La lista de Kaede leída club por club, con el de Economía Doméstica pidiendo que no vuelva a encender fuego nunca, me hizo reír de verdad. Y me llevó a pensar que a Lilia la miden todo el día por lo que rinde y la única que no le pide nada es Shiori. Apuesto a que la biblioteca acaba siendo el sitio donde más la conocemos. Gracias por el 18!
Capitulo 18: encontrando mi lugar
La presidenta del Club de Cosplay seguía dibujando diseños con una velocidad casi preocupante, como si estuviera plasmando en el papel ideas que llevaba años guardando, cuando Kaede decidió que ya…
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La lista de Kaede leída club por club, con el de Economía Doméstica pidiendo que no vuelva a encender fuego nunca, me hizo reír de verdad. Y me llevó a pensar que a Lilia la miden todo el día por lo que rinde y la única que no le pide nada es Shiori. Apue
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La presidenta del Club de Cosplay seguía dibujando diseños con una velocidad casi preocupante, como si estuviera plasmando en el papel ideas que llevaba años guardando, cuando Kaede decidió que ya era momento de poner un límite antes de que la situación se complicara aún más.
—Bueno... muchas gracias por recibirnos y por todo lo que han hecho con Lilia —dijo con amabilidad, mientras tomaba suavemente del brazo a la chica rubia para empezar a guiarla hacia la salida—. Pero creo que ya es hora de volver a nuestras clases y dejar que sigan trabajando tranquilos.
—¡¿Volverá verdad?! —preguntó la presidenta casi suplicando, con los ojos muy abiertos y el lápiz todavía en la mano—. ¡Prometemos preparar algo mucho mejor la próxima vez!
Lilia se giró hacia ella con total calma, sin mostrar ninguna prisa ni incomodidad.
—Si mi presencia vuelve a ser necesaria para cumplir con esa "misión", asistiré sin dudarlo.
Al escuchar sus palabras, todos los miembros del club soltaron un suspiro de alivio y emoción, y sus miradas brillaron con renovado entusiasmo.
—¡¡Sí!! ¡Claro que será necesaria! —gritaron casi al unísono.
Miyu sintió un escalofrío recorrerle la espalda, mientras se daba cuenta de lo que acababa de ocurrir.
—...Acabamos de cometer un error enorme —murmuró entre dientes.
Ren asintió lentamente, con una expresión de quien ya preveía las consecuencias.
—Histórico.
Sin perder más tiempo, los cuatro salieron de la sala y cerraron la puerta tras de sí, aunque todavía podían escuchar al otro lado conversaciones cada vez más animadas:
—¡Empiezo el diseño definitivo esta misma tarde!
—¡Necesitamos telas de la mejor calidad que existan!
—¡Y refuerzos! ¡Muchos refuerzos!
—¡Podemos hacer una versión de caballera!
—¡O de reina!
—¡Incluso de comandante militar!
Miyu aceleró el paso, tapándose un poco los oídos con las manos.
—Mejor no sigamos escuchando... mi cerebro ya no da para más ideas peligrosas.
Caminaron unos metros por el pasillo, sumidos en un silencio relajado, hasta que fue Lilia quien rompió el momento con su tono habitual, serio y reflexivo.
—Tengo una duda.
—Dime, ¿qué pasa? —respondió Kaede, mirándola con atención.
—¿Estos clubes son similares a un batallón?
Los tres se detuvieron en seco y la miraron con sorpresa. Ren fue el primero en esbozar una sonrisa, comprendiendo por dónde iba la pregunta.
—No exactamente.
—Un batallón tiene una estructura fija, una cadena de mando y cumple una función militar concreta —explicó ella misma, como si estuviera repasando un manual de instrucciones.
—Así es —asintió Ren—. En cambio, los clubes... cumplen propósitos mucho más simples y personales.
Miyu levantó un dedo para ayudarle a entenderlo mejor.
—Piensa en ellos como grupos de personas que se reúnen porque comparten el mismo gusto, el mismo pasatiempo o el mismo interés.
Lilia inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera procesando una información nueva y extraña.
—¿Pasatiempo?
—Es algo que haces simplemente porque te gusta —añadió Kaede con calma—. No porque te lo ordenen, ni porque sea una obligación, ni siquiera porque esperes una recompensa o un ascenso. Solo lo haces porque disfrutas haciéndolo.
Lilia se quedó en silencio varios segundos, analizando aquel concepto que para ella era totalmente desconocido.
—¿Entonces las personas dedican tiempo y esfuerzo únicamente a actividades que les agradan? ¿Sin recibir ninguna orden? ¿Y sin obtener beneficios prácticos o recompensas por ello?
Ren soltó una pequeña risa suave.
—Exactamente. Así funciona aquí.
Lilia volvió a quedarse pensativa, repasando mentalmente lo que había visto en la sala. Ninguno de los miembros parecía estar allí por obligación; todos hablaban con emoción, discutían ideas, dibujaban, probaban telas y reían sin parar. Todos parecían estar en su elemento.
Finalmente, habló con voz tranquila.
—Fue interesante.
Los tres la miraron con curiosidad.
—¿El club? —preguntó Kaede.
Lilia asintió con firmeza.
—Sí. Las personas parecían muy apasionadas por lo que hacían. Daban la impresión de que, para ellas, aquello era tan importante como una misión para un soldado.
Hizo una pequeña pausa, y sus ojos reflejaron un brillo de curiosidad genuina.
—Me gustaría conocer los demás clubes.
Miyu abrió mucho los ojos, sorprendida.
—¿Todos?
—Sí —respondió ella sin dudar—. Quiero comprender qué hacen, cómo funcionan y qué es lo que motiva a cada uno.
Ren sonrió, encantado con la propuesta.
—Eso es muy fácil.
Lilia volvió a mirarlos, con una pregunta más en mente.
—Y si alguno de ellos despierta mi interés... ¿puedo unirme también?
Kaede sonrió con mucha calidez, contenta de verla explorar su nueva vida con tanta disposición.
—Claro que puedes. Para eso están creados. Cada estudiante es libre de elegir el que más le guste o le llame la atención.
Lilia asintió lentamente, como si estuviera tomando una decisión importante.
—Entonces me gustaría verlos todos primero, antes de decidir a cuál pertenecer.
No alcanzó a terminar la frase cuando Miyu ya le había tomado del brazo con energía, y Ren había hecho lo mismo con el otro.
—¡Perfecto! —exclamó la chica con entusiasmo—. ¡Así se habla!
—¡Operación "Recorrido Completo de Clubes" oficialmente iniciada! —anunció Ren con tono solemne, como si estuviera declarando el comienzo de una gran expedición—. ¡Te enseñaremos absolutamente todo lo que hay!
—Los deportivos, los culturales, los artísticos, los científicos, los musicales... ¡todos sin excepción! —añadió Miyu ya caminando con paso decidido.
Lilia los observó con calma, sin dejarse arrastrar del todo, y preguntó con naturalidad:
—¿Este recorrido sigue un procedimiento establecido? ¿Tenemos una ruta definida?
—¡Claro que sí! —respondió Miyu con una sonrisa enorme.
Ren asintió con la misma energía.
—Será muy divertido, ya lo verás.
Kaede los miró unos segundos, observando sus caras llenas de emoción, y luego soltó un suspiro largo y profundo. Conocía demasiado bien a sus amigos para saber lo que estaban tramando.
—Ustedes dos...
Ambos se giraron al mismo tiempo, con una expresión inocente.
—¿Sí?
—No la conviertan en una atracción turística de la escuela —les advirtió con tono de resignación.
Se hizo un silencio breve. Miyu parpadeó, intentando poner cara de sorpresa.
—¿Nosotros? ¿Por qué lo dices?
Ren copió exactamente la misma expresión, acomodándose las gafas con calma.
—Jamás haríamos algo así.
Kaede levantó una ceja, sin creérselo ni por un segundo.
—Hace menos de una hora la dejaron sola en el Club de Cosplay sin decirle de qué iba, y casi termina rompiendo el traje más especial que tenían.
Los dos desviaron la mirada hacia los lados, evitando responder.
—Y ahora, de repente, quieren llevarla a todos los rincones de la escuela en una sola tarde.
Miyu tosió disimuladamente, rascándose la nuca.
—Bueno... si lo miras así...
Ren asintió despacio, pensando mejor las palabras.
—...suena un poco mal, sí.
—Porque lo es —confirmó Kaede con seguridad.
Mientras ellos discutían, Lilia los observaba en silencio, hasta que volvió a intervenir con una pregunta totalmente seria y práctica.
—¿El recorrido incluye un mapa del edificio?
Los tres se giraron hacia ella al instante.
—Sí, claro que tenemos uno —respondió Ren sacando rápidamente un pequeño plano de su bolsillo.
—Entonces será mucho más eficiente —añadió ella con total tranquilidad.
Miyu recuperó el ánimo al instante y sonrió de nuevo.
—¡Esa es la actitud! ¡Nos espera una gran expedición!
Kaede volvió a suspirar, mirando alternativamente a Lilia, a Miyu y a Ren, y dijo con voz suave pero segura:
—Tengo el presentimiento de que, cuando terminemos este recorrido...
Hizo una pequeña pausa, como si ya estuviera viendo el futuro.
—...la mitad de los clubes de la escuela van a querer reclutarla a toda costa.
Todos se quedaron en silencio unos segundos.
Porque, en el fondo, muy en el fondo... los tres sabían que esa predicción no era solo una suposición. Era exactamente lo que iba a pasar.
El recorrido por los clubes comenzó esa misma tarde, apenas terminó el descanso. Y para cuando llevaban apenas media hora caminando por los pasillos, ya no había nadie en el colegio que no supiera que la estudiante nueva estaba recorriendo cada sala de actividades una por una.
El primer destino fue el Club de Kendo.
Al entrar, el olor a madera pulida y esteras de paja llenaba el aire, mientras los miembros practicaban con sus espadas de bambú. El capitán, un chico alto y de porte serio, se acercó con curiosidad al ver llegar al grupo.
—¿Has practicado alguna vez con estas armas? —preguntó señalando los shinai que descansaban en la pared.
Lilia los observó unos segundos, analizando su peso y equilibrio con solo mirarlos.
—No exactamente. Son diferentes a las que he usado.
Cinco minutos después, la situación había cambiado por completo.
El capitán estaba sentado en el suelo, con la espada apoyada a su lado y una expresión de absoluta perplejidad. Miró su propia arma, luego a Lilia, que seguía de pie con la suya en la mano con total naturalidad, y volvió a mirar la madera como si no pudiera creer lo que acababa de ocurrir.
—Creo... —murmuró, respirando hondo para recuperarse—. Creo que acabo de perder contra alguien que nunca había sostenido un shinai en su vida.
Lilia inclinó ligeramente la cabeza, devolviendo el arma a su soporte.
—Las técnicas son distintas, pero los principios de equilibrio, distancia y fuerza son muy similares. Solo hay que adaptar el movimiento.
El capitán levantó la vista de inmediato, con los ojos brillando con ganas de ver más.
—¡La quiero en el club!
La siguiente parada fue el Club de Ajedrez.
En esta sala reinaba el silencio absoluto, solo roto por el sonido suave de las piezas al deslizarse sobre el tablero.
—¿Sabes jugar? —le preguntó el presidente, un chico de mirada aguda.
—Nunca he aprendido las reglas —respondió ella con sinceridad.
—No te preocupes, son sencillas —dijo él, acomodando las piezas en su lugar—. Te enseñaremos lo básico en un momento.
Quince minutos después, el silencio era todavía más profundo, pero esta vez cargado de incredulidad.
—Jaque mate —anunció Lilia con calma, moviendo su caballo con un gesto preciso.
El presidente se quedó inmóvil, revisando cada casilla una y otra vez.
—Otra vez... —murmuró, como si no pudiera aceptar que ya fuera la tercera partida perdida en menos de veinte minutos.
Lilia observó la disposición de las piezas con atención.
—Su estrategia depende demasiado de aperturas conocidas. Después de la cuarta jugada, empezó a repetir los mismos patrones. Fue fácil prever los movimientos.
Todos los presentes la miraron con la boca entreabierta. El presidente dejó caer la cabeza sobre el tablero con un golpe suave.
—También la quiero en el club... ¡ya mismo!
Continuaron avanzando, y en cada sala la historia se repetía con matices distintos.
En el Club de Tiro con Arco, le explicaron que solo tenía que apuntar hacia el blanco al final del pasillo y soltar la cuerda.
—Entendido —respondió ella, tomando el arco con una sola mano para medir su resistencia.
La primera flecha salió disparada y se clavó justo en el centro. La segunda, igual. La tercera también. Y la cuarta, quinta y sexta, una tras otra, formando un círculo perfecto en el punto más alto de la diana.
—¿Habías disparado antes? —preguntó el instructor con voz temblorosa, sin apartar la vista del objetivo.
—Sí —respondió Lilia con naturalidad—, pero con arcos de guerra, más pesados y de mayor alcance.
Se hizo un silencio largo y pesado.
—...Eso explica muchísimas cosas.
En el Club de Atletismo, el capitán le indicó que solo tenía que correr la distancia marcada en la pista.
—Solo corre lo más rápido que puedas —le dijo.
Lilia asintió, se colocó en la línea de salida y, en cuanto dio el primer paso, pareció desvanecerse. Todos los demás corredores se detuvieron a mitad de camino, mirando hacia adelante con los ojos muy abiertos.
—¿Dónde está? —preguntó uno, confundido.
Apenas un minuto después, Lilia regresó caminando tranquilamente hasta la meta, sin siquiera haber alterado su respiración.
—Terminé.
El capitán levantó el cronómetro, lo miró, lo volvió a mirar y lo agitó con fuerza por si se había trabado.
—No puede ser... debe estar roto. ¡Es imposible haber recorrido esa distancia en ese tiempo!
En el Club de Matemáticas, cuando le preguntaron si le gustaban los números, ella respondió simplemente:
—Son útiles para calcular distancias, tiempos y probabilidades.
Una hora más tarde, todo el grupo estaba rodeando una pizarra llena de fórmulas, debatiendo cómo resolver un problema que llevaba días estudiando. Lilia levantó la mano con calma.
—La solución correcta está escrita en la página siguiente del libro de referencia.
Todos se quedaron en silencio. Pasaron la hoja y, efectivamente, allí estaba el resultado, idéntico al que ella había descrito hace unos minutos.
—...No tenemos dudas —dijo el presidente—. ¡La queremos aquí!
Pero todo cambió cuando llegaron al Club de Economía Doméstica. Aquí las cosas no salieron tan perfectas.
—Hoy vamos a preparar una tortilla —explicó la profesora, mostrando los ingredientes y los utensilios—. Sigan cada paso con calma.
Lilia asintió, escuchando con total atención. Rompió los huevos, los batió con fuerza, añadió la sal y vertió el aceite en la sartén, tal como le habían indicado. Todo parecía ir bien.
—Ahora enciendan el fuego a temperatura media —indicó la profesora.
—Entendido.
Cinco segundos después...
¡¡FUUUUM!!
Una llamarada enorme salió de la sartén, subiendo casi hasta el techo. Todos retrocedieron asustados, apartándose de las llamas.
—¡¿QUÉ HICISTE?! —gritó alguien.
Lilia miró el fuego con serenidad.
—Aumenté la temperatura al máximo para acelerar el proceso de cocción.
—¡¡ESO NO ES ACELERAR, ES CARBONIZARLO TODO!!
En cuestión de segundos, la sartén empezó a ponerse roja por el calor extremo. Cinco segundos más, y la base metálica se deformó como si fuera de plástico. Un instante después, toda la superficie se puso negra como el carbón.
Lilia la levantó con cuidado, la giró y la observó por todos lados.
—El utensilio no soportó el nivel de calor aplicado. Su resistencia térmica era mucho menor de lo esperado.
La profesora se quedó mirando la sartén, con la mirada perdida en el vacío.
—...Era una sartén profesional... de las más resistentes que hay en el mercado...
Ren, que se había acercado para ver qué pasaba, dio un paso adelante justo en ese momento.
¡PFFF!
Una nube espesa de humo negro salió disparada hacia él, cubriéndolo por completo. Cuando el humo se disipó, todos pudieron verlo claramente: tenía una ceja completamente chamuscada y reducida a la mitad.
Miyu tardó exactamente tres segundos en romper en carcajadas incontrolables.
—¡¡JAJAJAJAJAJA!! ¡Parece que te han cortado la ceja con un cortacésped!
Ren sacó un pequeño espejo de su mochila, se miró y suspiró con resignación.
—Hoy definitivamente no es mi día.
El resto de las visitas siguió con ese mismo contraste divertido.
En el Club de Costura, le dijeron que solo tenía que coser una línea recta sobre un trozo de tela. Cinco minutos después, la costura era impecable, perfecta y sin una sola puntada torcida. Sin embargo, al levantar la tela, se dio cuenta de que también había cosido la tela a la mesa de madera... y parte de la manga de su propio uniforme.
—¿Cómo has podido atravesar la madera con la aguja? —preguntó la profesora, con los ojos como platos.
Lilia tiró suavemente del hilo, y la mesa entera se levantó un poco del suelo junto con la tela.
—No era el resultado esperado, pero la unión es muy firme.
En el Club de Jardinería, le pidieron que cavara un pequeño agujero para plantar una flor. Lilia lo hizo con tanta precisión y energía que, en menos de un minuto, había excavado un hoyo de casi un metro de profundidad.
—Pensé que las raíces necesitaban espacio suficiente para extenderse —explicó ella al ver las caras de asombro.
Dos horas después, el recorrido llegaba a su fin.
Miyu caminaba arrastrando los pies, agotada de correr de un lado a otro. Ren seguía tocándose su ceja incompleta cada dos por tres, como si esperara que volviera a crecer de un momento a otro. Kaede, por su parte, llevaba en la mano una lista larga de notas que había ido tomando en cada sala.
—Bueno, hagamos el resumen final —dijo Kaede, acomodando el papel para leerlo mejor—.
—Club de Kendo: "La queremos ya mismo".
—Club de Ajedrez: "Imprescindible para el equipo".
—Club de Atletismo: "Nuestra nueva esperanza".
—Club de Tiro con Arco: "Nadie le gana".
—Club de Ciencias: "Nos ayudará a resolver cualquier problema".
—Club de Música: "Tiene un oído perfecto".
—Club de Literatura: "Aprende más rápido que cualquier libro".
Miyu levantó una mano, curiosa.
—¿Y el de Economía Doméstica?
Kaede bajó la mirada hasta el final de la hoja, con una sonrisa contenida.
—Pidieron expresamente que no vuelva a acercarse a una cocina ni a encender ningún fuego... nunca.
Ren asintió con total convicción.
—Muy sabia decisión.
—¿Y el de Costura?
—Que puede volver cuando quiera... pero que lejos de las mesas de trabajo.
Miyu no pudo aguantar más y soltó una risita.
—¿Y Jardinería?
Kaede respiró hondo antes de leer la nota.
—El profesor escribió: "¿Está segura de que no trabajó como zapadora en el ejército?".
Lilia escuchaba todo esto con absoluta calma, sin inmutarse ni una sola vez. Cuando terminaron de repasar, habló con voz tranquila y seria.
—Tengo un problema.
Los tres se giraron hacia ella.
—¿Cuál es? —preguntó Kaede.
—Todos parecen ser clubes interesantes y útiles. Tienen actividades que me sirven para aprender cosas nuevas. Pero al ver la lista... no sé cuál elegir.
Miyu se acercó y le dio una palmada en el hombro con mucha amabilidad.
—Ese, Lilia... es un problema que cualquier estudiante normal tendría al empezar en una escuela.
Lilia guardó silencio unos segundos, asimilando esas palabras. Y por primera vez desde que había llegado, esbozó una sonrisa muy leve, casi imperceptible, pero genuina.
Porque quizás... solo quizás... aquello significaba que, poco a poco, estaba empezando a convertirse en una estudiante normal, tal como deseaba.
Los cuatro caminaban despacio por el pasillo principal, dejando que el ruido de la tarde escolar se fuera apagando poco a poco a su alrededor. Miyu llevaba una libreta improvisada en la que había ido anotando cada club visitado, con comentarios breves sobre lo que había ocurrido en cada uno.
—Muy bien —empezó ella, hojeando las páginas con decisión—. Vamos a ir descartando opciones poco a poco.
Ren asintió, todavía tocándose de vez en cuando su ceja más corta, como comprobando que seguía ahí.
—Para empezar, el de Economía Doméstica queda totalmente fuera de la lista.
—De acuerdo —respondió Kaede con una sonrisa contenida—. Creo que nos dejaron muy claro que no quieren volver a verla cerca de una cocina.
—Nos vetaron en toda regla —añadió Miyu.
—A Lilia —corrigió Kaede suavemente—. A nosotros no nos dijeron nada.
—Es prácticamente lo mismo —replicó Ren, y todos tuvieron que admitir que tenía razón.
Miyu pasó a la siguiente hoja y siguió leyendo en voz alta.
—Tenemos el de Kendo: muy buena opción, le gustó la dinámica. El de Tiro con Arco: también, se le daba de maravilla. El de Ajedrez: le encantó, decía que era como planear estrategias sin riesgo real.
—Y el de Literatura —agregó Kaede—. Allí se quedó casi media hora hablando de un libro antiguo con los demás. Fue sorprendente verla tan concentrada y hablando tanto de una sola cosa.
—Yo nunca la había visto conversar tanto —comentó Ren, ajustándose las gafas con curiosidad.
Continuaron así, debatiendo cada posibilidad con calma.
—¿Y el de Atletismo? —preguntó Kaede.
—No, mejor no —respondió Miyu de inmediato—. Si entra, rompería todos los récords de la escuela en su primer día. Luego no sabríamos cómo explicarlo.
—Tiene razón —asintió Ren—. Sería un problema más que una ayuda.
—¿Y el de Ciencias?
—Probablemente terminaría construyendo algo que no debería existir en un laboratorio escolar —dijo Kaede con una risita—. Mejor dejarlo para más adelante.
Siguieron caminando, comparando ventajas y desventajas, intentando encontrar el lugar perfecto donde Lilia pudiera encajar sin causar incidentes.
Hasta que, de repente, Miyu dejó de hablar en seco. Parpadeó un par de veces y giró la cabeza hacia atrás con una expresión de confusión.
Ren hizo exactamente lo mismo, deteniendo el paso al instante.
Kaede sintió un pequeño escalofrío recorrerle la espalda. Muy despacio, los tres se dieron la vuelta por completo.
El pasillo estaba completamente vacío. No había nadie más allí.
Se hizo un silencio breve pero cargado de tensión.
—...¿Dónde está Lilia? —preguntó Miyu, rompiendo el momento.
Ren miró a ambos lados, revisando cada rincón visible.
—Iba detrás de nosotros hace apenas unos segundos. No se oyeron pasos alejándose.
Kaede abrió mucho los ojos, sintiendo cómo crecía esa sensación de alarma que ya conocían demasiado bien.
—¿La perdimos de vista?
Los tres se quedaron inmóviles un instante. Ya habían aprendido una lección muy importante desde que Lilia había llegado: perderla de vista, aunque fuera por un minuto, casi nunca terminaba en algo tranquilo.
—¡Tenemos que buscarla ya! —dijo Miyu con energía—. Yo reviso el patio.
—Yo voy al gimnasio y las salas de deportes —añadió Ren, ya empezando a correr.
—Y yo iré a los edificios más antiguos —completó Kaede, tomando la dirección opuesta.
En cuestión de segundos, el pasillo quedó vacío mientras los tres se separaban para cubrir toda la escuela.
Cinco minutos después, volvieron a encontrarse en el punto de partida, todos con las manos vacías y una expresión de preocupación en el rostro.
—Nada en el patio —informó Miyu.
—Ni rastro en el gimnasio ni en las canchas —añadió Ren.
Kaede respiró hondo, pensando en todos los lugares posibles.
—Solo queda un sitio donde podría haber ido sin que nos diéramos cuenta...
Los tres levantaron la vista al mismo tiempo, como si hubieran pensado lo mismo.
La biblioteca.
Caminaron rápido hasta llegar a su puerta, y esta vez la empujaron con cuidado, casi con miedo de lo que podrían encontrar. Pero para su alivio, la puerta seguía firmemente en su sitio, en perfecto estado —Shiori Mizuno había dejado muy claro desde el principio que esa condición era obligatoria.
Dentro reinaba el silencio habitual, solo roto por el sonido suave y rítmico de las páginas al pasar. Y allí, sentada en una de las mesas más alejadas y tranquilas del fondo, estaba Lilia. Inclinada sobre un libro, con la espalda recta y la mirada totalmente concentrada, parecía que llevaba allí horas.
Detrás del mostrador de entrada, Shiori levantó apenas la vista del volumen que tenía entre las manos, sin mostrar sorpresa alguna.
—Buenas tardes —saludó con su voz serena de siempre.
Los tres amigos soltaron un suspiro largo y profundo, sintiendo cómo toda la tensión se les escapaba del cuerpo.
—¡Lilia! —exclamó Kaede acercándose.
Ella levantó la cabeza con calma, sin alterarse.
—Hola.
—¿Por qué desapareciste así de repente? —le preguntó Miyu, con una mezcla de alivio y reproche—. ¡Nos asustaste muchísimo! Te estuvimos buscando por toda la escuela.
Lilia inclinó ligeramente la cabeza en señal de disculpa.
—Lo lamento. Los vi muy concentrados hablando sobre los clubes, y no quise interrumpir. Cuando pasamos por aquí, sentí curiosidad y entré sin hacer ruido.
—Podías habernos avisado —añadió Ren con una sonrisa cansada.
—Entendido —respondió ella con total naturalidad—. La próxima vez lo haré.
Kaede iba a seguir hablando, pero entonces notó algo entre las manos de Lilia: sostenía una hoja de papel, doblada con cuidado.
—¿Qué es eso que llevas?
Lilia la levantó despacio para que todos pudieran verla. Era un aviso escrito a mano, con letras claras y ordenadas. En la parte superior se leía: “Se busca ayudante para la biblioteca”, y en la parte inferior figuraba la firma de la bibliotecaria: Shiori Mizuno.
Lilia miró de nuevo el papel, como si estuviera analizando cada palabra.
—Tengo una duda —dijo entonces.
—Dime —respondió Ren.
—¿Esto es un club?
Los tres observaron el anuncio, luego se miraron entre sí, y finalmente volvieron a mirarla.
—No exactamente —explicó Miyu primero—. Es algo diferente.
—Es un trabajo de apoyo —añadió Kaede—. Ayudarías a organizar los libros, a ordenar las estanterías, a atender los préstamos y a mantener el lugar en orden. No tiene competiciones ni reglas estrictas, solo requiere atención y responsabilidad.
Lilia volvió a leer cada frase del aviso, y sus dedos recorrieron suavemente el borde del papel con calma. Luego levantó la vista y miró a su alrededor: a las estanterías que subían casi hasta el techo, llenas de miles de libros de todos los temas imaginables; al silencio absoluto que solo se rompía con el sonido de las hojas; al orden perfecto que reinaba en cada rincón.
Por primera vez en toda la tarde, esbozó una sonrisa suave, tranquila y muy sincera.
—Entonces... me gustaría hacerlo.
Kaede la miró con curiosidad.
—¿Es porque te cae bien la señorita Shiori?
Lilia negó con la cabeza con naturalidad.
—No. Es porque me gustan los libros. Me gusta estar aquí.
El silencio volvió a llenar la sala, pero esta vez era un silencio agradable, lleno de comprensión.
Shiori cerró despacio el libro que tenía entre las manos, se levantó de su silla y caminó hacia ellos con su paso lento y elegante. Se detuvo frente a Lilia y la observó unos segundos, estudiando su expresión tranquila y sincera. Luego sonrió: una sonrisa pequeña, pero completamente genuina y cálida.
—Si realmente te interesa —dijo mientras le quitaba suavemente el aviso de las manos—, la plaza sigue disponible.
Lilia la miró a los ojos con total seriedad.
—¿Puedo postularme para el puesto?
Shiori asintió con seguridad.
—Creo que eres la primera persona que se acerca a este lugar por interés real en los libros... y no por la curiosidad de saber cómo es por dentro o por querer entrar a la fuerza.
Hizo una pequeña pausa, y añadió con un toque de humor:
—Y mucho menos por romper la puerta.
Kaede soltó una risita suave, seguida por Ren y, finalmente, por Miyu, que sacudió la cabeza con resignación.
Porque, después de haber recorrido casi toda la escuela buscando el lugar ideal donde Lilia pudiera encajar, después de verla brillar en todo lo que requería fuerza o estrategia y fallar estrepitosamente en lo más sencillo, la respuesta había aparecido de la forma más simple y natural posible.
No era un club. No era una competencia. No era un deporte ni un reto.
Era un lugar silencioso, lleno de historias y conocimiento.
Exactamente el sitio donde una chica que había vivido toda su vida en medio de reglas estrictas y situaciones de riesgo podía empezar, poco a poco, a descubrir un mundo más tranquilo y lleno de nuevas posibilidades.
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PermalinkMira, después de una tarde entera de capitanes gritando que la quieren en su club, el sitio que se queda con Lilia es el único donde nadie le pidió demostrar nada. Ese aviso doblado con cuidado en sus manos me dice más de ella que las seis flechas en el centro. Y cuando Kaede le pregunta si es por Shiori y ella contesta que es por los libros, ahí la creí del todo. Apuesto a que la biblioteca le dura más que cualquier club, y que Shiori ya contaba con verla volver desde lo de la puerta.