No te escribo para discutir. Tampoco para volver a abrir una historia que para mí terminó hace mucho tiempo. Te escribo porque necesito decirte algo que hace años vengo callando:
Basta.
Basta de atacarme.
Basta de insultarme.
Basta de hablar de mí en las redes sociales.
Basta de buscar una pelea cada vez que intento seguir adelante con mi vida.
Hace cuatro años que no veo a mis hijas. Cuatro años sin abrazarlas, sin compartir un cumpleaños, una charla, una tarde cualquiera. Cuatro años en los que tuve que aprender a convivir con un dolor que jamás imaginé tener que soportar.
Y mientras yo intento seguir adelante, vos seguís encontrando motivos para hablar de mí, para cuestionarme, para instalar una versión de mí que no reconozco.
Decís que no me preocupo por mis hijas. Que no me importan. Que soy un mal padre.
Pero vos sabés cuánto las amo.
Sabés lo que significó para mí perderlas. Sabés que no elegí dejar de ser su papá. Y, sin embargo, después de cuatro años seguís sosteniendo una historia que hace que dos nenas crean que su papá no las ama.
Y eso es algo que no puedo entender.
No quiero volver a hablar de nuestra separación. No quiero discutir quién dejó a quién, quién engañó a quién, quién hizo qué. Esa parte de nuestra historia ya terminó para mí.
Yo ya te solté.
Hace mucho.
No pienso en vos. No vivo pendiente de tu vida. No necesito saber qué hacés, con quién estás ni qué decidiste hacer con tu vida.
Por eso te pido que hagas lo mismo.
Viví tu vida y soltá la de los demás.
Si no sos feliz con la tuya, buscá la manera de cambiarla. Pero no intentes destruir la de otra persona para sentirte mejor con la propia.
Porque ya hubo demasiado daño.
Mi papá se murió sin poder ver a sus nietas.
Se murió sin poder abrazarlas.
Sin poder despedirse de ellas.
Y mis hijas se quedaron sin poder despedirse de su abuelo.
Eso es un dolor que voy a llevar conmigo toda la vida.
Y hay cosas que, por más tiempo que pase, no se pueden borrar.
No sé quién se cree más buena persona o quién necesita demostrarle al mundo quién es la víctima. Yo ya no quiero entrar en eso.
Solo sé lo que viví.
Sé lo que perdí.
Sé lo que perdió mi papá.
Y sé lo que perdieron mis hijas.
Por eso, si alguna vez te preguntás quién hizo más daño, dejá de mirar lo que publico y mirá las consecuencias de estos cuatro años.
Porque mientras vos seguís hablando de mí, hay dos nenas creciendo sin su papá.
Y eso debería importarte mucho más que cualquier cosa que yo escriba.
Y ahora también te molesta que escriba.
Que si uso inteligencia artificial, que si no la uso, que si alguien me ayuda, que si mis palabras son mías o no.
¿Te molesta que haya encontrado una manera de expresarme? ¿Te molesta que pueda poner en palabras cosas que durante años no pude decir?
Podés pensar lo que quieras.
Las palabras podrán acomodarse, corregirse o pulirse. Pero el dolor es mío. Los recuerdos son míos. Los años que perdí son míos. El amor que siento por mis hijas es mío.
Y si necesitás creer que una máquina escribe por mí para sentir que lo que digo vale menos, creelo.
No voy a discutir eso con vos.
Porque descubrí algo después de tanto tiempo:
me gusta escribir.
Y no voy a dejar de hacerlo porque a vos te moleste.
Así que dejá de buscarme.
Dejá de hablar de mí.
Dejá de insultarme.
Dejá de mirar lo que hago para encontrar una nueva razón para atacarme.
Yo ya te solté.
Ahora soltame vos.
No necesito nada de vos. No quiero nada de vos. No espero nada de vos.
Solo quiero que me dejes vivir.
Y, sobre todo, quiero que algún día mis hijas puedan vivir sin cargar con una guerra que nunca les perteneció.
Basta, por favor.
Ya fueron demasiados años.
Dejame en paz.