El líder habló:
—Al monstruo híbrido lo tenemos encadenado. Lo voy a traer para que pelees con él. Así se acordó.
Shiban lo miró fijo.
—Yo no me confío ni un poco. Si chupo a un humano, ahí entro. Toma cualquier cosa.
—Anís cloacal. Anís cloacal —dijeron todos.
—Veremos —dijo el líder—. Tráiganlo y que continúe la función. Yo me voy a echar una siesta mientras pelean.
El monstruo fue llevado hasta allí. Le sacaron las cadenas y miró a Shiban a los ojos.
Automáticamente, Shiban activó su aura protectora: un anillo que evitaba que el monstruo se acercara. Y ahí vio lo que quería saber.
En los ojos del monstruo se veían numerosos videos animados de gatitos. En el otro, un hombrecillo acurrucado.
El monstruo habló y dijo algo, y los que estaban cerca comenzaron a ponerse raros.
Shiban giró sobre su propio eje varias veces y estiró la pierna. La indicación apuntaba hacia arriba: era su manera de enfocarse.
Volvió a apoyar la pierna sobre la lona y, con una fuerza descomunal, lanzó al monstruo lejos del cuadrilátero.
Este volvió, pero esta vez atacó al ver que Shiban no miraba sus videos de gatitos.
Le propinó un golpe al mentón, pero, como Shiban tenía su aura protectora, el golpe no llegó a tocarlo. El monstruo trastabilló y Shiban comenzó a rodearlo.
El pelo largo de Shiban comenzó a moverse para todos lados, hasta que apareció un enorme manojo de pelo. Se acercó al monstruo y el cabello lo electrocutó.
El monstruo cayó, pero cambió de táctica.
Abrió la mano y empezó a mecerla.
Entonces apareció una voz familiar:
—Shiban, te compré granola con almendras.
Shiban no perdió la concentración. Sabía que era la vendedora de la dietética, que era ciega y no sabía que Shiban era un monstruo.
Pero se inquietó.
Espero que no la haya matado.
Con un movimiento circular, Shiban rompió ese látigo y el golpe le dio de lleno en la mano.
El monstruo probó varios trucos más.
Hasta mostró videos de mariposas apoyadas en árboles.
Shiban era un roble.
Nada lograba distraerlo.
Hasta que, al final, hizo un giro de rueda cósmica —como le llamaban— y le propinó una patada que lo dejó desmayado.
—Ahora, venga. A ver si podés sacar al hombrecillo —dijo Shiban.
Vinieron todos.
—Para mí hay que abrirlo.
—Otra no hay.
—Y bueno…
Shiban no hacía eso.
Así que se metió otro monstruo, que lo abrió, le hizo un agujero con una fuerza descomunal y logró sacar al hombrecillo.
Este estaba desmayado, pero vivo.
Lo sacaron de la dimensión y lo dejaron cerca de un callejón. Un hombre llamó a una ambulancia.
Después volvieron por el monstruo que quedaba.
Lo cosieron de vuelta y lo dejaron preso.
Shiban lo miró y comentó:
—Esto no tiene que volver a pasar.
Después agregó:
—Che, ese video de los gatitos… qué hermoso. Lo vi en los celulares de los humanos.
Shiban se rio.
Todos rieron.