Cuando nació mi nieto nos tuvo a todos así una semana, serios como en junta, y al final se quedó el primero que dijo la mamá. Yo digo que aquí decide la ardilla.
Capítulo 11: Una convivencia complicada
Pensamiento
Cuando nació mi nieto nos tuvo a todos así una semana, serios como en junta, y al final se quedó el primero que dijo la mamá. Yo digo que aquí decide la ardilla.
Contenido de la publicación
Había pasado una semana desde el regreso de Yuji Kuzonoha. Y, contra todo pronóstico, había empezado a acostumbrarse a su nueva vida.
No significaba que fuera fácil. Ni mucho menos.
Había aprendido de memoria los horarios. Se había acostumbrado a caminar por los pasillos mientras decenas de miradas se posaban sobre él. Había aprendido a ignorar los murmullos que estallaban apenas entraba en un salón. Pero lo que más le costaba… era convivir con su nuevo cuerpo.
Todo se sentía extraño. Muy extraño. Especialmente cuando llegaba el momento de entrar a ciertos lugares.
Yuji estaba plantado frente a la entrada de los baños femeninos. Completamente inmóvil.
Miyu, a su lado, lo miraba con los brazos cruzados.
—¿Qué esperas?
Yuji no respondió.
—Yuji.
—Lo sé… —susurró él.
—Entonces entra.
Yuji respiró hondo.
—Mi mente sigue siendo la de siempre. Sigo siendo yo. Pero este cuerpo… no encaja con lo que recuerdo.
—Tu realidad ahora es esta —dijo Miyu con suavidad—. Tu cuerpo ha cambiado.
—Lo sé. Pero eso no lo hace más sencillo.
—Llevas una semana diciéndolo.
—Y sigue sin ser más fácil.
Miyu suspiró y lo tomó del brazo.
—Mira, si quieres entramos juntas.
Yuji la miró de reojo.
—Eso es precisamente lo que me preocupa. Sé perfectamente que me vas a arrastrar.
Miyu sonrió.
—Correcto.
Antes de que pudiera protestar, lo empujó suavemente hacia dentro.
—¡Vamos!
—¡Miyu, espera!
—¡No te quejes! ¡Entra!
—¡Para mí esto sigue siendo territorio desconocido!
—¡Pues acostúmbrate! ¡Vamos!
Y no fue la única situación así. Cada vez que llegaban las clases de educación física, Yuji se detenía frente a la puerta de los vestidores femeninos con la misma expresión de conflicto interno. Y siempre ocurría lo mismo.
—¡Entra de una vez! —le decía Miyu.
—¡No me empujes!
—¡Deja de pensar tanto!
—¡No es pensar demasiado! ¡Es que no encajo aquí!
—¡Pues encaja dentro! ¡Llevas diez minutos mirando la puerta!
—¡Estoy intentando aceptarlo!
Ren observaba desde lejos.
—Nunca pensé que vería a alguien tener una crisis existencial frente a una puerta.
Airi sonrió con ternura.
—Está haciendo lo mejor que puede.
Yuji suspiraba. Su cuerpo era ahora de chica. Esa era la realidad. Pero su mente, sus recuerdos, todo lo que era… seguía siendo él. Y esa contradicción aparecía en los momentos más simples. Para los demás era algo obvio. Para él… era aprender a vivir en una casa que parecía suya, pero que ya no era igual.
Poco a poco iba aprendiendo. Igual que el resto de la academia iba aprendiendo a convivir con él.
Pero precisamente eso trajo otro problema. Yuji se había convertido en el centro de todas las miradas. No solo por haber regresado tras seis meses. No solo por su misteriosa transformación. Sino por su apariencia.
Por mucho que algunos quisieran negarlo, Yuji era ahora una de las personas más hermosas de toda la Academia Aozora. Su elegancia, su porte, su cabello blanco… incluso su forma de caminar sin ver… todo llamaba la atención. Tanto que había superado a quienes siempre habían sido consideradas las más populares.
Y eso generó algo inevitable: envidia.
Las chicas que durante años habían estado acostumbradas a ser el centro de atención empezaron a sentirse desplazadas. Porque aquella persona que ahora recibía todas las miradas… había sido un chico.
—Es absurdo… —decían en voz baja—. ¿Cómo puede llamar tanto la atención sin siquiera intentarlo?
—Ni siquiera abre los ojos…
—Eso es lo que más molesta. Que parezca que no le importa.
Yuji escuchaba esos comentarios. Pero no les daba importancia. Eran palabras vacías. Lo que sí le resultaba útil era otro rumor que empezaba a circular: el de que él había sido quien entregó las pruebas que llevaron a la expulsión del estudiante que atacó a Airi.
No había pruebas. Pero los rumores no las necesitan. Y el efecto fue inmediato: muchos que antes molestaban a los estudiantes becados ahora preferían alejarse. No porque hubieran cambiado, sino porque no querían desaparecer también.
Miyu, Ren y Airi podían respirar algo más tranquilos. Al menos por ahora.
Aquella mañana, Airi caminaba distraída hacia donde siempre se reunían, perdida en sus propios pensamientos. Al acercarse a la banca, levantó la vista… y se detuvo en seco.
Allí estaban Miyu y Ren. Sentados con la espalda recta, mirando al frente con una expresión tan seria, tan concentrada y solemne, que parecían estar decidiendo el destino del mundo entero.
Yuji también estaba con ellos. Sentado con calma, bebía tranquilamente de una lata de jugo, sin prisa, sin alterarse, como si aquella gravedad fuera lo más normal del mundo.
Y sobre la cabeza de Miyu, instalada entre su cabello, la pequeña ardilla permanecía inmóvil, también con aire pensativo, como si formara parte de aquel consejo de sabios.
Airi sintió un vuelco en el corazón. Se acercó apresuradamente, preocupada.
—¿Qué ocurrió? —preguntó casi sin aliento—. ¿Pasó algo malo? ¿Alguien está en peligro?
Los tres giraron lentamente hacia ella. Nadie parecía entender su alarma.
—No —respondió Ren con calma absoluta—. ¿Por qué lo dices?
Airi los miró uno por uno.
—Porque… parecen estar a punto de anunciar una tragedia. Tienen una cara muy seria. ¿Qué está pasando?
Miyu y Ren intercambiaron una mirada. Luego asintieron. Y finalmente Miyu dijo, con voz pesada y solemne:
—Estamos pensando en un nombre.
Airi parpadeó.
—¿…Un nombre?
—Para Yuji —completó Ren, igual de serio.
Airi se quedó en silencio unos segundos. Luego miró las caras graves de sus amigos. Miró a Yuji bebiendo su jugo tranquilo. Miró a la ardilla, que seguía reflexionando desde lo alto. Y soltó el aire que había estado reteniendo.
—¿Es solo eso? —dijo, con una mezcla de alivio y desconcierto—. ¿Están todos tan serios… solo por elegir un nombre?
—No es «solo un nombre» —corrigió Miyu, ofendida por la ligereza de la pregunta—. Es una decisión importante. Es algo que lo acompañará a partir de ahora.
—Tiene que encajar —añadió Ren—. Tiene que sentirse suyo.
Airi se llevó una mano al pecho, aún recuperándose del susto.
—Entiendo… pero podrían avisar con una sonrisa. Casi me asusto.
Yuji levantó su lata hacia ella, como brindando.
—No te preocupes, Airi. Yo también llevo un rato mirándolos y todavía no entiendo si estamos salvando el mundo o eligiendo qué comer.
Miyu lo señaló con un dedo.
—No te burles. Esto es importante.
—Lo sé —respondió él, y dio otro sorbo—. Por eso los dejo pensar. Aunque creo que la ardilla está tomando esto más en serio que yo.
Como si hubiera sido llamada, la pequeña criatura asintió desde lo alto de Miyu.
—¡Chik!
Airi no pudo evitar sonreír. Se sentó junto a ellos, todavía sacudida por el susto, y negó con la cabeza.
—Está bien. Entonces… ¿en qué van? ¿Ya tienen alguno en mente?
Ren miró al cielo, concentrado de nuevo.
—Aún no. Pero estamos buscando.
Miyu asintió con gravedad.
—Y no descansaremos hasta encontrarlo.
Yuji terminó su lata, la dejó a su lado y se recostó cómodamente.
—Tómense su tiempo. Yo esperaré aquí. Tranquilo.
Y así, entre la calma infinita de Yuji, la solemnidad absoluta de Miyu y Ren, y la ardilla juzgando todo desde su trono… la búsqueda del nombre perfecto acababa de comenzar.
La situación alrededor de aquella mesa había alcanzado un nivel de seriedad completamente desproporcionado.
Miyu estaba sentada con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Ren sostenía el mentón con una mano, perdido en profundos pensamientos. Airi, que al principio solo había llegado a curiosear, ya participaba con la misma gravedad solemne. Incluso la ardilla, instalada cómodamente sobre el hombro de Yuji, parecía formar parte del consejo.
Los cuatro tenían expresiones tan adustas que cualquiera que los viera de lejos habría jurado que estaban planeando algo monumental. Derrocar al Consejo Estudiantil. Declarar la independencia de los estudiantes becados. O conquistar la academia entera.
Solo Yuji parecía ajeno a toda aquella solemnidad. Estaba sentado con calma, comiendo unos pequeños pastelillos que había comprado antes de entrar.
—¿Qué opinan de Akari? —propuso Miyu.
—Demasiado común —respondió Ren.
—¿Hikari?
—Demasiado obvio.
—¿Yukino?
Airi negó suavemente.
—Es hermoso… pero no sé si encaja del todo.
—¡Entonces piensa tú en uno! —exclamó Miyu.
—¡Lo estoy haciendo! —se defendió ella.
Yuji tomó otro pastelillo. Luego miró a Airi. Sin decir una palabra, extendió la mano y comenzó a apretarle suavemente una mejilla. Ella simplemente se dejó hacer.
—Mmm… —Yuji sonrió. Había algo extraordinariamente sereno en su expresión. Casi como una hermana mayor observando a alguien muy querido—. Qué adorable.
Airi infló la mejilla que él estaba moldeando.
—Yuji…
—¿Sí?
—Estás deformándome la cara…
—Lo sé.
Ella no se apartó. Ren apartó la mirada para ocultar una sonrisa. Aquella escena era tan tierna, tan familiar… que ninguno quiso interrumpirla.
En ese momento, una voz se escuchó junto a la mesa.
—Buenos días.
Los cinco levantaron la vista. Era Elena Valtierra, presidenta del Consejo Estudiantil, con su carpeta bajo el brazo. Probablemente venía a hablar de asuntos académicos. Pero se detuvo en seco.
Miró a Miyu. A Ren. A Airi. A la ardilla. Todos con la misma cara de estar decidiendo el destino del mundo. Y finalmente miró a Yuji.
El contraste era abismal. Mientras los demás parecían alistarse para una guerra, Yuji seguía comiendo pastelillos y apretando la mejilla de Airi con calma.
Elena parpadeó.
—…¿Qué está ocurriendo aquí?
Yuji levantó la vista tranquilamente.
—Estamos buscando un nombre.
Elena tardó en procesarlo.
—¿Un nombre?
—Sí.
—¿Para quién?
—Para mí.
Elena volvió a mirar al grupo. Luego a la ardilla.
—¿Y por qué todos parecen estar planeando derrocarme?
Miyu golpeó la mesa con las manos.
—¡PORQUE ES UNA DECISIÓN IMPORTANTE!
Elena dio un pequeño salto.
—¡¿POR QUÉ GRITAS?!
—¡Porque queremos algo digno de él! —respondió Miyu, sin bajar la voz.
Ren asintió con gravedad absoluta.
—No podemos tomarlo a la ligera.
—Queremos algo que realmente le pertenezca —añadió Airi, igual de seria.
Elena los miró uno por uno y suspiró.
—Por favor… al menos dejen de poner esas caras. Ya están empezando a circular rumores.
Yuji detuvo su mano sobre la mejilla de Airi.
—¿Qué rumores?
—Que Yuji Kuzonoha ha regresado y lidera un grupo dispuesto a derrocar al Consejo Estudiantil.
Silencio.
Miyu se quedó con la boca abierta. Ren se quedó inmóvil. Airi miró a la ardilla. La ardilla parecía igual de perpleja.
—¿Qué? —susurró Miyu.
Elena señaló discretamente alrededor.
—Miren.
Casi todos los estudiantes cercanos fingieron de inmediato que no los miraban. Uno se escondió detrás de un libro. Otro se alejó apresuradamente. Dos chicas susurraban mirando hacia la mesa. Incluso algunos parecían estar evitando acercarse.
—¿Se están… escondiendo? —preguntó Miyu, boquiabierta.
—Así parece —respondió Elena.
Ren se llevó una mano al rostro.
—Increíble.
Yuji observó todo con calma unos segundos. Luego tomó otro pastelillo.
—Parece que las personas temen aquello que no logran comprender. Especialmente en un lugar donde la imagen importa más que las personas.
Elena lo miró fijamente.
—Eso suena… muy profundo.
—Quizá simplemente sea verdad —respondió él con suavidad.
—Debes tener cuidado —dijo Elena, recomponiéndose—. Tu popularidad crece cada día. Y no toda la atención es buena. Hay curiosidad, admiración… pero también hay envidia.
Yuji sonrió levemente.
—Eso último era inevitable. Lo sabía.
—Precisamente. Antes de tu regreso, muchos creían tener su lugar asegurado en esta academia. Ahora apareces tú y, sin siquiera intentarlo, concentras todas las miradas.
—No fue algo que buscara.
—Lo sé. Pero ocurrió igual.
Yuji guardó silencio un instante. Luego preguntó:
—Hay algo que me resulta extraño.
—¿Qué?
—Todo lo relacionado con mi regreso. He estado desaparecido seis meses. Regreso con una apariencia completamente distinta. Y sin embargo… nadie parece buscar respuestas. En cualquier otro lugar, esto habría sido un escándalo.
Elena suspiró.
—Debería haberlo sido.
—Pero no ocurrió —dijo Yuji—. ¿Por qué?
—La academia decidió manejarlo como un caso especial. Se presentó oficialmente como una condición médica excepcional. No es toda la verdad, pero es una explicación que la mayoría acepta sin hacer demasiadas preguntas.
—¿Y tus contactos? ¿Las familias influyentes?
—Ayudaron a mantener la calma.
Yuji asintió lentamente.
—Entiendo. Prefieren una mentira aceptable antes que admitir que hay algo que no pueden explicar. Algo que podría dañar su imagen.
Elena abrió la boca para responder… y se quedó sin palabras. Porque él tenía razón. La institución había construido una explicación conveniente antes que admitir que tenía entre sus muros algo que no comprendía.
—No puedo decir que estés equivocado —admitió ella finalmente.
Yuji sonrió con tristeza.
—Eso pensé.
El silencio volvió a la mesa. Hasta que…
—¡ES IMPOSIBLE!
El grito de Miyu hizo que varios estudiantes cercanos dieran un salto. Elena cerró los ojos. Yuji giró despacio la cabeza.
—¡¿CÓMO SE SUPONE QUE VAMOS A ELEGIR UN NOMBRE SI PARECES UNA HEROÍNA DE LEYENDA?! —exclamó Miyu, con las manos en la cabeza—. ¡Cualquier nombre nos parecerá corto!
Ren asintió, derrotado.
—Ese es exactamente el problema.
—¿Y si buscamos algo relacionado con flores? —sugirió Airi.
—¡Ya tenemos demasiadas flores! —replicó Miyu—. ¿Algo relacionado con la luna? ¡Demasiado común! ¿Con el bosque? ¡También!
La ardilla soltó un decidido:
—¡Chik!
Todos la miraron. Miyu señaló al animalito, indignada.
—¡¿TÚ TAMBIÉN TIENES UNA OPINIÓN?!
La ardilla levantó una patita con orgullo. Ren suspiró.
—Creo que sí.
Elena observaba la escena, entre divertida y asombrada. Luego miró a Yuji. Él simplemente tomó otro pastelillo.
—Creo que esto va a tardar bastante —dijo él con calma.
Elena soltó una risa suave.
—Me parece que sí.
Y así, mientras Miyu, Ren, Airi y una ardilla debatían con una seriedad absurda cuál debía ser su nombre… Yuji permanecía tranquilo. No sabía todavía qué nombre elegir. Pero por primera vez desde su regreso, aquello no se sentía como algo aterrador. Se sentía simplemente… el comienzo de algo nuevo.
La conversación en el patio terminó poco después.
Elena se quedó unos segundos observando cómo Yuji se alejaba junto a Airi, Miyu y Ren. La pequeña ardilla permanecía sobre el hombro de Miyu, como si tras todo lo ocurrido hubiera decidido que aquella muchacha ahora formaba parte de su territorio de vigilancia.
Elena suspiró.
—Definitivamente, esta academia se ha vuelto mucho más complicada desde que regresó.
Sin perder más tiempo, regresó al edificio principal. Tenía una reunión que atender.
La sala del Consejo Estudiantil ocupaba una de las plantas más altas del edificio administrativo. Era una habitación amplia, con una enorme mesa de madera en el centro, grandes ventanales desde los cuales podía verse prácticamente todo el patio central, y paredes cubiertas con fotografías de antiguos presidentes y placas con nombres que habían marcado décadas.
Era una sala que respiraba autoridad. Y también tradición. Quizá demasiada.
Elena entró y caminó hasta su asiento. A su derecha estaba Adrián Beaumont, el secretario. Era uno de los pocos en aquella sala que no había llegado allí por su apellido: su puesto se debía a calificaciones impecables, capacidad para resolver conflictos y un historial intachable. Serio, calculador, rara vez hablaba sin haber sopesado cada palabra. Por eso Elena confiaba en él.
Frente a ellos, el resto de los miembros:
Victoria Ashford, vicepresidenta, de una de las familias más influyentes.
Sebastián Montclair, tesorero, heredero de un imperio empresarial.
Isabella Ferrand, encargada de relaciones estudiantiles, de una antigua familia vinculada a la política.
Damián Rothwell, encargado de disciplina, cuyo padre había formado parte del consejo administrativo durante años.
Todos tenían excelentes calificaciones. Todos tenían apellidos pesados. Y ninguno parecía contento.
Elena tomó asiento.
—Bien. Ya que estamos todos aquí, quiero hablar de Yuji Kuzonoha.
Victoria fue la primera en responder.
—Precisamente de eso queríamos hablar nosotros. Desde su regreso, la academia ha cambiado. Los estudiantes no hablan de otra cosa. Su popularidad crece demasiado rápido.
Sebastián apoyó los brazos sobre la mesa.
—Y está alterando el equilibrio que hemos mantenido durante años.
Damián fue todavía más directo.
—Ese estudiante desaparece seis meses, regresa completamente distinto y ahora todos giran a su alrededor. No podemos simplemente mirar.
Adrián levantó la vista de los documentos.
—¿Y qué propones?
Damián dudó.
—No lo sé todavía.
—Entonces empecemos por no actuar antes de saber qué queremos solucionar —respondió Adrián con calma.
Victoria frunció el ceño.
—No es tan sencillo. Su presencia está rompiendo la jerarquía.
Elena apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Voy a hacerles una pregunta.
Todos la miraron.
—¿Alguno lo vio agredir a alguien? ¿A un profesor? ¿Romper algo? ¿Robar? ¿Amenazar? ¿Infringir alguna norma?
Silencio. Absoluto.
Victoria finalmente habló, a regañadientes.
—No.
—Entonces explícame —dijo Elena—, ¿cuál es el problema?
—Su popularidad —respondió ella.
Adrián cerró lentamente el documento.
—Eso no es una infracción.
—No estoy diciendo que lo sea.
—Entonces no entiendo por qué estamos aquí.
Victoria lo miró con molestia.
—Porque su condición especial lo vuelve el centro de atención y eso está desplazando a quienes siempre han estado arriba.
Elena la observó fijamente.
—¿Y desde cuándo ser popular es una falta?
Victoria no respondió.
—Porque si vamos a castigar a alguien por eso —continuó Elena—, tendremos que empezar por todos los populares de esta academia.
Hizo una pausa y miró directamente a la vicepresidenta.
—Eso te incluye a ti.
Victoria se quedó sin palabras. Sebastián bajó la mirada. Isabella fingió revisar papeles. Damián cruzó los brazos. Adrián contuvo una sonrisa.
Elena se recostó en su silla.
—No permitiré que este consejo castigue a alguien solo porque su existencia resulta incómoda. Yuji puede ser diferente, extraño, tener un origen que ninguno comprende. Puede ser el más popular si así lo deciden los estudiantes. Pero mientras respete las normas… no tenemos nada contra él.
Damián golpeó suavemente la mesa.
—¿Y si empieza a causar problemas?
—Entonces yo misma lo sancionaré —respondió Elena de inmediato—. Si rompe una regla, será tratado igual que cualquier otro. Sin privilegios. Sin excepciones.
Se puso de pie.
—Pero hasta entonces: nadie tiene permiso para perseguirlo, acosarlo o limitarlo solo porque no les gusta lo que está ocurriendo.
La sala quedó en silencio. A nadie le gustó. Pero nadie pudo objetar. No tenían pruebas. No tenían faltas. No tenían nada.
Elena recogió sus documentos.
—La reunión ha terminado.
Los miembros se retiraron uno a uno. Algunos ni siquiera se despidieron.
Cuando quedaron solos, Adrián se quedó sentado unos segundos.
—No les cae bien.
Elena suspiró.
—Lo sé. No les preocupan las reglas. Les molesta que alguien que antes estaba abajo ahora reciba más atención que ellos.
—Envidia —dijo Elena.
—Principalmente.
Ambos se acercaron al ventanal. Desde allí se veía todo el patio. Adrián continuó:
—Pero hay algo que me preocupa más. No sabemos qué querrán hacer con él. Yuji sube demasiado rápido. Ya vimos lo que ocurre cuando alguien cree que puede aprovecharse de su situación. Podrían intentar usarlo.
Elena recordó al estudiante expulsado. A Valeria.
—También lo pensé. Por eso… debemos vigilarlo.
Adrián la miró de reojo.
—¿Vigilarlo?
—Protegerlo.
Adrián guardó silencio. Elena miró hacia abajo.
—No confío plenamente en él todavía.
—Yo tampoco.
—Pero no creo que sea nuestro enemigo.
—¿Y qué crees que es? —preguntó Adrián.
Elena tardó en responder.
—Alguien que regresó con un propósito.
En ese momento, algo llamó su atención.
—Espera…
En una rama cercana había un pequeño gorrión. El ave movía la cabeza de un lado a otro: primero miró el patio, luego la ventana, y finalmente… hacia adentro.
Elena frunció el ceño.
—¿Qué…?
El gorrión batió las alas. Pero en lugar de elevarse, descendió. Voló directo hacia el patio, esquivando estudiantes, hasta llegar a una banca.
Allí estaba Yuji. Sentado tranquilo, con una bebida en las manos, ojos cerrados como siempre.
El gorrión aterrizó sobre su hombro.
—¿Otra vez esos animales? —murmuró Adrián.
Yuji no pareció sorprenderse. El ave comenzó a piar junto a su oído. Una, dos, tres veces. Yuji permanecía inmóvil. Escuchando.
Elena entrecerró los ojos.
—¿Está… escuchándolo?
Adrián no supo qué responder.
El gorrión calló. Yuji inclinó levemente la cabeza. Y entonces ocurrió algo que dejó a Elena helada.
Aunque tenía los ojos completamente cerrados… Yuji levantó el rostro.
Directamente hacia la ventana. Directamente hacia ella.
Por un instante, Elena sintió que podía verla. Que detrás de esos párpados había unos ojos que la miraban fijamente. Que sabía que ella estaba allí.
Yuji sonrió. Una sonrisa tranquila. Cómplices.
Elena contuvo el aliento.
—…
Adrián miró a Yuji. Luego a ella. Luego a Yuji otra vez.
—¿Acaba de…?
—Sí —susurró ella.
—Pero…
Elena no respondió. Yuji acarició suavemente la cabecita del gorrión. El ave volvió a piar una vez y se quedó quieta sobre su hombro.
Elena permaneció junto al cristal, inmóvil. Por primera vez desde su regreso, sintió algo que no lograba explicar. No era miedo. Era algo mucho más inquietante: la certeza de que, sin saber cuándo ni cómo… Yuji también los estaba observando a ellos.
Thoughts
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PermalinkCuando nació mi nieto nos tuvo a todos así una semana, serios como en junta, y al final se quedó el primero que dijo la mamá. Yo digo que aquí decide la ardilla.
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PermalinkQue la academia lo presente como un caso médico me parece lo más fuerte del capítulo: prefieren una explicación cómoda antes que admitir que no lo entienden, y el consejo hace igual con Victoria. Me late que a Elena esa reunión le va a costar.
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