo.
—Lilia...
—Está bien. No volveré a intentar llevarme una montaña de libros.
Miyu suspiró aliviada.
Unos metros más adelante, junto a la entrada, los esperaba el resto del grupo. Aiko fue la primera en verlas.
—¡Por fin llegan!
Sus padres se relajaron al instante. Conocían bien a Lilia: una biblioteca podía convertirse en un lugar del que era muy difícil salir.
—Pensé que tendríamos que entrar a rescatarte —dijo el padre sonriendo.
—Miyu me ayudó a escoger —explicó Lilia levantando la bolsa.
—¿Solo cinco libros? —Aiko miró dentro y soltó una risa—. Entonces hay que agradecerle a Miyu.
—No fue nada fácil —dijo Miyu levantando las manos en señal de rendición.
—Pero fue útil —añadió Lilia con total seriedad.
—Lo tomaré como un gran cumplido —rio Miyu.
Cada uno había encontrado algo: Aiko llevaba mangas como referencia, la madre libros de cocina, y el padre ejemplares sobre construcción y mecánica.
—Todos encontraron algo —comentó Miyu.
—Sí —dijo Aiko mirando a Lilia—. Aunque alguien casi se lleva media biblioteca.
Lilia guardó silencio. Miyu la señaló con el dedo.
—¡Ella es!
Todos rieron. Entonces el padre propuso:
—Ya que estamos todos juntos... ¿qué les parece si vamos a comer? Cerca de aquí hay un lugar de amigos nuestros; hacen un ramen delicioso.
Lilia se quedó quieta.
—¿Qué es un ramen?
El silencio fue inmediato. Aiko abrió los ojos despacio. Sus padres se miraron.
—Ahora que lo dices... —murmuró la madre—. Nunca se lo hemos preparado.
Aiko tomó a Lilia por los hombros.
—¿Nunca has probado ramen?
—No recuerdo haberlo hecho —respondió ella.
—¡Entonces vamos! —Aiko empezó a empujarla con energía.
—Espera... todavía sostengo mi libro.
—¡Pues sostenlo bien y camina!
—Estoy caminando. Pero no entiendo tanta urgencia.
Miyu se quedó atrás riendo, y los padres también sonrieron con ternura. Aquella escena les resultaba extrañamente familiar: Aiko arrastrando a alguien con entusiasmo antes de que pudiera hacer preguntas. Haru solía ser ese alguien muchas veces.
Pero esta vez era diferente. Lilia no era Haru, y nadie quería que lo fuera. Él tenía su lugar insustituible en sus corazones. Lilia no había venido a ocupar ese espacio; había venido a construir el suyo propio. Y sin darse cuenta, todos ya le habían hecho un lugar. Era Lilia. Su hija. Su hermana. Parte de su familia.
—Creo que le gustará —susurró la madre mirándola con cariño.
—¿El ramen? —preguntó el padre.
—Estar con nosotros.
Mientras tanto, Miyu se adelantó unos pasos y envió un mensaje a Kaede: "Encontramos a Lilia. Vamos todos a comer ramen. Y por cierto... nunca ha probado el ramen".
Lilia miró su libro y luego a Aiko.
—¿El ramen requiere alguna preparación especial? —preguntó con seriedad.
—Solo tienes que sentarte y comer —respondió Aiko riendo.
—Entendido.
Miyu no pudo contenerse.
—Dios... parece que va a enfrentarse al Rey Demonio otra vez.
Lilia la miró de inmediato.
—¿El ramen es peligroso?
Todos estallaron en risas.
—No —aclaró Aiko—. Pero después de probarlo vas a tener un problema.
—¿Cuál?
—Que vas a querer volver a comerlo siempre.
Lilia pensó unos segundos y entonces sonrió levemente.
—Eso no parece un problema.
Y así, todos continuaron caminando juntos. Sin guerras, sin misiones, sin mundos que salvar. Simplemente una familia y una chica que acababa de descubrir que compartir una comida con las personas que quieres puede ser tan maravilloso como leer la mejor historia jamás contada.
La campanilla sobre la puerta anunció su llegada con un sonido suave. El lugar era pequeño, pero cálido y acogedor, con varias mesas ordenadas y, al fondo, una barra tras la cual un hombre de mediana edad preparaba los platos. Al verlos entrar, levantó la mirada y una sonrisa apareció en su rostro.
—¡Cuánto tiempo sin verte! —exclamó estrechando la mano del padre de Lilia con la confianza de quien se conoce desde hace años.
—He estado ocupado —respondió él con una sonrisa.
—Me dijeron que por fin habías formado una familia... Y mira nada más... —el hombre hizo una pausa breve antes de añadir—, ¿cuántos años han pasado desde la última vez que viniste con Haru?
La expresión del padre se suavizó y se tornó más seria. El dueño lo notó al instante y no insistió más: sabía bien lo que aquella familia había vivido y que algunas heridas sanan despacio. En su lugar, desvió la mirada hacia la joven rubia que permanecía unos pasos atrás, abrazando su libro contra el pecho.
—¿Y ella?
El padre se giró y le hizo una seña a Lilia para que se acercara.
—Ella es Lilia. Era amiga de Haru —hizo una pausa breve antes de añadir, con voz firme y llena de calidez—: Y actualmente es parte de nuestra familia. Quiero que la trates como a mi hija.
Lilia se quedó inmóvil. Mi hija. Esas dos palabras resonaron en ella con una fuerza que jamás habría imaginado. Toda su vida había sido llamada guerrera, arma, herramienta, heroína... pero nunca, en ningún momento, había sido llamada hija. Nunca había sentido que perteneció a alguien de esa manera.
El dueño no hizo preguntas. Simplemente le sonrió con amabilidad y le tendió la mano.
—Entonces bienvenida, Lilia. Si eres parte de esta familia, eres bienvenida aquí cuando quieras.
Ella tardó un instante en reaccionar antes de estrechar su mano.
—Muchas gracias.
En ese momento la madre intervino.
—Y prepara tu mejor plato, por favor. Lilia nunca ha probado ramen.
El hombre se detuvo en seco.
—¿Nunca?
Lilia negó con la cabeza.
—No he tenido la oportunidad.
El dueño dejó los utensilios sobre la barra, se arremangó y sus ojos brillaron con una intensidad distinta. Algo cambió en él. No era solo entusiasmo: alrededor de su cuerpo empezó a percibirse una especie de bruma cálida, luminosa, de un tono rojizo y dorado que parecía arder sin quemar. Un aura semejante a llamas quietas que lo envolvía, revelando toda su convicción puesta en lo que estaba a punto de hacer.
—Entonces hoy probará el mejor ramen que ha salido de mi cocina. No pienso permitir que su primera vez sea algo cualquiera.
—No es necesario —empezó a decir Lilia, pero él ya estaba en movimiento.
—¡Caldo! ¡Fideos! ¡Y ese cerdo! —exclamaba mientras trabajaba con una energía y precisión asombrosas. Cada movimiento era seguro, decidido, lleno de voluntad, y aquel resplandor semejante al fuego se movía con él, siguiendo cada uno de sus pasos detrás de la barra.
Lilia lo observaba con los ojos muy abiertos, atenta a cada detalle.
—Está rodeado de llamas que no lo consumen —susurró con absoluta seriedad—. Esa es magia de fuego. No hay duda. Solo alguien que domina el elemento con gran destreza podría manifestar su poder de esa manera sin dañar nada a su alrededor.
Aiko ahogó una risa.
—¿Magia de fuego? Lilia, no...
—Miren la intensidad de su mirada —continuó ella sin apartar la vista—. El resplandor que lo rodea nace de su voluntad. He visto a generales con esa misma apariencia cuando despliegan todo su poder. Su convicción es tan fuerte que se hace visible. Es magia.
—Es... es solo que se ha puesto muy entusiasta —intentó explicar Miyu, pero también se le escapaba una sonrisa.
Lilia negó suavemente.
—En mi mundo hay personas que brillan así cuando deciden que algo no van a perder. Él ha decidido que este ramen será perfecto. Y su poder lo confirma.
Aiko la tomó del brazo suavemente.
—Vamos, siéntate. Ya tendremos tiempo de explicarte que es simplemente alguien poniendo mucho corazón en lo que hace.
Lilia se sentó, aunque no dejó de mirar al cocinero con respeto y admiración.
—Entonces en este mundo también hay personas extraordinarias —murmuró para sí misma—. Eso es reconfortante.
Minutos después, el dueño apareció sosteniendo un cuenco grande y humeante que dejó frente a ella. Un aroma rico y reconfortante llenó el aire. El resplandor alrededor de él se había desvanecido, pero su mirada seguía ardiendo de orgullo.
—Aquí tienes. El mejor ramen que puedo preparar.
Lilia miró el plato: caldo brillante y vaporoso, fideos acomodados con cuidado, y todos los ingredientes colocados con esmero. Tomó los palillos, los miró un instante y luego preguntó con tranquilidad:
—¿Cómo se usan correctamente para comer esto?
—Simplemente tómalos y come —dijo Miyu con una sonrisa.
Lilia asintió con solemnidad. Separó algunos fideos, los acercó a sus labios y los probó. Todos la observaban en silencio. Ella masticó despacio, sin cambiar su expresión. Tragó, miró el cuenco, luego al cocinero —al que miraba con aún más respeto que antes— y finalmente a su familia.
—¿Y bien? —preguntó Aiko impaciente.
Lilia tomó aire lentamente y volvió a acercar los palillos.
—Necesito comprender algo —dijo con voz seria.
—¿Qué cosa?
—¿Por qué nadie me habló de esto antes?
Todos estallaron en risas. El dueño se llevó las manos a la cintura, radiante de orgullo.
—¡Sabía que te gustaría!
Lilia no respondió de inmediato; volvió a probar el caldo, cerró los ojos un instante y luego sonrió, pequeña pero sinceramente.
—Me gusta mucho. Es... cálido.
Y siguió comiendo, despacio, saboreando cada cosa, convencida de que aquel hombre era un hechicero oculto y de que la magia podía encontrarse también en algo tan sencillo como un plato de ramen preparado con todo el corazón.
La campanilla de la puerta volvió a sonar.
—Disculpen la demora —dijo Kaede mientras entraba junto a Ren—. Nos costó un poco encontrar el lu...
Kaede se quedó completamente inmóvil. Ren también. Ninguno de los dos terminó la frase.
Frente a ellos había una escena que parecía sacada de una película de desastre. Cuencos vacíos por prácticamente toda la barra, algunos apilados, otros esperando para ser retirados, y varios más sobre una mesa cercana. Pero eso no era lo peor.
Detrás del mostrador, el dueño del local estaba tirado en el suelo. Dos de sus ayudantes intentaban levantarlo.
—¡Vamos, jefe! ¡Respire!
—¡No se nos vaya!
—¡Estoy vivo! —protestó débilmente el hombre.
—¡Entonces levántese!
—¡No puedo!
Uno de los ayudantes le dio unas palmadas en la mejilla. El dueño, sin embargo, se arrastró unos centímetros y empezó a escribir sobre el suelo con una botella de salsa roja, con absoluta solemnidad. Una letra, luego otra... hasta formar un nombre: LILIA. Después dejó caer lentamente la botella.
—Mi asesina...
Kaede abrió mucho los ojos.
—¡¡¿QUÉ PASÓ AQUÍ?!!
Miyu, sentada tranquilamente en una mesa, se cubrió la boca para no reírse a carcajadas.
—Llegaron justo a tiempo.
—¡¿A tiempo para qué?!
Miyu señaló hacia una de las mesas. Kaede siguió el dedo... y entonces la vio.
Lilia estaba sentada frente a un enorme cuenco de ramen. Tenía los palillos en las manos, expresión completamente serena, y estaba terminando de comer el décimo plato.
Slurp.
Terminó los últimos fideos. Masticó despacio. Tragó. Dejó los palillos sobre el cuenco.
—Muchas gracias. Estaba delicioso.
Kaede miró los diez cuencos vacíos. Luego a Lilia. Después al cocinero en el suelo. Y nuevamente a Lilia. Ren hizo exactamente el mismo recorrido con la mirada.
—Creo que puedo imaginar lo que ocurrió.
Kaede se giró lentamente hacia Miyu.
—¿Tú sabías que esto podía pasar?
—¡Claro que sí!
—¡¿Y NO NOS AVISASTE?!!
—¡No pensé que llegaría hasta diez!
En ese momento, desde una mesa cercana, se escuchó un sonido que parecía una silla cayendo. Los tres giraron la cabeza: los padres de Lilia y Aiko estaban allí, con las bocas abiertas y la mirada fija en la montaña de platos vacíos.
La madre fue la primera en intentar hablar.
—Lilia... cariño... ¿esos diez cuencos... te los terminaste tú sola?
Lilia los miró con calma.
—Sí. Eran muy pequeños.
El padre soltó un sonido ahogado y se llevó una mano al pecho. Aiko se inclinó hacia adelante, con los ojos muy abiertos, y señaló uno tras otro.
—Pero... pero si Haru comía mucho y él apenas llegaba a dos...
—¿Haru? —repitió Lilia ladeando la cabeza—. ¿Él se llenaba con eso?
La madre se llevó una mano a la boca, sin saber si reír o preocuparse.
—Nunca hubiéramos imaginado... —alcanzó a murmurar el padre, todavía impactado.
Lilia levantó la mano.
—En realidad, creo que podría comer uno más.
El cocinero, todavía en el suelo, abrió los ojos de golpe.
—¡¡NO!!
Todos guardaron silencio. Lilia lo miró confundida.
—¿No?
El hombre respiró profundamente.
—Señorita... he preparado diez. ¡Diez!
—Sí. Y estaban muy buenos —respondió ella con total sinceridad.
—¡Eso no me ayuda! —sollozó él.
Kaede finalmente se acercó a Lilia.
—Lilia... ¿te encuentras bien?
—Perfectamente.
—¿No te duele el estómago?
—No.
—¿No estás demasiado llena?
Lilia pensó unos segundos.
—Ahora sí.
Kaede cerró los ojos y soltó un suspiro de alivio. Ren miró nuevamente al cocinero.
—Al menos ella está bien. No estoy tan seguro de que él pueda decir lo mismo.
Miyu ya estaba doblada sobre la mesa, sin poder contenerse. Aiko seguía mirando la pila de platos como si no diera crédito.
—Es increíble... —decía una y otra vez—. ¡Si parecía tan tranquila!
Kaede señaló a Miyu.
—¡Esto es culpa tuya! ¡Sabías perfectamente cómo era!
—¡Sí, pero quería ver cuánto podía comer aquí! —respondió Miyu entre risas.
—¡Miyu!
Lilia miró a ambas con curiosidad.
—¿He hecho algo incorrecto?
Kaede la miró, luego la montaña de platos, y suspiró.
—No... solo acabas de revelarnos algo que nadie de nosotros sabía.
—¿Qué cosa?
—Que cuando descubres algo que te gusta, pierdes por completo el sentido de la proporción.
Lilia reflexionó un instante.
—Eso parece una conclusión razonable.
Ren se acomodó las gafas.
—Al menos reconoce el problema.
El dueño levantó lentamente una mano desde el suelo.
—Yo también tengo una conclusión. La próxima vez... que alguien me avise antes de que empiece.
Miyu estalló en risas de nuevo. Aiko se llevó una mano a la frente y soltó una carcajada nerviosa.
—Bueno... supongo que ahora sabemos por qué siempre tenía tanta energía...
Y entonces Lilia, completamente seria, levantó nuevamente la carta del menú.
—Entonces... ¿qué otros tipos de ramen tienen?
El dueño palideció al instante. Sus ayudantes lo sujetaron inmediatamente.
—¡Jefe! ¡Respire! ¡Todavía no está preparado!
Kaede se llevó ambas manos a la cara. La madre soltó una risa nerviosa y el padre negó con la cabeza, entre divertido y asombrado. Ren simplemente murmuró:
—Esto recién comienza.
Y Miyu ya no podía ni respirar de la risa.
Los últimos clientes abandonaron poco a poco el local. La hora del almuerzo había terminado y, tras aquella auténtica batalla gastronómica, el grupo salió finalmente a la calle. Casi todos.
—Vayan avanzando —dijo el padre de Haru deteniéndose junto a su esposa—. Nosotros los alcanzamos después. Quiero disculparme en persona por todo lo que pasó.
El dueño, aún apoyado contra el mostrador recuperando el aliento, levantó una mano con gesto tranquilo.
—No tienes por qué disculparte.
—¿Estás seguro? —preguntó el padre sorprendido.
—Completamente —el cocinero soltó una risa cansada—. Simplemente no estaba preparado.
—¿Para qué?
El hombre señaló hacia la puerta por donde acababa de salir Lilia.
—Para un estómago así.
El padre de Haru rió con complicidad.
—Sí... nosotros tampoco lo estábamos. Y llevamos tiempo con ella.
—La próxima vez será diferente —declaró el cocinero, y en su voz volvió a notarse aquel brillo decidido—. Ya sé a qué me enfrento. Estaré listo.
—¿Seguro que quieres estarlo? —bromeó la madre.
—Absolutamente. Diez platos... —repitió él como si todavía no pudiera creerlo—. Diez... y todavía parecía que podía seguir.
—Podía —confirmó el padre con seriedad.
El cocinero se quedó en silencio unos instantes y luego negó con la cabeza.
—...Creo que prefiero no saber cuánto más.
Los tres terminaron riéndose juntos.
Después de unos segundos, el dueño apoyó los brazos sobre el mostrador y miró a sus viejos amigos con una expresión más suave.
—Por cierto... hacía muchísimo tiempo que no venían aquí así. Hablando, riendo... parecían otros.
El padre asintió despacio.
—Ha pasado bastante tiempo.
—Y esa chica que vino con ustedes... —el hombre miró hacia la puerta—. ¿Es amiga de Haru?
Al pronunciar ese nombre, la atmósfera cambió al instante. El padre se quedó quieto. Su esposa bajó la mirada. Durante toda la mañana habían estado tan concentrados en Lilia, en mostrarle cosas nuevas y en verla feliz, que ninguno había encontrado el momento de hablar de ello.
El dueño notó el cambio de inmediato.
—¿Qué ocurre?
El padre respiró hondo antes de hablar.
—Haru... ya no está con nosotros.
Su esposa cerró los ojos. Decirlo en voz alta hacía que todo se sintiera aún más real, más irremediable.
El cocinero dejó de sonreír. No preguntó cómo ni cuándo. No necesitaba hacerlo. Solo asintió lentamente, bajó la mirada unos segundos y luego dijo con voz suave:
—Lo siento mucho. De verdad.
—Gracias —respondió el padre.
Hubo un silencio breve, respetuoso y cálido a la vez. Entonces el dueño volvió a mirar hacia la calle, como si pudiera ver a la joven que acababa de marcharse.
—¿Y ella? ¿Lilia?
—Tiene todo que ver con Haru —respondió la madre con voz serena—. Todo.
El hombre sonrió despacio, como si de pronto todo encajara.
—Entonces creo que entiendo algo. Hacía muchísimo tiempo que no los veía así. Felices. Como si por un momento todo lo demás hubiera quedado atrás. Y ella estaba justo en medio de ustedes.
La madre de Haru lo miró a los ojos.
—Lilia no vino a ocupar el lugar de nuestro hijo. Nadie podría hacerlo jamás.
—No —convino el hombre—. Y tampoco creo que tenga que hacerlo.
Se inclinó levemente hacia ellos, con una calidez que abrazó el lugar entero.
—Pero quizá vino a llenar de vida los espacios que quedaron vacíos. Y si esa felicidad que hoy llevan se debe en parte a ella... entonces esa niña llegó para alegrarles la vida.
El padre asintió, y una sonrisa sincera, tranquila y agradecida apareció en su rostro.
—Sí. Eso hizo.
—Me alegra haberla conocido —concluyó el cocinero, y luego miró hacia la cocina donde aún quedaban los restos de aquella batalla—. Aunque la próxima vez que venga... ¡me encontraré preparado!
El padre soltó una carcajada.
—Buena suerte con eso.
—¡No necesitaré suerte! ¡Estaré listo!
Mientras afuera, Lilia caminaba junto a Aiko y Miyu, ajena por completo a aquellas palabras, sus padres se despidieron y salieron a alcanzarla. Y mientras la veían caminar por delante, con la cabeza alta y los ojos brillantes, comprendieron algo que ya venían sintiendo desde hacía tiempo: Lilia no había llegado para reemplazar a nadie. Había llegado para enseñarles de nuevo a sonreír. Y quizá... eso era exactamente lo que Haru habría querido para todos ellos.