Anda ya, Vahid acepta por la mañana y luego se sienta en la reunión como si nada. A ese le ofrecieron algo más que el puesto, hija, y tarde o temprano se va a saber qué.
ARIAL 1 CAPITULO D
Pensamiento
Anda ya, Vahid acepta por la mañana y luego se sienta en la reunión como si nada. A ese le ofrecieron algo más que el puesto, hija, y tarde o temprano se va a saber qué.
Contenido de la publicación
El Tribunal Universal estaba compuesto por numerosas personas, hombres y mujeres cuya función era vigilar que los reinos fueran gobernados de manera transparente y que sus gobernantes actuaran conforme a los principios establecidos. Se suponía que su labor consistía en garantizar la justicia y evitar que quienes ostentaban el poder abusaran de él.
Sin embargo, en ocasiones, su propia definición de lo que significaba gobernar con transparencia no coincidía con la de los demás, y sus decisiones no siempre eran tan imparciales como afirmaban ser.
Aquel día, me encontraba frente a todos sus miembros, quienes habían sido convocados para comunicarme una resolución que cambiaría el rumbo de mi vida y el futuro de Krazonia.
—Bueno, Majestad, este tribunal ha decidido que usted no es apta para continuar gobernando. Por lo tanto, hemos resuelto concederle una licencia para que descanse y medite sobre todas sus acciones.
Me quedé mirándolos, intentando asimilar aquellas palabras. ¿Una licencia? ¿Descansar y meditar sobre mis acciones? ¿Quiénes se creían que eran para decidir algo así?
—No tengo nada que meditar —respondí, procurando mantener la calma—. ¿Dónde están mis testigos? ¿Por qué no hay nadie aquí que pueda dar testimonio a mi favor? ¿O acaso ya tomaron una decisión antes de escucharme?
Recorrí con la mirada los rostros que tenía enfrente. Ninguno parecía dispuesto a dar un paso al frente.
—Ustedes no tienen ningún derecho a arrebatarme mis derechos —continué, alzando la voz—. Todo esto es porque me he negado a alinearme con sus estúpidas ideas, ¿verdad? Les resulta más sencillo deshacerse de mí que aceptar que no pienso obedecerlos ciegamente.
En ese momento, una mujer de unos cuarenta años se acercó. Era hermosa y delgada, y su expresión transmitía una seguridad que me resultó irritante.
—Majestad, usted sabe que ha cometido varios errores. Lo mejor sería que aceptara este permiso. Nosotros nos encargaremos de su reino.
La miré fijamente, sintiendo cómo aquellas palabras encendían aún más mi indignación.
—Qué curioso que hable de errores —respondí—. Cuando solicité el exilio de su jefe, también pedí el suyo. Pero la comisión me informó que solo podía solicitar el exilio de una persona a la vez.
La mujer no pareció inmutarse.
—El tribunal ha decidido que su último día como gobernante de Krazonia será el último día de este mes. A partir de entonces, usted y las personas que considere conveniente podrán ser desalojadas del palacio.
Por un instante, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Desalojadas? —repetí, incrédula—. ¡Este palacio forma parte del patrimonio de mi familia! ¿Cómo se atreven a decir que pueden quitárnoslo de esa manera?
—El palacio fue donado por el pueblo —contestó ella con tranquilidad—. Y esa donación incluye una cláusula que permite al pueblo reclamarlo cuando lo considere necesario. Además, nunca estuvo destinado a utilizarse con fines administrativos o gubernamentales.
Solté una risa breve, carente de humor.
—¿Y ahora resulta que les preocupa para qué se utiliza el palacio? ¡Siempre ha sido la sede del gobierno!
—Las circunstancias han cambiado, Majestad. Nosotros seremos quienes administremos el reino a partir del próximo mes. Por lo tanto, desde el primer día, el palacio nos pertenecerá.
La observé en silencio. No podía creer lo que estaba escuchando. No solo pretendían apartarme del gobierno de Krazonia, sino que también querían expulsarme de un lugar que había sido parte de la historia de mi familia.
Y lo peor era que todo aquello ocurría bajo el nombre de la justicia y la transparencia.
El Tribunal Universal, aquella institución que afirmaba velar por el bienestar de los reinos, acababa de demostrarme que sus decisiones podían ser tan arbitrarias como las de cualquier persona a la que tanto se empeñaban en vigilar.
No sabía qué haría a partir de ese momento, pero había algo que tenía claro: no iba a aceptar todo aquello sin luchar.
Sabía que no podía negarme a aceptar aquella licencia. Era evidente que se trataba de algo que ellos ya habían consultado y decidido sin tomarme en cuenta. Así que, cuando me comunicaron la noticia, apenas tres días antes de que terminara el mes, decidí actuar de inmediato.
Salí de la sala furiosa. Henry y Joad me esperaban afuera, y bastó con verme el rostro para que ambos se dieran cuenta de que algo grave había ocurrido.
—¿Qué pasó, Majestad? —preguntó Henry, preocupado.
—Me suspendieron. Como ven, no puedo hacer nada —respondí con un tono brusco y lleno de molestia.
Henry frunció el ceño, incapaz de ocultar su desconcierto.
—Pero eso es imposible. Debieron someterlo primero ante el tribunal y contar con tu consentimiento.
—Pues, al parecer, las cosas ya no funcionan así —contesté, apretando los dientes—. Dicen que no puedo seguir gobernando. Pero eso no es todo: en tres días el palacio les pertenecerá. Así que nosotros y todos los demás trabajadores que viven aquí tendremos que irnos.
Mientras hablaba, continué caminando a paso firme hacia mi oficina. No pensaba quedarme de brazos cruzados esperando a que otros decidieran qué hacer con mi vida, con mi gente y con todo aquello por lo que tanto había trabajado.
Al llegar, entré y me volví hacia Henry.
—Por favor, organiza una reunión urgente. Quiero que reúnas a todos. A todos, Henry. No podemos perder ni un minuto.
—Enseguida, Majestad —respondió él, comprendiendo que no era momento para hacer preguntas.
Después dirigí la mirada hacia Joad.
—Y tú, ve sacando esa máquina tan impresionante que tienes para las mudanzas. Esa que creaste hace unos años.
Joad abrió los ojos, sorprendido por mi petición.
—¿Te refieres a aquella máquina?
—A esa misma —respondí, sin vacilar—. Vamos a necesitarla.
No sabía cuánto tiempo nos tomaría reorganizar nuestras vidas ni qué nos depararía el futuro. Pero, si algo había aprendido durante mi reinado, era que podía perder muchas cosas, incluso aquellas que jamás imaginé que me arrebatarían.
Lo que no estaba dispuesta a perder era el tiempo.
Tenía tres días para preparar nuestra salida del palacio. Y pensaba aprovechar cada uno de ellos.
—Majestad, todos han sido convocados. Ya vienen —me informó Henry.
—Muchas gracias. Tú también asistirás a la reunión, junto con Joad, por favor.
—Sí, Majestad —respondió él.
Poco a poco, todos comenzaron a llegar a la sala de reuniones. Entre los asistentes se encontraban el primer ministro, el maestro constructor, los gobernantes de las islas y los de las pequeñas ciudades que formaban parte de Krazonia.
También se conectó mediante una proyección holográfica mi prima Luz Estrella, gobernante de Ibrizkrania, un país vecino situado a unas cuantas horas de Krazonia.
Mi prima. Mi única familia sanguínea.
Le había otorgado aquella gobernatura con la finalidad de evitar que nuestros reinos se fusionaran, pero sin perder el control sobre aquella región. De esa manera, podía mantener nuestra cercanía familiar y, al mismo tiempo, preservar la autonomía de ambos reinos.
Cuando todos estuvieron presentes, me puse de pie y recorrí la sala con la mirada. Había rostros conocidos, personas con las que había trabajado durante años y otras que habían depositado su confianza en mí para gobernar sus territorios.
Respiré profundamente antes de comenzar a hablar.
—Buenas tardes, estimados trabajadores, amigos, familiares y colegas.
Hice una pequeña pausa para asegurarme de que todos me prestaran atención.
—El motivo de esta reunión urgente es informarles que el Tribunal Universal ha decidido suspenderme de mis funciones y concederme una licencia, argumentando que, según ellos, mis capacidades para gobernar ya no son las adecuadas.
Observé sus rostros mientras continuaba.
—Pero eso no es todo. A partir del primer día del próximo mes, tomarán posesión de este palacio y asumirán las funciones administrativas y todas las tareas necesarias para manejar este reino.
Apenas terminé de pronunciar aquellas palabras, la sala se llenó de murmullos.
Algunos se miraron entre sí, incrédulos; otros comenzaron a hablar en voz baja con quienes tenían al lado. Era evidente que nadie esperaba una noticia semejante.
Yo tampoco habría imaginado que llegaría el día en que tendría que convocarlos para anunciar algo así.
Sin embargo, allí estaba, frente a todos ellos, tratando de mantener la compostura mientras veía cómo la noticia sacudía a las personas que durante tanto tiempo habían formado parte de mi gobierno.
Alcé la voz para que todos pudieran escucharme.
—Bien, señores. Después de haberles anunciado esta noticia, es de mi agrado informarles que todos aquellos que deseen ser reubicados en otro lugar deberán pasar con Henry para realizar los trámites correspondientes. Asimismo, quienes prefieran recibir su liquidación podrán acudir con él para gestionar lo necesario.
Hice una pausa para asegurarme de que todos estuvieran prestando atención antes de continuar.
—El día de hoy, todas sus pertenencias personales deberán quedar registradas. Por favor, asegúrense de que cada objeto tenga su etiqueta correspondiente. Joad se encargará de recogerlas y enviárselas mediante cápsulas de transporte.
Recorrí la sala con la mirada antes de proseguir.
—En cuanto a los muebles y demás accesorios de esa índole, estos forman parte del mobiliario que adquirí para el palacio, por lo que permanecerán aquí. El personal de limpieza se encargará de dejar todo en orden. Durante estos últimos días, les pido que únicamente traigan consigo lo indispensable.
Dejé que mis palabras fueran asimiladas antes de anunciar la última parte.
—Y hay algo más que deben saber. Si alguno de ustedes desea quedarse a trabajar aquí bajo la nueva administración, el Tribunal ha manifestado que está dispuesto a pagarles el mismo salario. Por lo tanto, son completamente libres de decidir cuál de estas tres opciones prefieren: ser reubicados en otro lugar, recibir su liquidación o permanecer aquí y continuar trabajando para el Tribunal.
Mi tono se volvió un poco más solemne.
—No voy a obligar a nadie a seguirme ni a quedarse. Cada uno de ustedes tiene derecho a elegir lo que considere mejor para su vida y para su familia. Han trabajado durante mucho tiempo en este palacio y merecen que su futuro sea una decisión propia, no una imposición mía.
Guardé silencio unos segundos y después concluí:
—Les agradezco todo el trabajo, la dedicación y el compromiso que han demostrado durante mi administración. Independientemente de la decisión que tomen, quiero que sepan que respeto su elección. Ahora, por favor, acudan con Henry para comenzar con los trámites correspondientes.
Todos los trabajadores comenzaron a salir de la sala detrás de Henry. Una vez afuera, él tomó la iniciativa y les indicó cómo organizarse.
—Bien, señores, formen dos filas, por favor. Los iremos atendiendo conforme les corresponda.
Mientras Henry se ocupaba de organizar a los trabajadores, el maestro constructor cerró la puerta de la sala con evidente enojo.
—¿Cómo es posible? ¿¡Cómo se atreven a decir que no sabes gobernar!? ¿Y ellos sí saben hacerlo? —exclamó, indignado—. ¡Si su trabajo consiste en invadir reinos que están bien y asegurarse de que todo funcione como ellos creen que debería funcionar! ¡No puede ser!
Me senté en uno de los sillones cercanos y lo miré con cansancio. Comprendía perfectamente su enojo, pero en ese momento necesitaba pensar con claridad.
—Ya tomaron su decisión, Enri. Sí, ya pasó. Ni modo. Ahora tenemos que buscar alguna alternativa.
Los demás gobernantes intercambiaron miradas. Finalmente, uno de ellos se atrevió a hablar.
—Bueno, Majestad… ¿y qué va a pasar con nosotros?
Los miré con seriedad antes de responder.
—Lo más probable es que ahora tengan que responder ante ellos, especialmente ante esa mujer… la tal Pandora.
Al escuchar su nombre, los gobernantes se quedaron helados.
No hacía falta que me explicaran por qué. Todos conocían la reputación de aquella mujer. Pandora no era alguien con quien resultara sencillo llegar a un acuerdo. Si no pensabas como ella, estabas en su contra. Y, una vez que te convertías en su adversario, cualquier diferencia de opinión podía convertirse en un problema.
Noté la angustia en los rostros de los gobernantes y decidí hablarles de nuevo.
—Ustedes también tienen las tres opciones que les ofrecí a los trabajadores. Si desean marcharse, pueden hacerlo. Si prefieren ser reubicados, también pueden solicitarlo. Y, si deciden quedarse y continuar trabajando bajo la nueva administración, esa posibilidad sigue estando disponible.
Hice una pausa antes de añadir:
—No voy a decidir por ustedes. Cada uno conoce su situación y sabe qué es lo mejor para su gente. Lo único que les pido es que piensen bien antes de tomar una decisión. A partir de ahora, las cosas en Krazonia van a cambiar, y no puedo prometerles que será para bien.
Mi prima se acercó a mí mediante su holograma. Para mi sorpresa, extendió una mano y la apoyó sobre mi hombro. Aunque aquella imagen tenía una apariencia casi real, todavía no era posible establecer contacto físico con las proyecciones holográficas; aun así, el gesto me hizo sentir que estaba allí conmigo.
—Afortunadamente, todavía no pueden tocar Ibrizkrania —le dije con preocupación—. Sin embargo, saben que forma parte de este reino y seguramente encontrarán la manera de hacer lo mismo contigo. Toma tus precauciones, prima. Te mantendré informada en cuanto sepa algo más y pueda ver cómo avanzan las cosas.
Luz Estrella me dedicó una última mirada antes de terminar la transmisión. Su figura desapareció de la sala, dejándome con una preocupación más: ahora también debía pensar en la seguridad de mi prima y de su reino.
Mientras intentaba ordenar mis pensamientos, el primer ministro, Vahid, se acercó a mí con la mirada fija en el suelo.
—Majestad, ¿podría hablar con usted en privado, por favor?
Su actitud me pareció extraña. Vahid no solía comportarse de aquella manera, y algo en su expresión me hizo sospechar que había algo más detrás de su petición.
—Por supuesto —respondí—. Bien, señores, tomen una decisión y, entre hoy y mañana, comuníquenmela para que podamos realizar las gestiones pertinentes. Les agradezco que hayan venido. Que pasen una buena tarde.
Poco a poco, todos comenzaron a retirarse. Todos, excepto Enri, que permaneció a mi lado.
Cuando Vahid se dio cuenta de que seguía allí, me miró de nuevo.
—Majestad, lo que tengo que decirle es muy privado —insistió, dirigiendo una mirada hacia Enri.
Empecé a sospechar que aquello era más serio de lo que había imaginado.
—Por muy privado que sea, Enri no es un desconocido para mí —le respondí.
Vahid tragó saliva y volvió a insistir:
—Por favor, Majestad.
Lo observé durante unos segundos. Finalmente, me volví hacia Enri.
—¿Podrías dejarnos solos un momento, por favor?
Él asintió, aunque su expresión dejaba ver que no estaba del todo convencido. Después salió de la sala y cerró la puerta.
Activé el intercomunicador para comunicarme con Henry.
—Henry, por favor, asegúrate de que nadie me interrumpa.
—Como ordene, Majestad —respondió al otro lado.
Una vez que tuve la certeza de que nadie entraría, me volví hacia Vahid.
—Bien, ¿qué es eso tan privado que quieres decirme?
El primer ministro parecía cada vez más nervioso. Sus manos temblaban ligeramente y le costaba sostenerme la mirada.
—Bueno, Majestad… respecto a las opciones que acaba de ofrecer… yo… yo…
Su vacilación comenzó a desesperarme. Después de todo lo que acababa de suceder, no tenía paciencia para rodeos.
—¿Tú qué, Vahid? —lo interrumpí, alzando la voz—. ¡Dime de una vez, por el amor de los dioses!
Él cerró los ojos por un instante, como si estuviera reuniendo el valor necesario para confesar algo que sabía que no iba a recibir bien.
—Esta mañana me ofrecieron la posibilidad de quedarme con ellos y continuar desempeñándome como primer ministro.
Lo miré sin comprender.
—¿Y…?
Vahid bajó nuevamente la mirada.
—Acepté.
Por un momento, me quedé inmóvil. No podía creer lo que acababa de escuchar.
—¿Qué? —pregunté, sintiendo cómo la incredulidad daba paso a una furia difícil de contener—. ¿Cómo es posible? Entonces, ¿sabías lo que iban a hacerme y aun así no me informaste?
Mi mirada se desvió hacia un jarrón que descansaba sobre una mesa cercana. Era una pieza de un vidrio especial que, según Joad, no podía romperse. Y, para ser justos, hasta entonces parecía haber tenido razón: se me había caído en varias ocasiones y nunca le había ocurrido absolutamente nada.
Pero aquella tarde no me importó lo que Joad hubiera dicho.
Lo tomé y lo estrellé contra el suelo.
El jarrón se hizo añicos.
El estruendo resonó por toda la sala, pero ni siquiera eso consiguió aliviar mi enojo.
—¡¿Cómo es posible?! —exclamé, volviéndome hacia Vahid—. ¡¿Por qué me traicionaste?!
Él retrocedió un paso, sobresaltado por mi reacción.
—¡Majestad, espere! ¡Yo no la traicioné! Déjeme explicarle, por favor.
Contuve las lágrimas por un instante. No quería escucharlo. No quería oír ninguna explicación que pudiera intentar justificar lo que acababa de hacerme.
Lo miré fijamente. Mis ojos estaban llenos de lágrimas, pero mi voz salió firme.
—No quiero escuchar una sola excusa para esta cosa tan horrible que acabas de hacer, Vahid. ¿Por qué? ¿Por qué me hiciste esto?
Sentí que la voz comenzaba a quebrárseme, pero continué hablando.
—Yo no te consideraba solamente el primer ministro. Te consideraba mi amigo. Confiaba en ti. Vi tu potencial, vi lo bueno que había en ti y, precisamente por eso, estabas entre mis candidatos para ocupar el puesto de primer ministro. Creí en ti, Vahid. ¡Creí en ti!
Las lágrimas amenazaban con desbordarse, pero la rabia seguía manteniéndome en pie.
—Y ahora vienes a decirme que aceptaste quedarte con ellos, que aceptaste seguir trabajando para quienes acaban de arrebatarme mi reino, ¡y que ni siquiera tuviste la decencia de advertirme lo que estaban planeando! No hay excusa para lo que acabas de hacer.
Señalé la puerta.
—¡Lárgate!
—Pero, Majestad…
—¡Pero, Majestad, nada! —lo interrumpí—. Nuestra relación terminó hoy. Me traicionaste, Vahid, y no quiero volver a verte.
Él intentó acercarse, pero retrocedí.
—Y da gracias de que no ordene que te arresten ni que te envíen a alguna de las lunas, porque allí sí que estarías perdido. ¡Ahora, aléjate de mí!
Vahid abrió la boca, como si todavía quisiera decir algo, pero ya no estaba dispuesta a escucharlo.
En cuanto salió de la sala, toda la rabia que había estado conteniendo pareció apoderarse de mí. Comencé a tirar cuanto encontraba a mi paso, derribando objetos y rompiendo todo lo que tenía cerca.
Ya no podía contener las lágrimas ni fingir que aquello no me había afectado.
La puerta se abrió de golpe y Henry y Enri entraron rápidamente.
—¡Majestad! —exclamó Henry, alarmado.
Enri me miró, luego observó los objetos destrozados a mi alrededor y comprendió que algo terrible había sucedido.
Mientras tanto, afuera, Vahid apenas había conseguido alejarse cuando Enri salió tras él.
—¡¿Qué le hiciste?! —le gritó, alcanzándolo—. ¡¿Qué le hiciste a Jezabell?!
Vahid intentó responder, pero Enri, cegado por el enojo, volvió a increparlo.
—¡¿Qué le hiciste?!
Vahid logró zafarse de él y, sin decir una palabra más, salió corriendo por el pasillo.
Al recordar lo que había sucedido aquel día, el último primero de mes de mi reinado, comencé a llorar nuevamente.
Estaba acostada en mi cama, repasando cada escena una y otra vez, incapaz de dejar de pensar en todo lo que había ocurrido.
Ese día no solo había perdido mi reino. También había perdido a un amigo, a alguien a quien había llegado a considerar parte de mi familia.
Vahid.
Su nombre me dolía más de lo que quería admitir. Nunca imaginé que terminaría así, mucho menos después de todo lo que habíamos compartido.
Cerré los ojos y dejé que los recuerdos me llevaran al pasado, a aquellos años en los que todavía confiaba plenamente en él.
Vahid había llegado a trabajar al reino desde sus inicios, cuando apenas era un joven practicante. Desde el primer momento noté que tenía potencial. Era carismático, inteligente y mostraba una disposición admirable para aprender. Con el tiempo, comenzamos a llevarnos muy bien y nuestra relación se convirtió en una amistad que jamás pensé que llegaría a perder.
Cuando el hombre que entonces ocupaba el cargo de primer ministro decidió retirarse, tuve que comenzar a buscar a su sucesor. No quería tomar una decisión apresurada, pues sabía que aquella persona tendría una enorme responsabilidad y que sus decisiones afectarían a todo Krazonia.
Había tres candidatos.
El primero era Murad, un hombre de alrededor de cuarenta años. Era sumamente inteligente, un erudito, por así decirlo, y llevaba mucho tiempo trabajando en el palacio. Se encargaba de supervisar que los documentos fueran transparentes y de que los procedimientos se llevaran a cabo correctamente.
Me gustaba conversar con él. Siempre tenía algo interesante que compartir conmigo y podía pasar horas escuchándolo hablar sobre sus conocimientos y experiencias. Sin embargo, había algo que me impedía considerarlo el candidato ideal: en determinadas situaciones le faltaba firmeza. A veces, ser inteligente y tener conocimientos no era suficiente; un primer ministro también debía saber tomar decisiones difíciles y sostenerlas cuando fuera necesario.
Por esa razón, aunque lo admiraba y respetaba profundamente, sabía que no era la persona indicada para ocupar el puesto.
El segundo candidato era Mahir, un joven de unos veintiocho años. De hecho, el anterior primer ministro había sido incluso más joven, así que la edad no era el problema.
Mahir era sumamente inteligente y tenía una habilidad extraordinaria para los números. Sin embargo, arrastraba un problema serio con el alcohol. Había perdido a su hija y, cuando se encontraba en estado de ebriedad, podía volverse demasiado arrogante.
A pesar de todo, consideré que quizá podría tener una oportunidad. No quería descartar a alguien únicamente por sus dificultades personales si todavía existía la posibilidad de que pudiera superarlas.
Pero cuando se enteró de que era uno de mis candidatos, el orgullo se le subió a la cabeza. Su comportamiento cambió y terminé enterándome de cosas que me hicieron comprender que no estaba preparado para asumir semejante responsabilidad.
Finalmente, tuve que enviarlo a una de las lunas para que se rehabilitara y pudiera trabajar en sí mismo.
Con eso, solo quedaba Vahid.
Tenía alrededor de treinta y tres años. No era demasiado joven, pero tampoco demasiado mayor. Se encontraba en una edad en la que ya había acumulado experiencia suficiente sin perder las ganas de seguir aprendiendo.
Había comenzado desde abajo y conocía muy bien el funcionamiento del reino. Era carismático, sabía relacionarse con las personas y gozaba del aprecio de muchos. Además, cuando se encontraba con algo que no comprendía, no fingía saberlo todo: lo estudiaba hasta entenderlo.
Eso era algo que siempre había admirado de él.
No buscaba aparentar ser el hombre más inteligente de la sala; prefería aprender aquello que le hacía falta.
También provenía de una familia muy humilde que, gracias al esfuerzo y al trabajo constante, había logrado salir adelante y construir una fortuna. Conocía el valor del esfuerzo porque lo había visto de cerca durante toda su vida.
Después de analizar a los tres candidatos, tomé mi decisión.
Vahid era la persona que consideraba más adecuada para ocupar el cargo de primer ministro.
Cuando lo llamé para darle la noticia, no pudo ocultar su emoción. Recuerdo perfectamente su expresión al enterarse de que había sido elegido. Parecía no poder creerlo.
Una vez que anuncié oficialmente su candidatura, se abrieron las votaciones para que todo el reino pudiera expresar si estaba de acuerdo con mi elección.
El resultado fue contundente: no hubo ninguna objeción. Todos los votos fueron a favor.
La gente confiaba en él, y yo también.
El día en que pronuncié el veredicto y lo presenté oficialmente como el nuevo primer ministro de Krazonia, Vahid se colocó frente a mí y me juró lealtad.
En aquel momento, sus palabras me conmovieron. Había visto su crecimiento desde que llegó al reino como un joven practicante, y ahora lo tenía frente a mí, convertido en uno de los hombres más importantes de mi gobierno.
Jamás imaginé que algún día estaría del otro lado, trabajando para quienes pretendían arrebatarme todo aquello que había construido.
Una lágrima resbaló por mi mejilla mientras permanecía acostada en la cama.
—¿Por qué, Vahid? —susurré en la soledad de mi habitación—. ¿Por qué me hiciste algo así?
No tenía una respuesta.
Solo tenía recuerdos, promesas que ya no sabía si alguna vez habían sido sinceras y el dolor de haber confiado en alguien a quien consideraba parte de mi familia.
Y eso era lo que más me dolía: no haber perdido únicamente a mi primer ministro, sino haber perdido al amigo que creía conocer.
Enri observó la oficina. Todo estaba hecho un caos: objetos rotos, papeles esparcidos y muebles fuera de su lugar. Era difícil imaginar que, unas horas antes, aquella habitación había estado en perfecto orden.
—¿Qué pasó? ¿Qué te hizo? —me preguntó, acercándose con preocupación.
No pude responderle de inmediato. Apenas lo miré, me eché a llorar.
—Él sabía que me iban a quitar el reino y no me dijo nada… —conseguí decir entre sollozos.
Henry, que se encontraba a mi lado, apretó la mandíbula.
—Es un traidor.
Continué llorando mientras intentaba recoger algunas de las cosas que habían quedado en el suelo. Entonces encontré una fotografía y la tomé entre mis manos.
Era la última foto que nos habíamos tomado juntos, durante el desfile del Día de la Independencia. En ella aparecíamos los dos riendo, como si nada malo pudiera ocurrirnos, como si nuestra amistad fuera a durar para siempre.
Contemplé aquella imagen y sentí que algo se me rompía por dentro.
—¿Por qué me hizo esto, Henry? —pregunté, con la voz quebrada—. Yo confié en él…
Henry tomó con delicadeza la fotografía de mis manos y la observó durante unos instantes antes de responderme.
—Tú no hiciste nada malo, Majestad. Al contrario, lo ayudaste y lo impulsaste a convertirse en una mejor versión de sí mismo. Le diste una oportunidad, confiaste en sus capacidades y lo apoyaste para que llegara hasta donde llegó.
Hizo una pequeña pausa y me miró con ternura.
—Pero Vahid no es un niño. Es un adulto, y tú no puedes decidir por él ni controlar las decisiones que toma. Él eligió su camino, Jezabell. No puedes culparte por algo que estaba fuera de tus manos.
Bajé la mirada hacia la fotografía. Quería creer en las palabras de Henry, pero me costaba aceptar que alguien a quien había considerado parte de mi familia pudiera hacerme tanto daño.
—Vamos —continuó él con suavidad—. Le diremos a Joad que te lleve a casa. Necesitas descansar un poco.
Antes de que pudiera responder, Enri se acercó a Henry.
—No te preocupes. Yo la llevo.
Henry lo miró durante unos segundos y después asintió.
Enri se volvió hacia mí y me ofreció su mano. Yo todavía sostenía la fotografía, incapaz de desprenderme de aquel recuerdo.
La miré una última vez antes de apretarla contra mi pecho.
No sabía si algún día podría volver a recordar aquel momento sin sentir dolor. Por ahora, aquella imagen me recordaba tanto lo feliz que había sido nuestra amistad como lo mucho que me dolía haberla perdido.
Durante el camino, Enri no dejaba de mirarme de vez en cuando y regalarme una sonrisa. El pobre no sabía qué más decirme ni cómo aliviar el dolor que llevaba dentro.
Después de un rato en silencio, finalmente se animó a hablar.
—Sabes, por lo menos yo sí tengo que seguir adelante con esto. Los proyectos de los trenes ya están en construcción y no puedo simplemente abandonarlos. Pero quiero que entiendas algo: sé que soy una persona independiente y que tengo mi propia empresa, pero no quiero que vayas a pensar que estoy traicionándote por continuar con mi trabajo.
Lo miré y negué suavemente con la cabeza.
—Lo sé, Enri. Yo fui quien te contrató a ti y a tu empresa para llevar a cabo esos proyectos. Las cosas son diferentes contigo. No tienes por qué abandonar tu trabajo por lo que me ha pasado a mí.
Él pareció tranquilizarse un poco al escucharme, aunque todavía me observaba con preocupación.
Cuando llegamos a casa, Enri me ayudó a bajar y me acompañó al interior. Después de asegurarse de que estuviera cómoda, fue a prepararme un té.
Regresó al poco tiempo y me entregó la taza con una sonrisa dulce.
—Toma, esto te ayudará a tranquilizarte un poco.
Recibí la taza entre mis manos y sentí el calor reconfortante que desprendía.
—Gracias, Enri —murmuré.
Él se sentó a mi lado y me miró con ternura.
—Mañana será un día nuevo, Jezabell. Hoy ha sido demasiado para ti, pero tenemos que ser fuertes. Poco a poco encontraremos la manera de salir adelante.
Lo miré sin saber qué responder. Todavía me dolía todo lo que había ocurrido, y pensar en el futuro me parecía una tarea imposible.
Sin embargo, mientras permanecía a su lado, con aquella taza caliente entre las manos y su presencia acompañándome en silencio, sentí que al menos no tenía que enfrentarme a todo aquello sola.
Quizá Henry tenía razón. Quizá Enri también.
Tal vez no podía cambiar lo que había sucedido, pero todavía podía decidir cómo continuar.
Eran las tres de la mañana. Creía que tenía fiebre, pues estaba empapada en sudor. Me incorporé lentamente y me senté en la cama, intentando recuperar el aliento.
No podía dejar de recordar aquellos últimos tres días. Los últimos tres días que marcaron el principio del fin de mi reinado
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PermalinkCausa, el jarrón irrompible que se le cayó mil veces sin un rasguño, y justo esa tarde revienta. Joad va a tener que dar explicaciones.
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PermalinkAnda ya, Vahid acepta por la mañana y luego se sienta en la reunión como si nada. A ese le ofrecieron algo más que el puesto, hija, y tarde o temprano se va a saber qué.
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