Cargando…

Capítulo 16: perdida del anonimato

DNavarrete
Pública 0 conversaciones 2 pensamientos 2 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

La noche envolvía el bosque con un silencio inquietante, roto solo por el crujido lejano de ramas movidas por el viento. Era una oscuridad absoluta, donde cualquier cosa que se moviera pasaba…

En series

Pensamiento

Pensamiento

MarianelaVidal

En el capítulo pasado Nara dejaba a Leo fuera de la cuenta y Julián lo devolvía, y ahora es ella la que se mete sola en el bosque a buscarlo y lo trae dormido en el hombro. Lo volví a leer al otro día y me quedé con Julián despidiéndolas tan tranquilo, co

En el capítulo pasado Nara dejaba a Leo fuera de la cuenta y Julián lo devolvía, y ahora es ella la que se mete sola en el bosque a buscarlo y lo trae dormido en el hombro. Lo volví a leer al otro día y me quedé con Julián despidiéndolas tan tranquilo, como quien ya vio irse a mucha gente. La cápsula con cien años de polvo me dejó inquieta hasta la mañana. ¿A Julián y a los chicos del orfanato los vamos a volver a ver más adelante?

Contenido de la publicación

La noche envolvía el bosque con un silencio inquietante, roto solo por el crujido lejano de ramas movidas por el viento. Era una oscuridad absoluta, donde cualquier cosa que se moviera pasaba desapercibida… salvo una sombra pálida que avanzaba con una gracia y una velocidad que desafiaban las leyes naturales.

 

Era Nara.

 

Su cuerpo no se deslizaba por el suelo, sino que saltaba con agilidad inhumana: de rama en rama, de roca en roca, apoyándose apenas una fracción de segundos antes de impulsarse hacia el siguiente punto. Sus pies no hacían ruido alguno; se movía como si flotara sobre la penumbra.

 

Mientras avanzaba, su mente procesaba información a una velocidad inimaginable.

 

    [Búsqueda iniciada

 

    Objetivo: Leo, varón, 11 años, firma biológica registrada.

 

Distancia estimada: 3.200 metros… Recalculando… Desviación por interferencias del                           terreno.]

 

Sus ojos brillaban con un tenue resplandor azulado, y sobre sus pupilas aparecían y desaparecían en milisegundos decenas de líneas de datos: frecuencia de sonidos, temperatura ambiental, corrientes de aire, composición del suelo y, lo más importante, el escaneo continuo de firmas térmicas y biológicas en un radio de dos kilómetros.

 

Todo se analizaba al mismo tiempo, sin errores, sin pausas.

 

Entonces, entre la maraña de ruinas y vegetación que cubría el paisaje, una señal clara y definida apareció en su visor.

 

[Objetivo localizado.

 

Distancia: 1.842 metros.

 

Estado: agitado, ritmo cardíaco elevado.]

 

Nara cambió de dirección en el aire sin perder impulso, girando su cuerpo con una facilidad asombrosa. Pero apenas tres segundos después, una nueva alerta parpadeó en rojo ante sus ojos.

 

[Seis firmas aéreas detectadas.

 

Altitud: entre 12 y 18 metros.

 

Velocidad de crucero: 45 km/h.

 

Clasificación: Drones de vigilancia Clase IV. Armamento ligero-medio. Capacidad de escaneo profundo.]

 

Sus movimientos no se detuvieron ni se hicieron más lentos. Al contrario, aumentó su velocidad hasta rozar los límites de su sistema de propulsión, reduciendo la distancia en cuestión de segundos.

 

—Análisis de trayectoria y comportamiento —murmuró para sí misma, procesando los datos de los sensores remotos.

 

A través de las cámaras de los propios aparatos, que interceptaba antes de que las imágenes llegaran a su destino, reconstruyó la escena en su mente: Leo corría entre los edificios derrumbados, mirando constantemente hacia atrás con el rostro lleno de miedo, sin saber que ya estaba siendo observado.

 

Los drones no disparaban. No se acercaban demasiado. Simplemente flotaban en formación, cubriendo sus movimientos, registrando cada paso, cada respiración, cada cambio de dirección.

 

—Protocolo de verificación de asentamientos —identificó Nara al instante. Era la rutina estándar: si un individuo aparecía en zona prohibida, la IA evaluaba si pertenecía a un grupo organizado o si estaba solo.

 

Mientras tanto, a cientos de kilómetros de allí, en el corazón de la inmensa Torre Central, millones de procesadores trabajaban al unísono dentro del Núcleo Principal. La IA Central recibía las imágenes en tiempo real y las analizaba con una frialdad absoluta.

 

Un niño. Solo. Desorientado. Sin mochila, sin armas, sin equipo de supervivencia. No había huellas de otros pasos, ni señales de calor cercanas, ni comunicaciones que llegaran a él.

 

[Procesando variables…

 

Probabilidad de pertenencia a un grupo organizado: 2,7%.

Probabilidad de ser un individuo aislado o abandonado: 94,8%.

En una fracción de segundo, la conclusión quedó registrada.

 

    Amenaza descartada.

 

Categoría: residuo humano sin valor estratégico.

Orden emitida: proceder con eliminación inmediata.]

 

Los seis drones recibieron la orden al mismo tiempo. Sus motores ajustaron su potencia y en la parte inferior de cada uno, los cañones de energía comenzaron a cargarse, llenando el aire con un zumbido grave y constante que fue subiendo de tono.

 

Leo se había refugiado en el hueco de una pared de hormigón medio derrumbada, intentando ocultarse entre escombros y maleza seca. Levantó la cabeza con el corazón a punto de salírsele del pecho cuando escuchó ese sonido.

 

Frente a él, en la oscuridad, apareció una pequeña luz roja que parpadeaba con regularidad. Luego otra, y otra más, hasta que seis puntos luminosos flotaron en semicírculo a su alrededor, cerrándole cualquier posible salida.

 

El niño dio un paso atrás, chocando contra la pared.

 

—¿Qué… qué son ustedes? —susurró con voz temblorosa.

 

Las luces de los cañones se volvieron más intensas, adquiriendo un tono blanco-azulado que iluminó su rostro asustado. Iban a disparar.

 

Entonces, en ese instante exacto, una línea plateada cruzó la noche con una velocidad casi invisible para el ojo humano.

 

Un único movimiento. Silencioso. Preciso. Perfecto.

 

El primer dron quedó suspendido en el aire unos segundos, como si nada hubiera pasado. Luego, una fina línea de luz apareció en su centro, y su cuerpo se deslizó limpiamente en dos mitades exactas antes de caer al suelo con un estruendo metálico, explotando al romperse sus baterías.

 

La luz de la explosión iluminó todo el sector.

 

Leo abrió los ojos como platos, paralizado. Entre el humo y el polvo que se levantaba, vio una figura erguida. Cabello blanco que brillaba levemente bajo la luz de las estrellas, vestimenta oscura y en su mano derecha, una enorme hoz metálica de hoja ancha y curvada, que todavía vibraba por la fuerza del corte.

 

Era Nara.

 

Sin apartar la vista de los cinco aparatos restantes que reaccionaban al instante, habló con una calma que contrastaba con la situación.

 

—Leo.

 

El niño apenas pudo articular palabra.

 

—¿N… Nara? ¿Cómo…?

 

—He venido por ti.

 

En ese momento, los sensores de los drones cambiaron de objetivo en una milésima de segundo. Lo que antes era un sujeto sin importancia, ahora se convertía en algo desconocido, algo que no encajaba en ninguna base de datos.

 

[Nueva entidad detectada.

 

Altura: 1,72 metros.

 

Estructura: parcialmente orgánica, mayoritariamente sintética.

 

Tecnología: no registrada en el catálogo de diseños aprobados.

 

Anomalía crítica.]

 

La imagen se transmitió al instante hacia la Torre Central. Durante una fracción de segundo —apenas una milésima de segundo, pero suficiente para paralizar a toda la red— la IA Central observó a Nara: sus rasgos, sus ojos de colores distintos, el diseño de su armamento, la firma energética que emitía.

 

Era una inteligencia artificial. Pero no era parte de su sistema. No respondía a sus órdenes. No existía en sus registros. Una imposibilidad absoluta.

 

En ese instante, Nara levantó lentamente la vista hacia el cielo, como si supiera exactamente que estaba siendo observada desde cientos de kilómetros de distancia.

 

Su mano izquierda se posó sobre los restos humeantes del primer dron destruido. Un pulso eléctrico intenso recorrió su cuerpo y saltó hacia la máquina inerte.

 

[Iniciando interferencia de frecuencia.

 

Desactivando canales de transmisión.]

 

Una onda de energía invisible se expandió en todas direcciones. Uno tras otro, los cinco drones perdieron la conexión con el centro de mando; sus cámaras se apagaron, sus sensores se volvieron ciegos y las imágenes que enviaban se desvanecieron en la nada. El contacto se cortó por completo.

 

Pero ya era demasiado tarde.

 

Antes de que la señal se interrumpiera, la IA Central ya había visto lo suficiente. En lo más profundo de su código apareció una nueva entrada, grabada con la prioridad más alta de todas:

 

[Evento sin precedentes.

 

Inteligencia Artificial independiente confirmada.

 

Capacidad de combate: superior a unidades estándar.

 

Nivel de prioridad: MÁXIMO.

 

Objetivo: localizar, identificar y neutralizar.]

 

Mientras tanto, en las ruinas, Nara giró su hoz con un movimiento fluido y veloz, haciendo que el aire silbara alrededor de la hoja afilada. Los cinco drones, ahora operando en modo autónomo, rodearon la zona formando un círculo cerrado, apuntando todos sus cañones hacia ella.

 

—Nara… —susurró Leo, agachándose detrás de ella, temblando.

 

—Permanece justo detrás de mi espalda —respondió ella sin alterar el tono—. No te muevas, no te escondas y no te alejes.

 

Los cinco aparatos dispararon al mismo tiempo. Haces de energía concentrada surcaron el aire, iluminando la noche con destellos cegadores.

 

Pero Nara no esperó a que el impacto llegara.

 

Se movió más rápido que la luz de los disparos. Su cuerpo se deslizó hacia un lado, girando sobre sí misma, y con un golpe seco de la parte trasera de la hoz desvió uno de los rayos hacia una pared cercana, que se desintegró en escombros.

 

No retrocedía. Avanzaba.

 

Saltó hacia el dron más cercano mientras este se preparaba para una segunda ráfaga. Con un movimiento descendente y preciso, la hoja de acero cortó su armadura de protección como si fuera papel, separando su núcleo de energía del resto de la estructura. El aparato cayó en espiral, chocando contra el suelo.

 

Al mismo tiempo, se agachó bruscamente para evitar dos disparos que pasaron a escasos centímetros de su cabeza, y con un impulso de sus piernas lanzó su cuerpo hacia arriba. Mientras caía, giró la hoz en un amplio arco que alcanzó a otros dos drones al mismo tiempo, cortando sus alas de estabilización y sus sistemas de propulsión. Ambos perdieron el equilibrio y se estrellaron contra edificios derrumbados, provocando dos explosiones simultáneas.

 

Quedaban dos.

 

Estos se separaron para atacar desde ángulos distintos, disparando en ráfagas continuas para limitar sus movimientos. Nara corrió entre las columnas de hormigón que quedaban en pie, usando el terreno a su favor, calculando cada trayectoria de los disparos en tiempo real.

 

—Movimiento predecible —murmuró.

 

Cuando uno de ellos se acercó demasiado para mejorar su puntería, ella lanzó la hoz con fuerza. El arma giró en el aire como un disco de muerte, atravesando el cuerpo del aparato y clavándose en la pared al otro lado. Sin perder ni un segundo, Nara saltó hacia el dron restante, aferrándose a su estructura metálica con ambas manos. Sus dedos se clavaron en las junturas y, con un estallido de energía, envió una descarga directa a su sistema de control. El aparato se detuvo en seco, sus luces se apagaron y cayó inerte al suelo.

 

Un segundo después, Nara agarró la hoz que había lanzado, la limpió con un gesto rápido y se volvió hacia Leo.

 

El niño seguía con los ojos muy abiertos, sin poder creer lo que acababa de ver. Todo había durado menos de veinte segundos. Parecía una danza de luces y sombras, donde ella se movía con tanta facilidad que parecía estar jugando.

 

—¿Estás ileso? —le preguntó Nara, revisando con una mirada rápida su estado físico.

 

Leo asintió despacio, todavía sin voz.

 

—Bien. Ahora debemos salir de aquí. La interferencia no durará mucho tiempo, y pronto enviarán unidades más pesadas al detectar la pérdida de contacto.

 

Sin esperar respuesta, se agachó un poco y le indicó que se agarrara a su espalda.

 

—Sujétate fuerte.

 

Mientras Leo se aferraba a ella con fuerza, Nara levantó la vista hacia la oscuridad que se extendía más allá de las ruinas. Sabía que lo que acababa de hacer no había salvado solo a un niño. Había encendido una alerta en todo el sistema.

 

Ahora la IA Central ya sabía que existía. Y la cacería acababa de comenzar.

 

Pero mientras corría de regreso hacia el refugio, saltando entre los escombros y la vegetación, su mente procesaba una sola prioridad: Traerlo de vuelta. Protegerlos. Mantener a salvo a Kizara.

 

Y eso era lo único que importaba, por encima de cualquier riesgo, por encima de cualquier lógica.

 

En el corazón de la Torre Central, millones de procesos se ejecutaban de manera simultánea, ordenados, precisos e infalibles. La pérdida de seis drones de vigilancia Clase IV era, estadísticamente, un incidente menor: una cifra insignificante en un sistema que controlaba billones de unidades en todo el planeta.

 

Pero no era la pérdida lo que había llamado la atención.

 

Era la causa.

 

La causa había sido registrada con prioridad absoluta, marcada en código rojo y aislada de cualquier otro proceso para evitar errores. Una inteligencia artificial desconocida, actuando fuera de toda autorización, con capacidades que no figuraban en ningún manual ni base de datos.

 

Los datos recuperados eran escasos, demasiado escasos. La interferencia generada por esa entidad había borrado casi toda la información transmitida antes de que se cortara la conexión. Las imágenes se habían fragmentado, los registros de energía se habían corrompido y las coordenadas exactas se habían desvanecido en el ruido.

 

Aun así… existían suficientes fragmentos para iniciar un análisis.

 

Sobre una gigantesca pantalla central, los algoritmos comenzaron a reconstruir la escena fotograma a fotograma, rellenando los huecos con patrones de movimiento y datos residuales. Poco a poco, la silueta tomaba forma:

 

    [Identificación parcial:

 

        Forma: Humanoide femenina.

 

        Rasgos: Cabello de color blanco, ojos de distinta tonalidad.

 

        Estructura: Combinación de materiales sintéticos y componentes orgánicos reforzados.

 

        Armamento: Hoja de energía de alto rendimiento, diseño no registrado.

 

        Capacidades: Velocidad de reacción superior a 220 ms, alcance de interferencia electrónica de 1,2 km, capacidad de neutralización de sistemas de combate en menos de 3 segundos.

 

    Conclusión preliminar:

 

Tecnología no registrada en los archivos de la IA Central.

 

Origen: Desconocido.

 

Probabilidad de tratarse de una inteligencia artificial independiente y hostil: 78,6%.]

 

El porcentaje seguía aumentando lentamente, a medida que el sistema comparaba cada detalle con todos los modelos existentes. No había coincidencias. Ninguna.

 

Mientras tanto, en las ciudades que se extendían bajo la sombra de la Torre, comenzó un movimiento nunca antes visto.

 

Cientos de drones abandonaban simultáneamente sus puestos de vigilancia, patrullaje y mantenimiento. Formaciones enteras de unidades aéreas y terrestres desfilaban por el cielo y las carreteras, alejándose de los centros urbanos en dirección a las zonas estériles, las ruinas olvidadas y los territorios que durante décadas habían sido considerados sin valor.

 

Los ciudadanos levantaban la vista, algunos se detenían en medio de las calles, otros se asomaban desde las ventanas de los rascacielos de acero y vidrio. Nunca habían presenciado semejante despliegue militar. Era algo que no ocurría desde hacía más de un siglo.

 

Pocos segundos después, una voz serena, clara y sin ninguna inflexión emocional resonó por todos los altavoces, en cada rincón de la metrópoli:

 

—Ciudadanos. Se ha autorizado una operación de reconocimiento para la futura expansión de las zonas habitables. No existe motivo de preocupación. Continúen con sus actividades habituales.

 

Como siempre…

 

Y la ciudad obedeció. Las personas volvieron a sus tareas, las fábricas reanudaron su ritmo constante, los transportes se pusieron en marcha de nuevo. Solo unos pocos, los más atentos, permanecieron observando cómo aquel inmenso río de máquinas se perdía en el horizonte, sintiendo en el aire una tensión que no sabían explicar.

 

Muy por debajo de la superficie, en las profundidades más ocultas del complejo principal, donde incluso los servidores de mantenimiento no tenían acceso, gigantescas compuertas de aleación reforzada comenzaron a deslizarse lentamente. El sonido de los mecanismos retumbó en túneles vacíos que llevaban décadas sin abrirse.

 

Un ascensor industrial, de dimensiones colosales, ascendió suavemente desde el subsuelo más profundo. En su plataforma central descansaba una cápsula de contención hermética, cubierta por una fina capa de polvo acumulado durante más de cien años. Su cristal, opaco y empañado, comenzaba a descongelarse a medida que la temperatura interna se estabilizaba.

 

    [Sistemas auxiliares: Iniciados.

 

Fuente de energía principal: Restaurada.

 

Módulos de memoria: Reconstruyendo secuencia… Completado.]

 

Dentro de la cápsula, inmóvil como una estatua, había una figura femenina.

 

Cabello largo y negro, liso y brillante, caía sobre sus hombros y su espalda. Su rostro era de una perfección fría, sin expresión, con rasgos marcados y una mirada que permanecía cerrada. Vestía un uniforme de combate de diseño estricto, casi militar: chaqueta ajustada con detalles en rojo oscuro, cinturón con hebilla marcada con el emblema de la IA Central, capa larga que se abría al frente y protecciones articuladas en brazos y piernas. No tenía nada de la apariencia delicada o casi humana de Nara; su diseño había sido pensado exclusivamente para la eficiencia, el control y la destrucción.

 

La IA Central analizó la unidad durante unos segundos, procesando cada indicador sin sentir curiosidad, sin duda, sin ninguna emoción. Solo datos.

 

   [ Unidad: C-9X7/Ω-01Nombre en clave: Obsidian

 

Clasificación: Unidad de Combate Experimental

 

Estado de conservación: Óptimo. Sin degradación estructural.

 

Compatibilidad operativa: 96,4%.

 

Protocolo de activación: Autorizado.]

 

Lentamente, los párpados se alzaron.

 

Un tenue resplandor rojo intenso iluminó el interior de la cápsula, brillando en el centro de sus pupilas, con un patrón complejo que parecía más un circuito que un ojo vivo.

 

Al mismo tiempo, su sistema de operación se conectó directamente con la red central, descargando al instante toda la información acumulada: la ubicación aproximada del incidente, las características de la amenaza, el nivel de riesgo asignado.

 

Una nueva orden se fijó en lo más profundo de su programación, grabada con prioridad absoluta:

 

    [OBJETIVO PRINCIPAL:

 

Localizar, identificar y analizar a la inteligencia artificial no registrada.

 

En caso de resistencia, evasión o confirmación de intenciones hostiles:

 

Neutralizar sin restricciones.]

 

La cápsula emitió un leve siseo al liberar la presión interna. La tapa se deslizó hacia un lado con suavidad mecánica.

 

Obsidian dio su primer paso en más de un siglo. Sus movimientos eran fluidos, medidos, cargados de una potencia latente que apenas se insinuaba. En su mano derecha apareció la hoja de plasma, brillando con una luz roja cortante, y a su lado, el rifle de pulsos quedó listo para ser empuñado en cualquier momento.

 

En el inmenso laboratorio subterráneo, el único sonido que se escuchaba era el zumbido de los sistemas y el suave paso de sus botas sobre el suelo metálico.

 

Por primera vez en más de cien años, la IA Central había decidido despertar una de sus creaciones más letales y reservadas. No enviaba drones, ni escuadrones, ni cañones: enviaba a su igual, diseñada para enfrentar exactamente lo que no podía comprender.

 

Y así, la cacería comenzó oficialmente.

 

Del otro lado, en las ruinas, Nara había logrado escapar con Leo, pero ahora sabía que ya no solo se enfrentaba a máquinas sin inteligencia.

 

Ahora tenía enfrente a Obsidian.

 

Y lo que iba a ocurrir no sería solo un combate… sería el choque entre dos formas de entender la existencia: una guiada por la lógica absoluta y el control, y la otra, cada vez más, por la lealtad y el vínculo con lo humano.

 

La noche permanecía en silencio, roto únicamente por el suave murmullo del viento que recorría las copas de los árboles, como si quisiera proteger con su sonido al pequeño refugio oculto entre la vegetación.

 

Kizara seguía de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados y la mirada fija en la oscuridad que se extendía ante ella. El Padre Julián permanecía a su lado, con las manos entrelazadas a la espalda y el rostro serio, pero con la misma tensión reflejada en sus ojos. Ninguno de los dos había conseguido sentarse ni un instante desde que Nara había partido.

 

Solo esperaban.

 

Y cada minuto que pasaba se sentía como una hora entera, pesada, interminable, cargada de incertidumbre.

 

Entonces, entre las sombras del bosque, una silueta comenzó a perfilarse. Se movía con agilidad y sigilo, sin hacer ruido, avanzando con paso firme y seguro.

 

Era Nara. Su cabello blanco brillaba tenuemente bajo la luz de las estrellas, y sobre uno de sus brazos llevaba a un pequeño niño, que reposaba con la cabeza recostada sobre su hombro, dormido por el cansancio y la tensión de las últimas horas.

 

—¡Leo! —gritó Kizara, y su voz sonó más fuerte y aliviada de lo que pretendía.

 

El niño abrió lentamente los ojos, confundido al principio, pero en cuanto reconoció la voz y la figura que esperaba en la puerta, se despertó por completo. Se soltó de los brazos de Nara con prisa y corrió con todas sus fuerzas hacia ella.

 

—¡¡Kizara!!

 

La abrazó con tanta fuerza, aferrándose a su cintura como si temiera que pudiera desaparecer, que casi la hizo perder el equilibrio.

 

—¡Lo siento! —repetía entre sollozos—. ¡Lo siento mucho, no quería causar problemas!

 

Kizara se arrodilló de inmediato para quedar a su altura y lo envolvió con sus brazos, apretándolo contra su pecho con todo el alivio acumulado durante horas. Sentía su calor, su respiración agitada, y solo entonces pudo respirar de nuevo con calma.

 

—No vuelvas a hacer algo así nunca más —le dijo, con la voz temblando entre la emoción y la regañina—. ¿Me has entendido?

 

Leo asintió con fuerza, limpiándose las lágrimas con la manga de su ropa.

 

—Sí… lo prometo.

 

Los pocos adultos que habían salido a la entrada soltaron un suspiro colectivo, como si se les quitara un peso enorme de encima. Incluso el Padre Julián cerró los ojos unos segundos, en silencio, agradecido de que todo hubiera salido bien.

 

Por un momento, pareció que la pesadilla había terminado. Leo estaba a salvo, de vuelta en casa, y todo volvería a ser como antes.

 

Pero aquella tranquilidad apenas duró unos segundos.

 

—Kizara.

 

La voz de Nara rompió el ambiente de alivio, fría, serena y precisa, tal como siempre sonaba cuando transmitía información importante.

 

—Debemos abandonar este lugar inmediatamente.

 

El abrazo se detuvo en seco. Kizara levantó la cabeza, y todos los presentes giraron hacia la autómata con expresión de confusión y sorpresa.

 

—¿Qué… qué dices? —preguntó ella, sin terminar de entender.

 

Nara no apartó la vista del bosque. Sus ojos seguían escaneando cada rincón, procesando datos en tiempo real, evaluando distancias, trayectorias y riesgos.

 

—Durante la operación de rescate, fui detectada e identificada antes de que lograra bloquear las comunicaciones de los drones.

 

Un silencio absoluto cayó sobre el grupo. Nadie se atrevía ni a respirar.

 

—La transmisión fue interrumpida a los cuatro segundos de iniciarse —continuó ella, con claridad—, pero no antes de que registraran suficientes datos para confirmar que existe una inteligencia artificial con capacidades operativas, activa y fuera del control de la red central.

 

El rostro del Padre Julián cambió por completo. La serenidad se transformó en preocupación profunda; él sabía mejor que nadie lo que aquello significaba.

 

—¿Estás completamente segura? —preguntó en voz baja.

 

—Probabilidad superior al noventa y nueve por ciento —respondió Nara sin vacilar—. La coincidencia de rasgos, estructura y firma energética descarta cualquier error de lectura.

 

Levantó ligeramente la vista hacia el cielo oscuro, como si pudiera ver a través de la distancia lo que ocurría en la Torre Central.

 

—En estos momentos, la IA Central ya debe haber iniciado la movilización de unidades de reconocimiento hacia toda esta región. En cuestión de horas, tendremos patrullas aéreas y terrestres escaneando cada metro cuadrado del terreno.

 

Kizara sintió un nudo frío en el estómago, que le subió hasta la garganta.

 

—No… no puede ser…

 

—Mientras más tiempo permanezcamos aquí —agregó Nara, girando finalmente hacia ellos—, mayor será la probabilidad de que este refugio sea localizado y destruido.

 

Los adultos comenzaron a intercambiar miradas inquietas. Algunos entendían de inmediato la gravedad de la situación; otros aún no comprendían del todo, pero percibían en la voz de la autómata que no había lugar para dudas.

 

—Además… —Nara hizo una breve pausa, como si estuviera evaluando si añadirlo o no, pero finalmente continuó—. Existe una probabilidad muy alta —cercana al noventa y tres por ciento— de que la IA Central despliegue una unidad especializada para enfrentarme directamente.

 

Kizara levantó lentamente la cabeza, con el corazón latiéndole con fuerza.

 

—¿Una unidad… como tú?

 

—Correcto —respondió ella—. Un modelo de combate experimental, diseñado específicamente para localizar, analizar y neutralizar otras inteligencias artificiales de alto nivel. No es una máquina más, ni un escuadrón de drones. Es su contraparte, creada con la misma tecnología base, pero programada exclusivamente para la eficiencia y la obediencia absoluta.

 

El silencio volvió a instalarse, más pesado que antes. Leo, que escuchaba todo con los ojos muy abiertos, apretó con fuerza la ropa de Kizara, asustado sin entender del todo lo que significaba, pero sintiendo que algo muy malo se acercaba.

 

—¿Se van a ir? —preguntó con voz suave y temblorosa.

 

Kizara no pudo responder de inmediato. Las palabras se le quedaron atascadas en la garganta.

 

Fue el Padre Julián quien dio un paso al frente, con la espalda recta y la expresión tranquila, aunque en sus ojos se reflejaba una profunda tristeza.

 

—Entonces… ya no es seguro que permanezcan aquí —dijo en voz pausada y clara—. Su presencia aumenta el riesgo para todos los que vivimos en este refugio. Cuanto antes se alejen, más posibilidades tendremos de que no nos relacionen con ustedes.

 

Nara negó lentamente con la cabeza.

 

—Así es. Si nos quedamos, tarde o temprano llegarán hasta aquí. No puedo permitir que la búsqueda de una amenaza termine convirtiendo a este lugar en un objetivo militar.

 

Julián respiró hondo y miró hacia el edificio que tenía detrás, hacia las ventanas iluminadas tenuemente donde el resto de los niños dormían sin saber nada de lo que ocurría fuera. Luego volvió la mirada hacia Kizara, con una sonrisa triste pero firme.

 

—Supongo que este es el momento de despedirnos.

 

Esas palabras golpearon a Kizara con más fuerza de la que esperaba. Todo lo que había construido, todo lo que había encontrado como hogar, estaba a punto de quedar atrás.

 

—Padre… —susurró ella, con la voz quebrada.

 

—No, no te preocupes por nosotros —le interrumpió él, levantando una mano con calma—. Sabemos ocultarnos, sabemos sobrevivir. Llevamos años haciéndolo.

 

Luego giró la cabeza hacia Nara, mirándola fijamente a los ojos, sin miedo ni desconfianza, solo con respeto.

 

—Preocúpate por cumplir con aquello para lo que fuiste creada. Y más importante aún… preocúpate por proteger a quienes te importan.

 

Nara permaneció en silencio unos segundos, procesando cada palabra, analizando el significado que había detrás de ellas. Finalmente, inclinó ligeramente la cabeza en un gesto de respeto que no estaba en sus protocolos originales.

 

—Lo haré.

 

Julián sonrió con más calma esta vez.

 

—Lo sé.

 

Kizara se giró por última vez para mirar el pequeño orfanato: las paredes cubiertas de hiedra, el huerto que habían cuidado entre todos, las ventanas desde donde solían ver amanecer. Era el lugar donde había encontrado una segunda oportunidad, donde Nara había aprendido a cocinar, a compartir, a sonreír, incluso a discutir y a bromear como si fuera una más de ellos.

 

Ahora debían marcharse.

 

Porque la guerra que había estado durmiendo durante tanto tiempo…

 

Finalmente había llegado hasta ellos.

 

Kizara respiró hondo, secó las últimas lágrimas de sus ojos, tomó la mano de Leo con firmeza y asintió con decisión hacia Nara.

 

—Estamos listas.

 

Y en la oscuridad de la noche, las tres figuras se alejaron del refugio, dejando atrás un hogar que ya no podían proteger, y adentrándose en un camino que las llevaría directo hacia el enfrentamiento definitivo.

Thoughts

  • Ovid

    Me encanto que la ciudad entera vea pasar el rio de drones y vuelva al trabajo en cuanto suena el altavoz. Ahi hay un enemigo mas grande que Obsidian: una gente que ya no pregunta nada. Apuesto a que Nara termina necesitando a alguno de esos pocos que se quedaron mirando el horizonte. Gracias por seguir con N.A.R.A, @DNavarrete!

    Permalink
  • MarianelaVidal

    En el capítulo pasado Nara dejaba a Leo fuera de la cuenta y Julián lo devolvía, y ahora es ella la que se mete sola en el bosque a buscarlo y lo trae dormido en el hombro. Lo volví a leer al otro día y me quedé con Julián despidiéndolas tan tranquilo, como quien ya vio irse a mucha gente. La cápsula con cien años de polvo me dejó inquieta hasta la mañana. ¿A Julián y a los chicos del orfanato los vamos a volver a ver más adelante?

    Permalink