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Capítulo 2: El que no debía estar aquí

DNavarrete
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—Entonces, ¿esa es la biblioteca principal?

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—Entonces, ¿esa es la biblioteca principal?

 

Airi se detuvo frente al enorme edificio de tres pisos que se encontraba en uno de los extremos del campus. Sus ojos brillaron al contemplar sus altos ventanales y la piedra blanca que brillaba bajo el sol de la mañana.

 

—Sí —respondió Leonhart.

 

—Tiene más libros que la biblioteca de mi antiguo colegio… —murmuró ella, sin apartar la mirada.

 

—Y puedes acceder a casi todos —continuó él mientras caminaban a su lado—. Hay algunas secciones restringidas, pero para estudiantes la mayoría está disponible.

 

—¿Y hay libros digitales?

 

—También.

 

—¿Y salas de estudio?

 

—Varias.

 

—¿Y puedo reservarlas?

 

—Sí.

 

Airi se quedó mirando el edificio unos segundos, con una pequeña sonrisa asomando en sus labios.

 

—Creo que ya me gusta esta escuela.

 

Miyu soltó una pequeña risa a su lado.

 

—Te dije que no todo era malo.

 

—Nunca dijiste eso —replicó Leonhart mirándola de reojo.

 

—Lo pensé.

 

—Eso no cuenta.

 

Leonhart sonrió con suavidad.

 

—Bienvenida a la Academia Aozora.

 

Los tres continuaron caminando por los senderos arbolados. Habían pasado prácticamente toda la mañana recorriendo las instalaciones. Aunque Leonhart y Miyu pertenecían a segundo año y sus clases estaban en otro edificio, habían decidido acompañar a Airi hasta su aula antes de comenzar las suyas. Después de todo, era su primer día. Y ella todavía parecía necesitar un mapa para no perderse entre tantos edificios idénticos.

 

Primero le mostraron la biblioteca. Después los jardines cuidadosamente ordenados. Luego el edificio deportivo, donde Airi se quedó particularmente sorprendida al descubrir que existían instalaciones para prácticamente cualquier disciplina que pudiera imaginarse. También pasaron por el comedor, amplio y luminoso, con mesas largas y techos altos.

 

Ahí Miyu se detuvo en seco.

 

—Este es un lugar importante —dijo con tono solemne.

 

Airi asintió imitándola.

 

—¿Por la comida?

 

—Exactamente.

 

Leonhart levantó una ceja.

 

—Hace menos de una hora estabas criticando el menú.

 

Miyu se cruzó de brazos.

 

—Eso no significa que no sea importante.

 

—Claro.

 

—No discutas.

 

—No estoy discutiendo.

 

—Estás usando ese tono.

 

—¿Qué tono?

 

—Ese.

 

Airi los miró alternativamente, de uno a otro, y soltó una risita.

 

—¿Siempre son así?

 

—Sí —respondieron ambos al mismo tiempo.

 

Se miraron entre sí.

 

—¡No copies mis respuestas! —exclamó Miyu.

 

—Tú respondiste después.

 

—Porque sabía que ibas a decirlo.

 

—Entonces no fue una copia.

 

Airi soltó una pequeña risa. Poco a poco había empezado a relajarse. La academia seguía pareciéndole enorme, imponente, incluso intimidante… pero caminar junto a ellos hacía que todo pareciera mucho menos complicado.

 

Finalmente llegaron a una de las zonas centrales del campus. En lo alto de uno de los edificios, un reloj de esfera blanca marcaba las horas con elegancia.

 

—¿Qué hora es? —preguntó Airi.

 

Leonhart miró su teléfono.

 

—Todavía tenemos veinte minutos.

 

—¿Veinte?

 

Miyu suspiró.

 

—Tenemos tiempo de sobra para llevarte hasta tu aula.

 

Airi miró el edificio que tenía frente a ella, con sus columnas blancas y sus puertas oscuras.

 

—¿Y después?

 

—Después vas a sobrevivir a tu primer día —respondió Miyu.

 

—Eso no sonó muy tranquilizador.

 

—No era la intención.

 

—Miyu… —llamó Leonhart con suavidad.

 

—¿Qué?

 

—No la asustes.

 

—No la estoy asustando.

 

Airi los miró y señaló con un dedo entre ambos.

 

—Un poco sí.

 

Leonhart soltó una risa breve.

 

—Te lo dije.

 

Miyu cruzó los brazos, imperturbable.

 

—Bueno, al menos ya aprendiste algo importante.

 

—¿Qué?

 

—Si alguien te molesta, vienes conmigo.

 

Airi parpadeó.

 

—¿Contigo?

 

—Sí —afirmó Miyu, señalándose el pecho con absoluta seguridad—. Si algún idiota intenta molestarte, me dices quién es.

 

Airi sonrió nerviosamente.

 

—¿Y qué harías?

 

Miyu levantó el puño.

 

—Esto.

 

Airi abrió los ojos de par en par.

 

—¡¿Le pegarías?!

 

—Si hace falta.

 

—Miyu… —la llamó Leonhart nuevamente.

 

—¿Qué?

 

—No deberías resolver todo con violencia.

 

Airi asintió rápidamente.

 

—Eso pensé.

 

Pero entonces Leonhart sonrió. Una sonrisa tranquila, demasiado tranquila.

 

—Aunque…

 

Miyu lo miró con desconfianza.

 

—¿Aunque qué?

 

—No necesariamente tienes que golpearlo —continuó él, caminando con las manos en los bolsillos—. Si realmente es necesario destruir a alguien, es mucho más eficiente hacerlo socialmente.

 

Silencio.

 

Miyu se quedó mirándolo. Airi también.

 

Leonhart mantuvo aquella misma sonrisa.

 

—¿Qué?

 

—… —Miyu entrecerró los ojos—. Pensé que tú eras el tranquilo.

 

—Lo soy.

 

Airi bajó ligeramente la cabeza.

 

—Eso fue… inesperado.

 

—No dije que fuera buena persona.

 

—¡LEO! —exclamó Miyu dándole un golpe en el brazo.

 

—¿Qué?

 

—¡No le metas esas ideas!

 

—¡Solo estoy ofreciendo alternativas!

 

—¡Alternativas peores!

 

Airi observó a Leonhart con una expresión de suave decepción.

 

—Yo también pensaba que eras el más tranquilo…

 

Leonhart se llevó una mano al pecho, fingiendo dolor.

 

—Eso dolió.

 

—Te lo ganaste —concluyó Miyu.

 

Los tres continuaron caminando. Y por unos minutos, todo volvió a sentirse normal. El sol seguía cayendo suave sobre los tejados, el viento movía las hojas de los árboles, y el murmullo lejano de otros estudiantes llenaba el aire. Airi pensó que tal vez, después de todo, este lugar podría llegar a sentirse como un hogar.

 

Hasta que—

 

—¡LEONHART!

 

Una voz rasgó el aire, aguda y cargada de desesperación.

 

Los tres se detuvieron en seco. El sonido de pasos apresurados resonó contra el suelo de piedra, cada golpe seco como un latido acelerado. Una estudiante apareció al final del pasillo, corriendo sin cuidado de quién se cruzaba en su camino. Su respiración entrecortada se escuchaba incluso a distancia; su cabello castaño, desordenado por la carrera, caía sobre un rostro pálido como la tiza. Apenas consiguió detenerse frente a ellos, tambaleándose, con las manos apoyadas en las rodillas mientras intentaba recuperar el aliento.

 

—¡Miyu…! ¡Leo…! —logró decir entre jadeos.

 

En un instante, las risas y las bromas se desvanecieron. Fue como si una sombra hubiera caído sobre ellos. Leonhart y Miyu se intercambiaron una mirada breve, pesada, una que Airi no comprendió pero que le heló la sangre. No hubo preguntas innecesarias. No hubo sonrisas. Algo en el tono de aquella voz les había dicho, antes de cualquier palabra, que algo se había roto.

 

Miyu fue la primera en hablar, su voz seca y tensa:

 

—¿Qué pasó?

 

La chica tragó saliva con dificultad, miró a su alrededor como si temiera que las propias paredes los estuvieran escuchando, y bajó la voz hasta convertirla en un susurro cargado de temor:

 

—Hay alguien en el salón. Está sentada en el pupitre de Yuji.

 

El aire se volvió denso.

 

—¿En su pupitre? —repitió Leonhart, casi sin voz.

 

—Sí. Nadie se atreve a acercarse. No habla con nadie. Solo… está ahí.

 

Miyu apretó los dientes.

 

—¿Quién es?

 

La chica bajó la mirada, temblando ligeramente.

 

—No lo sé. Tiene el cabello blanco… largo… y sus ojos están cerrados. Como si durmiera.

 

Leonhart palideció. Miyu se llevó una mano a la boca, ahogando un grito ahogado.

 

—No puede ser… —susurró ella.

 

—Vamos —dijo Leonhart. Su voz era firme, pero temblaba apenas.

 

Airi dio un paso al frente.

 

—Yo también voy.

 

Ambos la miraron. Leonhart negó suavemente.

 

—Tu aula está en otra dirección.

 

—No importa —insistió ella—. Si hay algo que no cuadra… no quiero que entren solos.

 

Miyu la observó unos segundos, sorprendida por aquella determinación. Finalmente suspiró y asintió:

 

—Quédate a mi lado. No te alejes. Y pase lo que pase… no te separes de nosotros.

 

Caminaron hacia el edificio en un silencio pesado, opresivo. Las paredes parecían más altas. El pasillo se sentía interminable. Cada paso resonaba demasiado fuerte. Al acercarse al aula, las voces llegaron antes: un murmullo confuso, cargado de miedo y asombro.

 

Leonhart llegó hasta la puerta y se detuvo. Miyu se colocó a su lado, apretando los puños con fuerza. Airi se quedó un paso atrás, sintiendo el corazón golpearle contra las costillas.

 

Leonhart tomó la manilla. Sus dedos se cerraron lentamente sobre el metal frío.

 

—Sea quien sea… sabremos la verdad.

 

Empujó la puerta.

 

El chirrido de las bisagras cortó el aire. Y en un instante, todo el salón enmudeció. Decenas de miradas se posaron en ellos. Leonhart entró primero. Miyu tras él. Airi, detrás.

 

Y entonces la vieron.

 

Sentada tranquilamente en el pupitre que había pertenecido a Yuji.

 

Una chica.

 

Cabello largo, blanco como la nieve, que caía suavemente sobre sus hombros y su espalda. Unas plumas blancas entrelazadas entre su cabello, semejantes a las de un ala. Su rostro era sereno, de una belleza casi intocable, pero sus ojos… estaban cerrados. Apretados. Como si nunca los hubiera abierto.

 

No se movió. No giró la cabeza.

 

Y sin embargo… supo, en ese mismo instante, que habían entrado.

 

Sus labios se curvaron suavemente en una sonrisa. Una sonrisa dulce, cálida… y terriblemente familiar. Como si los hubiera estado esperando todo este tiempo.

 

Y habló. Su voz sonó suave, como un susurro que de algún modo llenaba toda la habitación.

 

—Cuánto tiempo sin vernos… Leonhart… Miyu.

 

Los dos se quedaron petrificados. Sin aire en los pulmones. Sin palabras.

 

Ella no abrió los ojos. No necesitaba hacerlo. Sabía exactamente dónde estaban. Quiénes eran. Y les habló como si fueran viejos amigos a quienes no veían desde hacía demasiado tiempo.

 

—Llegaron tarde —añadió ella, con la misma suavidad—. Los estaba esperando.

 

Miyu apretó las manos contra el pecho, temblando de pies a cabeza. Leonhart permaneció inmóvil, con la mirada fija en aquel rostro que no podía ser real, sintiendo cómo el mundo se le escapaba de entre las manos.

 

No era Yuji quien estaba ahí.

 

Era alguien más. Alguien que no debería existir. Alguien que conocía sus nombres… y que los había estado esperando.

 

Y mientras ella mantenía los ojos cerrados, sonriendo con aquella calma inquietante… ninguno de los dos consiguió pronunciar una sola palabra.

 

Leonhart permaneció inmóvil unos segundos. Pero, poco a poco, su expresión volvió a ser la de siempre: tranquila, serena. Como si aquellos instantes de asombro no hubieran ocurrido.

 

Miyu, en cambio, seguía completamente paralizada. Leonhart sabía que no reaccionaría todavía. Por eso avanzó. Uno. Dos. Tres pasos. Hasta quedar frente al pupitre donde aquella chica permanecía sentada con una tranquilidad que resultaba casi ofensiva.

 

Ella no había abierto los ojos en ningún momento. Seguía con la misma expresión relajada, como si no tuviera a medio salón observándola. Como si no hubiera dicho algo que debería ser imposible.

 

Leonhart se detuvo frente a ella.

 

—Deja de hacer esa afirmación.

 

La chica ladeó ligeramente la cabeza.

 

—¿Qué afirmación?

 

Leonhart entrecerró los ojos.

 

—Sabes perfectamente de qué hablo.

 

—No estoy segura.

 

—Entonces te lo explicaré. —Su tono se volvió mucho más frío que antes—. Hacerse pasar por un estudiante de esta academia es ilegal. Y utilizar la identidad de otra persona puede tener consecuencias legales bastante graves. Así que dime de una vez quién eres realmente y por qué estás diciendo que eres Yuji.

 

La chica permaneció en silencio. Por un momento pareció analizar sus palabras. Y entonces soltó una pequeña risa.

 

—Sigues siendo tan desconfiado como siempre.

 

Leonhart se quedó quieto. Su expresión cambió apenas. Pero fue suficiente para que Miyu lo notara. Aquella frase había sido demasiado familiar. Demasiado natural.

 

Leonhart apretó ligeramente la mandíbula.

 

—No me hables como si me conocieras.

 

—¿Y si te conozco?

 

—No lo haces.

 

—¿Estás seguro?

 

Leonhart dio un paso más.

 

—No juegues conmigo.

 

Miyu finalmente reaccionó. Su mirada dejó de estar perdida. Avanzó hasta quedar junto a Leonhart.

 

—No sé cuál es tu intención —dijo con la voz todavía temblorosa—, pero esto es despreciable.

 

La chica permaneció sentada.

 

—¿Despreciable?

 

—Sí. —Miyu apretó los puños—. Yuji era nuestro amigo. Desapareció. Lo buscamos durante meses. Preguntamos por él, seguimos pistas, hablamos con personas que ni siquiera conocíamos… —Bajó la mirada, y luego la levantó con firmeza—. Y nunca apareció. Así que llegar aquí y decir tranquilamente que eres Yuji… no tienes idea de lo malo que es jugar con algo así.

 

Varios estudiantes alrededor asintieron en voz baja.

 

—Tiene razón.

 

—Esto no tiene ninguna gracia.

 

—Si realmente fuera él, ¿por qué desapareció todo este tiempo?

 

—Debe ser alguien buscando problemas.

 

La chica escuchó todas aquellas voces. No parecía molesta. Ni siquiera sorprendida. Solo soltó un suspiro.

 

—Entiendo la confusión. —Abrió ligeramente la boca, pero sus ojos permanecieron cerrados—. Y supongo que no puedo culparlos por pensar que estoy mintiendo.

 

Leonhart la observó fijamente.

 

—Entonces deja de hacerlo.

 

—Pronto se darán cuenta.

 

—¿De qué?

 

La chica sonrió.

 

—De que no estoy mintiendo.

 

Antes de que Leonhart pudiera responder—

 

¡CLAC!

 

Las puertas del aula se abrieron de golpe. Todos giraron la cabeza.

 

Tres personas entraron.

 

La primera era un hombre de mediana edad, vestido con el uniforme formal de la academia. Era el profesor Hiroshi Kuroki, tutor del segundo año. Su expresión era severa, su postura rígida como siempre. Era conocido por no ocultar su desconfianza hacia los estudiantes becados; nunca lo decía abiertamente delante de la dirección, pero todos conocían su opinión.

 

Detrás de él entró una mujer. No necesitó levantar la voz. No necesitó hacer ningún gesto. Su sola presencia fue suficiente para que el salón entero enmudeciera. Era Sachiko Aozora, directora de la academia y una de sus fundadoras. Incluso los alumnos de las familias más influyentes evitaban tratarla con ligereza.

 

Pero había una tercera persona. Y fue ella quien hizo que muchas miradas se tensaran aún más. Elena Valtierra, presidenta del Consejo Estudiantil. Una de las alumnas más respetadas de toda la institución, hija de una de las familias más poderosas del país, y también quien más había defendido públicamente el sistema de becas. Su presencia allí, junto a la directora, hacía que el ambiente se sintiera todavía más serio.

 

Alguien les había avisado. Y la directora no perdió tiempo. Caminó directamente hacia el pupitre donde estaba sentada la chica.

 

—Así que tú eres quien afirma ser Yuji.

 

La chica permaneció tranquila.

 

—Así parece.

 

El profesor Kuroki se colocó a su lado y desplegó una tableta.

 

—Extiende el dedo.

 

La chica ladeó la cabeza.

 

—¿Tan rápido?

 

—No tenemos tiempo para juegos —replicó Kuroki con sequedad.

 

La directora Sachiko habló entonces, con voz firme y sin rastro de emoción:

 

—No quiero escándalos en mi academia. Ni pienso perder tiempo con interrogatorios. —Señaló la pantalla—. Conservamos los registros biométricos de todos los estudiantes matriculados. Si realmente eres Yuji, lo comprobaremos ahora mismo.

 

Elena dio un paso al frente.

 

—Y si no lo eres… —Su mirada se endureció—, serás expulsada inmediatamente. Y se presentarán cargos por suplantación de identidad.

 

Un murmullo recorrió el salón.

 

—Está acabada.

 

—No tiene ninguna posibilidad.

 

—¿Cómo se puede mentir ante un sistema biométrico?

 

La directora Sachiko movió apenas la vista hacia los alumnos. Una sola mirada. Y el silencio volvió a caer sobre todos.

 

—Hazlo —ordenó la directora.

 

La chica sonrió.

 

—Está bien.

 

Extendió lentamente la mano. Sus dedos se acercaron al lector. Leonhart no apartaba la vista de ninguno de sus movimientos. Miyu había dejado de respirar casi por completo. Airi, desde atrás, sentía que el corazón se le detendría en cualquier instante.

 

La chica colocó el dedo sobre el sensor.

 

Bip.

 

La pantalla se iluminó.

 

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Ocho. Nueve. Diez segundos. Nadie se atrevía a respirar.

 

Entonces—

 

Bip.

 

La pantalla cambió.

 

El profesor Kuroki miró el resultado. Y su expresión se congeló.

 

La directora Sachiko entrecerró los ojos, incrédula.

 

Elena dio un paso hacia adelante, con los labios entreabiertos.

 

Y entonces la tableta emitió una voz robótica que resonó con claridad en cada rincón del aula:

 

    — Identidad verificada.

    — Yuji Kuzonoha.

 

Silencio.

 

Absoluto.

 

Nadie respiró. Nadie se movió. Miyu abrió los ojos lentamente, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. Leonhart permanecía de pie frente al pupitre. Y por primera vez desde que lo conocía… aquella calma imperturbable había desaparecido por completo.

 

Airi miró a la chica. Luego a Leonhart. Luego a Miyu. Y finalmente al dispositivo. La misma máquina que debía haber demostrado que todo era una mentira… acababa de confirmar que era verdad.

 

La chica retiró lentamente el dedo del lector. Sin abrir los ojos, sonrió con aquella misma dulzura inquietante.

 

—Les dije que pronto se darían cuenta.

 

Nadie respondió. Porque en ese instante, ante aquella imposibilidad, había surgido una pregunta mucho más aterradora.

 

No era ya quién era ella.

 

La pregunta era…

 

¿Dónde había estado Yuji durante todo este año?

 

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