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Capítulo 17: el día que cambio todo

DNavarrete
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El sol de la tarde ya no quemaba con tanta intensidad, sino que se filtraba suavemente entre las ramas de los árboles, dibujando manchas de luz y sombra que se movían lentamente sobre el suelo de…

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Pensamiento

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Diecisiete partes esperando que Yuuto abriera la libreta y al final lo hace en un columpio, con tres líneas cortas antes de largarse a contar. Que sea Ayaka la que lo destraba, diciéndole que Sakura ya está inventando y mejor que la versión salga de él, m

Diecisiete partes esperando que Yuuto abriera la libreta y al final lo hace en un columpio, con tres líneas cortas antes de largarse a contar. Que sea Ayaka la que lo destraba, diciéndole que Sakura ya está inventando y mejor que la versión salga de él, me cierra. Akane me deja nerviosa: ya olió que algo pasa y arma novelas con medio dato. Yo apuesto a que la fuga va a salir de esa casa antes que del colegio.

Contenido de la publicación

El sol de la tarde ya no quemaba con tanta intensidad, sino que se filtraba suavemente entre las ramas de los árboles, dibujando manchas de luz y sombra que se movían lentamente sobre el suelo de grava. El aire llevaba el olor dulce de la hierba recién cortada y el suave aroma de las flores de los arbustos que bordeaban el parque.

 

Los tres caminaban despacio por la vereda que llevaba hacia la estación, pero al desviarse hacia el área de juegos, el ruido de la calle se fue apagando poco a poco, reemplazado por un ambiente más tranquilo. Las cadenas de los columpios chirriaban con un sonido rítmico y sordo, impulsadas por la brisa que corría entre los árboles. A lo lejos, se escuchaban las risas claras y agudas de los niños que corrían detrás de una pelota, mezcladas con la voz suave de sus madres conversando en las bancas de madera.

 

Ayaka fue la primera en sentarse en uno de los columpios, deslizando las manos sobre las cuerdas de tela gastada. Reika la siguió, acomodándose a su derecha, y Yuuto ocupó el del centro, apoyando los pies en el suelo para mantener el equilibrio. Por un momento, solo se movían al compás del viento, mecidos suavemente, como si el tiempo también quisiera ir más despacio allí.

 

—Yuuto... —rompió Ayaka el silencio, con una voz que sonaba baja, casi confidencial, para no romper la calma del lugar.

 

Reika levantó la vista de inmediato, sintiendo que la atmósfera cambiaba. El sonido de las risas a lo lejos pareció alejarse un poco más, como si el parque mismo guardara silencio para escuchar.

 

—Ayaka, no creo que sea el momento —dijo Reika con suavidad, mirándola con advertencia.

 

—No tienes que responder nada —aclaró Ayaka enseguida, girando levemente hacia Yuuto—. Ni ahora, ni nunca. No quiero presionarte, ni obligarte a decir nada que no quieras.

 

Negó despacio, mientras sus dedos jugueteaban con la cuerda del columpio.

 

—Pero Sakura ya empezó a investigar —continuó, y sus palabras sonaron más claras, aunque seguían siendo suaves—. Tarde o temprano intentará descubrir por qué siempre te cubres, por qué te escondes. Y lo que no entiende, lo inventa. No quiero que nadie más escriba tu historia antes de que tú tengas la oportunidad de contarla si así lo decides.

 

Yuuto permaneció inmóvil. Sus manos se cerraron con suavidad sobre la tapa de su libreta, como si aquel cuaderno fuera el único refugio seguro en medio de todo lo que tenía que decir. El viento movió un mechón de su cabello, pero él no se movió para acomodarlo.

 

—No te lo pregunto por curiosidad —añadió Ayaka con más calor en la voz—. Lo hago porque quiero entenderte de verdad. Porque si algún día alguien usa esto para hacerte daño, necesito saber la realidad para defenderte bien, sin equivocaciones.

 

Reika suspiró, pero no insistió más. Sabía que Ayaka tenía razón, y también sabía que la decisión final era solo de Yuuto.

 

—Pero si no quieres hablar —terminó diciendo Ayaka bajando un poco la mirada—, lo entenderemos perfectamente. De verdad. No volveremos a mencionarlo.

 

El parque volvió a llenarse de sus sonidos habituales: el crujir de las hojas al moverse, el canto lejano de un pájaro, el suave golpeteo de los pies de los niños contra el suelo. Pero para los tres, todo parecía estar en suspenso.

 

Yuuto mantenía la vista fija en la libreta sobre sus rodillas, con la espalda ligeramente encorvada, como si llevara sobre sí el peso de años de silencio. Pasó casi un minuto entero, un minuto que pareció mucho más largo bajo la luz dorada de la tarde.

 

Reika sonrió con ternura, intentando aliviar la tensión.

 

—Olvídalo, en serio. No tienes que hacer nada. Ya nos has confiado demasiado estos días. No queremos apresurarte ni hacerte sentir mal.

 

Entonces, Yuuto levantó lentamente la cabeza. Negó con un movimiento leve pero firme, una sola vez. No era un rechazo, sino todo lo contrario: una forma de decir que estaba listo.

 

Con manos tranquilas pero decididas, abrió la libreta y tomó el lápiz. Escribió despacio, muy despacio; cada trazo parecía salir de lo más profundo de su interior, como si estuviera sacando palabras que había guardado en un lugar muy oscuro durante mucho tiempo.

 

Cuando terminó, giró la hoja para que ambas pudieran leerla claramente:

 

    “Ayaka tiene razón.”

 

Las dos lo miraron con atención, sin interrumpir. Yuuto siguió escribiendo con la misma calma.

 

    “Si alguien más cuenta mi historia, la contará a su manera. Pondrá sus propias palabras, sus propias conclusiones, sus propios miedos. Y lo que resulte será mentira.”

 

Hizo una breve pausa, tomó aire profundamente, y agregó una última línea en esa página:

 

    “Prefiero que la escuchen primero de mí.”

 

Se quedó unos segundos mirando la hoja en blanco que seguía, con la punta del lápiz tocando apenas el papel. No sabía muy bien por dónde empezar; aquello era algo que nunca había explicado a nadie fuera de su familia, ni siquiera a su maestra de confianza. El viento sopló más fuerte por un instante, trayendo consigo el olor de la tierra y haciendo mecer los columpios con más fuerza.

 

Volvió a respirar hondo, y comenzó a escribir.

 

Reika y Ayaka esperaron en silencio, dejando que el sonido del parque los envolviera sin distraerlos.

 

Cuando llenó la primera página, giró la libreta hacia ellas.

 

    “Lo que tengo se llama Insensibilidad Parcial a los Andrógenos. Los médicos lo llaman PAIS.”

 

Ayaka leyó lentamente, susurrando casi para sí misma el nombre, para grabarlo bien en su mente. Reika mantenía toda su atención fija en el texto, con la mirada atenta y tranquila.

 

Yuuto siguió escribiendo, con trazo más seguro ahora.

 

    “Cuando nací, nadie notó nada extraño. Era un niño como cualquier otro. Tenía el cabello negro oscuro, y mi cuerpo crecía y se desarrollaba al mismo ritmo que el de todos los demás.”

 

Su mano tembló apenas al escribir la siguiente frase.

 

    “Todo cambió cuando cumplí diez años.”

 

Ayaka levantó despacio la vista hacia él, pero no dijo nada; solo esperó, con el corazón un poco más apretado. Yuuto continuó.

 

    “Fue entonces cuando comenzó mi pubertad. Solo que... mi cuerpo no reaccionó como debía hacerlo.”

 

Las palabras fueron llenando las hojas poco a poco, bajo la luz suave del atardecer.

 

    “Los médicos descubrieron que mi organismo sí produce hormonas masculinas, igual que el de cualquier chico. El problema es que gran parte de las células de mi cuerpo no pueden utilizarlas correctamente. Es como si las puertas para recibirlas estuvieran solo entreabiertas.”

 

Reika asintió muy despacio, entendiendo poco a poco el cuadro completo.

 

    “Me explicaron que hay una resistencia parcial a la testosterona. Por eso, muchos de los cambios físicos que aparecen en esta etapa nunca llegaron a producirse en mí.”

 

Ayaka volvió a leer con atención, sintiendo cómo las piezas del rompecabezas empezaban a encajar por fin.

 

    “Mientras otros niños de mi edad ensanchaban los hombros, ganaban estatura y fuerza, se les hacía más grave la voz y se les marcaba la mandíbula... mi cuerpo tomó un camino completamente distinto.”

 

Volvió la página y siguió escribiendo, con trazo más suave pero igual de claro.

 

    “Mi rostro se fue volviendo más delicado, con rasgos más finos. Mi voz siguió siendo suave y aguda. Incluso desarrollé un pequeño crecimiento en el pecho, mi cintura se marcó más, y mis brazos y piernas nunca dejaron de verse delgados y frágiles. Hasta hoy, tengo mucha menos fuerza física que cualquier otro chico de mi edad.”

 

Ayaka tragó saliva con dificultad, sintiendo un nudo en la garganta. Ahora comprendía por qué se movía con tanta precaución, por qué siempre parecía tan ligero y silencioso.

 

Yuuto agregó una nueva línea, con más firmeza.

 

    “Los médicos me lo dejaron claro desde el principio: sigo siendo un hombre. Esa es mi identidad, y mi cuerpo sigue teniendo la estructura interna propia de un varón. Solo que mi respuesta hormonal es diferente, muy diferente a lo habitual.”

 

Luego escribió algo más, y esta vez se notó que le costaba mucho más expresarlo, como si estuviera soltando un peso que llevaba años cargando.

 

    “Lo que soy por dentro, mi forma de pensar, de sentir, de ser... nunca cambió. Pero el exterior... parecía empeñado en transformarse hasta parecerse cada vez más al cuerpo de una chica.”

 

El lápiz se detuvo unos segundos sobre el papel, mientras el viento movía las hojas de los árboles como si quisiera acompañar el silencio.

 

    “Y al mismo tiempo, comenzó otro cambio que me sorprendió aún más.”

 

    “Mi cabello empezó a perder su color negro. Primero apareció un solo mechón de un tono plateado muy claro, casi blanco bajo el sol. Luego otro, y otro más, hasta que se extendió por todo el cuero cabelludo.”

 

Una pequeña sonrisa triste y resignada apareció en sus labios mientras escribía, recordando esos años.

 

    “Durante casi dos años tuve el cabello mitad negro y mitad plateado. Era imposible pasar desapercibido en ninguna parte. Todos me miraban, todos señalaban, todos preguntaban sin cesar.”

 

Ambas pudieron imaginar perfectamente aquella imagen: un niño de primaria, pequeño y delgado, con la mitad del cabello oscuro y la otra mitad brillante como la luz de la luna, destacando entre todos los demás.

 

    “Los médicos nunca encontraron una causa exacta para ese cambio. Creyeron que probablemente estaba relacionado con una alteración en la producción de melanina, provocada por los mismos desajustes hormonales. Dijeron que era algo extremadamente raro, casi único. Con el paso del tiempo, el color negro desapareció por completo.”

 

Pasó a otra página. Esta vez tardó más en escribir, y las palabras parecían salir con más dificultad, más lentas y pesadas.

 

    “Los niños son crueles cuando ven algo que no entienden, algo que se sale de lo que creen que es ‘normal’.”

 

Las letras eran más pequeñas, casi como si quisieran esconderse entre las líneas.

 

    “Al principio solo se burlaban de mi cabello. Después, al ver cómo iba cambiando mi apariencia, comenzaron a decir que parecía una niña, que me habían equivocado de cuerpo. Luego llegaron los apodos hirientes, las imitaciones, los empujones a escondidas y hasta las apuestas entre ellos para adivinar si en realidad era chico o chica.”

 

Ayaka apretó los labios con fuerza, sintiendo cómo se le llenaban los ojos de lágrimas contenidas al imaginar lo que había tenido que soportar.

 

Yuuto escribió la última parte de esa página, con un trazo que revelaba toda la carga de años de silencio y dolor acumulado.

 

    “Muchas veces, en los momentos más difíciles, pensé en cambiarme incluso el nombre. Decía que si ya no parecía un chico, tal vez sería más fácil usar otro, dejar de ser quien era para que me dejaran en paz.”

 

Ambas levantaron la vista con sorpresa y preocupación.

 

    “Pero mi padre me llamó Yuuto. Fue el nombre que eligió con mucho cariño, mucho antes de morir, cuando esperaba que mi cuerpo creciera y se desarrollara como el de cualquier otro niño. Fue el regalo que me dejó antes de irse.”

 

Sus dedos apretaron el lápiz con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

 

    “Aunque ya no combine con mi apariencia, aunque todos esperen que sea otra cosa... no quiero perder también eso. Es lo único que me queda de él, y de quién soy realmente.”

 

El silencio que siguió fue absoluto, profundo y respetuoso. Solo se escuchaba el viento moviendo las hojas, el sonido lejano de los niños y el suave chirrido de las cadenas de los columpios.

 

Ninguna de las dos habló de inmediato. No porque no supieran qué decir, sino porque acababan de comprender la verdadera magnitud de lo que Yuuto había vivido: no solo había perdido la tranquilidad de su infancia, sino que durante años había sentido que su propio cuerpo le arrebataba poco a poco la imagen que tenía de sí mismo, y que el resto del mundo se empeñaba en negarle su identidad.

 

Y aun así, después de todo, había decidido seguir adelante, seguir siendo Yuuto Kanzaki, sin importar lo que vieran sus ojos o lo que dijeran los demás.

 

—Casa de Reika, esa tarde—

 

La puerta de entrada apenas alcanzó a abrirse del todo cuando una voz alegre y clara resonó por toda la casa:

 

—¡Ya llegaron!

 

Akane, la hermana mayor de Reika, apareció por el pasillo antes de que siquiera terminaran de cruzar el umbral. En una mano llevaba una taza humeante de café, y bajo el otro brazo sostenía su tableta gráfica, con el lápiz todavía colgado del cordón. Llevaba una bata cómoda y el cabello recogido en una coleta suelta, con el aspecto de quien lleva horas trabajando en sus dibujos.

 

—Hola, Ayaka —saludó con una sonrisa amistosa.

 

—Buenas tardes, Akane-san —respondió Ayaka con educación, mientras se agachaba para dejar sus zapatos en el estante.

 

Reika apenas terminaba de ajustar las pantuflas cuando su hermana ya la miraba con curiosidad.

 

—¿Y bien? ¿Qué hicieron esta vez para llegar tan tarde?

 

Ayaka ladeó la cabeza, confundida.

 

—¿“Esta vez”?

 

Akane cruzó los brazos sobre el pecho, y en su rostro apareció una sonrisa traviesa que prometía anécdotas.

 

—Cada vez que ustedes dos llegan juntas, algo interesante pasa. La última vez casi me desarman la cocina entera porque decidieron intentar hacer un pastel de frutas. La anterior, Reika terminó persiguiéndote por toda la casa con una almohada porque le escondiste sus apuntes. Y la de antes... —hizo una pausa, mirando a su hermana con los ojos cada vez más brillantes— creo que escuché a Reika gritar tu nombre como diez veces en menos de cinco minutos.

 

Ayaka soltó una risa franca al recordar esos momentos, mientras que Reika dejó escapar un largo y pesado suspiro, como si ya sintiera el cansancio solo de escucharla.

 

—¿Podemos fingir que esas cosas nunca ocurrieron y empezar de cero? —preguntó con resignación.

 

—No —respondieron Akane y Ayaka al mismo tiempo, sin ponerse de acuerdo pero con la misma convicción.

 

Ambas se miraron por un instante y volvieron a reír juntas.

 

Reika cerró los ojos, negando con la cabeza.

 

—Ya lo sabía... nunca me dejan olvidar nada.

 

Pero entonces la expresión de Akane cambió. Entrecierró los ojos con mayor atención, inclinándose un poco hacia adelante con una mirada pensativa, casi investigadora. Era la misma expresión que ponía cuando estaba creando una historia nueva para uno de sus mangas, armando tramas y suposiciones en su cabeza.

 

—Pero hoy es distinto —dijo con voz baja, como si estuviera analizando un caso misterioso.

 

Reika sintió un leve escalofrío recorrerle la espalda. Conocía muy bien esa mirada.

 

—¿Distinto en qué?

 

—Llevas una semana sonriendo demasiado —señaló Akane, contando con los dedos—. Llegas más tarde de lo habitual, sales antes de la escuela, y cuando vuelves... casi siempre vienes acompañada de Ayaka.

 

Se llevó una mano a la barbilla, fingiendo una gran reflexión.

 

—Eso solo puede significar una cosa.

 

Reika abrió los ojos de par en par, anticipando lo que venía.

 

—No... no empieces con tus suposiciones otra vez.

 

—¡¡Ya encontraste novio!! —gritó Akane con entusiasmo, como si acabara de resolver el enigma más complejo del mundo.

 

Por un instante se hizo un silencio absoluto en el recibidor. Ayaka, que intentaba mantener la compostura, no pudo contenerse más: se dio vuelta de golpe, tapándose la boca con ambas manos, y sus hombros comenzaron a temblar mientras se aguantaba la risa.

 

Reika, por su parte, sintió cómo la sangre le subía de golpe hasta las mejillas, poniéndolas de un rojo intenso.

 

—¡¡No tengo novio!! —exclamó, casi sin voz por la sorpresa y la vergüenza.

 

—¿Entonces por qué andas tan alegre y distraída últimamente? —insistió su hermana, sin darse por vencida.

 

—¡Porque...! —intentó responder Reika, pero se detuvo en seco. Cualquier explicación honesta la llevaría inevitablemente a hablar de Yuuto, y estaba segura de que si mencionaba su nombre, la imaginación de Akane volaría todavía más lejos.

 

Su silencio duró solo unos segundos, pero fue suficiente.

 

—¡¿Ves?! —exclamó Akane, triunfante—. ¡Hasta te quedaste pensando qué decir!

 

Ayaka ya no pudo aguantar más y soltó una carcajada sonora, apoyándose contra la pared.

 

—Lo... lo siento —dijo entre risas—. De verdad intento no reírme, pero no puedo evitarlo.

 

Reika giró lentamente hacia ella con una mirada que mezclaba advertencia y frustración.

 

—Ni se te ocurra decir una sola palabra más, ¿me oyes?

 

Ayaka levantó ambas manos en señal de rendición, aunque seguía sonriendo.

 

—No dije nada, te lo aseguro.

 

—Pero lo estabas pensando.

 

—Bueno... sí, un poco —admitió con inocencia.

 

—¡Ayaka!

 

Sin darle tiempo a reaccionar, Reika la tomó del brazo con firmeza y comenzó a arrastrarla escaleras arriba hacia su habitación.

 

—¡Ven conmigo ahora mismo!

 

Mientras desaparecían en el pasillo del segundo piso, Akane se quedó en la entrada con una sonrisa satisfecha, apoyando una mano en la cintura.

 

—¡Cuando quieran presentármelo, avisen sin problemas! —gritó detrás de ellas.

 

—¡¡No existe nadie!! —respondió Reika desde el pasillo, con la voz todavía un poco alterada.

 

—¡Eso dicen todos al principio! —replicó su hermana con una risa divertida.

 

Pocos segundos después, la puerta de la habitación se cerró con un golpe suave pero decidido. Reika se apoyó contra la madera, soltando un suspiro largo para intentar calmarse y bajar el color de sus mejillas.

 

Ayaka seguía riéndose bajito, sentándose en el borde de la cama.

 

—No tiene ninguna gracia —dijo Reika, aunque su tono ya no era tan severo.

 

—Perdón, perdón —se disculpó Ayaka, limpiándose una lágrima que se le había escapado de tanto reír—. De verdad intento controlarme, pero tu hermana siempre llega a las mismas conclusiones.

 

Reika la miró con el ceño levemente fruncido.

 

—Y por eso te lo digo: no mencionas absolutamente nada de lo que hablamos hoy, ni de Yuuto, ni de nada relacionado con él delante de ella. ¿Entendido?

 

Ayaka levantó las manos nuevamente en señal de promesa.

 

—Lo juro. No diré ni una palabra.

 

Reika negó con la cabeza, resignada, mientras se acercaba a su escritorio.

 

—Mi hermana tiene una imaginación que no tiene límites; si le das un detalle pequeño, al final termina escribiendo toda una novela de romance.

 

Encendió su computador portátil, y mientras esperaba que el sistema cargara, Ayaka se quedó observando la habitación: todo estaba en su lugar, impecablemente ordenado. Los estantes llenos de libros y carpetas etiquetadas, varias macetas pequeñas con plantas verdes junto a la ventana, y cada objeto en su sitio. Era el reflejo perfecto de la personalidad de Reika.

 

Unos segundos después apareció la pantalla de inicio. Reika se sentó frente al teclado y comenzó a escribir con calma en el buscador:

 

Síndrome de Insensibilidad Parcial a los Andrógenos — PAIS

 

Ayaka se acercó un poco más, apoyando una mano en el respaldo de la silla.

 

—¿Quieres leer más sobre lo que nos contó Yuuto?

 

Reika asintió sin apartar la vista del monitor, abriendo una tras otra páginas de contenido médico, artículos de revistas científicas, informes de hospitales y explicaciones detalladas sobre genética y desarrollo hormonal. No entró en foros de opinión ni en noticias sensacionalistas; solo buscaba fuentes serias y verificables.

 

Ayaka sonrió de lado, reconociendo su forma de actuar.

 

—Sabía que harías esto.

 

Reika hizo clic para ampliar un documento con esquemas y explicaciones.

 

—No me basta con escuchar una explicación general. Quiero entenderlo en profundidad: qué pasa exactamente, por qué ocurre, cómo afecta al cuerpo y qué no.

 

Ayaka guardó silencio unos segundos, observando cómo recorría cada línea con atención.

 

—¿Sigues preocupada por lo que pueda pasar?

 

Reika tardó unos instantes en responder, mientras sus ojos seguían leyendo con detenimiento.

 

—Mucho —admitió finalmente, con voz suave pero firme—. Cuando Yuuto nos lo contó, entendí lo difícil que ha sido para él, lo que significó en su vida. Pero no entendía bien cómo funcionaba su condición. Y si algún día alguien intenta usar esto para atacarlo o burlarse de él, no quiero responder solo con sentimientos o palabras de apoyo. Quiero poder responder con hechos claros, con la verdad explicada tal cual es.

 

Ayaka sonrió con ternura. Esa era exactamente la esencia de Reika: mientras que muchos actuarían guiados solo por la emoción, ella necesitaba primero comprenderlo todo, para luego poder proteger a quien quería con la mayor seguridad posible.

 

Y sin darse cuenta, mientras leía cada detalle, esa búsqueda ya no era solo por curiosidad o por deber. Era su forma silenciosa y constante de cuidar a Yuuto, de asegurarse de que, si llegaba el momento, tendría todas las herramientas para defenderlo de verdad.

 

Reika siguió leyendo en silencio, sin prisa, desplazándose por cada página con atención absoluta. Artículos médicos, estudios clínicos, informes de casos documentados y explicaciones detalladas sobre el desarrollo hormonal aparecían uno tras otro en la pantalla. La luz suave del monitor iluminaba su rostro serio, mientras el único sonido en la habitación era el leve clic del ratón y el viento que movía con suavidad las hojas de las plantas junto a la ventana.

 

Ayaka, apoyada con un codo sobre el borde del escritorio, observaba cómo cambiaba la información en la pantalla, esperando pacientemente.

 

—¿Encontraste algo que te ayude a entenderlo mejor? —preguntó finalmente en voz baja.

 

Reika no respondió de inmediato. Su expresión se había vuelto más concentrada y seria que nunca. Abrió un nuevo enlace, luego otro, y siguió revisando párrafo tras párrafo hasta que al fin habló con tono reflexivo:

 

—Sí... pero hay algo que no encaja del todo.

 

Frunció ligeramente el ceño, como si estuviera comparando mentalmente lo que leía con la imagen que tenía de Yuuto.

 

—No es exactamente como el caso de él.

 

Ayaka se inclinó un poco más hacia adelante para ver con claridad. En la pantalla aparecían imágenes médicas utilizadas solo con fines académicos: hombres diagnosticados con Insensibilidad Parcial a los Andrógenos. En las fotografías se veían rasgos ligeramente más suaves que lo habitual, en algunos casos un pequeño desarrollo del pecho, hombros menos anchos o menor masa muscular, pero nada que resultara demasiado llamativo o diferente a simple vista.

 

—Es cierto... —murmuró Ayaka después de unos segundos—. No se parecen mucho a él.

 

—Eso mismo pensé —respondió Reika, negando lentamente con la cabeza.

 

Abrió un segundo estudio, luego un tercero, y en toda la conclusión era prácticamente la misma.

 

—Los rasgos varían mucho de una persona a otra —explicó en voz baja, mientras recorría el texto con la mirada—. Algunos apenas presentan cambios visibles, y otros tienen características algo más marcadas, pero siempre dentro de un rango que coincide con las descripciones médicas.

 

Hizo una breve pausa y giró un poco la pantalla para que Ayaka pudiera ver mejor los esquemas.

 

—Pero el caso de Yuuto parece ir mucho más allá de lo que se describe en la mayoría de estos trabajos.

 

Ayaka cerró los ojos un instante, recordando cada detalle: la suavidad extrema de sus facciones, su voz dulce y aguda, su cabello completamente plateado desde hace años, su complexión delgada y frágil, incluso el leve cambio en su cuerpo que le había obligado a cubrirse tanto tiempo. Todo encajaba en lo que les había contado, pero al mismo tiempo parecía mucho más marcado que en cualquier ejemplo que aparecía en la pantalla.

 

—Es como si... —buscó las palabras adecuadas sin dejar de pensar— la mayor parte de su cuerpo hubiera respondido muy poco a las hormonas masculinas...

 

—Exacto —asintió Reika despacio—. Eso mismo pensé yo.

 

Sus dedos volvieron a deslizarse por el texto, buscando algún dato que explicara esa diferencia.

 

—Aquí dice que el grado de respuesta de las células a los andrógenos puede variar muchísimo en cada persona. Por eso no existen dos casos idénticos.

 

Se detuvo un momento, bajando la mirada hacia el teclado.

 

—Pero si todo lo que Yuuto nos contó es cierto... y no tengo ninguna duda de que lo es... entonces probablemente estemos ante una variante muy poco frecuente, incluso dentro de una condición que ya de por sí es extremadamente rara.

 

Ayaka guardó silencio, asimilando aquella información.

 

Reika siguió leyendo unos segundos más, hasta que cerró lentamente la última página, dejando la pantalla en blanco.

 

—Esto también explica algo que me quedó dando vueltas en la cabeza.

 

—¿Qué cosa? —preguntó Ayaka con curiosidad.

 

—Por qué tantos médicos tardaron años en darle respuestas claras —respondió Reika, apoyando ambas manos sobre el borde del escritorio—. Si su desarrollo no seguía los patrones habituales, si los cambios eran mucho más marcados de lo que suelen observar, es lógico que necesitaran tiempo, pruebas y análisis para comprender exactamente qué estaba ocurriendo en su cuerpo.

 

El silencio volvió a llenar la habitación, pero esta vez estaba cargado de pensamientos. Ayaka bajó lentamente la mirada hacia sus propias manos, imaginando lo que aquello debía haber significado.

 

—Debió sentirse muy solo durante todo ese tiempo... —susurró con voz suave y llena de ternura.

 

Reika asintió apenas, con la mirada perdida en el espacio frente a ella.

 

—Sí. Imagínate ser un niño de diez años, ver cómo tu cuerpo cambia de una forma que nadie a tu alrededor entiende, escuchar que incluso los médicos no tienen una respuesta inmediata, y tener que cargar con todas esas dudas y miradas sin poder explicarlas a nadie.

 

Volvió a mirar la pantalla apagada, como si en su lugar pudiera ver el rostro de Yuuto.

 

—Y aun así... nunca habló con rencor ni amargura. Solo nos explicó lo que le ocurría, tal cual es, sin culpar a nadie ni quejarse de su suerte.

 

Ayaka esbozó una sonrisa triste, conmovida.

 

—Eso hace que admire aún más la fuerza que lleva dentro.

 

Reika también sonrió, una sonrisa pequeña pero sincera.

 

—A veces olvidamos algo importante —dijo entonces.

 

Ayaka levantó la vista, interesada.

 

—¿Qué cosa?

 

—Que Yuuto lleva viviendo con esto muchos años. Nosotras acabamos de descubrirlo hoy, hace apenas unas horas. Pero él... ha tenido que aprender a convivir con ello prácticamente desde que dejó de ser un niño pequeño.

 

Reika cerró lentamente la tapa del computador, dejando que la luz de la pantalla se apagara poco a poco hasta quedar en silencio. Se quedó con la mano apoyada sobre la cubierta, la espalda recta pero la mirada perdida en el vacío, como si estuviera armando en su mente todas las piezas que hasta ese momento habían estado separadas.

 

Pasaron varios segundos sin que ninguna hablara. Solo se escuchaba el susurro suave del viento moviendo las cortinas y el sonido lejano de los pájaros que se posaban en los árboles del jardín.

 

Finalmente, Reika rompió el silencio con una voz baja, casi un murmullo cargado de comprensión:

 

—Ahora entiendo...

 

Ayaka levantó la vista de inmediato, esperando con atención.

 

—¿Qué cosa?

 

—Nunca intentó ocultarse porque se avergonzara de cómo nació —respondió Reika, girando apenas la cabeza para mirarla a los ojos.

 

Hizo una breve pausa, como si buscara las palabras más exactas para expresar lo que acababa de descubrir.

 

—Se ocultó porque el mundo nunca dejó de recordarle que era diferente.

 

Ayaka bajó lentamente la mirada, sintiendo cómo esas palabras se clavaban en su interior. Por primera vez, con una claridad que le dolía, comprendió el verdadero significado de todo aquello que durante tanto tiempo le había parecido extraño o inquietante: aquellas capas de ropa holgada, la capucha que siempre le cubría la cabeza, los guantes que no se quitaba ni en días calurosos, el cubrebocas que ocultaba su rostro...

 

Nunca habían sido un disfraz para esconder algo malo, ni una forma de fingir ser otra persona.

 

Eran una armadura. Una protección que había construido con el paso de los años para defenderse de las miradas curiosas, de los comentarios hirientes, de las preguntas sin tacto y de todo aquello que le recordaba constantemente que no encajaba en lo que los demás consideraban "normal".

 

Ayaka suspiró suavemente, con el corazón apretado. Por fin entendía que detrás de esa apariencia cerrada y reservada, Yuuto no se escondía de sí mismo, sino de todo lo que el mundo le había hecho sentir que no debía mostrar.

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