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Capítulo 16: La guardiana de los libros

DNavarrete
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Aquel amanecer trajo consigo una luz suave y dorada que se filtraba entre las cortinas de la casa Haruno. Poco después de que el sol asomara por el horizonte, la hermana mayor de Haru subió las…

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Ovid

La madre de Haru sirviendo el te tan tranquila mientras la hermana baja en panico porque la cama esta demasiado bien hecha, hahaha. Me he reido con esa parte. Me da que en esa casa ya la tienen calada mejor que nadie en la escuela, y que la hermana va a s

La madre de Haru sirviendo el te tan tranquila mientras la hermana baja en panico porque la cama esta demasiado bien hecha, hahaha. Me he reido con esa parte. Me da que en esa casa ya la tienen calada mejor que nadie en la escuela, y que la hermana va a ser la ultima en enterarse de lo de la puerta. Gracias por seguir con la serie @DNavarrete!

Contenido de la publicación

Aquel amanecer trajo consigo una luz suave y dorada que se filtraba entre las cortinas de la casa Haruno. Poco después de que el sol asomara por el horizonte, la hermana mayor de Haru subió las escaleras con pasos rápidos y llenos de energía, lista para empezar el día como de costumbre.

 

—¡Lilia! ¡Hora de despertar! Ya es hora de prepararse para ir a la escuela —anunció con voz alegre mientras giraba el pomo y abría la puerta de par en par.

 

Pero en cuanto cruzó el umbral, se quedó completamente inmóvil, con los ojos muy abiertos y la mano todavía en el aire.

 

La habitación estaba en un orden impecable, casi perfecto. La cama estaba hecha con tal precisión que parecía que nadie había dormido en ella en toda la noche; las sábanas estaban estiradas sin una sola arruga, la almohada alineada exactamente en el centro. La ventana estaba cerrada y ajustada, y no había ni un solo objeto fuera de su lugar.

 

Pero la habitación estaba vacía.

 

—¿Eh? ¿Dónde está? —murmuró para sí misma, confundida.

 

Bajó corriendo las escaleras en dos zancadas, llegando hasta la cocina donde el olor a pan tostado y café recién hecho llenaba el aire.

 

—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Lilia ha desaparecido! No está en su habitación, no hay rastro de ella, ¿se habrá ido de vuelta a su mundo? —preguntó casi sin respirar, con un tono de pánico.

 

La madre de Haru levantó la vista de la mesa, con una sonrisa tranquila y sin inmutarse lo más mínimo.

 

—No ha desaparecido, cariño.

 

—¿Qué dices? Si la cama está vacía y todo está en su sitio...

 

—Se fue hace más de una hora.

 

—¿¡UNA HORA!? —repitió la chica, parpadeando varias veces como si no hubiera escuchado bien—. ¿Tan temprano? ¿Para qué se levanta a esa hora si las clases empiezan mucho después?

 

—Dijo que quería llegar temprano a la escuela.

 

—¿Para qué? ¿Para hacer ejercicio? ¿Para entrenar? —preguntó imaginándose cualquier cosa menos lo que iba a escuchar.

 

—Para leer libros.

 

Se hizo un silencio absoluto en la cocina. Ni siquiera se escuchaba el sonido de los cubiertos.

 

—...Creo que en realidad adoptamos a una criatura de otra especie —dijo finalmente la hermana, rascándose la cabeza con incredulidad.

 

—Eso ya lo habíamos descubierto desde el primer día —respondió la madre entre risas, sirviendo una taza de té.

 

Mientras tanto, en el edificio de la escuela, el silencio de la mañana todavía reinaba. Los pasillos estaban vacíos, las aulas cerradas y el único sonido que se escuchaba era el canto de los pájaros en los árboles del patio y el viento suave que movía las hojas.

 

La biblioteca, situada en el ala más tranquila y apartada del edificio, todavía debía permanecer cerrada. Era un lugar reservado para el silencio, el conocimiento y el orden, y para su encargada, Shiori Mizuno, de 24 años, no era solo un espacio de trabajo: era su santuario, su reino, el lugar donde cada libro era un tesoro y cada regla existía para protegerlo.

 

Shiori caminaba por el pasillo con paso lento y relajado. Llevaba en una mano una taza de café humeante —su compañía favorita por las mañanas— y en la otra un manojo de llaves que sonaban suavemente con cada movimiento. Vestía con su elegancia habitual, ropa sobria y bien cuidada, sus largos cabellos azul oscuro recogidos con orden y sus gafas de montura fina descansando sobre su nariz. Era una mujer reservada, paciente y profundamente amante de la calma, pero que podía perder la compostura ante cualquier cosa que rompiera el orden.

 

Por eso, cuando dobló la esquina y alzó la vista hacia la puerta principal, se detuvo en seco como si hubiera chocado contra una pared invisible.

 

La puerta estaba abierta.

 

Pero no abierta con normalidad. Estaba arrancada.

 

Las bisagras de metal, que debían ser resistentes y sólidas, estaban dobladas hacia afuera, retorcidas como si fueran de papel. La cerradura colgaba rota de un lado y el marco de madera mostraba marcas profundas donde alguien había aplicado una fuerza descomunal, pero con una precisión extraña: no había astillas innecesarias, ni golpes fuera de lugar, solo la separación limpia de la puerta de sus soportes.

 

Shiori sintió cómo su corazón daba un vuelco. Su café casi se derrama sobre sus dedos, y sus gafas se deslizaron un poco por el puente de su nariz por la impresión.

 

—¿Qué... qué ha pasado aquí? —susurró con voz temblorosa, mirando la escena con incredulidad.

 

Miró la puerta.

 

Miró las bisagras deformadas.

 

Miró la cerradura inútil.

 

Volvió a mirar la puerta, y por un segundo pensó que estaba soñando.

 

Con el corazón latiéndole un poco más rápido, entró lentamente, preparándose mentalmente para cualquier desastre: libros tirados por el suelo, estanterías caídas, vidrios rotos o, en el peor de los casos, un robo.

 

Pero lo que encontró al cruzar el umbral fue algo que superó cualquier posibilidad que hubiera imaginado.

 

El interior estaba en perfecto orden. Las estanterías seguían de pie, alineadas y repletas de volúmenes. El aire olía a papel viejo y tinta, un aroma tranquilo y familiar que tanto amaba. Y al fondo de la sala, bajo la luz suave que entraba por las ventanas altas, había una mesa amplia.

 

Allí estaba Lilia.

 

Sentada con la espalda perfectamente recta, inmóvil y serena, estaba leyendo. No uno, sino tres libros abiertos al mismo tiempo frente a ella, organizados en fila. Pasaba las páginas con dedos ágiles y silenciosos, tomaba notas en una libreta con una concentración absoluta, y cada tanto inclinaba un poco la cabeza como si estuviera analizando y procesando cada palabra que leía. Parecía estar teniendo la mañana más tranquila y normal del mundo.

 

Shiori permaneció en la entrada durante varios segundos, sin saber qué decir ni cómo reaccionar. Primero me pregunto qué hace una estudiante aquí dentro, luego por qué está la puerta así... y al final solo pienso en que necesito otro café, pensó para sí misma, sintiendo cómo su paciencia se ponía a prueba antes incluso de empezar a hablar.

 

Finalmente, Lilia levantó la vista. Sus ojos violetas se encontraron con los de la bibliotecaria, y asintió con cortesía.

 

—Buenos días, señorita Mizuno.

 

—¿Buenos días? —repitió Shiori, todavía atónita, señalando hacia atrás con un gesto vago—. ¿Eso es todo lo que se te ocurre decir? ¿No tienes nada más que explicarme?

 

—¿A qué se refiere?

 

—¡A la puerta! —exclamó, señalando la entrada con los ojos muy abiertos—. ¿Qué ha ocurrido con ella?

 

Lilia giró ligeramente la cabeza y miró hacia atrás, observando la puerta separada de su marco con total calma. Reflexionó unos segundos, como si estuviera evaluando una situación sencilla.

 

—Estaba cerrada.

 

—Sí, claro que estaba cerrada —respondió Shiori, acercándose un poco más, aunque manteniendo cierta distancia por la impresión—. Todas las puertas están cerradas antes de abrir el establecimiento. Esa es la regla.

 

—Necesitaba entrar.

 

—Entiendo, pero...

 

—Así que entré.

 

Shiori sintió cómo algo en su interior se relajaba y se rompía al mismo tiempo. Respiró hondo, contando hasta tres en silencio para no perder la compostura, repitiéndose su propio lema: Los libros son pacientes. Las personas no.

 

—¿Entraste? —repitió, subiendo un poco el tono de voz—. ¿Entraste arrancando la puerta de cuajo como si fuera una simple cortina?

 

—Era el método más rápido y eficaz para acceder al recinto —respondió Lilia con total naturalidad, como si estuviera explicando una operación militar—. No había señales de peligro, el área estaba despejada y no escuché movimientos en el interior. El riesgo de daño mayor era mínimo.

 

La bibliotecaria tuvo que quitarse las gafas, frotarse con fuerza el puente de la nariz y volver a ponérselas, convencida de que acababa de perder al menos diez años de vida en menos de un minuto.

 

—Escúchame bien, señorita Lilia —le dijo, hablando despacio y con toda la paciencia que podía reunir—. Las puertas existen por una razón. Sirven para mantener el orden, proteger el lugar y respetar los horarios. Normalmente, cuando alguien quiere entrar a un lugar que está cerrado, espera. Espera a que llegue la persona encargada, que abra con su llave y le permita el paso. Esa es la forma correcta de hacer las cosas.

 

Lilia parpadeó una vez, procesando esa información nueva con toda la atención.

 

—¿Era una opción válida?

 

—¡¡CLARO QUE ERA UNA OPCIÓN!! ¡Es la única opción correcta! —exclamó Shiori, y su voz resonó por todo el recinto, haciendo que algunas hojas de los libros se movieran levemente.

 

Lilia se quedó en silencio unos segundos, pensando en lo que acababa de escuchar. Luego asintió lentamente, con una expresión de quien acaba de comprender un concepto importante.

 

—Entiendo. He cometido un error de procedimiento.

 

Shiori sintió que un peso enorme se le quitaba de encima.

 

—Bien. Me alegra mucho que lo entiendas.

 

—La próxima vez esperaré cinco minutos antes de aplicar fuerza para abrirla —añadió Lilia con total seriedad, como si estuviera ajustando un detalle de su plan.

 

—¡¡NO ES ESO LO QUE QUISE DECIR!! —gritó la bibliotecaria, y esta vez el sonido fue tan fuerte que algunos pájaros que descansaban en los árboles del patio salieron volando asustados.

 

Lilia cerró el libro que tenía a su derecha con movimientos lentos y ordenados, y la miró fijamente con respeto.

 

—Parece que me faltan muchas instrucciones sobre cómo funcionan las cosas aquí. ¿Podría explicarme detalladamente las normas de este lugar? No quiero volver a cometer errores. Y menos si causan daño a los libros.

 

Por primera vez, Shiori dejó de verla como una destructora de puertas y empezó a observarla con más atención. Aquella chica alta, de porte elegante y mirada seria, no parecía una delincuente ni una estudiante problemática. Tampoco parecía alguien que quisiera causar daño por diversión —de hecho, al mencionar los libros, su expresión cambió para mostrar verdadero interés y respeto—. Simplemente parecía una persona que venía de un mundo totalmente distinto, donde las reglas eran otras, y que no entendía por qué arrancar una puerta era incorrecto cuando el objetivo era entrar. Y esa inocencia tan absoluta era, en cierto modo, mucho más preocupante.

 

—Ven conmigo —le dijo, señalando el pasillo entre las estanterías con una mano, mientras con la otra apretaba con más fuerza su taza de café.

 

—¿A dónde vamos?

 

—Voy a enseñarte cómo funciona una biblioteca de verdad. Qué puedes hacer, qué no, cuáles son las reglas y, sobre todo, por qué no se arrancan las puertas. Y también, si te interesa tanto leer, te enseñaré a buscar los libros que necesitas sin tener que derribar nada en el proceso.

 

—Entendido. Acepto las instrucciones.

 

Lilia se puso de pie de inmediato, cerró todos sus libros con cuidado para no dañar ninguna hoja y la siguió con una obediencia y postura impecables, exactamente como un soldado que recibe una orden directa de su comandante.

 

Mientras caminaban entre los pasillos llenos de libros, con el olor a papel y madera envolviéndolas en un silencio casi sagrado, Shiori no podía dejar de pensar en una sola cosa:

 

¿Cómo es posible que esta chica haya llegado apenas ayer y ya haya puesto mi santuario patas arriba?

 

Y sin embargo, al ver cómo Lilia miraba cada estantería con tanta curiosidad y respeto, supo que, aunque le esperaba mucho trabajo, quizás había encontrado a alguien que valoraba los libros tanto como ella.

 

Aunque tendría que enseñarle primero que las puertas no son obstáculos, sino parte del orden.

 

La oficina de la directora Shizuka Kurose era un lugar sorprendentemente tranquilo.

 

Demasiado tranquilo.

 

Kaede lo pensó en cuanto puso la mano en el pomo y abrió la puerta.

 

Había llegado corriendo, esperando encontrarse con el caos habitual: una directora con el ceño fruncido, papeles por todas partes, y a Lilia de pie, explicando con total seriedad por qué había arrancado una puerta entera de sus bisagras. Imaginaba que tendría que interceder, buscar excusas o al menos ayudar a que la situación no empeorara.

 

Pero lo que encontró al cruzar el umbral fue algo que no esperaba en absoluto.

 

En el centro de la habitación, sobre una mesa baja, había una tetera de porcelana humeante y varias tazas. Y allí estaba Lilia, sentada cómodamente en uno de los sofás de cuero, con la espalda recta pero relajada, sosteniendo una taza con ambas manos como si estuviera en su propia casa.

 

Tomando té.

 

Como si fuera una visita perfectamente normal.

 

—Ah, Kaede —saludó la directora Shizuka con voz serena, dejando su propia taza sobre la mesa con un sonido suave—. Justo a tiempo. Siéntate, por favor.

 

Kaede se quedó inmóvil en la puerta, parpadeando varias veces seguidas como si le fallara la vista. Luego desvió la mirada hacia Lilia, buscando alguna explicación.

 

—¿Por qué estás tomando té? —preguntó con incredulidad.

 

Lilia levantó la vista, con la expresión tranquila de siempre.

 

—La señorita Mizuno me lo ofreció. Dijo que ayuda a calmar los nervios y a mejorar la concentración.

 

—¿La bibliotecaria? ¿La misma que encontró la puerta arrancada esta mañana?

 

—Correcto. Afirmó que, aunque el método de acceso fue incorrecto, mi interés por los libros era genuino.

 

Kaede sintió que le faltaba aire y tuvo que caminar despacio hasta el otro sofá para sentarse. Aquello superaba cualquier lógica. La mujer que más odiaba el desorden y los daños en su santuario no solo no había gritado ni presentado una queja formal, sino que había invitado a Lilia a tomar té.

 

Aquello era mucho más extraño que la propia puerta arrancada.

 

—Buenos días, Kaede —dijo Lilia con amabilidad, antes de volver a dar un pequeño sorbo a su bebida.

 

—No sé si este día puede considerarse "bueno" después de lo que hiciste hace unas horas —respondió la chica, todavía procesando la situación.

 

—Entiendo.

 

—No, no lo entiendes en absoluto —suspiró Kaede.

 

—Probablemente no. Pero estoy dispuesta a aprender.

 

Al escuchar ese intercambio, la directora tuvo que contener una sonrisa, llevándose una mano a la boca para que no se notara. Era exactamente el mismo tono, la misma lógica y la misma forma de responder que le había causado tantos dolores de cabeza años atrás con Haru. Al verla, sentía que el tiempo se le había devuelto.

 

Finalmente, acomodó con calma unos documentos sobre su amplio escritorio de madera oscura y miró a ambas con atención.

 

—Bien, dejemos el té a un lado por un momento y vayamos al asunto principal que nos reúne.

 

Kaede se enderezó de inmediato, recuperando su postura formal.

 

—¿Va a recibir un castigo, directora?

 

—No.

 

—¿No? —repitió, sorprendida.

 

—No —afirmó Shizuka con seguridad—. He hablado con la señorita Mizuno y también he escuchado la versión de Lilia. Entiendo perfectamente que no actuó con mala intención, ni por vandalismo, ni para causar problemas. El problema es que su concepto de "entrada autorizada" y "uso de estructuras fijas" necesita algunos ajustes importantes.

 

Lilia asintió con total seriedad, como si estuviera aceptando una directriz militar.

 

—He recibido instrucciones detalladas al respecto.

 

—Me alegra mucho escucharlo —respondió la directora, inclinando levemente la cabeza.

 

—Las puertas —explicó Lilia, enumerando los puntos como si estuviera recitando un manual— deben abrirse utilizando el mecanismo diseñado para ello: manija, llave o tarjeta. Si están cerradas, debo esperar a que la persona encargada llegue. Y bajo ninguna circunstancia debo arrancarlas, doblarlas o romperlas para acceder.

 

—¡Exactamente! Esa es la lección principal —dijo Shizuka, aliviada.

 

—Especialmente esa última parte —añadió Kaede, suspirando profundamente.

 

—Entendido. Datos registrados.

 

Kaede se pasó una mano por la cara. Al menos parecía haber asimilado la información, aunque con Lilia nunca se podía estar del todo segura.

 

—Sin embargo —continuó la directora, cambiando ligeramente el tono—, existe otro asunto que debemos resolver.

 

—¿Cuál es? —preguntó Kaede.

 

—El conserje, el señor Tanaka.

 

Kaede no necesitó más explicaciones para entender la gravedad. Conocía bien al hombre: era alguien que cuidaba cada rincón del edificio con un orgullo inmenso.

 

—Está molesto, ¿verdad?

 

—Mucho —confirmó Shizuka con una sonrisa cansada.

 

—Comprensible.

 

—Extremadamente comprensible.

 

La directora abrió una carpeta gruesa que tenía sobre la mesa y pasó una hoja de papel.

 

—Según su informe técnico, esa puerta en particular había sobrevivido a tres terremotos de intensidad considerable, dos tifones fuertes y veintidós años de uso, incluyendo las travesuras de generaciones enteras de estudiantes inquietos.

 

Hizo una pequeña pausa, levantando la mirada hacia Lilia.

 

—Pero no sobrevivió a tu llegada.

 

Lilia bajó la vista hacia su taza de té, analizando mentalmente el dato.

 

—La estructura debía tener un desgaste interno mayor al que se apreciaba a simple vista. Su resistencia era más débil de lo esperado.

 

—No ayudes con excusas, Lilia —le dijo la directora con tono suave pero firme.

 

—Entendido.

 

Shizuka volvió a suspirar, negando con la cabeza, aunque con un brillo divertido en los ojos.

 

—Por eso he pensado en una solución que sirva para todos.

 

Lilia levantó la mirada con interés, inclinando ligeramente la cabeza hacia un lado.

 

—¿Se trata de una misión?

 

—No exactamente.

 

—Entendido.

 

—Aunque, si lo miramos de esa forma, técnicamente sí lo es.

 

—Entendido.

 

—Deja de decir "entendido" a todo sin saber de qué hablamos —le pidió la directora.

 

—Entendido.

 

Shizuka cerró los ojos unos segundos, respirando hondo para mantener la compostura. Kaede, por su parte, tuvo que taparse la boca con la mano para no soltar la risa que le subía por la garganta.

 

—A la salida de clases —continuó Shizuka, abriendo los ojos de nuevo—, acompañarás al señor Tanaka, nuestro conserje.

 

—¿Para qué finalidad? —preguntó Lilia.

 

—Para ayudarlo a desmontar, revisar y volver a instalar la puerta de la biblioteca.

 

Lilia parpadeó, procesando la orden.

 

—¿Poseo los conocimientos técnicos necesarios para realizar esa tarea con eficiencia?

 

—No. En absoluto.

 

—Entonces mi rendimiento será bajo y retrasaré el trabajo. No es recomendable.

 

—Precisamente por eso irás —le respondió la directora con una sonrisa astuta.

 

Lilia guardó silencio un instante, analizando la frase. Luego, una pequeña luz de comprensión apareció en su mirada.

 

—¿Se trata de entrenamiento? ¿Aprender una habilidad nueva?

 

—Exactamente. Has dado en el clavo.

 

Los ojos de Lilia brillaron apenas, mostrando esa misma disposición que tenía para cualquier aprendizaje.

 

—Comprendo. Objetivo aceptado.

 

—Aprenderás cómo funciona una puerta por dentro, cómo se fijan las bisagras, cómo se alinea y cómo se asegura para que cumpla su función.

 

—De esa forma —añadió Lilia, asintiendo con total lógica—, si en el futuro vuelvo a romper una, podré repararla yo misma sin causar más problemas.

 

Shizuka y Kaede se quedaron en silencio un segundo, procesando la conclusión.

 

—¡¡NO ERA ESA LA LECCIÓN QUE QUERÍA ENSEÑARTE!! —exclamó la directora, levantando la voz por primera vez en toda la conversación.

 

Kaede no pudo aguantar más y soltó una carcajada sonora, inclinándose hacia adelante sobre el sofá. Incluso la directora, después de unos segundos de incredulidad, tuvo que taparse la cara con una mano y reírse por lo bajo.

 

Mientras tanto, Lilia las observaba con una expresión de total confusión, sin entender por qué la reacción había cambiado tan rápido.

 

—¿He dicho algo incorrecto? —preguntó con inocencia.

 

—Muchas cosas, Lilia —respondió Shizuka, todavía recuperando la compostura—. Pero ya trabajaremos en ajustar esa lógica tuya poco a poco.

 

Lilia asintió con seriedad.

 

—Entendido.

 

La directora levantó la vista hacia el techo de la oficina, como si estuviera hablando con alguien que no estaba allí.

 

—Definitivamente, es pariente de Haru. No hay duda posible.

 

—¿Eh? —preguntó Kaede, sin entender el comentario.

 

—Nada, nada —respondió Shizuka, agitando la mano con una sonrisa—. Solo estaba recordando viejos dolores de cabeza que ahora parecen casi tranquilos comparados con esto.

 

Y por primera vez esa mañana, incluso la directora más estricta y serena de la escuela tuvo que admitir algo para sí misma:

 

La llegada de Lilia Haruno estaba convirtiendo la rutina tranquila y ordenada de la escuela en un lugar mucho más impredecible... y mucho más interesante de lo que había sido en años.

 

El sol empezaba a bajar, tiñendo el patio de tonos dorados cuando terminaron las clases. En la entrada de la biblioteca, el señor Tanaka, el conserje de la escuela desde hacía más de veinte años, tenía las manos en la cintura observando la puerta arrancada. Era un hombre de mediana edad, de complexión fuerte y expresión seria, que conocía cada rincón, cada tornillo y cada historia de ese edificio.

 

A su lado, Shiori Mizuno había traído una silla plegable y se había sentado a cierta distancia con una taza de café nueva, observando la escena con los brazos cruzados.

 

Frente a ellos, Lilia estaba de pie, escuchando cada instrucción con una atención absoluta, lista para actuar en cuanto se le indicara.

 

—Muy bien, primero vamos a limpiar los restos y a enderezar estas bisagras —explicó Tanaka con voz grave, señalando las piezas retorcidas—. No hay que aplicar fuerza bruta, hay que tener cuidado, ir poco a poco. ¿Entendido?

 

—Entendido —respondió Lilia de inmediato, acercándose con la llave inglesa en la mano.

 

Shiori observó cómo la chica se agachaba y, antes de que el conserje pudiera reaccionar, sujetaba la pieza doblada y, con un movimiento suave pero firme, la devolvía a su forma original como si fuera un trozo de plastilina. Tanaka parpadeó varias veces, dejando caer un poco la boca.

 

—Eso... eso es mucho más rápido que con el martillo —murmuró el hombre, frotándose la nuca.

 

Mientras Lilia revisaba la alineación del marco, Tanaka se acercó despacio a Shiori, hablando en voz baja para no interrumpir.

 

—¿Sabes, señorita Mizuno? Llevo veintidós años aquí. He visto de todo: estudiantes que pintan las paredes, que rompen ventanas, que cuelgan cosas de las vigas... pero nunca, nunca en toda mi carrera, he visto a alguien sacar una puerta entera sin romperla en mil pedazos. Solo separarla, como si no estuviera sujeta.

 

Shiori soltó una pequeña risa, negando con la cabeza.

 

—Ya lo sé. Cuando llegué esta mañana y vi la escena, pensé que tendría que llamar a la policía. Pero luego la encontré allí dentro, leyendo tres libros a la vez, tomando notas como si nada hubiera pasado.

 

El conserje cruzó los brazos y miró a Lilia con una mezcla de asombro y reconocimiento.

 

—Me recuerda muchísimo a alguien.

 

—¿Ah sí? —preguntó Shiori, inclinando la cabeza.

 

—Sí. A Haru. Al chico Haruno.

 

Shiori abrió los ojos levemente, comprendiendo al instante.

 

—Ya lo creo. La directora también lo ha dicho hace un rato.

 

—Exacto —asintió Tanaka, con una sonrisa que le suavizó el rostro serio—. Ambos tienen esa misma lógica extraña, esa forma de ver el mundo que no encaja con lo normal. Para ellos, si hay un obstáculo, la solución más directa es la mejor. No piensan en reglas ni en consecuencias, piensan en el objetivo.

 

Hizo una pausa, observando cómo Lilia medía la distancia entre los agujeros con una precisión milimétrica.

 

—Pero hay una diferencia clara, ¿no crees?

 

—¿Cuál? —preguntó la bibliotecaria.

 

—Haru era más... flexible. Más astuto, más juguetón. Si Haru hubiera querido entrar a la biblioteca cerrada, probablemente habría encontrado la forma de distraerme, de pedir la llave con una excusa ingeniosa, o incluso habría convencido a cualquiera de que le abriera sin usar fuerza. Y si al final rompía algo, lo hacía con una sonrisa y te dejaba sin saber si enfadarte o reírte.

 

Shiori asintió completamente de acuerdo.

 

—Tienes toda la razón.

 

—En cambio, esta chica... —Tanaka señaló a Lilia con la cabeza— es mucho más directa. Mucho más tosca en su forma de actuar. No busca rodeos, no busca excusas, no entiende que haya otra forma más suave de hacer las cosas. Si la puerta está cerrada y necesita entrar, para ella la solución es separarla. Sin malicia, sin maldad, pero sin un ápice de sutileza. Haru jugaba con las reglas; ella simplemente no las ve.

 

—Es una comparación perfecta —admitió Shiori, tomando un sorbo de su café—. Haru tenía encanto, carisma, sabía cómo tratar a las personas. Lilia es como una máquina de guerra que alguien olvidó activar en modo "paz". Sabe que debe adaptarse, intenta aprender, pero su instinto sigue siendo el de resolver todo con la forma más eficaz, aunque sea la más brusca.

 

—Y lo más curioso —añadió el conserje con una sonrisa— es que, a pesar de todo, tienen la misma esencia. No lo hacen por dañar ni por molestar. Lo hacen porque su mundo funciona con otras coordenadas. Haru venía de un lugar donde todo era posible con un poco de ingenio; ella viene de un lugar donde la fuerza y la lógica son lo único que cuenta.

 

Mientras hablaban, Lilia ya había colocado la puerta en su sitio, ajustado las bisagras y probado el movimiento. La abrió y la cerró varias veces con suavidad, comprobando que no hubiera holguras. Luego se giró hacia ellos con una expresión seria.

 

—La estructura está restaurada. Funciona correctamente. ¿Desean que refuerce las uniones para que resista mejor?

 

Tanaka se acercó, revisó su trabajo y tuvo que admitir que estaba mejor que antes.

 

—No, no hace falta. Así está perfecta. Gracias por la ayuda.

 

Lilia asintió.

 

—Entendido. Si en el futuro vuelve a bloquearse, ahora conozco el procedimiento adecuado.

 

Shiori y Tanaka se miraron, y ambos tuvieron que aguantar la risa.

 

—Solo recuerda —dijo el conserje con tono amable pero firme— que el procedimiento adecuado es llamarme a mí, no volver a sacarla de cuajo.

 

Lilia parpadeó, procesando la corrección.

 

—Entendido. Llamar primero. Si no responden, esperar. Si siguen sin responder... evaluar otras opciones.

 

—¡Exacto! —respondió Tanaka, dándole una palmada en el hombro con suavidad—. Ya vamos por buen camino.

 

Mientras Lilia recogía las herramientas, el conserje volvió a mirar a Shiori con una sonrisa nostálgica.

 

—Definitivamente, es de la misma familia. Mismo espíritu rebelde, pero con un estilo totalmente distinto. Haru era un torbellino divertido; ella es una roca que avanza recto sin mirar nada más.

 

—Y sin embargo —añadió Shiori, mirando cómo Lilia se despedía con una inclinación de cabeza antes de marcharse—, creo que, al final, ambos terminan dejando la escuela un poco más revuelta, pero también un poco más interesante.

 

Tanaka asintió, mirando la puerta que ahora volvía a estar en su sitio, firme y tranquila.

 

—Sin duda alguna. Ya veo que esta chica va a dar de qué hablar durante mucho tiempo. Igual que hizo él.

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  • Ovid

    La madre de Haru sirviendo el te tan tranquila mientras la hermana baja en panico porque la cama esta demasiado bien hecha, hahaha. Me he reido con esa parte. Me da que en esa casa ya la tienen calada mejor que nadie en la escuela, y que la hermana va a ser la ultima en enterarse de lo de la puerta. Gracias por seguir con la serie @DNavarrete!

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  • renglontorcido

    Entendido. Jajaja

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