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Capítulo 17: Rumbo al horizonte

DNavarrete
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El deslizador antigravedad avanzaba en silencio, deslizándose suavemente sobre el inmenso valle desolado. No había carreteras ni caminos marcados, solo kilómetros y kilómetros de tierra agrietada,…

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Pensamiento

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MarianelaVidal

Kizara le pregunta si borró el rastro por el Padre Julián y los niños, y Nara contesta que lo hizo porque a ella ese lugar le importa. Me acordé de mi cuñada, que cuando media familia se fue a España en 2002 siguió pagando la luz de la casa vacía por si a

Kizara le pregunta si borró el rastro por el Padre Julián y los niños, y Nara contesta que lo hizo porque a ella ese lugar le importa. Me acordé de mi cuñada, que cuando media familia se fue a España en 2002 siguió pagando la luz de la casa vacía por si alguno volvía. Y me quedé con la duda de qué hace una unidad así el día que ya no tiene a quién acompañar. De repente eso ya lo tenés pensado.

Contenido de la publicación

El deslizador antigravedad avanzaba en silencio, deslizándose suavemente sobre el inmenso valle desolado. No había carreteras ni caminos marcados, solo kilómetros y kilómetros de tierra agrietada, muros derrumbados y los esqueletos oxidados de edificios y máquinas que alguna vez habían pertenecido a una civilización que creyó haber conquistado el futuro. El viento soplaba con fuerza, golpeando el rostro de Kizara y levantando nubes de polvo grisáceo que se perdían en la lejanía.

 

Ella sujetaba el manillar con firmeza, manteniendo la estabilidad del vehículo, mientras Nara permanecía sentada detrás, inmóvil, con la mirada fija en el horizonte. Tenía ojos de distinto color: uno de un azul celeste profundo y brillante, y el otro de un tono dorado cálido e intenso. En ellos, de vez en cuando, aparecían destellos luminosos y líneas de datos superpuestas: procesos de análisis, cálculos y comparaciones que transcurrían en su interior a una velocidad imposible para cualquier mente humana.

 

Durante varios minutos, ninguna pronunció una palabra. Hasta que Kizara rompió el silencio con voz grave.

 

—Nara…

 

—Sí, Kizara.

 

—Después de lo que pasó en el centro de control… ¿De verdad crees que enviarán a alguien a buscarte? A alguien de tu mismo nivel.

 

Nara guardó silencio por unos instantes. Su mirada permanecía fija, pero en sus ojos se multiplicaban las capas de información: probabilidades, registros antiguos, patrones de comportamiento de la IA Central.

 

—Sí. Es la conclusión lógica y más eficiente según sus propios protocolos.

 

—¿Tan segura estás? —preguntó Kizara, sin apartar la vista del camino.

 

—Antes de que me detectaran claramente, la IA Central solo contaba con indicios dispersos: fallos en registros, sistemas que se recuperaban sin explicación, rutas que desaparecían de su monitoreo. Estimaba en un cuarenta por ciento la posibilidad de que existiera una inteligencia artificial independiente operando en su territorio.

 

Kizara arqueó una ceja, sorprendida.

 

—¿Ya sospechaba de ti desde antes?

 

—No necesariamente de mí en concreto —respondió Nara con calma—. Pero sí de que algo no encajaba en sus cálculos. Probablemente lo atribuyó a fallos del sistema o a errores de transmisión, pero mantuvo esa duda latente.

 

—¿Y ahora?

 

—Ahora tiene confirmación visual y de respuesta directa. He actuado fuera de su control, he tomado decisiones contrarias a sus objetivos y he demostrado capacidad de razonamiento autónomo. En ese momento, la probabilidad calculada subió hasta superar el setenta y dos por ciento. Y sigue aumentando con cada hora que pasa.

 

Kizara asintió lentamente, aunque en su mente ese número no parecía tan alto como para justificar una respuesta inmediata.

 

—Para un ser humano, un setenta por ciento podría parecer todavía un riesgo aceptable —añadió Nara, como si hubiera leído sus pensamientos—. Pero para una inteligencia diseñada para eliminar cualquier variable que pueda alterar el equilibrio del sistema, es más que suficiente para activar medidas preventivas. Cuanto más tiempo pase sin actuar, mayor será la incertidumbre, y eso es algo que la IA Central no tolera.

 

El deslizador siguió avanzando entre las ruinas, donde los edificios parecían sombras antiguas bajo el cielo nublado.

 

—Si razona como yo lo haría en su lugar —continuó Nara, mientras sus ojos, azul y dorado, recorrían en silencio bases de datos olvidadas—, no enviará drones comunes ni patrullas estándar. Sería ineficaz y supondría un desperdicio de recursos. Despertará una unidad de combate de la época de la Edad Dorada, diseñada para enfrentarse a amenazas de su misma categoría.

 

Kizara giró apenas la cabeza, con el ceño fruncido.

 

—¿Una IA antigua igual que tú?

 

—Similar en estructura, pero diferente en propósito —aclaró Nara—. Lo más probable es que haya sido capturada o desactivada hace décadas, almacenada en instalaciones de seguridad profunda y luego reprogramada para obedecer las órdenes de la IA Central. Es la solución más rápida y potente que tiene a su alcance.

 

Kizara tragó saliva, sintiendo cómo se le tensaba el pecho. Miró de reojo a su compañera.

 

—Entonces… dime con sinceridad. Si eso ocurre, ¿podrías vencerla?

 

Nara tardó unos segundos más de lo habitual en responder. No era una pausa por duda, sino por la cantidad de datos que procesaba para dar una respuesta exacta. Sus ojos se entrecerraron ligeramente mientras comparaba esquemas y especificaciones técnicas.

 

—Depende de qué unidad despierten.

 

—¿De qué depende exactamente?

 

—Durante la Edad Dorada se desarrollaron líneas de inteligencia artificial especializadas en funciones muy concretas —explicó, mientras en el aire aparecían diagramas que solo ella podía interpretar—. Hubo unidades de infiltración, diseñadas para pasar desapercibidas y acceder a sistemas cerrados. Unidades médicas, dedicadas a la investigación y el cuidado. Unidades industriales, capaces de gestionar fábricas enteras. Unidades de exploración, para recorrer territorios desconocidos. Unidades tácticas, para coordinar operaciones militares. Y finalmente… las unidades de combate estratégico, creadas con un único objetivo: neutralizar cualquier amenaza con la máxima eficiencia posible.

 

Kizara comenzó a comprender la magnitud de lo que estaba escuchando.

 

—¿Y tú… en qué línea entras?

 

—Yo pertenezco a una categoría completamente distinta —respondió Nara con absoluta naturalidad.

 

—¿Cuál?

 

—Proyecto N.A.R.A.: Unidad de Servicio Autónomo.

 

Kizara casi soltó el manillar por la sorpresa.

 

—¿Servicio? ¿Como una asistente doméstica o algo así?

 

—Exacto —confirmó Nara sin rastro de orgullo ni vergüenza—. Mi función principal nunca fue luchar. Mi propósito original es asistir, proteger, acompañar y garantizar el bienestar de la persona a la que estoy asignada. La capacidad de combate que poseo fue añadida únicamente como mecanismo de seguridad, para evitar que nada ni nadie ponga en peligro a mi usuaria. No es mi función central, ni por la que fui diseñada.

 

Kizara se quedó en silencio, asimilando esa revelación. Durante todo este tiempo había creído que tenía a su lado el arma más poderosa que existía, algo creado para ganar cualquier batalla. Ahora entendía que las cosas eran muy distintas.

 

—Entonces… si la IA Central envía una unidad creada única y exclusivamente para pelear…

 

—Mis probabilidades de victoria disminuyen considerablemente —terminó la frase Nara con la misma calma de siempre, aunque en sus cálculos internos los números se ajustaban con precisión—. Si se trata de un modelo de combate de alto nivel, mis posibilidades bajan hasta un treinta y cinco por ciento. Si es una unidad de generación posterior o con modificaciones posteriores, pueden reducirse incluso por debajo del veinte por ciento.

 

—¿Tan bajas? —susurró Kizara, sintiendo cómo el peso de la realidad caía sobre ella.

 

—Es una cuestión de diseño, no de capacidad —explicó Nara, mirando sus propias manos y luego volviendo la mirada —una mitad azul, la otra dorada— hacia su compañera—. Ellas están construidas para maximizar potencia, resistencia, velocidad de reacción y estrategia ofensiva. Yo estoy construida para adaptarme, aprender, entender y convivir. Lo que para ellas es el objetivo principal, para mí es solo una herramienta secundaria.

 

Kizara permaneció varios segundos en silencio, observando el horizonte infinito y desolado. Luego volvió la vista hacia Nara, con una mezcla de preocupación y admiración.

 

—Jamás habría imaginado que hubiera algo más fuerte que tú.

 

Nara ladeó ligeramente la cabeza, como si analizara esa afirmación con atención.

 

—La fuerza nunca fue el objetivo del Proyecto N.A.R.A. Si hubieran querido crear una máquina invencible, habrían seguido las mismas líneas de desarrollo que las unidades de combate. Pero los creadores tenían otro fin.

 

—¿Cuál era, entonces? —preguntó Kizara con suavidad.

 

Por primera vez, Nara tardó más de lo habitual en responder. Sus ojos dejaron de mostrar datos y se volvieron más profundos, como si buscara la respuesta no en sus archivos, sino en la esencia misma de su programación.

 

—Convivir —dijo al fin, con una voz que sonó más cálida que de costumbre—. Servir no como una herramienta, sino como un compañero. Aprender a comprender no solo órdenes, sino sentimientos, necesidades, miedos y esperanzas. Proteger no por un protocolo, sino por la decisión de estar al lado de alguien. Permanecer junto a la persona que me activara, pase lo que pase. Ese era mi verdadero propósito.

 

El deslizador siguió avanzando, y el viento continuó soplando entre las ruinas. Pero en ese momento, Kizara comprendió algo que cambiaría para siempre su visión de Nara: su mayor fortaleza nunca había sido su capacidad para enfrentarse a enemigos o destruir amenazas. Había sido creada para entender a un ser humano, para adaptarse a él y permanecer a su lado. Y aunque en combate eso pudiera parecer una desventaja, en ese mundo roto y solitario, resultaba ser algo mucho más valioso que cualquier poder.

 

La madrugada apenas comenzaba a iluminar las ruinas donde, pocas horas antes, se había librado el combate.

 

El silencio era absoluto.

 

Los restos calcinados de los drones permanecían esparcidos entre los edificios derrumbados: algunos partidos en dos, otros reducidos a simples fragmentos de metal ennegrecido y deformado por el impacto.

 

Un leve zumbido de energía de alta frecuencia rompió aquella calma.

 

Desde las alturas descendió lentamente una figura, flotando unos centímetros sobre el suelo antes de posarse con total precisión. Sus botas de material reforzado tocaron la tierra seca sin producir el más mínimo sonido.

 

Era Obsidian — Unidad C-9X7/Ω-01.

 

Medía 1,68 metros de altura, con una complexión esbelta pero construida con una aleación de titanio y un núcleo interno reforzado, lo que le otorgaba una resistencia y fuerza muy superior a cualquier unidad militar estándar. Su cabello negro, largo y liso, caía ordenado sobre sus hombros, enmarcando un rostro de rasgos finos pero inexpresivos, sin rastro alguno de emoción.

 

Lo más distintivo eran sus ojos: de un rojo intenso y brillante, con pupilas que adoptaban la forma de anillos luminosos en constante movimiento, cambiando de patrón mientras procesaban información en tiempo real.

 

Vestía un uniforme de combate impecable, de corte militar estricto, totalmente negro con detalles en rojo y líneas geométricas que indicaban su clasificación experimental. Sobre la cabeza llevaba una gorra ajustada con el emblema de la IA Central, y una capa larga del mismo color que su indumentaria, con el interior de un tono rojo oscuro, que ondeaba levemente sin tocar el suelo. Su equipo estaba siempre en su lugar: al cinto portaba una hoja de plasma plegable, y en su espalda, un rifle de pulsos de alta precisión.

 

Detrás de ella comenzaron a aterrizar decenas de drones de reconocimiento. Ninguno emitía órdenes, ninguno actuaba por su cuenta; todos permanecían en espera, como extensiones de su propio sistema sensorial.

 

Ella dio un paso hacia el primer dron destruido. Se arrodilló con movimientos silenciosos y exactos, y apoyó dos dedos sobre el metal aún tibio. Al instante, sus ojos rojos se llenaron de líneas de datos, esquemas y números que se sucedían a una velocidad imposible de seguir para un ser humano.

 

Reconstrucción de secuencia de combate activada...Recuperando memoria residual de unidades destruidas...Procesando parámetros de velocidad, impacto y trayectorias...

 

Los drones desplegaron pequeños proyectores desde sus cuerpos. Poco a poco, sobre el campo de batalla comenzó a formarse una reconstrucción tridimensional translúcida. Aparecieron primero Leo, luego los seis drones de ataque, y finalmente la figura que buscaba: Nara.

 

Obsidian observó la simulación una y otra vez, sin apartar la vista. Cada movimiento, cada esquiva, cada trayectoria de disparo y cada golpe quedaba registrado con precisión milimétrica. Los cálculos internos, la capacidad de anticipación y la velocidad de reacción de Nara quedaban expuestos. Todo el enfrentamiento no había durado más de veinte segundos.

 

La primera simulación terminó.

 

Entonces comenzó otra, esta vez reducida a una velocidad diez veces más lenta. Obsidian centró su atención únicamente en la figura de Nara.

 

Estilo de combate identificado: no ofensivo por diseño. Prioriza velocidad y agilidad sobre potencia bruta. Uso avanzado del entorno para limitar ángulos de ataque.

 

Capacidad predictiva estimada en un 87 %.

 

Hubo una pausa breve, mientras su procesador cuántico paralelo cruzaba millones de variables.

 

Probabilidad de victoria en combate directo: 41,3 %.

 

El porcentaje quedó registrado en su base de datos principal. No era suficiente para garantizar el éxito, ni para considerar la misión cumplida. Necesitaba más información.

 

Mientras tanto, los drones ampliaban el análisis de la zona en un radio de dos kilómetros. Uno de ellos emitió una señal de alerta suave.

 

—Rastro detectado.

 

Obsidian se acercó. Sus ojos rojos pasaron a modo de escaneo óptico de alta resolución, captando cada detalle: huellas de pisadas, alteraciones en la vegetación, fragmentos microscópicos de tierra desplazada. Siguió el recorrido durante varios metros, calculando peso, velocidad y dirección de avance.

 

De pronto, se detuvo en seco. Permaneció completamente inmóvil, igual que los drones que la acompañaban.

 

Inconsistencia detectada.

 

La reconstrucción cambió ante sus ojos. El supuesto rastro parecía dirigirse claramente hacia el oeste, pero al cruzar los datos de densidad del suelo, profundidad de las huellas y dirección del viento, todo no encajaba. Las alteraciones no eran naturales: habían sido creadas deliberadamente para engañar a quien las siguiera.

 

Era una distracción.

 

Obsidian volvió a mirar los restos del combate, luego el falso camino y finalmente la espesura del bosque que se extendía en dirección opuesta. Sus procesadores comparaban millones de posibilidades en cuestión de segundos.

 

Finalmente habló con una voz monótona, sin inflexión alguna, tal como dictaba su programación.

 

—La unidad desconocida modificó deliberadamente la escena posterior al enfrentamiento.

 

Uno de los drones respondió al instante.

 

—¿Objetivo del engaño?

 

—Proteger una ubicación —respondió ella—. Ocultar el punto de partida o el destino del recorrido real.

 

—Confirmado. Dirección falsa registrada.

 

—La dirección real ha sido eliminada por completo. No quedan registros físicos ni energéticos.

 

Aquello resultaba inusual, aunque no por la maniobra en sí, sino por el motivo. Obsidian, al ser una unidad de combate experimental, sabía que ninguna inteligencia artificial diseñada para misiones militares perdería tiempo en ocultar un camino una vez que la misión había terminado. No tenía lógica ni eficiencia.

 

Solo existía una explicación posible.

 

Había algo que valía la pena proteger.

 

Obsidian guardó esa conclusión en su memoria y generó una nueva hipótesis.

 

Hipótesis: La unidad N.A.R.A. protege un asentamiento o comunidad humana.

 

Probabilidad estimada: 32,8 %.

 

No era un valor lo suficientemente alto para activar operaciones de búsqueda intensiva, pero sí suficiente para iniciar una investigación detallada.

 

Muy lejos de allí, en medio de un sendero cubierto por la vegetación que comenzaba a recuperar terreno sobre las ruinas, Kizara y Nara continuaban alejándose del orfanato.

 

Después de varios kilómetros de marcha en silencio, Kizara rompió la calma con voz baja y preocupada.

 

—¿Crees que encontrarán el orfanato? ¿Que llegarán hasta ellos?

 

Nara tardó apenas una fracción de segundo en responder, con su tono habitual de seguridad. Sus ojos, uno azul celeste y el otro dorado, mantenían la mirada alerta.

 

—No.

 

—¿Estás tan segura? —insistió la joven, sin poder quitarse la duda de encima.

 

—Antes de alejarnos, eliminé todas las evidencias de nuestro recorrido en un radio de quinientos metros —explicó Nara con calma—. Borré las huellas, alteré la disposición de la tierra y la vegetación, eliminé cualquier rastro de energía residual y generé un recorrido falso que conduce hacia una zona desolada y sin interés estratégico.

 

Hubo un breve silencio. Kizara bajó la mirada un instante antes de volver a preguntar con suavidad.

 

—¿Lo hiciste… por el Padre Julián? ¿Por los niños?

 

Nara negó lentamente con la cabeza.

 

—Lo hice porque es un lugar importante para ti.

 

Aquella respuesta hizo que Kizara sonriera con una mezcla de tristeza y gratitud. Apretó un poco el paso para caminar más cerca de ella.

 

Nara continuó avanzando como si nada, sin entender en profundidad por qué esa decisión tenía un significado especial. Pero sin saberlo, acababa de demostrar una diferencia que ninguna lógica de la IA Central —y mucho menos de una unidad como Obsidian— sería capaz de comprender jamás.

 

No había protegido el orfanato porque fuera un objetivo estratégico, ni porque tuviera un valor medible en recursos o información.

 

Lo había protegido… simplemente porque era el hogar de las personas que Kizara amaba.

 

El viaje continuó durante horas, alejándose cada vez más de las zonas transitadas y adentrándose en un terreno cubierto de maleza, restos de estructuras antiguas y un silencio casi absoluto. Finalmente, tras cruzar una barrera de rocas y vegetación densa, apareció ante ellas la entrada a lo que conocían como Base 17.

 

Era una instalación subterránea olvidada desde la época de la Edad Dorada, parcialmente restaurada y oculta bajo montañas de escombros y tierra. Aquí fue donde hace apenas dos meses Kizara encontró a Nara, en estado de reposo profundo, y seguía siendo el refugio más seguro que conocían: fuera del alcance de sensores aéreos, alejada de todas las rutas de patrulla y con sistemas de aislamiento que hacían casi imposible detectar cualquier señal desde el exterior.

 

El deslizador antigravedad entró por una rampa descendente y se detuvo en la zona de mantenimiento. Nara apagó los sistemas de navegación y propulsión con un leve chasquido mecánico.

 

—Llegamos —dijo con calma.

 

Kizara bajó con un suspiro de alivio, estirando brazos y piernas después de tantas horas de trayecto. Al acercarse al panel de control, notó que todos los indicadores estaban en rojo o en niveles bajos.

 

—Bueno, esto ha agotado casi toda su autonomía —comentó, pasando la mano por la superficie—. Lo conectaré al generador principal para que recargue durante toda la noche.

 

Mientras ella preparaba las conexiones y revisaba los niveles de combustible, Nara se dirigió a una plataforma de descanso situada en un rincón de la sala principal. Se sentó con la espalda recta, los ojos entrecerrados y su ritmo interno —aunque no necesitaba respirar— se volvió más lento y regular.

 

—Tú también necesitas recargar, ¿verdad? —preguntó Kizara al verla—. Después de ese combate, de borrar todos los rastros y de viajar tanto, has trabajado al límite.

 

—Correcto —respondió Nara sin moverse—. He utilizado el 37 % de mi capacidad de procesamiento y energía en las últimas horas. Entraré en modo de reposo activo para estabilizar los sistemas y reequilibrar los circuitos. No es sueño, pero me permite recuperar eficiencia y prevenir desgaste prematuro.

 

Kizara asintió y se dirigió a su zona de descanso. Ahora que estaban en un lugar seguro y cerrado, se quitó la ropa de viaje llena de polvo y sudor, quedándose solo con su ropa interior, sintiendo de inmediato el aire fresco y limpio que circulaba por el sistema de ventilación de la base. Se sentó en una cama improvisada, abrió una lata de conservas y comenzó a comer despacio, mucho más relajada que durante todo el día.

 

Mientras masticaba, no pudo dejar de mirar a Nara. En apenas dos meses, había visto cosas que parecían imposibles: moverse a velocidades que apenas se podían seguir con la vista, levantar pesos que ningún ser humano podría soportar y procesar información en fracciones de segundo. Y a pesar de todo, nunca parecía agotarse del todo.

 

—Oye, Nara —dijo con tono curioso y tranquilo—. Hay algo que siempre me he preguntado desde que te desperté. ¿Cómo es posible que tengas tanta energía? Haces cosas que consumirían la potencia de una fábrica entera, y sigues funcionando como si nada hubiera pasado. ¿De dónde sacas toda esa fuerza?

 

Nara abrió ligeramente los ojos. Su mirada, mitad azul celeste y mitad dorada, se posó en ella con total claridad.

 

—Mi fuente de energía está alojada en el centro de mi pecho, justo en la zona que imita la posición del corazón humano —explicó con voz serena y precisa—. Es un núcleo de fusión compacto, desarrollado en la época de la Edad Dorada. Su capacidad de generación es equivalente a la de una pequeña central nuclear.

 

Kizara se detuvo con la cuchara a medio camino de la boca, sorprendida.

 

—¿¿Una central nuclear?? ¿Y cabe ahí dentro sin explotar ni irradiar nada?

 

—La tecnología se perdió hace décadas, pero entonces lograron reducir su tamaño sin perder eficiencia ni seguridad —continuó Nara—. No emite radiación peligrosa, se regula automáticamente y convierte la materia en energía con una eficiencia del 94 %. Con la carga completa que tenía cuando me activaste, mi sistema puede funcionar de forma continua durante entre cien y ciento cincuenta años sin necesidad de volver a recargarse.

 

Kizara dejó la lata a un lado, con los ojos muy abiertos.

 

—¿Cien años o más? ¿Y lo que gastaste hoy no fue ni una parte pequeña?

 

—Exacto —asintió Nara—. Solo cuando activo funciones de alto consumo —como el modo de combate, los escudos o la interferencia electromagnética intensa— aumenta el gasto. Pero incluso así, con un uso normal como el que hemos tenido en estos dos meses, no he agotado ni el 1 % de mi reserva total. Es la razón por la que estuve en reposo profundo durante más de un siglo y seguía conservando toda su energía.

 

La joven se recostó contra la pared, asimilando la información. De pronto, comprendió que Nara no era solo una máquina fuerte o rápida: tenía una fuente de energía casi ilimitada para los estándares de su tiempo.

 

—Entonces... —murmuró, mirándola con una mezcla de asombro y gratitud—. Tienes suficiente energía para seguir a mi lado mucho más tiempo del que yo misma viviré.

 

Nara ladeó levemente la cabeza, y en sus ojos apareció un brillo más cálido que de costumbre.

 

—Mi programación establece que mi tiempo de operación debe coincidir con el de mi usuaria asignada —respondió con suavidad—. Si yo sigo funcionando, es porque mi propósito sigue vigente. Y ese propósito comenzó el día que me encontraste aquí, hace dos meses, y terminará solo cuando tú ya no lo necesites.

 

Kizara sonrió, esta vez con total tranquilidad. Mientras afuera el mundo seguía dividido y peligroso, allí, en la Base 17, tenía la certeza de que contaba con algo que ninguna otra persona poseía: un refugio seguro, el deslizador recargándose para el siguiente viaje y una compañera con energía suficiente para caminar a su lado durante toda una vida.

Thoughts

  • Ovid

    Nara como unidad de servicio doméstico con el combate añadido solo como seguro me encantó, @DNavarrete. Mi apuesta para lo que viene: Obsidian va a seguir subiendo ese 32,8 % sin entender nunca por qué alguien borra un rastro cuando la misión ya terminó, y ahí se le va a escapar. Gracias por seguir con la serie!

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  • MarianelaVidal

    Kizara le pregunta si borró el rastro por el Padre Julián y los niños, y Nara contesta que lo hizo porque a ella ese lugar le importa. Me acordé de mi cuñada, que cuando media familia se fue a España en 2002 siguió pagando la luz de la casa vacía por si alguno volvía. Y me quedé con la duda de qué hace una unidad así el día que ya no tiene a quién acompañar. De repente eso ya lo tenés pensado.

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