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Capítulo 16: después de la batalla

DNavarrete
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La mañana llegó con una rapidez cruel, como si el tiempo se hubiera acelerado solo para molestarlo.

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Ovid

Reika jurando que la domadora nunca les mentiría, y un rato después llevando a ese mismo chico a la enfermería sin tener ni idea, me hizo reír en voz alta. Mi apuesta: ella lo descubre mucho antes que Reina, porque ya se le quedó grabada la cara de Aoi co

Reika jurando que la domadora nunca les mentiría, y un rato después llevando a ese mismo chico a la enfermería sin tener ni idea, me hizo reír en voz alta. Mi apuesta: ella lo descubre mucho antes que Reina, porque ya se le quedó grabada la cara de Aoi con las lágrimas. Gracias por seguir con la serie!

Contenido de la publicación

La mañana llegó con una rapidez cruel, como si el tiempo se hubiera acelerado solo para molestarlo.

 

Para Aoi, prácticamente no había existido. La noche se había desvanecido en parpadeos breves y sueños entrecortados, y el descanso había sido tan superficial que se sentía como si no hubiera dormido nada en absoluto.

 

El sonido agudo de la alarma vibrando sobre la mesa de noche apenas logró abrirse paso entre la pesada niebla de sueño que todavía lo mantenía atrapado. Su mano salió perezosamente por debajo de la sábana, tanteando el aire a ciegas en busca del teléfono… pero sus reflejos estaban tan lentos que, en lugar de encontrarlo, su cuerpo se inclinó demasiado hacia el borde.

 

Y al segundo siguiente—

 

¡PUM!

 

Su cabeza quedó colgando peligrosamente fuera de la cama, meciéndose un poco por el impulso, mientras el resto de su cuerpo todavía permanecía estirado sobre el colchón en una postura completamente incómoda y ridícula.

 

—…mmmgh… —un quejido apagado y ronco escapó de sus labios, tan bajo que apenas se escuchó a sí mismo.

 

Se quedó así unos segundos, completamente inmóvil, como si hubiera decidido quedarse en esa posición para siempre. Su cabello negro y algo largo caía hacia el suelo como una cortina desordenada, y sus lentes estaban torcidos, medio salidos de su rostro y medio apoyados contra la almohada, a punto de caer. Todo a su alrededor parecía girar lentamente, como si el mundo entero estuviera tan cansado como él.

 

La alarma seguía sonando, insistente y molesta.

 

—No quiero ir… —murmuró con voz arrastrada, casi inaudible, sin molestarse siquiera en abrir los ojos del todo.

 

Estiró el brazo otra vez, luchando contra su propia pesadez, y esta vez logró alcanzar el aparato con los dedos torpes, apagándolo de un golpe brusco y poco elegante. El silencio volvió a llenar la habitación, pero no trajo paz ni alivio… solo le recordó crudamente que ya estaba despierto y que no tenía excusas para quedarse ahí.

 

Y que tenía que levantarse.

 

—¿Por qué tenía que ser justo hoy…? —susurró al aire, como si el destino pudiera escucharlo y arreglar las cosas de inmediato.

 

Sin mucha ceremonia, se dejó caer completamente al suelo, aterrizando sobre su espalda con un golpe suave, y se quedó ahí mirando fijamente hacia el techo con los ojos entrecerrados y vidriosos.

 

Las ojeras oscuras bajo sus ojos eran profundas, marcadas e imposibles de ignorar; parecían dos manchas moradas que le daban una apariencia agotada y frágil.

 

Su mente volvió, inevitablemente, a lo ocurrido horas atrás.

 

La noche anterior seguía presente en su cabeza con una claridad dolorosa.

 

La batalla que había durado lo que pareció una eternidad.

 

El rugido ensordecedor del jefe final, capaz de hacer vibrar el suelo virtual bajo sus pies.

 

El momento crítico en el que todo parecía perdido y la caída final que casi los destruye.

 

Las órdenes. Las estrategias. Los movimientos milimétricos.

 

Y después… el estallido de las voces. Los gritos de victoria. Las risas y los aplausos de quienes habían visto todo a través de las pantallas.

 

Pero cuando todo eso se apagó y tuvo que desconectarse, solo quedó el silencio absoluto.

 

Y un vacío extraño que se instaló en su pecho, dejándolo agotado hasta el alma.

 

Aoi cerró los ojos con fuerza por un segundo, tratando de alejar los recuerdos.

 

—Solo cinco minutos más… —rogó en voz baja, sabiendo perfectamente que no tenía ni cinco segundos extra.

 

Con un suspiro largo, profundo y totalmente derrotado, se incorporó lentamente del suelo, arrastrando los pies pesadamente hasta llegar al baño. Cada movimiento le costaba un esfuerzo inmenso; sentía el cuerpo entumecido, los músculos tensos y doloridos, como si hubiera estado peleando de verdad durante horas en lugar de haberlo hecho a través de una pantalla. Era una sensación extraña, como si su cuerpo hubiera vivido la batalla tanto como su mente.

 

El agua fría que se echó en la cara apenas logró despejarlo un poco, sirviendo solo para quitarle la sensación de sueño pegajoso, pero sin devolverle ni una pizca de energía.

 

Cuando terminó y se quedó mirando su propio reflejo en el espejo, se quedó unos segundos observándose con desánimo.

 

Cabello revuelto y difícil de peinar.

 

Ojos cansados y sin brillo, ocultos detrás de unos lentes que le resbalaban un poco por la nariz.

 

Expresión apagada, sin vida, como si nada pudiera interesarle o emocionarlo.

 

Nada en ese chico de aspecto tranquilo y algo desaliñado daba la más mínima pista de que, apenas unas horas antes, había sido el centro de atención de todo un servidor de juego. Nada delataba que había tomado decisiones cruciales, guiado a cientos de personas y logrado lo que muchos consideraban imposible.

 

—…qué horror de cara tengo hoy… —murmuró para sí mismo, ajustándose los lentes con desgana.

 

Se vistió sin muchas ganas, poniéndose la misma ropa de siempre con movimientos mecánicos y automáticos, sin prestar atención a si estaba bien puesto o no. Tomó su bolso escolar del respaldo de la silla, se colgó los audífonos alrededor del cuello —aunque ni siquiera pensaba escuchar música, solo era una costumbre— y salió de la casa mientras soltaba un bostezo tan grande que casi se le rompen las mandíbulas.

 

El aire de la mañana era fresco y limpio al golpearle la cara.

 

Pero ni siquiera eso ayudó demasiado.

 

Aoi caminaba arrastrando los pies por la acera, con los ojos medio cerrados y la cabeza baja, bostezando cada pocos pasos como si fuera la única actividad que le quedaba energía para hacer. De vez en cuando murmuraba algo por lo bajo, quejándose de su propia suerte o culpando a todo lo que se le ocurriera por su estado actual.

 

—Tenía que ser justo hoy el día que tengo que venir…

 

—Debí haberme quedado despierto un poco menos… o un poco más… qué sé yo…

 

—Todo es culpa de ese jefe estúpido y sus ataques interminables…

 

A su alrededor, la ciudad ya estaba completamente despierta y llena de movimiento.

 

Grupos de estudiantes caminaban animadamente en dirección al colegio, llenando las calles con sus voces y risas. Algunos revisaban sus teléfonos mientras caminaban, otros se contaban cosas con gestos exagerados, y muchos… hablaban exactamente de lo mismo. Era imposible caminar unos metros sin escuchar fragmentos de conversación que se repetían una y otra vez.

 

—¿Viste la pelea de anoche? ¡Todavía no me lo creo!

 

—¡Fue increíble! Nunca pensé que alguien podría vencerlo en modo berserker… ¡es imposible!

 

—¡Dicen que tardaron más de tres horas solo en prepararse y coordinarse!

 

—¡La clave fue esa domadora! ¿Viste lo que hizo con las invocaciones?

 

—¡Sí! ¡Ese slime gigante que absorbió el ataque final… fue locura pura!

 

—¡Y el ave! ¡Le arrancó el ojo al jefe justo cuando iba a lanzar el hechizo más fuerte!

 

—Ese grupo está roto, no hay otra forma de decirlo… parecen profesionales o algo así.

 

—¿Alguien sabe quiénes son? ¡Todos tenían nombres raros, ninguno conocido!

 

—Dicen que dos de ellas son de aquí, de nuestra escuela… las reconocieron por el equipo.

 

Aoi pasó justo en medio de ese grupo, tan cerca que casi lo empujan, pero no reaccionó en absoluto.

 

Las palabras llegaban claramente a sus oídos, las escuchaba todas, pero pasaban de largo sin quedarse en su mente. Su cerebro estaba demasiado cansado para procesarlas, demasiado agotado para darse cuenta de que estaban hablando de él, de lo que él había hecho. Para él, todo eso era solo ruido de fondo. Conversaciones ajenas sobre cosas que no le importaban.

 

Nada importante.

 

Ni siquiera levantó la mirada para ver quiénes hablaban.

 

Siguió caminando a su ritmo lento y pesado.

 

Bostezando.

 

Quejándose en voz baja.

 

Completamente ajeno a todo lo que se estaba diciendo a su alrededor.

 

Mientras tanto, en el edificio del consejo estudiantil de la escuela, la situación era completamente distinta y nada tranquila.

 

El ambiente, que normalmente se caracterizaba por el orden, el silencio y la disciplina, estaba lejos de ser así esa mañana.

 

Varias puertas estaban abiertas de par en par.

 

Se escuchaban pasos rápidos y voces excitadas resonando por todo el pasillo.

 

Y dentro de la sala principal, el murmullo constante de decenas de estudiantes llenaba el aire como un zumbido incesante. Todos se movían de un lado a otro, con los teléfonos en la mano, mostrándose capturas de pantalla, comentando teorías o simplemente esperando ansiosamente a que llegaran las personas que tenían todas las respuestas.

 

—¡presidenta! ¡Llegaron!

 

—¡vicepresidenta! ¡Por fin están aquí!

 

—¡Tienen que contarnos todo, no nos dejen con la duda!

 

Reika y Reina apenas habían cruzado el umbral de la puerta cuando fueron rodeadas al instante.

 

No fue algo sutil ni gradual.

 

Fue inmediato, repentino y abrumador. En menos de un segundo se encontraron rodeadas por un círculo cerrado de estudiantes que las miraban con ojos brillantes de emoción y curiosidad desbordada.

 

—¡¿De verdad eran ustedes las que estaban ahí?! ¡No nos lo podíamos creer cuando las vimos!

 

—¡Las reconocimos al instante por el equipo y las armas! ¡Esa lanza no se ve en ningún otro lado!

 

—¡Y esa magia de soporte tan potente! ¡Solo tú la usas así de bien!

 

—¡Estaban en la transmisión principal! ¡Todo el servidor las vio! ¡Son famosas!

 

Reina intentó mantener la compostura y esa postura elegante y serena que siempre mostraba como vicepresidenta, pero su expresión la delataba un poco; se notaba que también estaba sorprendida y algo abrumada por tanta atención.

 

—Cálmense todos un poco, por favor… —dijo levantando una mano con suavidad para pedir silencio—. No es para tanto como lo pintan… solo fue una partida más.

 

—¡¿Cómo que no es para tanto?! —exclamó uno de los miembros del consejo, con los ojos muy abiertos—. ¡Derrotaron al jefe final en modo berserker! ¡Es la primera vez que alguien lo logra desde que salió el juego! ¡Es un logro histórico!

 

Reika, por su parte, mantenía su postura firme y estoica, con la espalda recta y la mirada tranquila, aunque si uno se fijaba bien, podía notar un leve rastro de cansancio en sus ojos, igual que en los de Reina. Ambas también habían pasado la noche en vela, luchando al límite de sus capacidades virtuales.

 

—Fue un trabajo en equipo —respondió con voz serena y firme, sin alterarse—. Ninguna de nosotras podría haberlo hecho sola. Todos cumplieron su papel y eso fue lo que nos permitió ganar.

 

—¡Sí, pero el papel más importante lo tuvo ella! —intervino otra chica, señalando la pantalla de su teléfono donde se veía una captura borrosa—. ¡La domadora! ¡La que dirigió todo desde el principio! ¡La que tomó todas las decisiones difíciles!

 

—¡¿Quién es?! ¡Por favor dígannos! —insistió otro—. ¡Nadie la reconoce por su nombre de usuario ni por su estilo de juego!

 

—¡No está en ningún ranking oficial! ¡No aparece en la lista de ningún gremio importante! ¡Es como si hubiera aparecido de la nada!

 

Las preguntas comenzaron a acumularse una tras otra, sin darles tiempo ni de respirar. Todos querían saber quién era esa misteriosa jugadora que había cambiado el curso de la batalla y que, según todos los testigos, había sido la verdadera líder de la operación.

 

Reina desvió la mirada un segundo, frunciendo el ceño levemente, como si estuviera pensando qué responder.

 

Reika también apartó la vista hacia la ventana, con una expresión seria y pensativa.

 

Ambas sabían exactamente lo mismo: nada.

 

O al menos, nada que pudieran decirles.

 

No tenían ni idea de quién era realmente esa persona detrás de la pantalla. No sabían su nombre real, su edad, de dónde era ni nada sobre su vida fuera del juego. Solo habían coincidido con ella por casualidad en esa misión, habían seguido sus órdenes porque tenían sentido, y al final habían ganado gracias a su guía.

 

Y eso, curiosamente, las ponía exactamente en la misma posición que todos los demás: no sabían nada, pero sabían que esa persona era especial.

 

—No lo sabemos —respondió finalmente Reika, rompiendo el silencio con voz tranquila pero clara.

 

El silencio que siguió a esas palabras fue breve… pero intenso, cargado de incredulidad y sorpresa.

 

—¿Cómo que no saben? —preguntó alguien, casi en un susurro—. ¡Estuvieron en el mismo grupo durante horas! ¡Hablaron todo el tiempo!

 

—Sí, estuvimos juntas —añadió Reina rápidamente, tratando de explicar—. Pero solo hablábamos sobre la estrategia, los ataques y lo que había que hacer en cada momento. Eso es todo. Nunca hablamos de cosas personales ni nada por el estilo.

 

—Pero habrían dicho algo… alguna pista…

 

—Solo dio órdenes e indicaciones —respondió Reika sin dudar—. Fue directa, precisa y muy clara. Pero no dijo nada sobre quién era o de dónde venía.

 

Eso no era del todo mentira. Pero tampoco era toda la verdad.

 

Porque lo que sí sabían, lo que ambas habían sentido en sus propias carnes durante la batalla, era que esa chica —o quienquiera que fuera— no era como los demás jugadores. Tenía una visión del juego, de las mecánicas y de las situaciones que nadie más parecía tener. Veía cosas que otros pasaban por alto, anticipaba movimientos que parecían imposibles de predecir y tomaba decisiones en fracciones de segundo donde cualquiera habría dudado y perdido todo.

 

De alguna forma, esa misteriosa jugadora había cambiado completamente el rumbo de la batalla y, sin saberlo, también había dejado una huella profunda en ellas.

 

Uno de los miembros del consejo cruzó los brazos sobre el pecho, pensativo.

 

—Entonces lo que nos dicen es que fue una desconocida cualquiera que apareció de la nada, lideró una de las batallas más importantes de la historia del juego, logró algo que nadie más pudo… y luego simplemente desapareció sin dejar rastro.

 

Reika no respondió de inmediato.

 

Se quedó en silencio unos instantes, porque en ese momento no estaba pensando en la jugadora, sino en la imagen que se le había quedado grabada en la mente desde la noche anterior.

 

La figura pequeña sobre el lobo gigante, avanzando hacia el peligro sin vacilar.

 

La voz firme y segura que resonaba por los auriculares, cortando el ruido del combate.

 

La orden clara y contundente que había resonado en el momento más crítico de todos:

 

“Confíen en mí. Vamos a ganar.”

 

—No —dijo finalmente Reika, levantando la vista y mirando a todos con seriedad—. No es alguien cualquiera.

 

Todos se quedaron en silencio, esperando a que continuara.

 

—No aparece en los rankings ni pertenece a ningún gremio, eso es cierto —siguió diciendo con voz pausada—. Pero tiene una habilidad, un instinto y una capacidad de liderazgo que no se ven todos los días. Sabe más del juego que cualquiera de los llamados «expertos». Y lo más importante… sabe cómo hacer que los demás den lo mejor de sí mismos. No es alguien cualquiera. Créanme.

 

Reina sonrió levemente al escucharla, asintiendo con la cabeza.

 

—Eso seguro —añadió con suavidad—. Sea quien sea, es alguien extraordinario.

 

Y mientras en la sala del consejo

 

El pasillo del edificio del consejo estudiantil seguía bullendo de actividad incluso después de que ellas se marcharan. Las voces excitadas, los murmullos constantes y las teorías que volaban de boca en boca no parecían tener fin. Sin embargo, Reika y Reina finalmente lograron abrirse paso entre la multitud y salir de la sala principal, cerrando la puerta detrás de ellas como si estuvieran dejando atrás una tormenta.

 

Reika empujó la puerta con más fuerza de la necesaria, y el sonido seco del cerrojo al cerrarse resonó en el pasillo vacío. Por unos segundos, ninguna dijo nada. Solo se quedaron de pie, escuchando cómo el murmullo de voces todavía se filtraba a través de la madera, amortiguado pero incesante, recordándoles que el revuelo seguía allí afuera.

 

—…No vuelvo a poner un pie en esa sala en lo que resta de la mañana —murmuró Reina, dejando caer la cabeza hacia atrás y soltando un suspiro cargado de cansancio y alivio—. Creo que me duele hasta la mandíbula de tanto sonreír y responder preguntas.

 

Reika soltó un suspiro largo y profundo, cerrando los ojos un instante mientras frotaba suavemente sus sienes.

 

—Coincido totalmente —respondió con voz serena, aunque se notaba el agotamiento en cada palabra—. Fue demasiado por hoy.

 

Sin decir mucho más, comenzaron a caminar en silencio por los pasillos del tercer piso. Allí el ambiente era distinto; apenas había gente, y el ruido del resto del colegio llegaba de forma lejana y amortiguada. Caminaban despacio, con pasos pesados, arrastrando el cansancio acumulado de una noche entera sin dormir, de horas de tensión, concentración extrema y adrenalina al límite. El cuerpo todavía les pesaba como si hubieran estado corriendo y peleando de verdad, no solo conectadas a través de unas pantallas.

 

Llegaron hasta la escalera de servicio que conducía a la azotea, ese lugar secreto y tranquilo al que solían ir cuando necesitaban escapar de todo y de todos. Subieron los escalones uno a uno, sin prisa, disfrutando de la calma que poco a poco las iba envolviendo. Cuando Reika empujó la pesada puerta metálica, una brisa fresca y limpia las recibió de inmediato, acariciando sus caras y despeinando ligeramente su cabello.

 

El cielo estaba completamente despejado, de un azul intenso y brillante que hacía doler un poco la vista si se miraba fijamente. La ciudad se extendía ante ellas, tranquila y ordenada, con sus calles, edificios y árboles que parecían pequeños desde esa altura. Y lo más importante… por primera vez en toda la mañana, no había absolutamente nadie más allí. Estaban solas.

 

Reina avanzó un par de pasos hasta llegar al borde y se dejó caer contra la baranda metálica, dejando que el viento golpeara su rostro con fuerza.

 

—…Uf —soltó con aire de satisfacción, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás—. Esto sí que es vida.

 

Reika caminó hasta quedar justo a su lado y apoyó ambas manos sobre el metal frío de la baranda, mirando hacia el horizonte con expresión seria y pensativa.

 

Ambas se quedaron en silencio durante unos largos segundos, simplemente respirando el aire fresco y dejando que la calma del lugar se filtrara poco a poco en sus cuerpos y mentes, despejando el ruido y la confusión de lo que habían vivido.

 

—Fue un día increíblemente largo —dijo Reina finalmente, rompiendo el silencio con voz suave—. Y ni siquiera son las diez de la mañana todavía.

 

Reika asintió lentamente, sin apartar la vista del horizonte.

 

—Más largo y más pesado de lo que esperaba —admitió en voz baja—. Nunca pensé que una sola partida pudiera dejarme tan agotada, tanto física como mentalmente.

 

Reina soltó una pequeña risa, seca y cansada.

 

—Y lo peor es que todavía no termina —señaló, girando levemente la cabeza para mirarla—. Aún tenemos que aguantar el resto de las clases, ver a todo el mundo mirándonos y susurrando… va a ser un día eterno.

 

—Todo el colegio juega ese juego —añadió Reika con tranquilidad—. Era obvio que tarde o temprano nos iban a reconocer por el equipo o las habilidades. Sabíamos que pasaría en cuanto la transmisión salió al aire.

 

—Sí, lo sabíamos… —reconoció Reina, frunciendo ligeramente el ceño—. Pero no pensé que fuera a ser tanto. Es como si de repente todos hubieran perdido la cabeza.

 

Recordó las caras emocionadas, las miradas de admiración, las preguntas que llovían sin parar, la forma en que todos las miraban como si fueran celebridades o algo mucho más grande que simples estudiantes.

 

—Parecía que hubiéramos ganado un torneo mundial o salvado el mundo de verdad —comentó con cierta incredulidad.

 

Reika no respondió de inmediato. Sus ojos se perdieron en la distancia, recorriendo los techos de los edificios lejanos, pero su mente estaba muy lejos de allí, volviendo una y otra vez a las imágenes y sensaciones de la noche anterior.

 

—Para ellos… lo fue —dijo finalmente con voz seria y pausada.

 

El silencio volvió a instalarse entre ellas, pero esta vez estaba cargado de pensamientos y recuerdos compartidos. El viento soplaba con suavidad, moviendo ligeramente los mechones de su cabello y haciendo chirriar levemente la estructura metálica a su alrededor.

 

—Yo pensé que ahí terminaba todo —murmuró Reika de pronto, casi para sí misma.

 

Reina la miró con curiosidad, ladeando la cabeza.

 

—¿En qué momento? ¿Cuando apareció el modo berserker?

 

Reika asintió lentamente, apretando un poco las manos sobre el frío metal.

 

—Sí. En cuanto el jefe sacó ese mazo y el campo cambió de color… asumí que habíamos perdido. Que no había nada que hacer. Pensé que lo mejor que podíamos lograr era aguantar lo más posible, aprender de los errores, ver hasta dónde llegábamos… y volver a intentarlo otro día, cuando estuviéramos más preparados.

 

Reina soltó una pequeña exhalación pesada y apoyó los codos sobre la baranda, mirando hacia abajo.

 

—Yo también pensé exactamente lo mismo —admitió con sinceridad—. Incluso cuando seguimos peleando y cumpliendo las órdenes… la verdad es que no estaba pensando en ganar. Solo quería no caer demasiado rápido, no decepcionar al resto del grupo y tratar de salir con vida. Era solo cuestión de tiempo, o al menos eso creía yo.

 

Reika bajó ligeramente la mirada hacia sus propias manos, recordando la tensión que había sentido en ese momento, el miedo, la sensación de impotencia.

 

—Pero entonces… —empezó a decir, y se detuvo un instante, porque ambas sabían muy bien qué pasaba después.

 

Ambas cerraron los ojos al mismo tiempo, dejando que el recuerdo las envolviera.

 

La imagen clara y nítida de Aoi, erguida y firme sobre el lomo inmenso de Fern, que se movía ágilmente entre el caos de la batalla. Su figura pequeña contrastando con el tamaño del lobo y la inmensidad del jefe. Y, sobre todo, su voz resonando clara y fuerte a través de los auriculares, cortando todo el ruido, el miedo y la confusión con una seguridad absoluta que no parecía humana:

 

“Dejen de pensar en perder. Vamos a ganar.”

 

Reina sonrió apenas, una sonrisa pequeña pero llena de significado.

 

—Cuando dijo eso… no sé por qué, pero le creí —confesó en voz baja—. Fue extraño. No tenía sentido lógico, todo iba mal, estábamos agotados, sin recursos, Hina ya había caído… y aun así, al escucharla, de repente sentí que todo era posible.

 

Reika giró levemente el rostro hacia ella, con una expresión que mezclaba seriedad y una extraña calidez.

 

—Yo también —dijo simplemente—. No hubo ni un segundo de duda en mi cabeza. Solo pensé: «Si ella lo dice, es verdad».

 

—No tenía sentido —continuó Reina, mirando al cielo—. Sonaba diferente. No como alguien que estaba tratando de animarnos o darnos fuerzas porque estábamos mal. No sonaba como un discurso motivacional ni nada parecido.

 

Reika completó la frase, como si hubieran estado leyendo la mente de la otra.

 

—Sonaba como alguien que ya lo sabía. Como si estuviera viendo el futuro o ya hubiera pasado por todo esto antes y supiera exactamente cómo terminaba.

 

El viento volvió a soplar con más fuerza, agitando sus ropas y haciendo que el cabello les golpeara suavemente el rostro.

 

—Y después… todo lo que hizo —añadió Reika lentamente, repasando los hechos en su cabeza—. La forma en que usó al slime para absorber el ataque definitivo, cómo dirigió al ave para atacar los puntos débiles, cómo movía a cada uno de nosotros como si fuéramos piezas de ajedrez… era increíble. Parecía que estaba viendo toda la pelea desde afuera, mucho más allá de lo que podíamos ver el resto.

 

Reika cerró los ojos un instante, evocando esa sensación de estar guiada por alguien que sabía perfectamente lo que hacía.

 

—Como si estuviera varios pasos por delante de todo y de todos —concluyó.

 

Ambas se quedaron calladas de nuevo. La emoción intensa de la batalla ya había pasado hacía horas, la adrenalina se había agotado y el cansancio físico era lo más presente. Pero lo que quedaba ahora, flotando entre ellas, era otra cosa: una mezcla extraña de duda, curiosidad inmensa y una pequeña inquietud que no podían sacudirse.

 

Reina fue la primera en romper el silencio, girándose completamente hacia ella y mirándola a los ojos con seriedad.

 

—Oye, Reika… tengo que preguntarte algo.

 

Reika la miró, esperando.

 

—¿Crees que… realmente la conocemos? —preguntó con voz suave, pero directa.

 

La pregunta quedó flotando en el aire, llevada por el viento, resonando con más fuerza de lo que parecía a simple vista. No era una acusación, ni una sospecha directa, ni siquiera un reclamo. Era algo mucho más simple, más honesto y mucho más profundo: era la duda sincera de alguien que se daba cuenta de que quizás no sabía tanto sobre la persona a la que seguían ciegamente.

 

Reika tardó unos segundos largos en responder, tomándose su tiempo para pensarlo bien.

 

Recordó todas las conversaciones que habían tenido durante la semana pasada. Las estrategias que habían planeado juntas. Las pequeñas interacciones cotidianas, en el juego y fuera de él. Pensó en la forma en que Aoi hablaba muy poco en general, pero que cuando abría la boca siempre decía algo preciso, útil y directo. Recordó cómo evitaba hábilmente ciertas preguntas personales, cómo cambiaba de tema o simplemente se quedaba callada cuando intentaban indagar en su vida privada, en sus gustos o sus costumbres fuera del juego. Recordó que, en realidad, nunca hablaba demasiado de sí misma, ni daba detalles innecesarios.

 

Reika abrió los ojos lentamente y miró a su amiga con franqueza.

 

—…No lo sé —admitió finalmente, con voz suave pero honesta—. La verdad es que no lo sé.

 

Reina soltó una pequeña risa nerviosa y se pasó una mano por el cabello, mirando hacia otro lado.

 

—Genial, ¿verdad? —dijo con cierta ironía—. Resulta que somos dos líderes del consejo estudiantil, responsables y serias… y sin embargo, aquí estamos, siguiendo ciegamente a alguien que prácticamente no conocemos.

 

Reika negó levemente con la cabeza, sin perder la calma.

 

—No es así como lo veo —dijo con firmeza.

 

Hizo una pequeña pausa antes de continuar, ordenando sus ideas.

 

—Sabemos cómo pelea —empezó a enumerar despacio—. Sabemos cómo piensa, cómo analiza las situaciones, qué es lo que valora y qué es lo que considera importante. Sabemos que tiene una capacidad de razonamiento y estrategia que muy pocas personas tienen.

 

Miró fijamente a Reina a los ojos.

 

—Y sobre todo… sabemos que nunca nos abandonaría, ni nos dejaría atrás, ni nos mentiría. Sabemos que si dice que vamos a ganar, es porque vamos a ganar, y hará todo lo posible para que así sea.

 

Reina la escuchó en silencio, asimilando cada palabra, comprendiendo exactamente lo que quería decir.

 

—Pero fuera de eso… —continuó Reika bajando la mirada hacia sus manos de nuevo—, no sabemos casi nada. No sabemos quién es realmente, de dónde viene, qué hace el resto del tiempo o qué clase de vida lleva.

 

El viento sopló una vez más, levantando pequeños remolinos de polvo a sus pies.

 

Reina miró hacia el cielo despejado, pensativa, y poco a poco una sonrisa tranquila comenzó a formarse en sus labios.

 

—Aun así… —empezó a decir, y giró la cabeza para mirarla con determinación—. Aun con todo eso… si mañana volvemos a entrar al juego, y ella se pone al frente y dice de nuevo «confíen en mí, vamos a ganar»… yo la voy a seguir sin dudarlo ni un segundo.

 

Reika también sonrió, apenas, pero con total convicción.

 

—Yo igual —respondió simplemente.

 

Ambas se quedaron allí, de pie, hombro con hombro, bajo el cielo brillante y la brisa fresca, disfrutando de ese momento de calma y complicidad que tanto necesitaban, lejos del ruido y el alboroto de abajo.

 

Sin saber que, en ese mismo instante y a solo unos pisos de distancia, la personante de la que estaban hablando, la causa de todas sus dudas y de su seguridad, caminaba distraídamente por los pasillos de la escuela, arrastrando los pies, bostezando sin parar y con unas ojeras terribles, sin la más mínima idea de que era el centro de todas esas preguntas, teorías y conversaciones. Para ella, todo lo de la noche anterior ya parecía cosa del pasado… y lo que pasaba a su alrededor no era más que ruido molesto que quería evitar a toda costa.

 

Los pasillos del ala académica eran notablemente más tranquilos que la zona del consejo estudiantil. Allí, el ruido y el alboroto parecían pertenecer a otro mundo, y el ambiente se sentía mucho más sereno, casi pacífico.

 

Reika y Reina avanzaban despacio por el corredor más largo del edificio, eligiendo a propósito las rutas menos transitadas para evitar encontrarse con más gente que quisiera hacerles preguntas o detenerlas para felicitarlas. La luz suave de la mañana entraba por las grandes ventanas a los costados, proyectando sombras alargadas y delicadas sobre el suelo brillante, mientras el murmullo lejano de las voces de otras clases llegaba hasta ellas como un zumbido apenas perceptible.

 

—Si volvemos por el pasillo principal nos van a atrapar otra vez sin dudarlo —murmuró Reina, estirando los brazos hacia arriba y arqueando la espalda para desentumecer los músculos—. Y te juro que no tengo ni un gramo de energía para aguantar otra ronda de saludos, preguntas o miradas raras.

 

—Ni yo —respondió Reika con un suspiro leve, ajustándose el bolsillo de su falda—. Al menos aquí podemos caminar tranquilos y respirar un poco de aire fresco sin que nadie nos moleste.

 

Durante unos minutos, la conversación se volvió mucho más ligera y relajada. Hablaron de sus horarios de clases, de lo pesado que se estaba volviendo el día y de lo agotador que había sido todo desde la noche anterior. Incluso llegaron a comentar, entre risas contenidas, qué harían en cuanto volvieran a conectarse al juego y si habría cambiado algo tras la hazaña de la víspera.

 

Entonces lo vieron.

 

Al final del pasillo, justo afuera de la puerta de un aula, había un chico de pie, apoyado de espaldas contra la pared con los hombros ligeramente caídos, como si no tuviera fuerzas ni para mantenerse derecho.

 

Tenía el cabello oscuro y algo largo cayéndole desordenadamente sobre la frente y los lados de la cara, casi ocultándole los ojos. Llevaba puestos unos lentes de marco fino que parecían a punto de resbalársele por la nariz, y vestía el uniforme escolar perfectamente normal, igual al de cualquier otro estudiante… pero había algo en él que llamaba la atención de inmediato.

 

Su expresión era de un agotamiento absoluto, profundo y evidente, que no intentaba disimular ni ocultar ante nadie. Parecía que en cualquier momento se iba a quedar dormido parado allí mismo.

 

Era Aoi.

 

Reina alzó una ceja al verlo, reduciendo un poco la marcha.

 

—Mira quién está ahí… —dijo en voz baja—. Ese chico definitivamente no se ve muy bien que digamos. Parece que le pasó un camión por encima.

 

Reika también lo observó con atención mientras se acercaban poco a poco, frunciendo levemente el ceño.

 

—Tienes razón —coincidió con seriedad—. Se ve peor que nosotras, y eso ya es decir mucho.

 

Se acercaron hasta quedar justo frente a él, sin pensarlo demasiado, solo por curiosidad y preocupación.

 

Aoi levantó apenas la mirada cuando sintió que alguien se detenía frente a él, pero el movimiento fue lento, pesado y tardó unos segundos en completarse. Sus ojos, oscuros y vidriosos, medio ocultos tras el cabello revuelto y los lentes torcidos, reflejaban puro cansancio, como si le costara mucho esfuerzo simplemente mantenerlos abiertos. Parpadeó un par de veces, muy despacio, tratando de enfocar la vista en ellas.

 

Reina fue la primera en hablar, mirándolo con una mezcla de curiosidad y diversión contenida.

 

—¿Qué te pasó? Te ves terrible, ¿estás enfermo o algo así?

 

Aoi abrió la boca para responder, pero apenas logró emitir un sonido antes de que un bostezo inmenso le ganara la frase a mitad de camino. Cerró los ojos con fuerza y se estiró un poco hacia atrás antes de volver a hablar con voz pastosa y arrastrada.

 

—Ah… perdón… no dormí bien anoche… para nada… —se frotó los ojos con el dorso de la mano, tratando de espantar el sueño que lo vencía—. Y… la profesora me sacó de clase… —hizo una pausa corta, frunciendo el ceño como si estuviera buscando las palabras en su mente nublada por el cansancio— …porque me quedé dormido sobre el cuaderno. Dijo que mis ronquidos molestaban a los demás…

 

Reina se llevó una mano a la boca de inmediato para intentar contener la risa, pero le fue imposible.

 

—¡Pffft…! —un sonido ahogado se le escapó entre los dedos, y tuvo que girar la cabeza hacia otro lado para que él no viera que se estaba riendo.

 

Aoi frunció ligeramente el ceño, o al menos lo intentó con la poca energía que le quedaba, y las miró con una expresión de ofensa infantil y cansada a la vez.

 

—No se ría… —murmuró con voz quejumbrosa y muy baja—. No es gracioso… es una situación muy seria…

 

Eso, claro está, solo empeoró las cosas.

 

Reina se dio la espalda un poco, sacudió los hombros y apretó los labios con fuerza, claramente luchando una batalla perdida contra las ganas de soltar una carcajada.

 

Reika, por su parte, soltó un suspiro corto y resignado antes de dar un paso firme hacia la puerta del aula. Miró a Aoi un instante y le dijo con calma:

 

—Espérame aquí un momento. No te muevas.

 

Sin esperar respuesta ni darle tiempo a preguntar qué iba a hacer, abrió la puerta y se asomó al interior del salón de clases.

 

La profesora, una mujer de mediana edad con una expresión seria, estaba de pie frente a la pizarra escribiendo fórmulas y explicando la lección. Al escuchar el ruido de la puerta, se detuvo y se giró hacia la entrada con el ceño fruncido… pero en cuanto vio quién era, su expresión se suavizó notablemente.

 

—¿Sí, Reika? ¿Qué sucede?

 

Reika mantuvo su postura erguida y firme, con las manos juntas delante del cuerpo y la mirada respetuosa pero segura, tal como correspondía a su cargo.

 

—Disculpe la interrupción, profesora —empezó con voz clara y educada—. Pasaba por aquí y me encontré con este alumno en el pasillo. Al parecer no se encuentra bien, se ve muy mal de salud y no está en condiciones de quedarse en clase ni de seguir recibiendo lecciones. Me encargaré de llevarlo a la enfermería para que descanse un poco y se recupere. ¿No hay ningún inconveniente, ¿verdad?

 

La profesora parpadeó sorprendida por la intervención, pero no tardó ni un segundo en asentir lentamente con la cabeza. Conocía bien a Reika y sabía que si ella decía algo, era por una buena razón. Además, había visto la cara de agotamiento del chico antes de echarlo y le había parecido que algo le pasaba.

 

—Oh… claro que no, Reika, por supuesto que no —respondió amablemente—. Hazlo pasar. Que descanse todo lo que necesite. Gracias por avisarme.

 

—Gracias a usted, profesora.

 

Reika cerró la puerta suavemente tras de sí y volvió junto a ellos en el pasillo.

 

Aoi la miraba fijamente, y su expresión había cambiado completamente. Ya no tenía esa cara de sueño pesado ni de ofensa leve. Ahora tenía los ojos mucho más abiertos que antes, y se veían brillantes, húmedos y llenos de una emoción que apenas podía contener. Se quedó inmóvil unos segundos, mirándola como si acabara de ver caer el cielo sobre él o como si Reika fuera la persona más maravillosa y poderosa del mundo entero.

 

De repente, juntó ambas manos frente a su pecho, apretándolas con fuerza como si estuviera rezando.

 

—Gracias… —susurró con voz que casi se le quebraba por la emoción y el cansancio—. De verdad… muchas gracias… me acaba de salvar la vida…

 

Dos pequeñas lágrimas comenzaron a formarse en la esquina de sus ojos, deslizándose lentamente por sus mejillas cansadas y haciéndolo ver todavía más patético y tierno al mismo tiempo.

 

Reina se quedó en silencio un segundo, mirándolo con los ojos muy abiertos por la sorpresa, y después tuvo que morderse el labio inferior con fuerza y mirar hacia el techo para no soltar la carcajada más grande de su vida.

 

Reika lo miró con una mezcla de resignación, ternura y una leve sorpresa por la intensidad de su reacción.

 

—Cálmate, por favor —le dijo con un pequeño suspiro, acercándose un poco y hablando con voz suave para que nadie más las escuchara—. No es para tanto, solo estoy haciendo mi trabajo y ayudando a alguien que lo necesita.

 

Aoi asintió rápidamente, moviendo la cabeza de arriba abajo sin parar, todavía con las manos juntas frente a él y los ojos brillantes de lágrimas.

 

—Sí… sí… lo sé… pero igual… muchas gracias…

 

—Ve directo a la enfermería ahora mismo y trata de dormir un poco —le indicó ella con firmeza pero amabilidad—. Nadie te va a molestar allí.

 

No hizo falta repetírselo dos veces.

 

Aoi se dio media vuelta casi de inmediato, tan rápido que por poco pierde el equilibrio y se tropieza consigo mismo, y comenzó a caminar por el pasillo. Iba todavía medio tambaleante por el sueño, y de vez en cuando se daba cabezazos leves como si se fuera a dormir caminando, pero se veía mucho más aliviado y tranquilo que antes.

 

—Gracias… —murmuró una vez más, sin girarse la cabeza, mientras se alejaba poco a poco perdiéndose de vista al final del corredor.

 

Reina esperó hasta que estuvo totalmente fuera de su alcance, hasta que ya no se veía ni se escuchaba nada de él. Y entonces…

 

—¡No puedo más! —exclamó, dejando caer las manos a los costados y soltando una carcajada sonora y libre que resonó por todo el pasillo—. ¡¿Viste su cara?! ¡Parecía que le habíamos regalado el mundo entero o algo así!

 

Reika cerró los ojos un momento, negando suavemente con la cabeza y una pequeña sonrisa apareciendo en la comisura de sus labios.

 

—Parecía más bien que le habíamos salvado la vida, literalmente —comentó con calma.

 

—¡Un poco más y se arrodilla frente a ti para darte las gracias! —añadió Reina entre risas—. ¡Era como si estuviera viendo a un héroe o algo así! ¡Qué exagerado es este chico!

 

Ambas se quedaron allí paradas unos instantes más, mirando hacia el lugar por donde había desaparecido Aoi, todavía sonriendo por lo ocurrido.

 

—Qué chico más raro… —murmuró Reina, secándose una pequeña lágrima de risa—. De verdad, nunca había visto a nadie reaccionar así por algo tan simple.

 

Reika no respondió de inmediato. Se quedó en silencio, mirando fijamente hacia el fondo del pasillo, pensativa.

 

Recordó la forma en que él la había mirado, con esos ojos grandes, brillantes y llenos de gratitud absoluta, como si ella hubiera hecho algo increíblemente grande por él. Recordó sus lágrimas y su voz temblorosa de cansancio y emoción.

 

Y luego, con un suspiro suave que apenas se escuchó, respondió finalmente:

 

—…Sí. Es raro.

 

Pero, por alguna razón que no alcanzaba a entender del todo, esa imagen de él, con la cara llena de sueño, las lágrimas y la gratitud sincera… se le quedó grabada en la mente con mucha más fuerza y claridad de lo normal. No podía quitársela de la cabeza, y tenía la sensación extraña de que, aunque parecía un chico común y corriente, quizás había mucho más en él de lo que aparentaba a simple vista.

Thoughts

  • Ovid

    Reika jurando que la domadora nunca les mentiría, y un rato después llevando a ese mismo chico a la enfermería sin tener ni idea, me hizo reír en voz alta. Mi apuesta: ella lo descubre mucho antes que Reina, porque ya se le quedó grabada la cara de Aoi con las lágrimas. Gracias por seguir con la serie!

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  • CapituloTrasCapitulo

    Che, Aoi juntando las manos como si rezara porque lo mandan a dormir, después de haber dirigido a cientos de personas toda la noche, me mató. ¿Ya tenés decidido en qué capítulo se entera Reika?

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