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Capítulo 2: El primer paso

DNavarrete
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El sol de la mañana bañaba con luz dorada el pequeño jardín de la residencia Aizawa. Los pétalos de los cerezos enanas que bordeaban el camino de entrada brillaban con el rocío de la noche, y el…

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Ovid

Dos madres que no se parecen en nada y las dos preocupadas por lo mismo, y encima la biológica avisándole por mensaje que mantenga a Miyako lejos de la academia, hahaha. Ese mensaje me hizo pensar que las dos saben algo de Reina que Haruto no sabe. Apuest

Dos madres que no se parecen en nada y las dos preocupadas por lo mismo, y encima la biológica avisándole por mensaje que mantenga a Miyako lejos de la academia, hahaha. Ese mensaje me hizo pensar que las dos saben algo de Reina que Haruto no sabe. Apuesto a que el accidente y la espera de la presidenta vienen conectados desde antes.

Contenido de la publicación

El sol de la mañana bañaba con luz dorada el pequeño jardín de la residencia Aizawa. Los pétalos de los cerezos enanas que bordeaban el camino de entrada brillaban con el rocío de la noche, y el aire llevaba el aroma suave de la tierra mojada y el té recién hecho que se escapaba por la ventana de la cocina.

 

Dentro, en el recibidor, Haruto se ajustaba por tercera vez el cuello de su camisa blanca frente al espejo. El uniforme de la Academia Nacional Kōsei le quedaba perfecto, pero cada movimiento le parecía exagerado, cada detalle le hacía sentir que todos los ojos estarían puestos sobre él. Se colgó la mochila al hombro, acomodándola hasta que quedó justo en su sitio, y respiró tan profundo que su pecho se infló un instante.

 

—Bueno... allá voy —susurró, casi para sí mismo.

 

Apenas dio un paso hacia la puerta principal, una voz resonó desde el fondo de la casa:

 

—¡Espera, espera, no te vayas todavía!

 

Miyako apareció casi corriendo por el pasillo, todavía con el delantal estampado de flores puesto y las llaves del coche colgando de un dedo. Se detuvo frente a él, acomodándole el cuello de la camisa una vez más, como si temiera que algo estuviera fuera de lugar.

 

—Ya tengo todo listo —dijo con prisa, señalando hacia la puerta—. Entra, arrancamos ya mismo o llegaremos con los minutos contados.

 

Haruto sonrió con cierta incomodidad, apartando suavemente las manos de ella.

 

—No hace falta, mamá. Gracias, pero no hace falta.

 

Miyako ladeó la cabeza, entre confundida y preocupada.

 

—¿Eh? ¿Cómo que no hace falta? Te llevo en cinco minutos, sin esperas, sin cansarte.

 

—Prefiero ir caminando —respondió él con calma, aunque sus dedos apretaban levemente la correa de la mochila—. La academia no queda tan lejos, y... me vendrá bien estirar las piernas. Necesito despejarme un poco antes de entrar.

 

Miyako frunció el ceño, cruzándose de brazos.

 

—Pero hace un poco de frío, y el sol todavía no calienta bien... Y si te cansas a mitad de camino, ¿qué haces?

 

—No me cansaré —aseguró Haruto con una media sonrisa—. Conozco el camino, lo he recorrido muchas veces en bicicleta. Es solo caminar, nada más.

 

Ambos se quedaron mirándose unos segundos más: ella, con el deseo de protegerlo un poco más; él, con la necesidad de dar ese primer paso por sí mismo.

 

Finalmente, Miyako soltó un largo suspiro, dejando caer los brazos a los costados.

 

—Está bien... si es lo que quieres. Pero al menos... ¿puedo acompañarte hasta la puerta del portón?

 

Haruto negó con rapidez.

 

—No, mamá, por favor.

 

—¿Ni siquiera hasta la acera de enfrente?

 

—Tampoco.

 

—¿Y si solo te digo adiós desde el umbral?

 

—¡Mamá! —exclamó él, entre la risa y la súplica.

 

Kenta apareció entonces apoyado en el marco de la puerta de la cocina, con una taza de café humeante en la mano y una sonrisa tranquila.

 

—Déjalo ir, Miyako —dijo con voz suave—. Necesita recorrer ese camino solo. Es su primer día, su primer paso en ese mundo nuevo. Si lo acompañamos, le quitamos la mitad de lo que significa empezar.

 

Miyako infló ligeramente las mejillas, mirando primero a su marido y luego a Haruto.

 

—Está bien... —repitió, esta vez con un tono más resignado—. Pero prométeme que si te sientes mal o te pasa algo, llamas enseguida. No importa la hora ni dónde estés.

 

—Te lo prometo —dijo Haruto, acercándose para darle un abrazo rápido pero sincero—. Gracias.

 

Se acomodó la mochila una última vez, giró el pomo de la puerta y salió al jardín. Cuando llegó al portón de hierro, se detuvo un instante y levantó una mano sin darse la vuelta del todo.

 

—¡Nos vemos esta tarde!

 

—¡Cuídate mucho, hijo! —gritó Miyako desde el recibidor—. ¡Y no te olvides de nada! ¡Y si alguien te molesta...!

 

—¡Ya lo sé, mamá! —respondió él con una risa suave, antes de empezar a caminar.

 

La puerta se cerró lentamente tras él. Dentro de la casa, Kenta y Miyako se quedaron parados unos momentos, observando cómo la figura de Haruto se alejaba por la acera, entre las sombras de los árboles.

 

Miyako cruzó los brazos, apoyando la espalda en el marco.

 

—No entiendo por qué no quiso que lo acompañara. Solo quería asegurarme de que llegara bien.

 

Kenta dio un pequeño sorbo a su café.

 

—Tú misma sabes la respuesta. Ya no es un niño pequeño. Quiere demostrarse a sí mismo que puede hacerlo solo.

 

Ella desvió la mirada, mirando hacia la calle donde ya no se veía a Haruto.

 

—Yo no soy de las que arman problemas... —murmuró con un tono casi infantil.

 

Kenta soltó una risita baja.

 

—Claro que no.

 

—Bueno... no todos los días —corrigió ella, y al oír la risa de él, giró rápidamente hacia él con los ojos entrecerrados—. ¿Qué fue esa risa?

 

—Nada, nada... solo que tienes razón, no eres de las que arman problemas... casi nunca.

 

—¡Te burlaste! ¡Te estás burlando de mí! —exclamó ella, empezando a golpearlo suavemente en el hombro con la palma de la mano—. ¡Pues ríete otra vez! ¡A ver si te ríes!

 

—¡Ay, ay! ¡Que duele, señora protectora! —reía él, dejándose hacer sin apartarse—. ¡Me rindo, me rindo!

 

Las risas de ambos se quedaron en la casa, mezclándose con el viento suave que recorría la calle.

 

Haruto caminaba a paso tranquilo, dejando que la brisa fresca le acariciara el rostro. Los cerezos que bordeaban la avenida agitaban sus ramas, dejando caer algún pétalo rosado sobre el asfalto. Respiró hondo, llenando los pulmones de aire puro.

 

—Al menos evité una catástrofe —murmuró para sí mismo, con una media sonrisa.

 

En ese momento, un leve zumbido vino desde el bolsillo de su pantalón. Sacó el teléfono y vio el nombre en la pantalla: Mamá.

 

Sonrió antes incluso de abrir el mensaje.

 

    Buenos días, Haruto.

    Muchísima suerte en tu primer día. Sé que todo saldrá bien, eres un chico maravilloso.

    Ah... y por favor dime que Miyako no insistió en acompañarte hasta la puerta de la clase.

 

Haruto soltó una pequeña risa, moviendo la cabeza. Siguió leyendo:

 

    Porque si la dejaste ir contigo, estoy segura de que antes del almuerzo ya habría organizado una reunión con todas las alumnas de primer año para convencerlas de que te elijan a ti y a nadie más.

    Hazme caso: manténla lo más lejos posible de la academia. Es por tu bien, te lo aseguro.

    Te quiero muchísimo. Todo saldrá bien.

 

Haruto negó con la cabeza, guardando el teléfono de nuevo.

 

—Incluso ella lo sabe... —susurró con ternura.

 

Era curioso: su madre biológica y Miyako eran muy diferentes, tanto en carácter como en forma de ser. Pero cuando se trataba de preocuparse por él, de cuidarlo y desearle lo mejor, pensaban exactamente igual.

 

El peso en su pecho se sentía un poco más ligero. Enderezó la espalda y siguió caminando, mientras a lo lejos empezaba a distinguir los tejados altos y las puertas imponentes de la Academia Nacional Kōsei. No tenía idea de lo que le esperaba allí dentro, ni de cuánto cambiaría su vida en apenas unas horas. Solo sabía que, pase lo que pase, no caminaba solo.

 

Las enormes puertas de hierro y madera de la Academia Nacional Kōsei permanecían abiertas de par en par, como si invitaran a cruzar un umbral hacia un mundo distinto. Desde primera hora de la mañana, un flujo constante de jóvenes atravesaba aquel acceso: los recién llegados avanzaban con pasos inseguros, apretando las correas de sus mochilas contra el pecho y recorriendo con la mirada todo lo que durante años solo habían visto en folletos o en internet.

 

Haruto dio el primer paso sobre el suelo de piedra pulida del patio principal. Se detuvo un instante, y el aire fresco del campus le llenó los pulmones.

 

—Es... mucho más grande de lo que parecía —susurró, sin darse cuenta.

 

Edificios de líneas elegantes, mezcla de madera oscura y cristal transparente, se alzaban rodeados de jardines donde el césped estaba cortado con una precisión casi perfecta. Los cerezos que bordeaban los senderos comenzaban a florecer, y cada movimiento del viento hacía caer una lluvia suave de pétalos rosados que giraban en el aire antes de posarse sobre los hombros de los estudiantes o sobre el suelo adoquinado.

 

Sin embargo, lo que más llamó su atención no fue la arquitectura ni la belleza del lugar.

 

Fue la gente.

 

La diferencia saltaba a la vista de inmediato. Por cada muchacho que caminaba por los senderos, había tres, cuatro o más chicas que conversaban, reían o revisaban juntos el plano de la escuela. Las alumnas de primer año miraban todo con la misma mezcla de nervios y curiosidad que él, deteniéndose de vez en cuando para consultar los carteles que indicaban el camino hacia el auditorio principal. Los pocos chicos que acababan de ingresar tampoco parecían más tranquilos: algunos consultaban el mapa una y otra vez, otros caminaban con los hombros tensos y la vista fija al frente, y no faltaba quien respirara hondo cada poco segundo, como si intentara calmar un corazón que latía demasiado rápido.

 

Haruto esbozó una sonrisa amarga.

 

—Al menos no soy el único que está perdido...

 

Muy distinto era el porte de quienes ya cursaban segundo o tercer año. Se movían con soltura, con la confianza de quien ya ha recorrido esos caminos cientos de veces. Y allí era donde la realidad de aquel sistema se hacía patente en cada paso: un chico de segundo año caminaba junto a tres compañeras que discutían animadamente sobre qué club se inscribirían al terminar la ceremonia; más adelante, otro llevaba varias bolsas mientras dos chicas iban delante y una tercera revisaba una lista en su teléfono, señalando algo y riéndose; bajo la sombra de un gran cerezo, un grupo formado por un muchacho y cinco jóvenes compartían el desayuno sobre una manta, con comentarios que se mezclaban con bromas y pequeñas quejas cotidianas.

 

—¡Te dije que hoy te tocaba preparar el almuerzo!

 

—¡Yo juré que era mañana!

 

—Pues juraste mal.

 

—Ya está, no empiecen otra vez que me duele la cabeza...

 

Las demás soltaron una carcajada, y el chico terminó sonriendo mientras le pasaba una botella de agua a la que había protestado con más fuerza.

 

Haruto se quedó mirando unos instantes. No se veían como personas que intentaban impresionarse o fingir algo que no eran. Se veían como... una familia. Con sus roces, sus bromas, sus costumbres que seguramente habían ido construyendo poco a poco, día tras día. De pronto recordó las palabras de la directora Takamori en la presentación del programa: Aprender a convivir. Y eso era exactamente lo que tenía delante: no la perfección, sino la vida misma.

 

Porque tampoco todo era armonía absoluta. En otra banca, dos chicas hablaban con tono más alto, mientras el único muchacho del grupo se rascaba la cabeza con cara de no entender nada.

 

—¡Siempre terminas dándole la razón a ella!

 

—¡Porque esta vez la tiene!

 

—¡Eso no ayuda en nada!

 

—Creo que... creo que acabo de empeorar las cosas, ¿verdad?

 

Las tres terminaron soltando la risa al mismo tiempo, y la tensión desapareció en un segundo.

 

Escenas así se repetían por todo el recinto: pequeños desacuerdos, malentendidos, algún momento de celos o confusión... nada distinto a lo que ocurre en cualquier hogar. Porque convivir con varias personas nunca es sencillo, y precisamente por eso existía aquel programa: para enseñar a hacerlo, para dar tiempo a aprender, a ceder, a entenderse.

 

Haruto siguió caminando, sintiendo que su corazón latía con más fuerza con cada paso. Veía cómo muchos de los recién llegados se detenían a saludar a alguien que ya conocían, a reencontrarse con quienes habían compartido el mes de convivencia previo. Y él... él apenas reconocía algunas caras de las fotografías que había visto en la web de la academia. No había podido estar allí. Sabía que muchas afinidades y primeras elecciones ya se habían formado en esas semanas que él pasó entre hospitales y rehabilitación.

 

—No importa —murmuró, apretando suavemente el tirante de la mochila contra el hombro—. No puedo cambiar lo que ya pasó. Lamentarme no me sirve de nada.

 

Si tenía que empezar desde cero, lo haría. Si le costaba un poco más que al resto, también lo haría. Levantó la vista, y al final del gran sendero apareció el edificio más imponente de todos: el auditorio principal, cuyas puertas abiertas dejaban escuchar el murmullo de cientos de voces que se iban acomodando en los asientos.

 

Respiró hondo una última vez, enderezó los hombros y una pequeña sonrisa, firme y decidida, apareció en su rostro.

 

—No vine hasta aquí para rendirme antes de dar el primer paso.

 

Con paso más seguro, cruzó el umbral del auditorio. Allí, en ese lugar lleno de gente y de expectativas, comenzaba de verdad su camino en la Academia Nacional Kōsei.

 

En el tercer piso del edificio administrativo, alejada del bullicio y la emoción que recorría el resto del campus, se encontraba una sala a la que muy pocos tenían acceso sin permiso expreso. Sobre la puerta maciza de madera oscura brillaba una placa de letras doradas, sencilla y solemne: Consejo Estudiantil.

 

Al cruzar el umbral, el ambiente cambiaba por completo. Reinaba un orden absoluto, casi impecable: archivadores alineados hasta el techo, estanterías repletas de carpetas clasificadas con precisión milimétrica, y una larga mesa de reuniones que ocupaba el centro de la estancia. Un amplio ventanal panorámico dejaba ver gran parte del recinto escolar: cientos de figuras de primer año seguían llegando, deteniéndose a mirar los edificios o consultar mapas, mientras el sol empezaba a calentar con más fuerza los jardines de cerezos.

 

Sentada al extremo de la mesa, una joven pasaba página tras página sin que su expresión cambiara ni un ápice. Era Reina Saegusa, de dieciocho años, estudiante de tercero y presidenta del Consejo. Su cabello negro azabache caía largo y liso hasta la cintura, con un brillo sutilmente violáceo bajo la luz; sus ojos, de ese mismo tono violeta profundo, recorrían cada línea con una calma y una agudeza que imponían respeto sin necesidad de palabras. Medía 1,68 m y mantenía una postura impecable: su uniforme negro con bordados dorados, blusa blanca y el brazalete de presidenta no presentaban ni una sola arruga. Su lema era claro: «El orden no se impone con la fuerza. Se establece con convicción.» Nadie le había entregado ese cargo por popularidad: tres años consecutivos encabezando las calificaciones, organizando eventos y representando a la academia la habían convertido en la líder natural de todos.

 

A pocos metros de ella, sobre un sofá que parecía romper la rigidez del lugar, estaba Hina Tachibana, de diecisiete años y vicepresidenta. Su cabello blanco plateado, corto y con un toque de desorden juguetón, contrastaba con el resto de la sala; sus ojos azules brillaban con una energía inagotable, incluso a primera hora de la mañana. Medía 1,66 m y, aunque también llevaba el uniforme reglamentario y el brazalete de su cargo, su forma de moverse y mirar revelaba su carácter: extrovertida, ingeniosa y siempre dispuesta a encontrar el lado amable o divertido de cualquier situación. «Es mejor reírse después de hacerlo que arrepentirse por no intentarlo», solía decirse a sí misma. Si Reina era la mente que planeaba y ordenaba todo, Hina era el corazón que daba equilibrio y frescura a cada decisión.

 

La vicepresidenta dejó la tableta sobre la mesa con un suave golpe seco.

 

—Todo listo.

 

Reina siguió revisando informes, deslizando el dedo por las hojas con calma.

 

—¿Confirmaste la distribución de asientos en el auditorio?

 

—Hecho —respondió Hina—. Los tutores ya están guiando a los de primer año a sus lugares correspondientes. Nadie se perderá.

 

—¿Y los representantes de segundo y tercero?

 

—También están en posición. Después de la ceremonia recibirán a los nuevos, como cada año.

 

Reina asintió levemente mientras firmaba el último documento con una caligrafía elegante y firme.

 

—Perfecto.

 

Hina apoyó la barbilla en el respaldo del sofá, mirándola con curiosidad.

 

—Otro año más... pasa el tiempo volando, ¿verdad?

 

—Así es —convino Reina, cerrando la carpeta con cuidado.

 

—¿Crees que esta generación nos dará tantos dolores de cabeza como la anterior? —preguntó con una sonrisa traviesa.

 

Reina levantó lentamente la vista, encontrándose con sus ojos azules.

 

—Eso dependerá de ellos. No todos responden igual a los retos.

 

Hina soltó una pequeña risa.

 

—Qué respuesta tan seria y aburrida. Yo espero que pase algo diferente, algo interesante. Últimamente todo es demasiado predecible.

 

En ese momento, unos golpes suaves y rítmicos resonaron en la puerta.

 

—Adelante —dijo Reina con voz clara.

 

Entró una alumna del comité ejecutivo, con el uniforme impecable y las manos juntas delante.

 

—Presidenta, vicepresidenta. El auditorio está completamente ocupado. Los nuevos estudiantes acaban de terminar de ingresar. Todo está listo para empezar.

 

—Gracias por avisar —respondió Reina, poniéndose de pie con elegancia natural.

 

La alumna hizo una reverencia y salió cerrando la puerta tras de sí.

 

Hina se levantó despacio, estirándose una vez más como si despertara de una siesta.

 

—Bueno... hora del discurso anual obligatorio.

 

Reina acomodó con un gesto preciso el brazalete bordado con el emblema de la academia que llevaba en el brazo izquierdo.

 

—Terminaremos en menos de una hora.

 

—Eso dices todos los años —replicó Hina con una media sonrisa—. Y luego aparecen veinte profesores, diez grupos de padres y tres comités queriendo hablar contigo.

 

Reina guardó silencio un instante, luego asintió con total sinceridad.

 

—Es verdad.

 

Hina soltó una carcajada abierta y alegre que rompió la rigidez de la sala.

 

Las dos salieron al pasillo y empezaron a caminar hacia el auditorio. A su paso, los pocos estudiantes que transitaban por allí se apartaban automáticamente para dejarlas pasar. No era miedo: era respeto, el reconocimiento de quienes habían demostrado con hechos su capacidad y dedicación.

 

Y había algo más que llamaba la atención de todos en ellas: hasta el momento, Reina y Hina eran las únicas integrantes del Consejo que no habían formado ningún grupo de convivencia. Cada año recibían cartas, invitaciones, confesiones de alumnos de todos los cursos; muchas veces incluso chicos de cursos superiores o de otras instituciones intentaban acercarse. Pero todas terminaban con una negativa educada y firme en el caso de Reina, o con una respuesta tan ingeniosa y amable de Hina que quien recibía el rechazo tardaba unos segundos en darse cuenta de lo que acababa de ocurrir.

 

Ninguna parecía tener prisa. Si algún día decidían compartir su vida con alguien, sería porque ellas lo habían elegido libremente, porque habían encontrado a quien encajara con ellas, no porque la costumbre, la sociedad o las expectativas de los demás esperaran que lo hicieran.

 

El auditorio, silencioso y solemne apenas unos minutos antes, se transformó de golpe en un inmenso mar de voces bajas, risas contenidas y movimientos lentos. Tras las palabras de bienvenida de la directora Akiko Takamori y el discurso breve pero firme con el que Reina Saegusa había cerrado la ceremonia oficial, llegaba el momento que todos esperaban con nerviosismo y esperanza.

 

—A partir de este instante disponen de una hora para conocerse libremente —resonó la voz de la directora por todos los altavoces—. Recuerden bien: nadie está obligado a proponer ni a aceptar ninguna convivencia. Este programa existe solo para que se encuentren de forma natural y tranquila. Disfruten su primer día.

 

Apenas terminó de hablar, el ambiente estalló con una energía nueva. Los asientos empezaron a vaciarse poco a poco. Algunas chicas respiraban hondo varias veces antes de dar el primer paso hacia donde estaban los muchachos; otras se reían entre sus amigas, ocultando la timidez mientras reunían valor para acercarse. Los pocos varones de primer año parecían los más perdidos de todos:

 

—¿Y si nadie se acerca?

—¿Tengo que ser yo quien hable primero?

—¿Qué se supone que diga? ¿Cómo empiezo?

 

Las dudas eran las mismas para todos, sin importar quién fuera. Pero no pasaron ni cinco minutos antes de que nacieran las primeras conversaciones.

 

—Disculpa... —una joven de primer año se inclinó levemente frente a un chico que sostenía su mochila contra el pecho—. ¿Te molestaría si hablamos un momento?

 

El muchacho abrió tanto los ojos que casi se le cayó el bolso de las manos.

 

—¿E-Eh?... ¡Sí!... quiero decir... ¡No!... es decir... sí, claro que podemos hablar...

 

La chica soltó una risita suave, aliviada. Muy cerca, otro estudiante era abordado por dos compañeras a la vez; más allá, un murmullo creció cuando una alumna de segundo año se acercó con total naturalidad a un chico de primero, que se puso rojo como un tomate sin saber dónde mirar.

 

—¿Es de segundo?

—¿En serio vino a buscarlo ella?

—Qué suerte tiene...

 

Nadie se sorprendió demasiado: las reglas permitían que se conocieran sin importar el curso, siempre que ambas partes estuvieran de acuerdo. Con los años, aquello se había vuelto tan común como saludarse en los pasillos.

 

En un extremo del auditorio, apoyado en una columna de piedra, Haruto observaba todo en silencio. No sentía envidia, solo una sensación suave pero persistente de haber llegado tarde. Veía cómo lazos y primeras impresiones se tejían a su alrededor, mientras él permanecía aparte. De vez en cuando alguna chica lo miraba, fruncía el ceño tratando de ubicarlo, y luego se alejaba sin acercarse. Las estudiantes de cursos superiores sí lo reconocían:

 

—Es él... el chico que tuvo el accidente.

—Qué mala suerte perderse todo ese mes...

 

Una chica de tercer año dio un paso adelante, pero su compañera la detuvo con un leve movimiento de cabeza.

 

—No. No lo hagas solo por lástima. Sería peor para los dos.

 

Haruto lo vio y sonrió con calma. Lo entendía perfectamente. Él tampoco querría que alguien se acercara compadeciéndolo. Había perdido esa primera oportunidad, y ahora debía empezar desde cero.

 

Justo cuando iba a apartar la vista, una voz familiar y ruidosa sonó a sus espaldas:

 

—¡Oye, sobreviviente!

 

Haruto giró de golpe. Un chico de cabello castaño despeinado y sonrisa amplia levantaba la mano mientras caminaba hacia él: era Yūto, su mejor amigo desde la primaria, el que siempre encontraba la forma de molestarlo y de sacarlo de cualquier problema. Detrás de él venían tres chicas: dos con el uniforme de primer año, y una con el distintivo de segundo, todas mirándolo con curiosidad amable.

 

—¡Al fin te encuentro! —exclamó Yūto deteniéndose frente a él—. Pensé que te habías escondido en algún rincón.

 

—Solo estaba mirando un poco —respondió Haruto, recuperando la sonrisa.

 

—Ya veo. Con esa cara parecías a punto de saltar por la ventana —bromeó su amigo, cruzándose de brazos.

 

—No pensaba escaparme.

—¿Seguro?

—Completamente.

—Mentiroso.

 

Haruto soltó un suspiro resignado, pero divertido.

 

—Sigues igual de pesado.

—Y tú igual de fácil de molestar.

 

Las tres chicas rieron al verlos. Yūto se hizo a un lado y las presentó:

 

—Ellas son Aoi Mizuno, Misaki Fujimoto y Rina Kisaragi. Chicas, él es Haruto Aizawa.

 

—Mucho gusto —dijeron las tres al unísono, haciendo una pequeña reverencia.

 

—Igualmente —respondió Haruto con educación—. Un placer conocerlas.

 

—Bueno... —Yūto se puso un poco más erguido, con aire orgulloso—, ellas aceptaron empezar la convivencia conmigo.

 

Haruto levantó una ceja sorprendido.

 

—¿Tan rápido?

 

—¿Qué quieres? Tengo mucho encanto —dijo él con fingida arrogancia.

 

Las tres chicas lo miraron al mismo tiempo y respondieron al unísono:

 

—No.

 

—Para nada.

 

—Fue porque cocinas muy bien.

 

Yūto se llevó una mano al pecho como si le hubieran dado un golpe.

 

—¡Oigan! ¡Déjenme tener un poco de dignidad, por favor!

 

Haruto soltó una carcajada sincera, la primera en mucho tiempo. La risa le salió sin esfuerzo, disolviendo parte de la tensión que llevaba encima.

 

Cuando se calmaron, la expresión de Yūto se volvió seria.

 

—Les conté lo que te pasó con el accidente y todo eso.

 

Aoi dio un paso suave hacia adelante.

 

—Lamentamos mucho que hayas pasado por eso —dijo con voz tranquila—. Pero queremos que sepas que no vinimos por lástima ni nada parecido.

 

Misaki sonrió con calidez.

 

—Yūto no para de hablar de ti. Dice que siempre estás ahí para ayudarlo cuando se mete en líos.

 

—Así que —terminó Rina con una mirada directa y amable— simplemente queríamos conocerte. Nada más.

 

Haruto se quedó unos instantes en silencio. Eran palabras sencillas, pero dichas con total sinceridad. Por primera vez desde que cruzó las puertas de la academia, sintió que el peso en su pecho se aliviaba. No estaba solo.

 

El auditorio seguía vibrando con cientos de conversaciones cruzadas, risas tímidas y las primeras presentaciones que nacían entre los nuevos estudiantes. En un rincón apartado, Haruto y Yūto discutían con la misma naturalidad de siempre, como si el tiempo no hubiera pasado desde que iban a la primaria:

 

—Te aseguro que exageras demasiado.

 

—¿Yo? ¡Si eras tú el que se echaba a llorar cada vez que perdíamos a las cartas!

 

—¡Eso pasó una sola vez en toda mi vida!

 

—Y tengo pruebas.

 

—¡Las quemaste hace años!

 

—Precisamente para proteger tu dignidad, ¿no lo ves?

 

—¡Eres el peor amigo que existe en el mundo!

 

Aoi, Misaki y Rina no podían dejar de reír al verlos. Pero de repente, el murmullo comenzó a apagarse poco a poco. Primero unas pocas voces, luego otras, hasta que casi todo el recinto giró la mirada hacia las puertas principales.

 

Se abrieron lentamente. Y allí estaban: Reina Saegusa y Hina Tachibana.

 

—Ah...

 

—Son ellas...

 

—La presidenta...

 

—Y la vicepresidenta...

 

Como ocurría cada año, bastó su presencia para concentrar toda la atención. Hina caminaba con las manos entrelazadas detrás de la cabeza, sonriendo con esa naturalidad que la caracterizaba:

 

—Siempre ocurre lo mismo. A veces siento que somos más famosas que las celebridades de televisión —dijo mirando de reojo a su compañera.

 

Esperaba algún comentario, una broma o al menos una observación seria. Pero Reina no respondió. Siguió avanzando con paso firme, la mirada fija en un punto concreto del auditorio.

 

—¿Reina? —preguntó Hina, inclinando la cabeza—. ¿A dónde vas? No es el camino hacia los asientos del consejo.

 

Tampoco obtuvo respuesta. Reina continuó su avance, y a su paso los estudiantes se apartaban automáticamente, abriéndole paso sin necesidad de que ella pidiera nada. Nadie quería interponerse en su camino. El murmullo volvió a surgir, ahora cargado de confusión:

 

—¿Qué está pasando?

 

—¿Va a llamar la atención a alguien?

 

—¿Alguien hizo algo mal?

 

—No tengo ni idea...

 

Hina aceleró el paso para alcanzarla, y por primera vez sintió curiosidad genuina: Reina no parecía enfadada, pero tampoco caminaba al azar. Sabía exactamente hacia dónde iba.

 

Mientras tanto, Haruto seguía completamente ajeno a todo aquello:

 

—¡Te digo que nunca lloré!

 

—Entonces explícame aquella vez en el concurso de dibujo...

 

—¡¡CÁLLATE YA!!

 

Yūto soltó una carcajada triunfal. Las tres chicas volvieron a sonreír... hasta que una sombra se proyectó sobre ellos. Los cuatro levantaron la vista al mismo tiempo y se quedaron inmóviles.

 

Reina Saegusa estaba justo frente a ellos.

 

Yūto tragó saliva con fuerza. Las tres chicas enderezaron la espalda de golpe, con el corazón latiéndoles a mil por hora. Haruto tardó unos segundos más en reaccionar, sintiendo cómo la sangre se le aceleraba:

 

—¿P-Presidenta...?

 

El silencio se volvió absoluto. Cientos de ojos seguían cada movimiento, cada gesto. Nadie comprendía por qué la máxima autoridad estudiantil había cruzado todo el auditorio para detenerse precisamente allí. Reina no miró a Yūto, ni a las chicas: sus ojos violetas permanecían fijos solo en Haruto, como si el resto del mundo hubiera desaparecido.

 

—¿Ocurre algo...? —preguntó él con voz casi inaudible.

 

Entonces sucedió algo que nadie esperaba ver jamás: Reina sonrió. No era una sonrisa amplia ni alegre, sino pequeña, suave y sincera. Fue tan inesperado que más de uno creyó estar soñando:

 

—¿La presidenta... sonrió?

 

—Eso no puede ser...

 

—¿Me estoy volviendo loco?

 

Incluso Hina abrió los ojos de par en par. Ni ella, que la conocía mejor que nadie, había visto nunca esa expresión en su rostro. Reina dio un paso muy pequeño hacia adelante, sin apartar la vista de él, y habló con la misma calma y firmeza de siempre:

 

—Haruto Aizawa. He esperado tu llegada desde hace mucho tiempo.

 

Haruto sintió que el ruido del auditorio se alejaba, como si se hubiera puesto algodón en los oídos:

 

—¿...Eh?

 

Reina inclinó levemente la cabeza y pronunció unas palabras que quedarían grabadas en la memoria de todos los presentes:

 

—A partir de hoy... seré tu esposa.

 

El tiempo pareció detenerse. Haruto se puso pálido como el papel. Yūto tenía la boca tan abierta que parecía incapaz de cerrarla. Aoi, Misaki y Rina permanecían inmóviles, sin saber qué decir ni hacer. Hina parpadeó una, dos, tres veces, sin dar crédito a lo que acababa de escuchar.

 

Cinco segundos. Nadie respiró. Nadie se movió. Nadie conseguía procesarlo.

 

Y entonces...

 

—¡¡¡¡¡¡¿EEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEH?!!!!!!!!!!

 

Todo el auditorio estalló al mismo tiempo:

 

—¡¿LA PRESIDENTA QUÉ?!

 

—¡¿DIJO ESPOSA?!

 

—¡¿NO COMPAÑERA DE CONVIVENCIA?!

 

—¡¿ESPOSA?!

 

—¡¿PERO QUIÉN ES ESE CHICO?!

 

—¡¿QUÉ ESTÁ SUCEDIENDO AQUÍ?!

 

Los gritos, los murmullos y el alboroto llenaron cada rincón del recinto. Los profesores intentaban restablecer el orden sin éxito; decenas de estudiantes se levantaban de sus asientos para ver mejor; muchas chicas se llevaban las manos a la boca, y más de un chico parecía haber perdido el alma en aquel instante.

 

En medio de todo ese caos, Haruto seguía sin moverse. Su mente estaba en blanco, y solo una idea lograba abrirse paso entre la confusión:

 

"Mamá... creo que ahora sí habría sido mejor que me hubieras traído en auto."

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  • Ovid

    Dos madres que no se parecen en nada y las dos preocupadas por lo mismo, y encima la biológica avisándole por mensaje que mantenga a Miyako lejos de la academia, hahaha. Ese mensaje me hizo pensar que las dos saben algo de Reina que Haruto no sabe. Apuesto a que el accidente y la espera de la presidenta vienen conectados desde antes.

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  • versoenservilleta

    Desde el capítulo anterior venía esperando ver a Haruto cruzar esas puertas y todavía me dura el susto del final. Reina cruzando todo el auditorio con la mirada clavada en él, la sala aguantando la respiración, y yo convencida de que venía a regañarle por algo. Lo de esposa en vez de compañera de convivencia me tira abajo todo lo que creía saber de esa academia. Y me muero por saber qué tiene que ver Reina con el mes que él pasó en el hospital.

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