Anna agachándose a recoger la porcelana con la sirvienta y la madre cortándola de un grito, y diecisiete capítulos después entra al salón sin una sola joya de más. Ahí entendí que toda la serie venía caminando hacia esa escalera. Me alegra mucho que la sigas trayendo aquí cada día, @DNavarrete, la leo con ganas!
Capítulo 17: La que fui, y la que soy
La puerta de la habitación se abrió con suavidad.
En series
Pensamiento
Anna agachándose a recoger la porcelana con la sirvienta y la madre cortándola de un grito, y diecisiete capítulos después entra al salón sin una sola joya de más. Ahí entendí que toda la serie venía caminando hacia esa escalera. Me alegra mucho que la si
Contenido de la publicación
La puerta de la habitación se abrió con suavidad.
Anna salió al pasillo con paso tranquilo, cerrando detrás de sí sin hacer ruido. La luz de las lámparas del corredor se reflejaba en el mármol pulido del suelo, y el castillo parecía haber cambiado de ritmo; los murmullos de los sirvientes, el sonido lejano de música afinándose en los salones principales y el movimiento constante de los preparativos anunciaban que la noche del baile estaba a punto de comenzar.
Eliana ya se había adelantado hacía varios minutos. Había insistido en ayudar con los últimos detalles de la celebración, dejando a Anna sola para terminar de prepararse.
Cuando Anna levantó la vista, lo vio.
El viejo mayordomo esperaba en el pasillo.
Su postura era la misma de siempre: recta, elegante, con las manos cruzadas frente a él y la mirada tranquila de alguien que había visto pasar demasiados años en esos mismos corredores.
Sus ojos se detuvieron en ella durante unos segundos.
Anna llevaba un vestido distinto a los que solía usar en el pasado.
No era ostentoso.
No había exceso de joyas ni bordados exagerados diseñados para deslumbrar a quienes la miraran. El vestido era de un tono profundo entre azul oscuro y negro, elegante y sobrio, con telas de buena calidad que caían con naturalidad hasta el suelo. Las mangas largas y los detalles discretos hablaban más de dignidad que de arrogancia, y el único adorno visible era un broche sencillo que sujetaba parte de su cabello.
Seguía siendo un vestido digno de una noble.
Pero no era una armadura.
El mayordomo sonrió suavemente.
—Se ve hermosa, señorita.
Anna inclinó ligeramente la cabeza, observando el vestido por un instante.
—Gracias… aunque debo admitir que el crédito es del sastre.
El hombre negó con la cabeza con calma.
—No hablaba del vestido.
Anna levantó la mirada, sorprendida.
El mayordomo la observaba con atención, como si estuviera comparando a la mujer que tenía delante con el recuerdo de la niña que había visto crecer en esos mismos pasillos.
—Esa mirada —dijo finalmente—. Es completamente distinta.
Anna no respondió.
—Durante muchos años —continuó el hombre con voz tranquila— pensé que los ojos de la pequeña Anna se habían perdido para siempre.
Sus palabras no tenían reproche.
Solo una tristeza vieja.
—La mirada que llevaba antes… —añadió— no era la de una niña. Era la que sus padres crearon en usted.
El silencio entre ambos se volvió pesado por un momento.
Anna bajó ligeramente la vista.
El mayordomo suspiró con suavidad.
—A veces me pregunto algo —dijo con calma—.
Anna levantó la mirada otra vez.
El viejo hombre la observó con una expresión pensativa.
—Si su familia hubiese sido distinta… quizás ese monstruo nunca habría existido.
El pasillo quedó en silencio.
Anna no respondió de inmediato.
Pero esta vez…
no apartó la mirada.
Anna permaneció en silencio durante unos segundos después de escuchar aquellas palabras.
La pregunta del mayordomo flotaba en el aire como algo imposible de responder.
Finalmente dejó escapar una pequeña respiración.
—Ni siquiera yo lo sé —dijo con calma.
Su mirada se desvió un instante hacia una de las ventanas del pasillo, donde la noche comenzaba a adueñarse del cielo.
—Nadie puede saber qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes.
Sus dedos se movieron ligeramente sobre la tela de su vestido, como si aquel pensamiento tuviera peso.
—Pero sí sé algo.
Volvió a mirar al viejo mayordomo.
—He decidido vivir esta vida… lejos de la visión que ellos tenían para mí.
Su voz no era dura.
Era firme.
—Ellos ya no están aquí —continuó—. Así que tampoco estarán para juzgar lo que haga ahora.
El mayordomo la observó en silencio por un momento, y luego una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Si pudieran verla ahora mismo…
Anna inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Sí?
El viejo hombre dejó escapar una breve risa cansada.
—Estoy bastante seguro de que sus padres se revolcarían en sus tumbas.
El comentario quedó suspendido entre ambos.
Durante un instante Anna pareció considerar la idea.
Luego respondió con total tranquilidad:
—Espero que estén sufriendo allá abajo.
El mayordomo soltó una carcajada sincera que resonó suavemente en el pasillo.
Hacía muchos años que no reía así frente a ella.
Cuando finalmente recuperó la compostura, inclinó la cabeza con respeto.
—En ese caso, señorita… creo que esta noche será particularmente interesante.
Anna dejó escapar una pequeña sonrisa.
Y juntos comenzaron a caminar por el pasillo hacia el lugar donde el resto del castillo ya se preparaba para la celebración.
La noche del baile estaba a punto de comenzar.
El eco de la música ya podía escucharse desde los salones inferiores.
Las notas de los violines viajaban por los corredores del castillo, mezclándose con el murmullo distante de voces y risas de los invitados que comenzaban a reunirse en el gran salón. La noche del baile había comenzado oficialmente.
Anna y el viejo mayordomo caminaron juntos por el último tramo del corredor hasta llegar al amplio descanso de la escalera principal. Desde allí, las lámparas del salón inferior iluminaban el mármol con un brillo dorado, y las sombras de los invitados se movían lentamente entre los pilares y los balcones superiores.
El mayordomo se detuvo primero.
—A partir de aquí, señorita, creo que debo dejarla continuar sola.
Anna asintió con suavidad.
Durante un momento ninguno de los dos dijo nada. Había una calma extraña en aquel punto del castillo, como si el lugar estuviera suspendido entre dos mundos: el silencio del pasado y el ruido del presente.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza.
—Le deseo buena suerte esta noche.
Anna sostuvo su mirada.
—Gracias… por todo.
El mayordomo sonrió con esa expresión tranquila que siempre había tenido cuando ella era pequeña.
—No me dé las gracias todavía —respondió—. Espere a ver cómo termina la noche.
Anna dejó escapar una leve sonrisa.
Luego el hombre se retiró con paso lento por el corredor, dejando a Anna sola en lo alto de la escalinata.
El murmullo del salón continuaba creciendo abajo.
Pero Anna no bajó.
Sus ojos se desviaron hacia la pared del descanso de la escalera.
Allí estaba.
El cuadro.
Era grande, mucho más grande de lo que lo recordaba cuando era niña. El marco dorado reflejaba la luz de las lámparas cercanas, y la pintura mostraba la escena congelada en un momento que nunca había sido realmente feliz.
Ella.
Sus padres.
Una familia perfecta.
La pequeña Anna estaba de pie entre ellos con un vestido azul claro, sus manos cuidadosamente colocadas frente al cuerpo como le habían enseñado. Su cabello rizado estaba recogido con precisión, y su sonrisa… su sonrisa parecía más una máscara que una emoción.
Su madre la sostenía por los hombros con elegancia impecable.
Su padre permanecía erguido a su lado, con la mirada severa que siempre parecía examinar cada detalle de su comportamiento.
Todo en ese cuadro hablaba de perfección.
Pero Anna sabía la verdad.
Ese retrato no mostraba una familia.
Mostraba una jaula.
Anna se acercó lentamente.
Sus pasos resonaron suaves sobre el mármol mientras se detenía frente a la pintura.
La miró durante largo rato.
Y entonces el recuerdo apareció.
La porcelana se rompió con un sonido agudo que atravesó el silencio del comedor.
¨La bandeja había caído al suelo, y el té caliente se había derramado sobre la alfombra bordada. La joven sirvienta que llevaba la bandeja quedó paralizada durante un segundo ante de inclinarse apresuradamente.
—¡Lo siento! ¡Lo siento mucho!
Pero alguien se agachó primero.
La pequeña Anna.
Sus manos diminutas comenzaron a recoger con cuidado los fragmentos de porcelana mientras el té aún mojaba parte de su vestido.
—Tranquila… —dijo con una sonrisa suave—. Yo te ayudo.
La sirvienta la miró con los ojos llenos de sorpresa y gratitud.
Pero el sonido del bastón golpeando el suelo cortó el momento.
—¡Anna!
La voz de su madre cayó sobre la habitación como un látigo.
La niña se congeló.
—¿Qué estás haciendo?
Su padre habló inmediatamente después, su tono cargado de irritación.
—¿Desde cuándo una noble se arrastra por el suelo con la servidumbre?
El frío recorrió la espalda de la niña.
No se giró.
Sabía perfectamente qué expresiones encontraría si lo hacía.
—Yo… solo…
Su voz tembló.
—Estaba ayudando…
—Una noble no se rebaja.
Las palabras de sus padres resonaron en la habitación como una sentencia.
La pequeña Anna bajó lentamente la mirada hacia los fragmentos de porcelana en sus manos.
Algo en su interior cambió en ese momento.
Algo pequeño.
Pero profundo.
Una raíz invisible que comenzaba a crecer. ¨
Anna parpadeó lentamente cuando el recuerdo se desvaneció.
Seguía frente al cuadro.
Llevando su mano derecha mientras se sacaba esos pensamientos.
—eso no te justifica por lo que hiciste— dijo mas para si misma
La música del salón continuaba sonando abajo.
Pero la habitación parecía más oscura ahora.
Una sombra comenzó a deslizarse por la pared del descanso de la escalera, extendiéndose como tinta derramada sobre el mármol.
Anna no necesitó girarse para saber que estaba allí.
La sombra avanzó hasta colocarse a su lado.
Y tomó forma.
Era ella.
O más bien… la que había sido.
La Anna de mirada fría y sonrisa arrogante. La que caminaba por los pasillos con desprecio, disfrutando del silencio que provocaba a su paso.
—Sigues mirándolo como si buscases una respuesta —dijo la figura con tono burlón.
Anna no respondió.
—¿Crees que una noche de arrepentimiento puede borrar todo lo que hiciste?
La sombra caminó lentamente frente al cuadro.
—¿Cuántas personas lloraron por tu culpa?
Su voz se volvió más baja.
—¿Cuántos temblaban cuando escuchaban tu nombre?
Anna apretó los puños.
Entonces otro recuerdo emergió.
Pero no pertenecía a este mundo.
¨El chico estaba frente a su casillero cuando los empujones comenzaron.
Los libros cayeron al suelo.
Las risas estallaron a su alrededor.
Uno de los compañeros le arrojó agua encima.
Otro tomó sus zapatos y los lanzó por la ventana del aula.
El chico no reaccionó.
No gritó.
No golpeó a nadie.
Solo se quedó allí, con la garganta apretada y los ojos clavados en el suelo mientras las risas continuaban.
Los profesores miraban hacia otro lado.
En casa, sus padres no entendían lo que pasaba.
Y cada día que regresaba del colegio…
sentía que algo dentro de él se volvía más pequeño.
Hasta que un día deseó no despertar. ¨
Anna respiró con dificultad cuando el recuerdo desapareció.
La sombra la observaba con una sonrisa satisfecha.
—¿Lo ves? —susurró—. El mundo siempre ha sido igual.
Dio un paso hacia ella.
—Los débiles son aplastados.
—Y tú lo entendiste.
Anna levantó lentamente la mirada.
—Por eso me dejaste crecer.
El silencio se extendió por el descanso de la escalera.
Anna cerró los ojos un instante.
Luego habló.
—No.
La sombra se detuvo.
—No volveré a ser tú.
La figura oscura titubeó.
Por primera vez su sonrisa desapareció.
Anna dio un paso hacia la luz que caía desde las lámparas del salón inferior.
—Puede que haya vivido con tu rostro.
Se llevó una mano al pecho.
—Pero el alma que hay aquí…
Respiró profundamente.
—Ya no es la tuya.
La sombra no desapareció.
Pero retrocedió.
Anna no apartó la mirada del cuadro una última vez.
Luego se giró.
Y comenzó a descender la escalera.
La música del baile la esperaba abajo.
Y también…
el mundo que había jurado enfrentar.
La música del salón continuaba fluyendo con elegancia.
Los violines dibujaban una melodía suave mientras las conversaciones de los nobles llenaban el aire con murmullos refinados, risas contenidas y comentarios que se mezclaban como un tejido de voces.
Candelabros gigantes colgaban del techo abovedado, iluminando el mármol pulido del suelo y haciendo brillar las telas finas de los vestidos y las casacas de los invitados.
Era una noche perfecta.
O al menos lo habría sido… hasta ese momento.
Las grandes puertas del salón se abrieron lentamente.
El sonido de la madera al moverse hizo que varios invitados giraran la cabeza por simple curiosidad. Era normal que los invitados siguieran llegando durante el baile.
Pero entonces la voz del heraldo resonó con claridad desde la entrada.
—¡Su señoría… Lady Anna d’Valrienne!
El efecto fue inmediato.
La música no se detuvo.
Pero las conversaciones sí.
Una ola de silencio recorrió el salón como si alguien hubiera arrojado una piedra en medio de un lago tranquilo.
Decenas de rostros se giraron al mismo tiempo.
Los nobles miraron hacia la entrada.
Algunos fruncieron el ceño.
Otros entrecerraron los ojos.
Algunos incluso palidecieron.
Porque todos conocían ese nombre.
La hija caída.
La noble desterrada.
La mujer que había gobernado con crueldad una ciudad entera antes de ser expulsada de ella.
El monstruo de la familia d’Valrienne.
Y ahora…
estaba de vuelta.
Anna apareció en el umbral del salón.
Por un instante nadie habló.
Las expectativas eran claras en cada mirada.
Esperaban verla como siempre.
Vestidos ostentosos.
Joyas brillando en cada dedo.
El mentón levantado con arrogancia.
La mirada fría con la que acostumbraba observar a todos como si fueran simples insectos.
Eso era lo que esperaban.
Eso era lo que recordaban.
Pero lo que vieron…
no era eso.
Anna descendió el primer escalón con paso tranquilo.
El vestido que llevaba era elegante, digno de una noble de su casa, pero no tenía nada de ostentoso. No había joyas excesivas ni adornos que gritaran riqueza. La tela oscura caía con sobriedad sobre su figura, y su cabello estaba recogido con simpleza.
Nada en su apariencia buscaba imponerse.
Nada buscaba intimidar.
Y sin embargo…
su presencia llenaba el salón.
Porque lo que realmente había cambiado no era su ropa.
Era su mirada.
Los ojos de Anna recorrieron el salón con calma mientras avanzaba.
No había desprecio.
No había arrogancia.
Solo una serenidad que ninguno de los presentes recordaba haber visto antes.
A su lado caminaba Eliana.
La misma sirvienta que años atrás había sido conocida en todo el castillo por su mirada apagada y su silencio constante.
Pero ahora…
Eliana sonreía.
No era una sonrisa exagerada ni provocadora.
Era una sonrisa tranquila.
Orgullosa.
Como si caminar detrás de Anna ya no fuera una carga… sino una elección.
Los murmullos comenzaron de inmediato.
—¿Es… ella?
—No puede ser.
—¿Qué le pasó?
—¿Es una actuación?
—No… algo es diferente.
Las miradas se cruzaban entre los nobles como cuchillas silenciosas.
Pero Anna siguió caminando.
Sin detenerse.
Sin responder.
Solo avanzando por el pasillo central del salón.
Arriba.
En lo alto de la gran escalinata interior que conectaba con los balcones del segundo nivel…
dos figuras observaban.
Daemian.
Y Selene.
El hermano mayor permanecía inmóvil, sus ojos grises fijos en su hermana mientras analizaba cada gesto, cada movimiento, cada expresión.
Buscaba una señal.
Una mentira.
Una máscara.
Algo que confirmara que todo aquello era un simple teatro.
Pero cuanto más la miraba…
más difícil era encontrarlo.
A su lado, Selene observaba en silencio.
Sus manos descansaban suavemente sobre la barandilla dorada del balcón mientras sus ojos seguían cada paso de Anna.
La sonrisa incrédula que había tenido antes había desaparecido por completo.
Ahora su expresión era distinta.
Más seria.
Más atenta.
Más… interesada.
Porque lo que estaba viendo no encajaba con ninguno de sus recuerdos.
Y en todo el salón, mientras Anna avanzaba bajo la mirada de decenas de nobles que aún no sabían cómo reaccionar…
solo una pregunta parecía repetirse en cada mente.
¿Quién era realmente la mujer que acababa de entrar por esa puerta?
Thoughts
-
PermalinkAnna agachándose a recoger la porcelana con la sirvienta y la madre cortándola de un grito, y diecisiete capítulos después entra al salón sin una sola joya de más. Ahí entendí que toda la serie venía caminando hacia esa escalera. Me alegra mucho que la sigas trayendo aquí cada día, @DNavarrete, la leo con ganas!
-
PermalinkAnna deseando que sus papás sufran allá abajo y el mayordomo carcajeándose, no manches, me ganaron los dos. Nunca la había visto bromear.