Aoi dandole la vuelta a Reika y preguntandole que habria pensado si el chico dormido de la clase se le acerca a decirle que es la lider, y ella sin poder contestar. Yo tampoco le habria creido! Y me da que Aoi tiene mas razon de la que cree: la mitad de la gente que casi no habla en persona escribe como si mandara en cuanto hay una pantalla :)
Capitulo 17: verdades que incomodan
Después de separarse de Reina y dejarla ir hacia su salón de clases, Reika no se dirigió a su propia aula como era lo habitual. Algo en su cabeza le daba vueltas sin parar, una sensación extraña que…
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Aoi dandole la vuelta a Reika y preguntandole que habria pensado si el chico dormido de la clase se le acerca a decirle que es la lider, y ella sin poder contestar. Yo tampoco le habria creido! Y me da que Aoi tiene mas razon de la que cree: la mitad de l
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Después de separarse de Reina y dejarla ir hacia su salón de clases, Reika no se dirigió a su propia aula como era lo habitual. Algo en su cabeza le daba vueltas sin parar, una sensación extraña que no lograba explicar del todo, una mezcla de preocupación genuina y esa pequeña duda persistente que se había instalado en su mente desde hacía rato. Pensaba en el chico, en lo pálido que se veía, en lo agotado que estaba, y sobre todo en esa reacción tan intensa de gratitud que le había mostrado hace unos minutos. Sin darse cuenta, sus pasos la llevaron en dirección contraria a las aulas, avanzando decidida por los pasillos hasta llegar a la puerta con el cartel que indicaba la enfermería escolar.
Empujó la puerta suavemente y entró. El lugar era amplio, luminoso pero tranquilo, con un olor suave a desinfectante y hierbas relajantes que inmediatamente invitaba al reposo. Al fondo, de pie frente a un armario de medicamentos, estaba la enfermera: una mujer joven, de unos treinta y cinco años, pero con una apariencia tan fresca y una energía tan viva que parecía mucho menor. Tenía el cabello recogido en una coleta alta y se movía con agilidad y destreza, acomodando frascos y cajas con cuidado. Al escuchar el sonido de la puerta, se giró y al ver quién era, le dedicó una sonrisa amable y cálida.
—Buenos días, Reika —saludó con voz suave y alegre—. ¿Se te ofrece algo o te sientes mal?
Reika se acercó unos pasos, manteniendo su postura educada y serena de siempre, aunque por dentro la curiosidad y la preocupación seguían creciendo.
—Buenos días, señorita —respondió con cortesía—. No es para mí, gracias. Quería preguntarle si ha venido hace poco un alumno, un chico de cabello oscuro, que se sentía muy cansado y mal de salud.
La enfermera asintió con la cabeza de inmediato, señalando con un gesto de mano hacia el fondo de la habitación, donde varias camillas estaban dispuestas en fila, separadas entre sí por cortinas gruesas de color azul claro. Una de esas cortinas estaba completamente corrida, cerrada herméticamente para bloquear cualquier rayo de sol y mantener el ambiente en una penumbra reconfortante y silenciosa.
—Sí, claro que vino —dijo ella con voz tranquila—. Llegó hace apenas unos minutos, casi no podía ni caminar de lo dormido que estaba. Le dije que se acostara y se quedara todo el tiempo que necesitara. Todavía está ahí, descansando profundamente. No se ha movido nada desde que se acostó.
—Gracias, se lo agradezco mucho —respondió Reika con una leve inclinación de cabeza.
Sin perder tiempo, caminó directamente hacia la camilla indicada y deslizó la cortina con mucho cuidado para no hacer ruido ni perturbar el silencio. Al entrar en ese pequeño espacio cerrado, la luz disminuyó notablemente, creando una atmósfera suave y acogedora. Allí, sobre el colchón limpio y cómodo, estaba él.
Aoi dormía de lado, con el cuerpo ligeramente encogido en una postura relajada y totalmente entregada al sueño profundo que al fin había logrado alcanzar. Sus lentes ya no estaban sobre su nariz; habían sido retirados y descansaban con cuidado sobre una pequeña mesa auxiliar de madera, justo al lado de la cabecera. Su cabello oscuro y algo largo se había desordenado aún más al dormir, cayendo en mechones sueltos y rebeldes sobre su frente, sus mejillas y sus ojos, cubriendo gran parte de su rostro como una cortina natural.
Reika se quedó de pie un instante mirándolo, sintiendo cómo esa mezcla de sentimientos volvía a apoderarse de ella. Se acercó despacio y tomó asiento en la silla que había junto a la camilla, observándolo con atención, con el ceño levemente fruncido por la preocupación. Lo había visto hacía un rato, sí, pero entre el cabello que le tapaba la cara y los lentes siempre puestos, nunca había podido ver bien su rostro, especialmente la zona debajo de los ojos. Y ahora, al recordar lo que ella y Reina habían hablado antes, sentía una necesidad casi urgente de ver si esas terribles ojeras que imaginaba eran tan profundas como sospechaba.
—Tiene que estar terriblemente cansado… —murmuró para sí misma en voz muy baja.
Con mucho cuidado, extendió lentamente su mano derecha hacia él, moviéndose con la máxima delicadeza posible para no despertarlo. Sus dedos rozaron suavemente los mechones de cabello oscuro que caían sobre su rostro, y con un movimiento lento y suave, los apartó hacia un lado, apartándolos de su frente y sus mejillas para finalmente poder ver su cara completamente descubierta.
Y en ese preciso instante… el mundo de Reika se apagó por completo.
Fue como si de repente todo a su alrededor dejara de existir. El sonido de la respiración tranquila de Aoi, el murmullo lejano de la enfermera, la luz suave que entraba por las ventanas… todo desapareció de golpe, dejándola en un silencio absoluto y aturdidor. Sus ojos se abrieron mucho más de lo habitual, fijos en el rostro del chico que tenía delante, y su mente quedó en blanco, incapaz de procesar lo que estaba viendo.
Allí, frente a ella, con los ojos cerrados y una expresión tranquila y relajada, estaba el chico que parecía un desastre, el que se quedaba dormido en clase y lloraba de gratitud por una ayuda pequeña… pero al ver su rostro despejado, sin el cabello que lo ocultaba, la realidad la golpeó con la fuerza de un rayo.
Porque, sin querer, sin buscarlo, acababa de descubrir la verdad más grande y sorprendente de todas.
Esos rasgos suaves, la forma de sus cejas, la línea de su mandíbula, la forma en que sus pestañas caían sobre sus mejillas… todo, absolutamente todo en él, se parecía de manera asombrosa, increíble y casi imposible, a la misma chica con la que habían luchado codo a codo durante horas la noche anterior. A la líder misteriosa, fuerte, decidida y brillante que había guiado a todo el equipo hacia la victoria más importante en la historia del juego. A la persona con la que llevaban hablando y compartiendo estrategias durante dos semanas enteras, a la que admiraban profundamente y de la que tanto se preguntaban quién era en la vida real.
¡Eran iguales! Era como mirar la misma cara, la misma persona… pero bajo una apariencia distinta.
El corazón de Reika comenzó a latir desbocado, golpeando contra su pecho con tanta fuerza que temió que hasta él pudiera escucharlo dormido. Un escalofrío extraño le recorrió la espalda, mezcla de incredulidad, confusión y una sorpresa tan grande que le costaba hasta respirar. Sus dedos, que todavía estaban apoyados suavemente sobre la sien de él, se tensaron de golpe, y como si hubiera tocado algo caliente y peligroso, los retiró bruscamente, apartando la mano con rapidez y dejándola caer a su costado, temblando levemente.
No entendía nada. No tenía sentido. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía ser que este chico, que parecía tan común, tan desastroso y tan cansado todo el tiempo… fuera la misma persona que esa jugadora brillante, inteligente y capaz de todo? ¿Cómo podía encajar todo esto?
Se quedó allí sentada, inmóvil, mirándolo fijamente con los ojos muy abiertos y la mente dando vueltas a mil por hora, sintiéndose totalmente perdida y aturdida, mientras el sueño de Aoi continuaba tranquilo y ajeno a la tormenta que acababa de desatarse en la cabeza de la presidenta del consejo estudiantil.
La respiración de Reika se había vuelto rápida y entrecortada, casi sin que ella se diera cuenta. Sentía el pecho subir y bajar con agitación, como si hubiera estado corriendo durante mucho tiempo, y un calor extraño le subía por el cuello hasta las mejillas, mezclado con un escalofrío que le helaba la espalda. Su mente, habitualmente tan ordenada, fría y analítica, era ahora un torbellino de pensamientos, imágenes y recuerdos que chocaban unos contra otros a una velocidad vertiginosa, sin darle tregua ni un segundo de paz.
No entendía nada. Absolutamente nada. ¿Cómo podía ser posible? ¿Cómo podía encajar todo esto?
Una y otra vez, su cerebro traía a la memoria las escenas de la noche anterior, vívidas, claras y nítidas como si estuvieran ocurriendo en ese mismo instante: veía la figura firme y segura sobre el lobo gigante, avanzando entre el caos sin vacilar jamás. Veía al ave majestuosa surcar el cielo siguiendo cada una de sus órdenes con precisión milimétrica. Veía al slime brillante, siempre pegado a ella, fiel y dispuesto a protegerla de todo peligro. Pero por encima de todo, por encima de las habilidades increíbles, de la inteligencia asombrosa y del liderazgo inquebrantable, lo que más venía a su mente, lo que se le grababa a fuego, era esa sonrisa. Esa sonrisa tranquila, confiada, que siempre aparecía en los momentos más difíciles, que parecía decir «todo va a salir bien», esa sonrisa que le había dado fuerzas cuando todo parecía perdido, esa sonrisa que le había dirigido a ella tantas veces a través de la pantalla… y que siempre le había parecido tan familiar, tan cercana, sin saber por qué.
¿Cómo era posible? ¿Cómo podía ser que la persona a la que más admiraba, a la que respetaba profundamente y de la que tanto quería saber, hubiera estado tan cerca de ella todo este tiempo? ¿Qué hubiera estado caminando por los mismos pasillos, sentándose cerca en el comedor, respirando el mismo aire, sin que ella jamás lo hubiera sospechado? Sentía que le faltaba el aire, que el suelo se movía bajo sus pies y que todo lo que creía saber se estaba desmoronando poco a poco.
En ese momento, justo cuando sus pensamientos iban a mil por hora, Aoi se movió levemente sobre el colchón. Su cuerpo se estiró lentamente bajo las sábanas, soltando un suspiro suave y arrastrado, señal inequívoca de que el sueño profundo comenzaba a abandonarlo poco a poco.
Reika contuvo la respiración de golpe, sus ojos se abrieron todavía más si era posible, clavados en él, sin poder apartar la mirada ni un segundo.
Poco a poco, muy despacio, él comenzó a despertar. Primero se removió un poco, buscando una posición más cómoda, luego levantó la mano derecha y, con movimientos lentos y pesados, se frotó los ojos con el dorso de la muñeca, tratando de espantar el resto de sueño que todavía nublaba su vista. Al hacerlo, apartó sin querer esos mechones rebeldes de cabello oscuro que le cubrían la cara, dejando su rostro totalmente descubierto, tal como ella lo había visto momentos antes.
Entonces, abrió los ojos.
Parpadeó un par de veces, despacio, hasta que su mirada se enfocó lentamente en la figura que tenía sentada justo a su lado. Y al reconocerla, al darse cuenta de quién estaba allí, una sonrisa sincera, suave y relajada se extendió naturalmente por su rostro, iluminándolo por completo.
—Hola… —murmuró con voz todavía ronca y pastosa por el sueño, pero cargada de gratitud—. Muchas gracias, de verdad… si no hubieras hablado con la profesora, todavía estaría allá aguantando el sueño o escuchando regaños… dormir aquí fue maravilloso… gracias a ti pude descansar bien un rato…
Y ahí fue. Justo ahí.
En ese preciso instante en que sus labios se curvaron hacia arriba y esa sonrisa se formó, el mundo de Reika se detuvo por completo.
Porque no había duda. No podía haberla. Aunque el cabello fuera diferente, aunque llevara lentes, aunque su comportamiento fuera tan distinto al de la jugadora que conocía… esa sonrisa era idéntica. Era exactamente la misma que había visto cientos de veces en la pantalla, la misma que la había tranquilizado en medio del peligro, la misma que le había transmitido seguridad y confianza absoluta una y otra vez. Era la misma curva en los labios, la misma forma en que se le iluminaban los ojos, la misma calidez que irradiaba. Era ella. Sin lugar a dudas, era la misma persona.
El impacto fue tan fuerte y repentino que Reika perdió totalmente el control de sus movimientos. Sus dedos se aflojaron sin querer, incapaces de mantener el agarre, y la carpeta gruesa que llevaba siempre consigo, llena de documentos, horarios y papeles importantes, se le resbaló de las manos.
El sonido sordo y fuerte al caer al suelo rompió el silencio de la habitación, haciendo eco en sus propios oídos como un trueno, pero ella ni siquiera se inmutó. Siguió con la mirada fija en él, totalmente paralizada, con la boca ligeramente abierta por la sorpresa, el corazón latiendo tan rápido que creía que se le saldría por la boca, y la mente repitiendo una y otra vez, como un eco interminable: Es ella. Es ella. Ha sido ella todo este tiempo.
Aoi parpadeó un par de veces, todavía con esa expresión relajada y soñolienta, pero poco a poco la sonrisa se fue desvaneciendo de sus labios al ver la cara de Reika. Ella estaba pálida, con los ojos muy abiertos y fijos en él, la respiración todavía agitada y la boca entreabierta como si quisiera decir algo, pero las palabras se negarán a salir. Era una expresión de total aturdimiento, de algo que le había golpeado fuerte y directo, y él no entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando.
—¿Reika? —preguntó con voz suave y confundida, inclinando levemente la cabeza hacia un lado—. ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? Te ves… te ves como si hubieras visto un fantasma o algo así.
Pero ella no respondió de inmediato. Se quedó ahí sentada, mirándolo fijamente, luchando contra el nudo que se le había formado en la garganta, tratando de encontrar la voz, tratando de poner en palabras todo lo que su mente ya había entendido a la perfección. Finalmente, con un hilo de voz, temblorosa y apenas audible, logró articular una frase que a él le sonó totalmente sin sentido al principio:
—Tienes… tienes el rostro descubierto…
Aoi parpadeó de nuevo, más confundido todavía. Alzó lentamente las manos y se tocó la cara con las yemas de los dedos, pasándolos por sus mejillas, su frente y sus ojos, como si quisiera comprobar si algo le pasaba o si tenía algo sucio en la piel. Fue entonces cuando su mirada se desvió hacia la pequeña mesa auxiliar a su lado… y vio sus lentes ahí, apoyados tranquilamente sobre la madera, olvidados y lejos de su cara.
En ese preciso instante, todo se aclaró de golpe en su mente. Y fue como si le hubieran echado agua helada encima.
Los ojos se le abrieron de par en par, mucho más de lo normal, y el color se le fue de la cara en un segundo. Entendió. Lo entendió todo… y lo entendió demasiado tarde.
Un escalofrío helado le recorrió todo el cuerpo, desde la punta de los pies hasta la cabeza, y sus manos, que todavía estaban tocando sus mejillas, comenzaron a temblar sin control, sacudiéndose con una intensidad que no podía detener. El corazón se le disparó a una velocidad vertiginosa, golpeándole el pecho con tanta fuerza que le dolía, y un pánico absoluto, frío y agudo, se apoderó de él por completo.
Me descubrieron. Lo sabe. Ella lo sabe.
Sin pensar en nada más que en esconderse, en desaparecer, en borrar esa imagen de su rostro que ella acababa de ver, sus manos se aferraron desesperadamente al borde de las sábanas que lo cubrían hasta la cintura. De un solo movimiento rápido y torpe, las jaló hacia arriba con todas sus fuerzas, cubriéndose por completo la cabeza, el cuerpo y todo lo demás, quedando totalmente oculto bajo la tela, hecho una bola tensa y aterrorizada en el centro de la camilla.
—¡No me busques! ¡No estoy aquí! —se oyó su voz amortiguada y asustada desde debajo de las sábanas, sonando casi como un niño asustado.
Ese movimiento brusco y el sonido de su voz fueron suficientes para sacar a Reika de ese estado de shock en el que había estado sumida hasta ese momento. La realidad la golpeó de nuevo, pero esta vez ya no era sorpresa… era certeza absoluta. Al ver cómo se escondía desesperadamente, cómo temblaba y cómo reaccionaba, ya no le quedaba ni la más mínima duda: era él. Era ella. Era la misma persona.
Y por supuesto que no iba a dejarlo escapar, así como así.
Reacción rápido, se inclinó hacia adelante y agarró firmemente el borde de la sábana con ambas manos, justo donde él la había sujetado, tirando de ella con fuerza y determinación, sin dejar que se cubriera más ni que escapara de esa forma tan cobarde.
—¡Sal de ahí ahora mismo! —le ordenó con voz firme, cargada de emoción, mezcla de rabia, confusión y esa sensación extraña de sentirse engañada—. ¡No te escondas como un niño y sal ya! ¡Tienes que darme una explicación! ¡¿Cómo es posible todo esto?!
—¡Yo no sé de qué hablas! —protestó la voz de Aoi desde abajo, sonando temblorosa y algo ahogada, mientras intentaba aferrarse a la tela para que no se la quitara—. ¡No soy nadie importante! ¡Solo soy un estudiante cualquiera! ¡Seguro te estás confundiendo de persona! ¡Déjame tranquilo!
—¡¿Que te confunda?! —repitió Reika, tirando con más fuerza de las sábanas, logrando que se deslizaran un poco hacia abajo, dejando al descubierto su cabeza y parte de su cara, aunque él seguía con los ojos fuertemente cerrados y el rostro contraído por el miedo—. ¡No te hagas el tonto conmigo! ¡Te conozco! ¡Sé exactamente quién eres! ¡He visto esa cara cientos de veces! ¡He seguido tus órdenes, he confiado en ti con mi vida y la de todo el equipo! ¡Y ahora resulta que has estado aquí todo el tiempo, a mi lado, caminando por los mismos pasillos, sentándote cerca de mí… y nunca me dijiste nada! ¡¿Por qué?!
Sus palabras salían una tras otra, rápidas y cargadas de sentimientos que había estado reprimiendo sin saberlo durante semanas: admiración, respeto, confianza… y ahora también esa sensación agridulce de sentirse engañada y dolida.
—¡Si sabías quién era yo desde el principio, por qué nunca me dijiste nada fuera de la pantalla! —le preguntó directamente, mirándolo fijamente, con los ojos brillantes de intensidad—. ¡¿Por qué te escondiste todo este tiempo como si fueras un delincuente?! ¡¿Por qué fingiste ser alguien más o… o simplemente te mantuviste oculto cuando estábamos tan cerca?! ¡Habla de una vez! ¡Quiero saber la verdad!
El tira y afloja continuó unos segundos más, entre forcejeos y palabras alzadas, ninguno dispuesto a ceder terreno… hasta que una voz firme y autoritaria, pero tranquila, cortó el aire de golpe desde la entrada de las cortinas.
—¡¡Oigan ustedes dos!! ¿Pero qué creen que están haciendo? ¿Esto es una enfermería o un patio de juegos? ¡Aquí se viene a descansar y a estar tranquilos, no a armar escándalo ni a pelear como niños pequeños!
Ambos se quedaron inmóviles al instante, congelados en sus posiciones. Reika tenía las manos aferradas a la sábana con fuerza, y Aoi se agarraba del otro lado con la misma intensidad, con los ojos muy abiertos por la sorpresa. Al levantar la vista, vieron a la enfermera parada frente a la cortina, con las manos en la cintura y una expresión de fingida severidad en el rostro, aunque se notaba que no estaba realmente enojada, solo les llamaba la atención para que se calmaran.
—Usted, señorita presidenta —dijo mirando a Reika, señalándola con un dedo—, sé que tiene muchas responsabilidades y autoridad en la escuela, pero aquí mando yo. Y no se permite molestar a los pacientes que necesitan reposo. ¡Si sigue así, voy a tener que expulsarla de la habitación!
Luego giró la mirada hacia Aoi, que seguía medio escondido, y le habló con tono suave pero firme:
—Y usted, joven, se supone que está aquí para dormir y recuperarse, no para gritar y pelear. Si tiene tanta energía, mejor váyase a clase ahora mismo, ¿le parece?
—¡N-no, señora! —se apresuró a responder Aoi con voz tímida y asustada—. Perdón… no volverá a pasar… ya nos calmamos, se lo prometo…
Reika también soltó la tela lentamente y se enderezó en su asiento, ajustándose el uniforme y bajando la cabeza levemente, avergonzada por haber perdido así el control de sí misma.
—Disculpe usted también… no era mi intención causar problemas ni hacer ruido —dijo con educación, recuperando un poco de su compostura habitual—. Ya estamos tranquilos. No volverá a suceder.
La enfermera los miró a ambos un instante más, todavía con cara seria, pero poco a poco una sonrisa divertida se le escapó por la comisura de los labios.
—¡Eso espero! —sentenció finalmente—. Ahora, comportarse bien y hablar en voz baja, ¿entendido? Si vuelvo a oír un grito o un ruido fuerte, los echo a los dos sin dudarlo.
Dicho esto, se dio media vuelta y se marchó hacia su escritorio, dejándolos solos de nuevo, aunque esta vez el ambiente era mucho más tranquilo y silencioso.
El silencio que quedó entre ellos fue largo, pesado y cargado de cosas que decirse. Reika seguía sentada en la silla, pero ahora tenía los brazos cruzados fuertemente sobre su pecho, la espalda recta y la mirada seria y fija en él, sin apartarla ni un segundo. No se iba a ir, eso estaba más que claro, y él lo sabía perfectamente.
Aoi, por su parte, seguía acostado, con la sábana subida hasta cubrirse casi toda la frente, dejando ver solo sus ojos y la parte baja de la nariz. No se atrevía a bajarla del todo, ni tampoco a mirarla directamente a los ojos. Sabía que ya no podía esconderse, que la verdad había salido a la luz de la forma más inesperada y torpe posible, y sabía también que Reika no pensaba irse ni dejarlo tranquilo hasta obtener todas las respuestas que se merecía.
Después de unos minutos eternos, soltó un suspiro largo, profundo y resignado, que salió suavemente por debajo de la tela. Con movimientos lentos y vacilantes, bajó poco a poco la sábana, dejando al descubierto su rostro completo, y la miró directamente a los ojos, con una mezcla de culpa, timidez y sinceridad absoluta.
—No fue mi intención esconderme de ti… ni mentirte, ni ocultarte nada… —empezó a decir con voz baja, suave y temblorosa, pero clara—. De verdad que no… nunca quise hacerte sentir engañada ni nada parecido…
Hizo una pequeña pausa, tragando saliva antes de continuar, eligiendo sus palabras con cuidado.
—Pero… piénsalo bien, Reika… ¿qué hubieras pensado si, de la nada, se te acerca un chico como yo… este que ves ahora, medio dormido, desaliñado, que se queda dormido en clase y que apenas habla con nadie… y te dice: «Oye, soy yo. Soy la jugadora con la que llevas dos semanas hablando, la que dirigió la batalla de anoche, la que tomó todas las decisiones, la que te dio órdenes y te dijo que confiaran en ella…» —repitió sus propias palabras con un tono de amarga ironía—. ¿Tú qué hubieras pensado? ¿Me hubieras creído? ¿O te hubiera parecido lo más absurdo, imposible y ridículo del mundo?
Reika abrió la boca para responderle de inmediato, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Porque tenía razón. Y ella no podía negarlo, por más que quisiera.
Si alguien le hubiera dicho eso antes de entrar aquí, antes de verlo ella misma con sus propios ojos, se habría reído en su cara o habría pensado que se trataba de una broma de mal gusto. Habría sido incapaz de relacionar a ese chico tímido, cansado y callado, con la persona brillante, decidida y llena de seguridad que conocía en el juego. Era tan difícil de creer, tan extraño y tan opuesto, que hasta a ella misma le costaba asimilarlo todavía, incluso sabiendo la verdad.
Bajó levemente la mirada, aflojando un poco los brazos que tenía cruzados, admitiendo en silencio que tenía toda la razón del mundo.
Al ver que ella no respondía y que comprendía su punto, Aoi soltó otro suspiro, esta vez más tranquilo, y comenzó a moverse lentamente. Se incorporó sobre el colchón hasta quedar sentado, con la espalda apoyada contra la cabecera de la cama, y se cubrió con la sábana hasta la cintura. Miró a Reika fijamente, con los ojos brillantes y una expresión llena de sinceridad y vulnerabilidad.
—Lo siento de verdad… —repitió, bajando la cabeza un poco con vergüenza—. Perdóname si te hice sentir mal o si pensaste que te estaba ocultando cosas por malas intenciones… pero es que… la verdad es que yo no soy así en la vida real. —Su voz se fue apagando un poco, volviéndose más suave y tímida—. En el juego… detrás de una pantalla, siento que puedo ser yo mismo, puedo pensar con claridad, puedo hablar sin miedo, puedo tomar decisiones sin dudar… tengo la seguridad y la fuerza que me faltan aquí afuera. Pero en la vida real… soy solo esto. Un chico normal, callado, que se cansa fácil, que le cuesta hablar con la gente y que se pone nervioso hasta por nada. No tengo nada de la seguridad ni de la valentía que tengo cuando juego… y tenía miedo. Tenía mucho miedo de que, al saber quién era en realidad, dejaras de verme como esa persona que conoces… y empezaras a verme solo como este chico aburrido y torpe que soy de verdad.
Reika soltó un suspiro largo y profundo, mientras se pasaba una mano por la frente y se acariciaba suavemente la sien, tratando de calmar el último resto de tensión y sorpresa que todavía le recorría el cuerpo. Lo miró con una expresión mucho más tranquila, aunque todavía se notaba en sus ojos que todo aquello seguía pareciéndole increíble y difícil de asimilar.
—No te preocupes, Aoi —empezó a decir con voz suave y serena, sin dejar de mirarlo fijamente—. Entiendo lo que dices… y tienes razón, en realidad. Fue un golpe muy fuerte descubrirlo así, de repente, sin esperármelo para nada, y claro que me desconcierta un montón… pero no estoy molesta contigo. Para nada.
Hizo una pequeña pausa, bajando la mano y apoyándola sobre su rodilla, mientras recordaba la conversación que habían tenido hacía solo unas horas en la azotea.
—¿Sabes qué es lo más loco de todo esto? —continuó, levantando la vista hacia él con una mezcla de asombro y diversión—. Esta misma mañana, hace apenas un rato, estaba hablando con Reina justo de esto. Decíamos que no te conocíamos para nada, que eras un misterio completo, que no teníamos ni idea de quién eras ni de dónde venías… y resulta que te hemos tenido aquí todo el tiempo. En el mismo colegio, pasando por los mismos pasillos, viéndonos las caras casi todos los días… y nunca nos dimos cuenta de nada. Es casi gracioso, ¿no crees?
Sin esperar respuesta, se inclinó hacia adelante lentamente, acercándose cada vez más a él hasta quedar a muy poca distancia, tanto que Aoi pudo sentir el calor suave que salía de su cuerpo y el ligero aroma agradable de su perfume. Antes de que él pudiera reaccionar o apartarse, ella levantó ambas manos y, con mucho cuidado y delicadeza, comenzó a apartar todos esos mechones rebeldes de cabello oscuro que le caían sobre la frente y los lados de la cara, apartándolos hacia atrás y dejando su rostro completamente libre, totalmente descubierto ante ella.
Estaban tan cerca que Aoi podía ver con una claridad absoluta cada detalle de los ojos de Reika: su color oscuro y profundo, brillante y expresivo, las pestañas largas y finas, la forma en que la luz se reflejaba en ellos. Nunca había estado tan cerca de ella, nunca había podido verla así, y sintió cómo el corazón se le aceleraba de nuevo, pero esta vez no por miedo, sino por la intensidad de esa mirada y por la cercanía tan íntima.
Reika, por su parte, analizaba cada rasgo de su cara con atención minuciosa, recorriendo con la mirada su frente despejada, la forma de sus cejas, la línea suave de sus mejillas, la curva de sus labios, la forma de su mandíbula… Y poco a poco, todo comenzó a encajar en su mente, como si las piezas de un rompecabezas complejo se unieran al fin.
—Ya entiendo… —murmuró ella en voz baja, casi para sí misma, sin apartar la mirada de su rostro—. El casco de realidad virtual adapta la apariencia basándose en los rasgos faciales de cada uno, ¿verdad? Solo realza ciertas características y suaviza otras… pero la base sigue siendo la misma. —Sonrió levemente, comprendiéndolo todo—. Por eso eras así en el juego. Aunque seas un chico, tus rasgos son tan suaves, tan delicados y armoniosos… que al procesarlos el sistema, terminaron dándote esa apariencia tan hermosa y femenina que nos dejó a todas con la boca abierta. No es que te transformara en alguien totalmente distinto… es que simplemente mostró lo que ya estaba ahí, pero de una forma más evidente.
Esa frase cayó sobre Aoi como un balde de agua helada, y al mismo tiempo, fue como si le dieran un golpe directo al orgullo.
¿Femenino? ¿Él?
Se quedó totalmente petrificado, con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta por la sorpresa y la indignación repentina. Nunca se había fijado bien en sus propios rasgos, nunca había pensado en que pudieran ser así… y escucharla decirlo tan tranquila, como si fuera lo más obvio del mundo, le dolió en lo más profundo de su autoestima. ¡Él era un chico! ¡Se suponía que debía verse masculino, fuerte, rudo… no que le dijeran que tenía rasgos femeninos!
De repente, una pequeña lágrima brillante comenzó a formarse en la esquina de su ojo, deslizándose lentamente por su mejilla, mientras sus labios se fruncían hacia abajo formando un puchero enorme, tenso y muy expresivo, lleno de ofensa y frustración.
—¡¿Qué dijiste?! —exclamó con voz entrecortada y temblorosa, mirándola con ojos llorosos y una cara que parecía la de un niño al que le habían quitado su juguete favorito—. ¡Yo soy un chico! ¡Un chico de verdad! ¡Ni siquiera yo me había fijado bien en mi propia cara y nunca pensé que me vería así… y tú vienes y me dices que soy femenino?! ¡Eso es mentira! ¡No me llames así! ¡Qué cosa tan mala que dijiste…!
Se veía tan dolido, tan ofendido y tan decidido a hacerle ver que estaba equivocada… pero para Reika, que lo miraba de cerca, ese pequeño berrinche, esas lágrimas que se le escapaban sin querer y ese puchero tan marcado no le daban para nada un aspecto intimidante o serio. Al contrario.
Se veía absolutamente adorable.
Demasiado adorable, incluso.
Verlo así, con la cara roja por la vergüenza y la indignación, los ojos brillantes de lágrimas y los labios fruncidos de esa forma tan tierna, hizo que el corazón de Reika diera un vuelco dentro de su pecho. Tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no soltar una carcajada ahí mismo, aunque una sonrisa dulce y llena de ternura se le escapó de inmediato, iluminando su rostro por completo.
Pobre Aoi, pensó ella para sí misma, con una mezcla de diversión y cariño. No tiene ni idea de que, justo cuando trata de verse más serio y molesto, se ve mil veces más tierno que nunca.
—Está bien, está bien… —le dijo ella con voz suave y dulce, aunque con una pequeña risa contenida en el tono, mientras acercaba una mano para secar suavemente la lágrima que le caía por la mejilla con el dedo pulgar—. Tienes razón, perdóname. No volveré a decirlo. Tú eres un chico, claro que sí… y muy valiente y capaz, además. Solo que… tienes unos rasgos muy bonitos, eso es todo. No es algo malo, ¿sabes?
Pero Aoi, que seguía hecho un mar de sentimientos y no entendía por qué ella sonaba tan tranquila y se veía tan divertida, solo se cruzó de brazos con fuerza sobre el pecho, sin dejar de hacer el puchero y mirándola con una cara de pocos amigos que, lejos de dar miedo, solo hacía que se viera aún más tierno a los ojos de ella.
—¡No te rías! —protestó él, con voz quejumbrosa y todavía llorosa—. ¡Es algo muy serio! ¡Me ofendiste mucho…!
—Ya, ya… no me río —respondió Reika, aunque su sonrisa se hacía cada vez más grande y brillante, mientras lo miraba con una ternura que apenas podía contener—. Te prometo que no me río. Pero de verdad… eres la cosa más tierna que he visto en mi vida, Aoi. Aunque te enojes y te hagas el fuerte, no puedes evitarlo.
Después de despedirse de la enfermera con educación y prometer que ya no habría más escándalos, salieron juntos al pasillo, donde la luz del día entraba suavemente por las ventanas y el murmullo de los estudiantes que iban y venían llenaba el ambiente. Caminaban uno al lado del otro, como si fueran dos compañeros cualesquiera que simplemente iban a sus clases, pero la conversación que llevaban era todo menos normal.
Aoi, que ya se había puesto los lentes y se había arreglado el cabello para que le volviera a cubrir gran parte de la cara, no paraba de hablar ni un segundo. Iba gesticulando con las manos, con la voz un poco más aguda de lo habitual por la emoción, tratando por todos los medios de convencerla de que se equivocaba.
—Te lo juro Reika, te lo juro por lo que quieras —decía con insistencia, caminando casi de espaldas para poder mirarla a la cara mientras hablaba—. Soy muy masculino, de verdad. Es más, muchos me han dicho que tengo una presencia imponente, ¡sí! Y… y que tengo una mirada muy seria y fuerte, ¿sabes? No sé de qué me hablas con eso de rasgos suaves, ¡para nada! Si me vieras cuando estoy serio y concentrado, te aseguro que te daría hasta miedo…
Reika caminaba tranquila a su lado, escuchándolo con paciencia, pero por dentro le costaba horrores no soltar una carcajada en cualquier momento. Lo miraba de reojo, viendo cómo se esforzaba por parecer serio y convincente, cómo movía las manos y fruncía el ceño para intentar verse más duro… pero para ella, que ya sabía lo que se escondía detrás de esos lentes y ese cabello revuelto, que ya había visto su rostro descubierto y esa expresión tan tierna que ponía cuando se ofendía, le era totalmente imposible tomarlo en serio. Cada vez que él decía algo sobre lo masculino o imponente que era, ella solo pensaba en esa lágrima resbalando por su mejilla y ese puchero enorme que le hacían ver más adorable que nunca.
—Ah, ¿sí? —respondía ella de vez en cuando, con una voz tranquila y una sonrisita apenas perceptible en los labios—. Qué interesante… pues tendré que ver eso algún día, porque por ahora, lo único que veo es a alguien que se pone a llorar y hace pucheros cuando le dicen unas palabras…
—¡Eso fue diferente! ¡Fue por el orgullo! —se apresuraba a aclarar él, con los ojos muy abiertos detrás de los cristales—. ¡Eso no cuenta! En situaciones normales soy muy varonil, te lo aseguro…
Así estuvieron un buen rato, con él insistiendo y ella divirtiéndose a costa suya, hasta que al doblar una esquina se encontraron de frente con Reina, que venía caminando en dirección contraria, con sus libros bajo el brazo y la mirada tranquila.
—¡Hola a los dos! —saludó ella al verlos, deteniéndose en seco y sonriendo con curiosidad—. ¿Qué hacen ustedes dos juntos? Te estaba buscando Reika, quería preguntarte sobre…
Aoi se puso tenso al instante. Su corazón dio un salto en el pecho y su mente comenzó a pensar rápido: «Ya tengo mis lentes puestos, el cabello me tapa casi toda la cara, parezco el mismo chico de siempre… seguro que no se da cuenta de nada. No hay forma de que ella sospeche siquiera quién soy».
Con esa idea en mente, trató de actuar con naturalidad, inclinó levemente la cabeza a modo de saludo y, aprovechando que estaban hablando entre ellas dos, pensó que era el momento perfecto para escapar sin levantar sospechas.
—Bueno… yo ya me voy, no quiero hacerles perder tiempo —dijo con voz educada y un poco tímida, dándose media vuelta lentamente para empezar a caminar hacia el otro lado—. Que les vaya bien…
Pero apenas había dado un paso, una mano se cerró con firmeza alrededor de su muñeca, deteniéndolo en seco.
Se quedó inmóvil al instante, sintiendo cómo el calor de esa mano se transmitía por su piel, y poco a poco, con mucho miedo y lentitud, giró la cabeza para mirar hacia atrás.
Lo que vio hizo que se le helara la sangre.
Allí estaba Reika, mirándolo fijamente, con la mano todavía sujeta a su muñeca. Tenía una sonrisa en el rostro, sí, pero no era esa sonrisa amable, educada o tranquila de siempre. Era una sonrisa distinta, brillante, llena de confianza y… sobre todo, llena de una seguridad absoluta que parecía decirle claramente: «No te escapas. De esta no te vas a librar, y ya sabes que es así». Era la misma mirada que ponía cuando tomaba decisiones importantes, esa que no admitía negativas ni escapatorias.
Aoi sintió cómo se le escapaba el aire y quiso decir algo, protestar o pedirle que lo soltara, pero la voz se le quedó atascada en la garganta.
Reina, que había visto todo el movimiento y la expresión de Reika, frunció levemente el ceño con más curiosidad que sorpresa, mirando de uno a otro.
—¿Qué pasa? —preguntó con voz suave, pero con esa atención aguda que siempre tenía—. Reika… ¿por qué lo agarras así? ¿Qué está pasando?
Reika no apartó la mirada de Aoi ni un segundo, y esa sonrisa suya se hizo un poco más grande, más divertida y llena de complicidad.
—Mejor míralo tú misma, Reina —respondió con voz tranquila y segura, como si estuviera anunciando algo increíblemente importante—. Creo que es mejor que lo veas con tus propios ojos antes de decirte nada.
Antes de que Aoi pudiera reaccionar, defenderse o siquiera parpadear, Reika soltó su muñeca y, con una velocidad y agilidad sorprendentes, se acercó a él. Con una mano le quitó los lentes de un tirón suave pero firme, y con la otra apartó todos esos mechones de cabello oscuro que le cubrían la cara, apartándolos hacia atrás y dejando su rostro totalmente descubierto, totalmente expuesto ante la mirada de Reina.
Y ahí fue.
En cuanto la luz del pasillo iluminó su cara por completo, en cuanto Reina pudo ver esos rasgos suaves, esa forma de los ojos, esa línea de la mandíbula… el tiempo pareció detenerse para ella.
Porque conocía esa cara. La conocía mejor que la de nadie más en el mundo en este momento. La había visto cientos de veces en la pantalla, iluminada por la magia, con ese cabello claro que flotaba y esa expresión decidida y brillante. La había visto en medio de la batalla, calmada y segura. La había visto sonreír, animarlas, guiarlas… Era la cara que se le había grabado a fuego en la mente desde hacía dos semanas, la de la persona que más admiraban y que más se preguntaban quién era.
Y ahora estaba ahí, frente a ella, sin lentes, sin cabello que lo tapara, con los ojos muy abiertos por el miedo y la sorpresa, con las mejillas ligeramente sonrosadas… pero era exactamente la misma cara. No había duda posible. Era ella. Era Aoi. Su Aoi.
Reina se quedó totalmente paralizada, con la boca entreabierta y los ojos abiertos como platos, mirándolo fijamente, incapaz de apartar la mirada ni de articular palabra alguna. Su mente quedó en blanco, totalmente aturdida por la impresión, mientras su corazón comenzaba a latir con fuerza y rapidez, golpeándole el pecho con una mezcla de incredulidad, asombro y una alegría repentina y abrumadora.
—No… —susurró finalmente, con voz apenas audible y temblorosa, sin dejar de mirarlo—. No puede ser… ¿tú…? ¿Eres tú…?
Subieron los tres en silencio hasta la azotea, pero un silencio muy distinto al de esa mañana. Ya no había calma ni tranquilidad; el aire estaba cargado de vergüenza, incredulidad y una mezcla extraña de emociones. En cuanto Reika abrió la puerta metálica y entraron, Aoi no esperó a que le dijeran nada. Caminó despacio hasta una esquina apartada, se dejó caer en el suelo y se encogió sobre sí mismo hasta quedar en posición fetal, con las rodillas pegadas al pecho, los brazos rodeándolas con fuerza y la cabeza agachada, ocultando el rostro entre las piernas.
Estaba en su peor momento. Literalmente deseaba que abriera la tierra y se lo tragara ahí mismo, o que cayera un rayo y lo desapareciera del mundo entero. «¿Por qué a mí? ¿Por qué me tuvo que pasar esto a mí?», pensaba una y otra vez, sintiendo cómo la vergüenza le quemaba las mejillas y le apretaba el pecho.
—Ojalá me parta un rayo… —murmuró con voz apagada y quejumbrosa, apenas audible por encima del viento—. Ojalá me convierta en polvo ahora mismo… ojalá nunca hubiera existido este juego estúpido…
Y no era para menos. Si hubiera sido por él, jamás se habría acercado a ese juego ni por casualidad. De hecho, se había negado rotundamente a jugarlo cuando salió, decía que no le interesaba, que le parecía una pérdida de tiempo y que prefería dedicarse a otras cosas. Pero sus hermanas… ¡ay, sus hermanas! Esas dos mujeres mayores, alegres, ruidosas y tercas como ellas solas, se habían empeñado en que lo probara. Le habían insistido, le habían rogado, le habían prometido todo tipo de cosas y, cuando nada de eso funcionó, simplemente lo habían obligado. Literalmente lo habían sentado frente al equipo, le habían puesto el casco en la cabeza y le habían dicho: «¡Vas a jugar y te va a gustar, te guste o no!». Y así había sido. Al principio solo lo hacía para complacerlas y para que lo dejaran en paz, pero poco a poco había descubierto que le gustaba, que se sentía bien siendo quien era allí adentro… y ahora, mira dónde había terminado todo eso: descubierto, expuesto y deseando no haber nacido.
—¡Malditas sean… —murmuró de nuevo, refiriéndose a sus hermanas, con voz llena de resignación y dolor—! Si no hubiera sido por ustedes, yo estaría tranquilo ahora mismo… nadie sabría nada…
Se quedó allí, inmóvil y hecho una bola, sumido en su propia desgracia, en un estado que claramente se podía calificar como depresivo. De vez en cuando soltaba un suspiro largo y pesado, o se quejaba bajito, repitiendo sus deseos de desaparecer, totalmente ajeno al resto del mundo.
Mientras tanto, a unos metros de distancia, apoyadas contra la baranda metálica y dándole la espalda para darle un poco de "privacidad" —aunque era obvio que no le servía de mucho—, Reika y Reina hablaban en voz baja, con los ojos brillantes de emoción y asombro.
—¿Te das cuenta de lo que significa todo esto? —decía Reina, con una mezcla de incredulidad y entusiasmo, mirando a su amiga con los ojos muy abiertos—. ¡Es increíble! ¡Nuestra líder, la persona que nos guió, la que hizo lo imposible, la que cambió el curso de todo… ha estado aquí todo el tiempo! ¡Es el chico que vemos todos los días, el que se queda dormido en clase, el que nos saludó tímidamente esta mañana! Todavía no puedo creerlo… ¡es como algo sacado de una historia increíble!
Reika asintió lentamente, con una sonrisa tranquila pero que irradiaba satisfacción, mirando de reojo hacia la pequeña figura encogida en la esquina.
—Lo sé —respondió con voz suave—. Yo tampoco lo creía al principio. Cuando le aparté el cabello y vi su cara, pensé que me estaba volviendo loca, que mi imaginación me estaba jugando una mala pasada… pero no. Es él. Es exactamente él. Todo encaja ahora. Por qué siempre hablaba con tanta seguridad en el juego y por qué es tan tímido y callado aquí, por qué nunca quería decirnos nada sobre su vida real… todo tiene sentido.
Reina soltó una pequeña risa, mirando hacia Aoi con ternura.
—Y pensar que nos pasamos toda la mañana preguntándonos quién sería, imaginando cosas increíbles… y resulta que era él, el chico más tierno y dulce de todo el colegio —dijo, negando con la cabeza—. ¡Qué ironía! Aunque… la verdad es que no me sorprende tanto. Ahora que lo sé, me doy cuenta de que esa inteligencia, esa forma de pensar, esa capacidad de ver las cosas… siempre ha estado ahí, solo que de una forma distinta.
—Exactamente —coincidió Reika—. Es la misma persona. Solo que en el juego se siente libre, se siente seguro, y puede ser todo lo que lleva dentro. Aquí se esconde, se esconde detrás de sus lentes, de su cabello, de su comportamiento tranquilo… pero en el fondo es la misma persona brillante y valiente que conocimos.
Ambas se quedaron en silencio un momento, mirándolo, viéndolo hecho una bola y quejándose bajito, deseando desaparecer.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Reina finalmente, mirando a Reika con curiosidad—. ¿Qué vamos a hacer con él? Porque está claro que no quiere que nadie sepa, y se muere de vergüenza solo con que nosotras lo sepamos…
Reika sonrió, una sonrisa llena de determinación y algo de picardía, mirando a su amiga fijamente.
—¿Qué vamos a hacer? —repitió lentamente—. Pues… nada de momento. Respetaremos su secreto, si eso es lo que quiere. No le diremos nada a nadie, puedes estar segura. Pero… —su sonrisa se hizo más grande y brillante—, eso no significa que las cosas vayan a ser iguales que antes. Ahora que sabemos la verdad, ahora que sabemos quién es realmente… ya no lo vamos a dejar escapar tan fácil. Ahora sabemos que tenemos a la mejor persona de todas justo aquí, a nuestro lado… y no pensamos dejarlo ir. ¿Verdad?
Reina se echó a reír suavemente, asintiendo con entusiasmo, mientras miraba hacia Aoi, que seguía sumido en su propia miseria.
—Tienes toda la razón —respondió con voz alegre—. Ya no se va a poder esconder de nosotras. Y la verdad… creo que va a tener que acostumbrarse, porque su vida tranquila y solitaria se acabó para siempre.
Y en la esquina, Aoi seguía murmurando para sí mismo, sin saber que acababa de ganar algo que nunca había buscado… y que quizás, sin darse cuenta, necesitaba más que nada.
—Malditas hermanas… maldito juego… maldita mi suerte… —seguía diciendo, mientras el viento le revolvía el cabello y las dos chicas planeaban su futuro sin que él se enterara.
Thoughts
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PermalinkAoi dandole la vuelta a Reika y preguntandole que habria pensado si el chico dormido de la clase se le acerca a decirle que es la lider, y ella sin poder contestar. Yo tampoco le habria creido! Y me da que Aoi tiene mas razon de la que cree: la mitad de la gente que casi no habla en persona escribe como si mandara en cuanto hay una pantalla :)
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PermalinkMe reí en alto con Aoi tapándose con la sábana y gritando que no está ahí, como si eso sirviera de algo. Y ojo, que Reina, en cuanto se le pase el susto, se lo va a hacer pasar peor que Reika.