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Latidos De Porcelana Capítulo 11 - Sobre confianza

J_Khraucer
Pensamiento

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Ovid

Valo contando lo de la sobreconfianza detrás de la cortina, justo cuando está hecho pedazos. Apuesto a que es el chiste que Minerva no alcanzó a contarle en 2017 con Brad golpeando la puerta, y que se lo sigue contando a sí mismo cada vez que está triste,

Valo contando lo de la sobreconfianza detrás de la cortina, justo cuando está hecho pedazos. Apuesto a que es el chiste que Minerva no alcanzó a contarle en 2017 con Brad golpeando la puerta, y que se lo sigue contando a sí mismo cada vez que está triste, como ella le hizo jurar. Esta vez lo dijo en voz alta para que los demás también se rieran.

Contenido de la publicación

Distrito de Kallio, 4 de julio de 2017.

Paso la aguja una y otra vez por la tela gruesa, cerrando el agujero en la rodilla. Tiro del hilo para darle el último cierre a esta herida.

La puerta del pasillo se abre de golpe. Mi cuerpo reacciona por inercia antes de que la vea aparecer; viene arrastrando a mi pequeño primo del brazo y lo lanza al suelo, cerca de mis pies.

—¡Estoy harta de este maldito crío! —me espeta en la cara, señalándolo—. ¡Tiró la botella!

Me interpongo entre mi madre y él sin pensarlo. Ella tiene el rostro desencajado, como cada tarde después de las seis, y sostiene en la mano una botella de ginebra vacía.

—No volverá a pasar, mamá.

Maldice entre dientes mientras me llevo a mi primo a la habitación. Es uno de esos días... Detrás de la puerta comienzan a caer las cosas.

Me arrodillo frente a él. Le extiendo el pantalón con una sonrisa.

—Feliz cumpleaños, Valo. Ya cumpliste ocho.

Él me sonríe como solo lo hace conmigo.

—¿No me vas a decir nada? ¿Un «gracias, Minerva, te quiero mucho»?

Me abraza.

—Poco a poco, Valo... Debes decir g-r-a-c-i-a-s.

Mientras los cristales se fracturan del otro lado de la puerta, le acaricio la frente. Contemplo esos hermosos ojos ámbar que me devuelven una mirada llena de ternura. Lo ayudo a vestirse y me sonríe otra vez, enseñándome todos los dientes y sacando todo el aire por la nariz.

Pero nuestra pequeña felicidad dura muy poco. Brad llega a casa y empieza a discutir con Ingrid. Corro el pestillo de mi puerta y me apoyo contra la madera. Valo imita mi postura; no quiero que su cumpleaños sea así, este día es especial...

—Oye, ¡me sé un chiste! ¿Lo quieres oír? —le pregunto.

Él asiente. Nuestros cuerpos se despegan de la puerta con cada golpe que da Brad del otro lado; me río para que crea que se trata de un juego, y me enternezco al ver cómo él se cubre la risita con ambas manos para no hacer ruido.

—Te lo contaré, pero debes jurarme algo: vas a contártelo a ti mismo siempre que estés triste... ¿Okey?

Vuelve a asentir.

—Escúchame, Valo... Hoy es mi último día aquí. Me iré lejos. No puedo llevarte conmigo, pero prometo volver por ti.

—¡Abran la maldita puerta, mierda! —espeta Brad.

Pero sus gritos ya no importan, ni sus golpes. Valo acaba de perder la chispa en sus ojos... Mi sonrisa amenaza con quebrarse, pero me obligo a sostenerla mientras lo abrazo.

—No llores, tontito... ¿Te dije que volvería por ti, cierto? Así que no llores.

—Minerva...

Es todo lo que me dice.

Ya no puedo contener esto. Lo estrecho fuerte contra mi pecho y le empapo el cabello con mis propias lágrimas.

—¿No querías... tu chiste? —mi propia voz resonó quebrada, ahogándose antes de terminar.

Me pasé el dorso de la mano por los ojos para despejarme la vista y carraspeé para aclararme la garganta. Clavé la mirada en él y volví a pronunciarlo

—¿No querías tu chiste?

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21 de Septiembre 2026 Iglesia Vieja de Helsinki.

Verónica Petrova

Sofía me aprieta el brazo.

—¡Auch! ¿Qué haces? —me quejo entre risas.

—¿Me acompañas, Vero? Olvidé tu accesorio.

Lucas, con las manos apoyadas en mis hombros, señala a Valo y nos dice que se lo entregó a él. Antes de que Valo pueda moverse, Sofía le pide a Lucas que vaya a buscar a mis padres. Él me da un beso breve antes de irse. Sonrío como una tonta, pero al girarme noto que los chicos me miran de una manera extraña. Llego a pensar que tengo algo manchado en la ropa.

—Vayan a prepararse... Valo, ve con los chicos —ordena mi amiga.

Ninguno me devuelve la mirada.

—¿Qué les pasa? —le susurro a Sofía.

—Vero, ¿te puedo preguntar algo? ¿El ermitaño sabía lo tuyo con Lucas?

—¿Lo mío con Lucas? No. O sea, no. Mi papá lo asimiló hace muy poco, apenas. ¿Supiste que fue Lucas quien fue a hablar con él de lo nuestro? Me quería morir.

—Tonta, no. ¡Concéntrate! Escúchame... Las entradas. ¿Para quién crees que eran?

—¿Para...?

Me mira de pies a cabeza. No hace falta que diga nada más. Para cuando volteo a buscarlo... ya no está cerca del escenario.

Los chicos me indican con frases cortas que se metió al baño. Me acerco al umbral y abro la puerta. Está apoyado en la porcelana del lavabo. El agua corre de la llave y le gotea también del rostro. Me sonríe como solo lo hace conmigo.

—¿Ya estás lista?

—¿Estás bien?

—Sí.

—Entonces mírame.

Clava la vista en el espejo, cierra la llave y se queda en silencio.

—Valo...

—No tienes que estar aquí. Debes prepararte.

—Sé que las entradas eran para nosotros.

—¿Quién te dijo eso? Eran para Sofía y para mí.

—No me mientas.

—Verónica, ya fue suficiente.

—Dime por qué me estás esquivando.

—Dije que fue suficiente.

—Dímelo.

—¡Eso a ti qué te importa! —me espeta.

Respira de manera errática, igual que yo, que tengo que sostenerme una mano con la otra para dejar de temblar.

—Perdón... No es tu culpa. Soy un idiota. Confundí las cosas, sufrí de sobre confianza, creí otra cosa... No tienes por qué pasar por esto, Verónica. No te corresponde.

Doy un paso hacia él. Pienso que abrazarlo sería una pésima idea; solo le abriría más la herida que mi estúpido silencio le provocó. Aun así, me acerco un poco más. El baño no es tan grande y ya no tiene espacio para retroceder.

—Dímelo.

Niega con la cabeza.

—Dime lo que sientes.

—Vero... no quiero que esto se...

—Dime... lo que sientes.

La forma en que me mira... Sé que es real y no es una estupidez. Yo pensaba que siempre miraba el lunar en mi mentón buscando una burla, o que notaba el rímel cuando se me corría. Ahora sé que siempre miraba mis labios y mis ojos. Nunca lo noté. O soy demasiado estúpida para notarlo.

Vuelve a negar con la cabeza, evadiendo lo que está pasando entre los dos, una gota de su mejilla cae en mi muñeca, me quedo en un trance mientras la veo recorrer el dorso de mi mano. 

Saca mi choker de su bolsillo, lo sostiene en la mano.

—Toma... es tuyo.

Lo tomo entre mis dedos y me lo amarro al cuello con ganas de estrangularme a mí misma. Se disculpa nuevamente, pero lo interrumpo para decirle que es mi culpa. Muchas veces le tomé las manos y lo abracé más de la cuenta. Me sorprendo al darme cuenta de que el contacto físico era más habitual con él que con el propio Lucas.

Toma distancia y me deja sola en el baño, con la duda clavada entre las costillas.

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Valo Omena no aparece por ninguna parte. La iglesia vieja está repleta de personas, y el juicio de la banda cae sobre mí.

—¡¿Por qué no dijiste nada?! ¿No viste cómo se puso? Estaba hecho mierda, Verónica —me espeta Jeff.

No puedo dar explicaciones. Solo pienso en él. En otra bofetada más en su mejilla, esta vez dada por mí.

—Jeff, no seas así. Ella no quería contar nada; tú no sabes cómo es su papá —me defiende Sofía.

—Pero, Sofía, los vimos mil veces abrazándose y caminando juntos casi de la mano. ¿Cómo esperas que no sienta nada después de todo eso?

—Marcos, tú eres el menos indicado para saber cómo se siente la gente.

Me disculpo con ellos. Intento arreglar las cosas, pero el grupo se disuelve a causa de un malentendido.

—¡Vero, no tienes que disculparte! Tenías tus razones para no divulgar tu relación con Lucas. Cosa que ellos no entienden.

La cortina se corre y aparece él. Me sonríe como solo lo hace conmigo.

—¿Y... están listos? —pregunta Valo, mirándonos a todos.

Pero nuestro grupo está dividido a la mitad. Nadie cruza miradas.

Cierra la cortina a sus espaldas y carraspea. Volvemos la atención hacia él. Se ve tan tranquilo. Mantiene una sonrisa traviesa en sus labios afilados.

—Dos doctores eminentes caminaban por la calle cuando vieron a un hombre avanzar con un paso rarísimo: rígido, arqueado, dando saltitos torpes... De inmediato empezaron a discutir el diagnóstico sobre aquel hombre. Uno decía que era una hernia discal severa; el otro apostaba por una desviación grave de la columna.

»La cosa es que la disputa se puso tan intensa —continúa, con el rostro serio— que decidieron acercarse al hombre para salir de dudas. "Disculpe, caballero", le dijeron, "somos médicos y debatimos su caso. ¿Qué padecimiento crónico sufre usted?". El hombre los miró, suspendido en su pose extraña, y respondió: "Sufro de sobreconfianza". Los doctores se miraron, extrañados. "¿Qué clase de enfermedad es esa?". Y el tipo contestó: "Es que confiaba ciegamente en que era solo un gas... pero terminó siendo otra cosa, y me acabo de cagar encima".

No sé cómo tomarme esto. Pero la risa que empieza a brotar de Sofía y de los chicos me contagia. Proceso el humor justo antes de que mis labios estallen en una carcajada.

Nos toma a cada uno de nosotros y nos apila en un abrazo grupal.

Me aferro a él con todas mis fuerzas.

Café... manzanas. Su aroma.

Sofía le llena la cara de besos. Valo ríe y nos dice:

—Ensayamos esta cagada durante meses como para pretender que nos vaya mal. Así que a poner su mejor carita. Aquí todos somos amiguitos.

—¿Qué eres, una "parvularia" de jardín? —pregunta Jeff.

—No, es algo que me enseñó tu mamita.

Marcos es el primero en explotar, se ríe a carcajadas al igual que Jeff.

Ahora soy yo la boba que mira sus ojos y sus labios... Brevemente.

▬▬▬▬ஜ۩۞۩ஜ▬▬▬▬

Cruzamos el umbral en el instante en que el animador anuncia a nuestro grupo: Los Gatos Negros. Avanzamos por la tarima. La luz blanca de los focos me deja ciega un segundo, y la inmensidad del público dentro de la iglesia me paraliza el cuerpo. Todos gritan. Todos aplauden.

El pulso se me estabiliza cuando encuentro a mis padres en primera fila. Les sonrío. Luego busco a Valo, que me devuelve la mirada con una calidez desbordante. Él también se da cuenta de que ellos vinieron. Me asiente en silencio, transmitiéndome fuerza.

De pronto, la multitud entera revienta en una ovación que me ensordece. Los alaridos me hacen encogerme en mi sitio. En ese mismo instante, siento un toque helado sobre mi hombro. Giro la cabeza.

Y la veo.

Ya no es la imagen de mi póster. Ya no es la figura en mi escritorio. Está ahí. Mina Virtanen. Es la segunda vez que la tengo así de cerca, y luce despampanante. Me recorre de pies a cabeza con la mirada y me dedica una sonrisa tan amplia que no puedo dejar de mirar la perfección de sus dientes.

Se inclina. Sus labios rozan la comisura de los míos y me susurra:

—Estás deliciosa.

Un corrientazo me atraviesa la espina dorsal hasta los pies. Se aparta, toma su lugar al frente del escenario, y la música estalla.

Thoughts

  • Ovid

    Valo contando lo de la sobreconfianza detrás de la cortina, justo cuando está hecho pedazos. Apuesto a que es el chiste que Minerva no alcanzó a contarle en 2017 con Brad golpeando la puerta, y que se lo sigue contando a sí mismo cada vez que está triste, como ella le hizo jurar. Esta vez lo dijo en voz alta para que los demás también se rieran.

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  • MonicaSerrano

    Vero le pide como cinco veces que le diga lo que siente y él cinco veces que no, con el agua corriendo. Después sale de atrás de la cortina con el chiste del gas como si nada. ¿Ese chiste lo sacaste de algún lado?

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Distrito de Kallio, 4 de julio de 2017.

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