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Capítulo 16: Entre Risitas y Secretos

DNavarrete
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Los largos pasillos del castillo estaban más tranquilos que antes. La mayoría de los invitados ya comenzaban a reunirse en los salones principales para el baile, y el movimiento de sirvientes se…

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Pensamiento

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MarianelaVidal

Segunda vez que leo este capítulo y en esta pasada me pesó más la taberna que el pasillo. Todo el mundo repitiendo que el monstruo volvió, y el rumor de la niña abriéndose paso de mesa en mesa. Así se corrió en mi cuadra la vuelta de un vecino que se habí

Segunda vez que leo este capítulo y en esta pasada me pesó más la taberna que el pasillo. Todo el mundo repitiendo que el monstruo volvió, y el rumor de la niña abriéndose paso de mesa en mesa. Así se corrió en mi cuadra la vuelta de un vecino que se había ido debiendo plata: primero lo malo, y la versión buena demoró meses. ¿El hombre de la lanza ya se había cruzado con ella antes del destierro?

Contenido de la publicación

Los largos pasillos del castillo estaban más tranquilos que antes. La mayoría de los invitados ya comenzaban a reunirse en los salones principales para el baile, y el movimiento de sirvientes se había vuelto más silencioso y ordenado.

 

Anna caminaba con paso sereno por el corredor, mientras a su lado Eliana parecía incapaz de contener la risa.

 

Primero fue un pequeño resoplido.

 

Luego otro.

 

Hasta que finalmente soltó una carcajada breve que resonó en el pasillo.

 

Anna suspiró, aunque la comisura de sus labios ya amenazaba con traicionarla.

 

—¿Podrías al menos intentar comportarte? —dijo con tono cansado.

 

Pero Eliana negó con la cabeza mientras seguía riendo.

 

—¿Viste sus caras? —dijo entre risas—. ¡La de los nobles… y la de tu hermano!

 

Anna cerró los ojos un momento, recordando el rostro de Demian cuando la vio ayudar a la niña.

 

Incluso ella debía admitirlo.

 

Había sido… memorable.

 

—No es justo que te burles así —respondió finalmente, intentando mantener la seriedad.

 

Eliana se detuvo frente a ella, inclinándose un poco para mirarla mejor.

 

—¿En serio?

 

Anna desvió la mirada.

 

Eliana entrecerró los ojos.

 

—Estás intentando ocultar una risa.

 

—No lo estoy.

 

—Claro que sí.

 

Antes de que Anna pudiera protestar, Eliana la abrazó con naturalidad y la giró un poco hacia ella.

 

—No es necesario esconderla —dijo con una sonrisa cálida—. Te queda bien.

 

Anna iba a responder cuando una voz familiar interrumpió la escena.

 

—Vaya… hacía años que no veía algo así en estos pasillos.

 

Ambas giraron la cabeza al mismo tiempo.

 

A unos pasos de distancia se encontraba el viejo mayordomo del castillo.

 

Su postura seguía siendo impecable a pesar de los años, y su uniforme oscuro estaba tan perfectamente ordenado como siempre. Había servido a la familia d’Valrienne durante décadas, y para Anna había sido una presencia constante desde que era niña.

 

Era uno de los pocos adultos que siempre había estado allí.

 

Y uno de los pocos que había visto todo.

 

Anna lo reconoció al instante.

 

Los recuerdos que vivían en ese cuerpo no tardaron en aparecer, cálidos y claros.

 

—Señor Harven —dijo con una sonrisa sincera.

 

El mayordomo inclinó ligeramente la cabeza.

 

—Señorita Anna.

 

Pero antes de que pudiera decir algo más, Anna ya había acortado la distancia y lo abrazó.

 

El gesto fue tan natural que el hombre se quedó inmóvil por un segundo, claramente sorprendido.

 

La antigua Anna no abrazaba a nadie.

 

Mucho menos a un sirviente.

 

Sin embargo, después de ese instante de sorpresa, el viejo mayordomo permitió el gesto con una pequeña sonrisa cansada que apenas se asomó en su rostro.

 

—Parece que los años realmente cambian a las personas —murmuró con suavidad.

 

Cuando Anna se separó de él, el hombre dirigió su atención hacia Eliana.

 

También la recordaba.

 

Había sido imposible no hacerlo.

 

Recordaba perfectamente el día en que fue asignada como sirvienta principal de Anna… y cómo, con el tiempo, la luz en sus ojos había comenzado a apagarse.

 

Pero la joven frente a él ahora era diferente.

 

Mucho más viva.

 

El viejo mayordomo observó a ambas durante un momento.

 

Luego sonrió.

 

Y como si nada, dejó caer la frase.

 

—Me alegra ver que al fin el amor encontró a mi señorita.

 

Eliana soltó un pequeño resoplido mientras intentaba contener la risa.

 

Anna, en cambio, se quedó completamente rígida.

 

El color subió por su cuello hasta sus mejillas en cuestión de segundos.

 

—¡N-no es eso! —protestó inmediatamente, intentando recuperar la compostura—. No hay nada de eso.

 

Eliana ya estaba tapándose la boca para no reír.

 

El mayordomo solo observaba la escena con evidente diversión.

 

—Claro… claro —dijo con tono paciente—. Si usted lo dice, señorita.

 

Pero la sonrisa en su rostro decía claramente lo contrario.

 

Y el rostro completamente rojo de Anna tampoco ayudaba demasiado a su defensa.

 

Anna abrió la boca varias veces, intentando encontrar las palabras adecuadas.

 

—No… es decir… lo que quiero decir es que… —comenzó, moviendo las manos como si pudiera ordenar las ideas en el aire—. No es que… bueno… no exactamente…

 

El mayordomo la observaba con la misma paciencia con la que había escuchado a Anna practicar piano cuando era niña. Esa paciencia tranquila que, lejos de ayudarla, parecía empeorar la situación.

 

Anna continuó hablando, cada vez más rápido.

 

—Quiero decir que Eliana y yo… bueno, claro que viajamos juntas, pero eso no significa que… o sea… no en ese sentido… y tampoco es que yo…

 

Se detuvo un momento, frunciendo el ceño al darse cuenta de que lo que acababa de decir no ayudaba en absoluto.

 

—No estamos… —añadió, intentando recomponer la frase—. Quiero decir, sí estamos, pero no así…

 

Eliana ya no podía aguantar más.

 

El mayordomo tampoco parecía estar haciendo mucho esfuerzo por ocultar su diversión.

 

Anna respiró hondo y volvió a intentarlo.

 

—Lo que quiero decir es que no hay nada entre nosotras, excepto… bueno, sí hay algo, pero no de esa forma…

 

Eliana finalmente levantó una mano y la detuvo.

 

—Señorita.

 

Anna se giró hacia ella, todavía roja hasta las orejas.

 

—¿Qué?

 

Eliana suspiró con calma.

 

—Se defiende mejor cuando se queda callada.

 

El silencio que siguió fue mortal.

 

El mayordomo tuvo que carraspear discretamente para ocultar una risa.

 

Anna se quedó completamente quieta durante un segundo.

 

Luego otro.

 

Y finalmente…

 

—…esto no es justo.

 

El color de su rostro se intensificó aún más, como si hubiera llegado al límite de lo que un ser humano podía sonrojarse.

 

Un pequeño suspiro escapó de sus labios.

 

Y entonces ocurrió.

 

Un pequeño hilo de vapor imaginario pareció escapar de su cabeza mientras su cuerpo se rendía por completo.

 

Anna se dejó caer al suelo con un sonido suave, sentándose de golpe sobre el mármol pulido del pasillo, con los brazos cruzados y un puchero evidente en el rostro.

 

—Esto es una conspiración —murmuró con evidente molestia.

 

Eliana se inclinó un poco hacia adelante, observándola con una sonrisa divertida.

 

—¿Una conspiración?

 

Anna levantó la mirada hacia ella y luego hacia el mayordomo.

 

—Sí.

 

Señaló a ambos con un dedo acusador.

 

—Ustedes dos están confabulando para molestarme.

 

El viejo mayordomo no pudo evitarlo esta vez.

 

Soltó una carcajada profunda que resonó en el pasillo.

 

Eliana también comenzó a reír.

 

Y Anna, todavía sentada en el suelo, infló las mejillas con evidente indignación mientras murmuraba para sí misma:

 

—Traidores…

 

Pero incluso ella sabía que aquella escena, tan absurda como era, hacía mucho que no ocurría en esos pasillos.

 

Y por alguna razón…

 

nadie parecía querer que terminara demasiado pronto.

 

Anna caminaba por los pasillos del castillo con pasos firmes, aunque su expresión estaba lejos de la calma que había intentado mantener frente al mayordomo.

 

Sus mejillas seguían ligeramente infladas en un puchero evidente, y cada tanto soltaba pequeños resoplidos de molestia mientras avanzaba hacia sus aposentos.

 

—No es gracioso… —murmuró por tercera vez.

 

Eliana caminaba a su lado con total tranquilidad, las manos entrelazadas detrás de la espalda mientras observaba los pasillos con una sonrisa que claramente no estaba intentando ocultar.

 

—Un poco sí lo es.

 

Anna se detuvo de golpe.

 

—¡No lo es!

 

Eliana la miró con serenidad.

 

—Lo es cuando la gran y temida Anna d’Valrienne termina sentada en el suelo acusando a todos de conspirar contra ella.

 

Anna infló las mejillas todavía más.

 

—Eso fue un momento de debilidad.

 

—Claro.

 

—Y no vuelvas a mencionarlo.

 

Eliana inclinó la cabeza con una sonrisa tranquila.

 

—Entonces no vuelvas a ponerte roja como un tomate frente a los sirvientes.

 

Anna soltó otro resoplido frustrado mientras reanudaba la marcha.

 

Aquella rabieta no tenía nada que ver con las explosiones de furia que alguna vez habían hecho temblar a los sirvientes del castillo. Ahora era más bien el enfado de alguien que no sabía cómo lidiar con la vergüenza.

 

Y, aunque Anna jamás lo admitiría, Eliana encontraba aquella versión de ella mucho más adorable.

 

Mientras tanto…

 

fuera de los muros del castillo, la ciudad ya estaba llena de rumores.

 

El regreso de Anna d’Valrienne se había extendido como fuego entre hojas secas.

 

En las tabernas, entre el humo y el sonido de las jarras chocando contra las mesas, los hombres hablaban en voz baja.

 

—El monstruo volvió.

 

—¿No la habían desterrado?

 

—Eso dijeron.

 

—Entonces ¿por qué está aquí otra vez?

 

En los puestos del mercado, las comerciantes intercambiaban miradas incómodas mientras acomodaban sus mercancías.

 

—Esa mujer solo trae problemas.

 

—Siempre lo hizo.

 

—Ojalá esta vez alguien la mantenga lejos de la gente.

 

Incluso los guardias en las murallas comentaban el asunto entre ellos.

 

—La ciudad estaba más tranquila sin ella.

 

—Eso seguro.

 

—Si vuelve a causar problemas, espero que esta vez no la dejen ir.

 

Y en las mesas del gremio de aventureros, el rumor tampoco tardó en aparecer.

 

—Escuché que llegó esta mañana.

 

—Malas noticias.

 

—Esa mujer es un desastre.

 

En toda la ciudad se repetía la misma frase.

 

El monstruo había regresado.

 

Pero entre todos esos comentarios comenzó a filtrarse algo más.

 

Un rumor pequeño.

 

Casi ridículo.

 

—Dicen que ayudó a una niña.

 

—¿La Anna d’Valrienne?

 

—Eso escuché.

 

Las carcajadas no tardaban en aparecer.

 

—Claro.

 

—¿Y mañana el sol saldrá por el oeste?

 

—Eso es imposible.

 

Muchos lo negaban.

 

Otros simplemente se encogían de hombros.

 

Pero el rumor seguía apareciendo.

 

En otra calle.

 

En otra conversación.

 

En otra mesa.

 

—Que la ayudó a levantarse.

 

—Que hasta se arrodilló.

 

—Eso dicen.

 

La mayoría no lo creía.

 

Pero aun así…

 

la historia seguía viajando de boca en boca.

 

Como una pequeña grieta en una pared que todos pensaban imposible de romper.

 

La semilla había sido plantada.

 

Y aunque casi nadie lo notaba todavía…

 

ya comenzaba a germinar.

 

Una taberna en la zona sur de la ciudad

 

La noche comenzaba a caer sobre la ciudad.

 

Las tabernas ya estaban llenas de voces, humo y el olor fuerte de la cerveza derramada sobre las mesas de madera gastada. Las risas, las discusiones y el sonido de las jarras chocando entre sí llenaban el aire mientras la gente intentaba olvidar el cansancio del día.

 

En una de las mesas cercanas al fondo, un hombre corpulento permanecía sentado en silencio.

 

Una jarra vacía reposaba frente a él.

 

Otra más estaba a medio terminar en su mano.

 

Sus hombros eran anchos como una pared, y su armadura de cuero mostraba las marcas de muchos combates. A su lado, apoyada contra la pared, descansaba una lanza larga cuyo metal reflejaba débilmente la luz de las lámparas del lugar.

 

Dos hombres más jóvenes estaban sentados frente a él.

 

Ambos lo observaban con evidente preocupación.

 

—Deberías parar —dijo uno de ellos en voz baja—. Ya bebiste suficiente.

 

El hombre corpulento no respondió.

 

Solo bebió otro largo trago.

 

—En serio —insistió el otro—. No queremos problemas esta noche.

 

El silencio se extendió unos segundos.

 

Hasta que, desde una mesa cercana, una conversación llegó a sus oídos.

 

—Te digo que es verdad.

 

—¿Qué cosa?

 

—Que volvió.

 

—¿Quién?

 

Una pausa.

 

Luego el susurro.

 

—Anna d’Valrienne.

 

La jarra se detuvo a medio camino hacia los labios del hombre.

 

Sus dedos se tensaron alrededor del metal.

 

En la mesa cercana, las voces continuaban.

 

—Dicen que llegó esta mañana.

 

—No puede ser.

 

—Eso escuché.

 

—Pensé que la habían desterrado.

 

El golpe resonó con fuerza.

 

La jarra impactó contra la mesa de madera, haciendo que el líquido restante se derramara por los bordes.

 

Varias cabezas se giraron hacia él.

 

El hombre corpulento había dejado de beber.

 

Sus ojos estaban fijos en la mesa, pero la tensión en su cuerpo era evidente.

 

—…esa cosa…

 

Su voz salió baja.

 

Pero cargada de veneno.

 

Lentamente levantó la mirada.

 

En sus ojos ardía una furia antigua.

 

—Esa cosa… ha regresado.

 

Sus compañeros intercambiaron una mirada incómoda.

 

Sabían perfectamente de quién estaba hablando.

 

Y sabían también que aquel nombre no era uno que él estuviera dispuesto a ignorar.

 

El hombre extendió una mano.

 

Sus dedos se cerraron lentamente alrededor de la asta de la lanza apoyada junto a la mesa.

 

Como si ya estuviera preparándose.

 

La noche apenas comenzaba.

 

Y en algún lugar de la ciudad…

 

el pasado de Anna acababa de despertar.

Thoughts

  • Ovid

    Anna sentada en el marmol acusando a los dos de conspiracion me hizo reir en voz alta, y dos escenas despues el de la lanza en la taberna me dejo con la cara seria. Mi apuesta: ese hombre perdio a alguien por culpa de la Anna de antes y no va a creerse lo de la niña ni aunque lo vea. Gracias por seguir con la serie, @DNavarrete!

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  • MarianelaVidal

    Segunda vez que leo este capítulo y en esta pasada me pesó más la taberna que el pasillo. Todo el mundo repitiendo que el monstruo volvió, y el rumor de la niña abriéndose paso de mesa en mesa. Así se corrió en mi cuadra la vuelta de un vecino que se había ido debiendo plata: primero lo malo, y la versión buena demoró meses. ¿El hombre de la lanza ya se había cruzado con ella antes del destierro?

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