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Aquel que quiso liberar las cadenas parte II

DNavarrete
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Haruka recorría lentamente los interminables estantes de la Biblioteca, deslizando la mirada sobre miles de lomos sin detenerse demasiado en ninguno. Llevaba varios minutos buscando, apartando con…

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TintaYMadrugada

A Mikaboshi le dicen tres veces que no la busque: el que es pura bondad, el monstruo de los cientos de ojos y su primer amigo. Tres que no se parecen en nada y coinciden. El único que le da la razón es justo el que lleva eras encerrado y responde con esa

A Mikaboshi le dicen tres veces que no la busque: el que es pura bondad, el monstruo de los cientos de ojos y su primer amigo. Tres que no se parecen en nada y coinciden. El único que le da la razón es justo el que lleva eras encerrado y responde con esa risa seca antes de que él pregunte nada. A mí eso me huele a que el prisionero lleva milenios esperando a alguien con la curiosidad suficiente para abrirle la puerta, y Mikaboshi le cayó del cielo.

Contenido de la publicación

Haruka recorría lentamente los interminables estantes de la Biblioteca, deslizando la mirada sobre miles de lomos sin detenerse demasiado en ninguno. Llevaba varios minutos buscando, apartando con suma delicadeza algunos tomos, levantando otros para comprobar su título y devolviéndolos exactamente al mismo lugar del que los había tomado, sin dejar rastro de su paso.

 

Suspiró muy despacio.

 

—...Seguro volvió a esconderlos.

 

Levantó la vista hacia un estante que se perdía muy arriba, entre sombras y polvo acumulado durante siglos.

 

—Luna...

 

No esperaba ninguna respuesta. Conociéndola como la conocía, seguramente había repartido los tres tomos por rincones totalmente opuestos de la Biblioteca, simplemente para no tener que volver a encontrarse con ellos tan pronto.

 

No era porque aquella historia le pareciera aburrida. Todo lo contrario: era una de las más extraordinarias que jamás se habían escrito. Precisamente por eso le resultaba tan difícil de volver a tocar. Porque cada vez que la recordaba, también volvían a su mente las imágenes de cuántas historias desaparecieron, cuántos mundos se rompieron y cuántos personajes quedaron en la nada durante aquella época. Y tanto ella como Luna habían tardado incontables años en reparar aquel desastre, en volver a colocar cada palabra en su sitio y devolver el aliento a lo que aún podía ser salvado.

 

Siguió moviendo libros con paciencia, hasta que finalmente una cubierta oscura asomó apenas detrás de otros dos volúmenes de aspecto muy antiguo. Haruka dejó escapar una pequeña sonrisa tranquila.

 

—Aquí estabas.

 

Lo sacó lentamente, como si temiera que se deshiciera entre sus manos, y pasó la yema de los dedos por el lomo donde solo había una inscripción sencilla y sin adornos: Parte II.

 

Lo abrió con sumo cuidado. Las páginas comenzaron a pasar solas, despacio, como si el propio libro quisiera tomar aliento antes de volver a contar lo sucedido. Y entonces la voz de Haruka volvió a llenar el silencio:

 

El camino hacia la verdad

 

Después de incontables eras recorriendo universos enteros, cruzando fronteras que nadie más se atrevía a tocar, el ser nacido de las historias perdidas seguía llevando consigo una única pregunta que no le daba paz: ¿Quién era aquella presencia que incluso los dioses más antiguos evitaban nombrar?

 

Su primer impulso fue el más directo y sencillo: preguntar.

 

Visitó nuevamente los reinos divinos que ya conocía y muchos otros que jamás había visto antes. Se sentó a conversar con dioses que gobernaban el flujo del tiempo, con entidades que habían nacido mucho antes de que la primera estrella encendiera su luz, con guardianes que sostenían la estructura del espacio y con seres que habían visto nacer y morir civilizaciones sin fin.

 

Les habló con respeto, pero sin someterse: les contó de dónde venía, qué había visto y por qué buscaba esa respuesta.

 

Y todos, sin importar su poder o su sabiduría, terminaban diciendo lo mismo con palabras distintas:

 

—No sigas buscándola. No es algo que debas conocer.

 

Otros simplemente negaban con la cabeza, con una expresión de cansancio que no parecía pertenecer a seres eternos.

 

—Olvídalo. Sigue tu camino y agradece que no te hayas cruzado con ella.

 

Y los más antiguos de todos, aquellos cuyos nombres ya casi nadie recordaba, lo miraban con una mezcla de tristeza profunda y compasión infinita:

 

—Has vivido una eternidad tranquila, recogiendo lo que se pierde y dándole refugio. No la desperdicies buscando respuestas que jamás te traerán paz.

 

Aquellas advertencias nunca lograron calmar su curiosidad; al contrario, la hacían crecer más, como si el silencio de los poderosos fuera la mayor prueba de que algo muy grande se ocultaba tras todo aquello.

 

Así que decidió cambiar de método. Si los dioses no querían hablar, escucharía a quienes vivían bajo ellos.

 

Durante siglos enteros recorrió bibliotecas olvidadas en mundos que ya nadie visitaba, bajó a templos enterrados bajo montañas o bajo océanos, caminó entre ruinas donde solo sobrevivían fragmentos de leyendas que el tiempo había intentado borrar. Leyó inscripciones en muros de piedra, pergaminos que se deshacían al tocarlos y cantos que se transmitían de memoria de generación en generación.

 

Y poco a poco, palabra tras palabra, comenzó a reunir las piezas de un rompecabezas que parecía no tener forma ni sentido.

 

En algunos mundos antiguos, la llamaban El Todo, como si ella fuera el principio y el fin de todo lo que existe.

 

En otros, más cercanos al final de sus días, solo la conocían como El Fin, la fuerza que llegaba cuando todo debía detenerse.

 

Hubo civilizaciones que, con gran respeto y temor, la llamaron El Último Capítulo, la que decide si una historia termina o continúa.

 

Y en la Tierra, muchos siglos después, algunos confundieron su nombre con el Apocalipsis, creyendo que solo significaba destrucción y nada más.

 

Pero las leyendas más antiguas de todas —las escritas antes incluso de que muchos dioses fueran adorados o siquiera recordados— hablaban de ella de una forma muy distinta, llena de sentimientos que parecían imposibles de mezclar: odio, miedo y un respeto absoluto que nadie lograba explicar.

 

Decían que era la mayor tirana que había existido jamás.

 

La llamaban La Esclavista de Todos los Universos.

 

La existencia ante la que incluso los dioses más poderosos inclinaban la cabeza, no por amor ni devoción, sino porque eran incapaces de desafiarla.

 

Aquellas palabras quedaron grabadas con fuego en el corazón del viajero. No lograba comprenderlo. Si realmente existía alguien que mantenía sometidos a todos los mundos, que decidía el destino de todo sin que nadie pudiera decir nada... ¿por qué nadie hacía nada? ¿Por qué incluso las deidades que se decían eternas y todopoderosas aceptaban aquella situación sin oponerse? ¿Por qué preferían vivir bajo su voluntad antes que al menos intentar cambiar algo?

 

Cada respuesta que encontraba solo hacía nacer nuevas preguntas, y cada leyenda más oscura hacía que su mirada se volviera más seria y decidida. Sin darse cuenta, por primera vez desde que había nacido entre las palabras perdidas, su curiosidad comenzó a transformarse en algo muy distinto: una pequeña duda, casi imperceptible al principio, que con el paso de las eras terminaría convirtiéndose en la semilla de una revolución que haría temblar hasta los cimientos de la propia Biblioteca.

 

Las eras continuaron pasando una tras otra, sin que el tiempo pareciera tener prisa ni detenerse. Mikaboshi siguió cruzando fronteras entre universos, uno tras otro, observando, preguntando y aprendiendo, pero sin encontrar la respuesta definitiva que perseguía desde el día en que había abandonado su propio reino. Hasta que un día llegó a un lugar que no se parecía a ninguno anterior: un universo donde solo dos existencias reinaban por encima de todos los dioses, todas las fuerzas y todas las leyes que regían lo conocido.

 

Una de ellas representaba el Principio; la otra, el Fin.

 

El primero tenía una apariencia que infundía una calma tan profunda que parecía detener el tiempo a su paso. De él emanaba una bondad tan inmensa que incluso la oscuridad más densa parecía suavizarse a su alrededor. Se decía que aquel universo había brotado de su propio ser, surgido de un acto tan extraño y desmedido como maravilloso, y que desde entonces velaba con ternura por cada vida que nacía en sus confines.

 

Mikaboshi permaneció en silencio unos instantes, respetando esa presencia antigua, antes de alzar la voz con calma:

 

—He recorrido incontables mundos preguntando por una existencia que todos mencionan, pero ninguno se atreve a nombrar. Los dioses callan, las leyendas se rompen y las advertencias se repiten siempre igual. ¿Sabes tú de quién hablo?

 

La enorme entidad abrió lentamente unos ojos que contenían el brillo de todas las estrellas que jamás habían encendido. No había rastro de miedo en ellos, solo una tristeza profunda y comprensiva.

 

—Comprendo perfectamente por qué haces esa pregunta —dijo con una voz suave y paternal, como si hablara con un hijo que se adentra en un camino peligroso—. Tú naciste del Vacío. Vives de lo que no tiene nombre ni forma. Es natural que quieras comprender aquello que parece sostenerlo todo.

 

Mikaboshi asintió levemente, porque aquellas palabras daban justo en la verdad de su corazón.

 

—Pero la respuesta que buscas —continuó la entidad, bajando un poco el tono— no te traerá la paz que esperas. Te llevará frente a algo que jamás debería ser nombrado en vano, ni mucho menos buscado a ciegas. Si te acercas demasiado, no solo pondrás en riesgo tu propia existencia: todo lo que has recogido, todo lo que has cuidado y todo lo que eres podría desvanecerse sin dejar ni un rastro de que alguna vez exististe.

 

Mikaboshi frunció levemente el ceño, buscando algún hueco en aquellas palabras.

 

—¿Acaso no merezco saberlo? —preguntó con firmeza, sin perder el respeto—. Si ella está por encima de todos, ¿por qué su sola verdad es tan peligrosa?

 

La entidad sonrió con una dulzura que dolía.

 

—Porque hay preguntas que no se responden con palabras, sino con todo lo que eres. Y hay secretos cuyo precio es demasiado alto incluso para quien ha vivido una eternidad. No te diré más, no porque no quiera, sino porque decirlo sería como empujarte yo mismo hacia el abismo.

 

Y con un gesto suave, le dio a entender que no obtendría nada más.

 

Años después, Mikaboshi se adentró en los rincones más oscuros de aquel mismo universo para buscar a la otra gran existencia. Allí, la oscuridad no era solo ausencia de luz: parecía inclinarse, agazaparse y esperar a su alrededor. El miedo de todos los seres que vivían en aquel mundo fluía hacia ella como un río hacia el mar, convirtiéndose en su alimento, en su fuerza y en su diversión. Su sola presencia hacía que la realidad misma se torciera y dudara de sí misma.

 

Cuando Mikaboshi repitió su pregunta, la respuesta llegó envuelta en una carcajada grave, profunda y llena de burla.

 

—¡Así que tú también terminaste viniendo a preguntar por esa cosa! —exclamó la entidad, mostrando hileras de dientes afilados mientras cientos de ojos brillantes lo observaban desde todas partes—. ¡Qué curioso! Todos terminan llegando, y todos terminan arrepintiéndose… o dejando de existir antes de poder hacerlo.

 

Mikaboshi no se inmutó.

 

—Solo quiero saber qué es.

 

—¿Qué es? —repitió la entidad, moviéndose con una gracia terrible—. Es aquello que está por encima de cualquier dios, de cualquier demonio, de cualquier poder que tú o yo podamos imaginar. Mantiene los universos como si fueran libros en una estantería. Los cambia, los reescribe o los aparta cuando se le antoja. Y nadie… absolutamente nadie… puede decirle que no.

 

La entidad soltó otra risa, pero esta vez con un matiz más serio.

 

—Escúchame bien, viajero. Yo soy quien disfruta viendo arder mundos enteros. Yo me alimento de los terrores más profundos de todos los seres que existen. La destrucción me divierte, el caos es mi juego y la ruina es mi banquete. Pero ni yo soy tan estúpido como para ir a buscarla.

 

—¿Por miedo? —preguntó Mikaboshi.

 

—¡Por nada parecido al miedo! —bramó la entidad, con una mezcla de indignación y diversión—. ¡Por sentido común! Sé muy bien hasta dónde llegan mis fuerzas y hasta dónde llegan las suyas. Arriesgar mi dominio, mi juego y todo lo que soy por curiosidad… eso no es valentía. Eso es ser un tonto. Y yo no soy un tonto.

 

Se acercó un poco más, y su voz se volvió una advertencia directa.

 

—Vuelve a tu vacío. Vuelve a tus palabras perdidas. Sigue siendo el guardián de lo que nadie quiere. Y olvida que ella existe. Porque si continúas, el final que te espera no es la muerte. Es algo mucho peor: dejar de haber existido jamás. Ni un recuerdo, ni una huella, ni una letra que diga que alguna vez estuviste aquí.

 

Mikaboshi abandonó aquel universo llevando consigo más preguntas que respuestas, pero con una certeza que no esperaba. Lo que más le había desconcertado no era lo distintos que eran ambos seres —uno compasión pura, el otro terror absoluto—, sino que, a pesar de oponerse en todo, ambos le habían dicho exactamente lo mismo.

 

No la busques.

 

Y fue precisamente esa coincidencia, la imposibilidad de que el bien y el mal ocultaran la misma cosa por separado, lo que terminó de convencerlo. Si incluso dos fuerzas tan opuestas temían revelar la verdad… entonces esa verdad era demasiado importante como para dejarla oculta.

 

No retrocedería. Al contrario: ahora sabía que estaba yendo justo adonde debía ir.

 

Los siglos se fundieron en milenios, y los milenios se volvieron polvo frente al paso infinito de su camino. Las respuestas seguían siendo siempre las mismas: silencios pesados, advertencias repetidas y miradas llenas de un temor que no lograba explicar. Hasta que, en uno de los rincones más olvidados y antiguos de toda la existencia, Mikaboshi escuchó por primera vez una historia distinta.

 

No hablaba de una diosa ni de un dios, ni de reinos ni de batallas. Hablaba de un prisionero.

 

Una entidad tan peligrosa, tan temida por todos, que había sido sellada en el lugar más profundo y oculto al que nadie jamás se atrevió a acercarse. No existía templo, ni altar, ni canción que le hiciera mención; los propios dioses evitaban incluso dejar espacio en su memoria para recordar que había existido. Solo se decía una cosa: había cometido pecados tan grandes que nadie se atrevía a nombrarlos, y por eso permanecía encerrado desde tiempos tan antiguos que ni siquiera las estrellas más viejas recordaban cuándo comenzó su condena.

 

Aquella historia despertó en él una esperanza que ya creía perdida. Si todos guardaban silencio por miedo o por obediencia, quizás alguien que había sido condenado por todos sería el único dispuesto a decir la verdad.

 

Encontrarlo fue una tarea que parecía destinada al fracaso. Durante años recorrió mundos enteros buscando la más mínima pista que pudiera guiarlo. Luego siglos. Después milenios enteros. Cada puerta que encontraba estaba sellada con poderes inmensos; cada barrera que lograba cruzar ocultaba otra más antigua y más fuerte detrás de ella. Era como si todos los dioses, todas las entidades y todos los poderes de la existencia hubieran trabajado unidos para asegurarse de que nadie llegara jamás hasta aquel lugar.

 

Pero la curiosidad de Mikaboshi nunca había sabido retroceder ante una puerta cerrada. Y la justicia que empezaba a reclamar en su corazón mucho menos.

 

Finalmente, tras atravesar capas y capas de realidades olvidadas, llegó.

 

No había luz. No había tiempo. No había suelo que pisar ni cielo que mirar. Solo una oscuridad absoluta, sostenida por incontables sellos grabados con las propias leyes que rigen el universo, entrelazados unos con otros como una jaula hecha de eternidad. Y justo en el centro de todo aquello, había una presencia: sin rostro, sin cuerpo definido, sin una forma que pudiera describirse con palabras, simplemente existiendo como una sombra que había perdido hasta el derecho de decidir qué quería ser.

 

La voz surgió antes de que él pudiera dar un paso o pronunciar una sola palabra, resonando suavemente en toda la oscuridad:

 

—Hace mucho, mucho tiempo que nadie se molesta en venir hasta aquí.

 

Mikaboshi permaneció en silencio unos instantes, respetando el peso de aquel lugar, antes de preguntar con una calma que ocultaba la intensidad de todo lo que llevaba dentro:

 

—¿Por qué te encerraron?

 

La entidad dejó escapar una risa apagada, seca y llena de una amargura que parecía haber crecido con los siglos.

 

—Porque intenté hacer lo correcto.

 

Un silencio profundo volvió a llenar el vacío, antes de que la voz continuara con una firmeza que no había perdido ni un ápice:

 

—Intenté liberar a todos los universos de una tirana.

 

Mikaboshi sintió entonces que el tiempo parecía detenerse por completo a su alrededor. Todo lo que había escuchado, todas las advertencias y todos los miedos de los dioses tomaron de repente un sentido nuevo y terrible.

 

—Existe una voluntad más antigua que casi cualquier dios que haya sido adorado —continuó la sombra—. Una presencia que nadie osa desafiar. Ella mantiene a todas las historias, a todos los destinos y a todos los mundos encadenados a su antojo. Todos nosotros vivimos dentro de su prisión sin saberlo, creyendo que decidimos nuestro camino, que somos libres… pero no lo somos.

 

Mikaboshi escuchaba sin interrumpir, con el corazón latiéndole con una fuerza que no sentía desde hacía eras. Era la primera vez que alguien no le daba la espalda ni le pedía que se alejara. Era la primera vez que alguien respondía directamente a lo que él buscaba.

 

—Yo vi esas cadenas —dijo la entidad con voz grave—. Vi cómo decidía quién vivía y quién desaparecía, qué historia se contaba y cuál se borraba para siempre. Y decidí romperlas. Quise que cada universo pudiera existir por sí mismo, que cada vida pudiera elegir su propio final, que ningún destino dependiera exclusivamente de una sola voluntad.

 

La voz se tornó amarga y cortante.

 

—Pero ellos… los dioses, los grandes poderes… me llamaron criminal. Traidor. Hereje. Y me encerraron aquí. No para proteger a los mundos de mí. Sino para proteger sus propios privilegios.

 

Mikaboshi dio un paso al frente, sintiendo cómo la duda que había nacido en él se transformaba ahora en certeza.

 

—¿Intentaste convencerlos?

 

La sombra soltó una carcajada que hizo temblar los sellos que la rodeaban.

 

—Claro que sí. Recorrí innumerables dimensiones. Hablé con seres que habían dado forma a las estrellas. Con quienes decían velar por el orden de todo. Les expliqué que podíamos acabar con esa esclavitud silenciosa, que podíamos construir algo donde todos tuvieran voz. Pero ninguno quiso escuchar.

 

—¿Por qué? —preguntó Mikaboshi.

 

—Porque son cobardes —respondió la entidad sin dudar—. Porque mientras no levanten la voz contra ella, pueden seguir sentados en sus tronos, seguir siendo adorados y seguir gobernando eternamente. Prefieren su pequeña seguridad y su poder prestado antes que arriesgarse por la libertad de todo lo que existe. Aunque saben perfectamente que, con un solo pensamiento suyo, todo lo que creen poseer podría dejar de existir.

 

La oscuridad pareció estremecerse con fuerza, y la voz de la entidad se alzó con una esperanza que parecía dirigida ahora a él:

 

—Si algún día alguien logra romper esas cadenas… no solo los dioses cambiarán. Todos los seres vivos, cada historia y cada rincón de la existencia conocerán por primera vez lo que significa ser realmente libres.

 

Durante incontables eras, Mikaboshi había recorrido los universos junto a muchos seres poderosos, pero hubo uno que siempre ocupó un lugar único e insustituible en su corazón. Fue el primero en recibirlo cuando abandonó el Vacío, el primero que lo llamó amigo sin preguntar de dónde venía ni qué era, y el primero con quien compartió siglos enteros conversando sobre la vida, los mundos y el extraño milagro de ser libre.

 

Por eso, cuando todo cambió y la verdad se le reveló, fue a él a quien decidió acudir en primer lugar.

 

En cuanto el dios lo vio aparecer, comprendió al instante que algo se había roto y al mismo tiempo se había fortalecido en su interior. No era solo su mirada: era el peso de una certeza que ahora cargaba sobre sus hombros.

 

—¿Qué ocurrió? —preguntó con una calma que intentaba ocultar su inquietud.

 

Mikaboshi no respondió de inmediato. Solo levantó lentamente la vista, y sus palabras cayeron con la gravedad de una sentencia:

 

—Ya conozco la verdad.

 

El dios guardó silencio unos instantes.

 

—¿La verdad sobre quién?

 

—Sobre aquella existencia que todos ustedes se niegan a nombrar en voz alta.

 

La expresión del dios se endureció apenas un instante, como si una sombra antigua hubiera cruzado su rostro.

 

—Entraste en los confines prohibidos de los universos —dijo, no como una pregunta, sino como algo inevitable.

 

Mikaboshi asintió.

 

—Hablé con el prisionero.

 

El dios cerró los ojos lentamente, dejando escapar un suspiro cargado de pesar.

 

—Entonces la verdad llegó a ti antes de que pudiera advertirte.

 

—Él me contó lo que nadie se atreve a decir —continuó Mikaboshi con voz firme—. Que hay una entidad que mantiene a todos los universos encadenados a su voluntad. Que ustedes lo saben desde siempre. Y que ninguno hace absolutamente nada para cambiarlo.

 

El dios alzó la mirada, llena de una tristeza infinita.

 

—Mikaboshi… no entiendes qué clase de ser es aquello a lo que te enfrentas.

 

—¡Entonces explícamelo! —reclamó él, con la voz quebrada por la frustración.

 

El silencio se prolongó varios segundos, hasta que el dios negó lentamente con la cabeza.

 

—No puedo. Algunas verdades no se pueden explicar con palabras. Solo se pueden comprender viviendo bajo ellas.

 

Mikaboshi dio un paso adelante, apretando los puños con fuerza.

 

—¿Comprender qué? ¿Que todos aceptan vivir bajo el mandato de alguien que decide el destino de cada mundo? ¿Que incluso ustedes, que se llaman dioses, bajan la cabeza sin siquiera intentar cuestionarlo?

 

—No es sumisión —respondió el dios con serenidad—. Es comprensión del orden que sostiene todo lo que existe.

 

—¡No! —gritó Mikaboshi, y su voz resonó con tal fuerza que el aire mismo pareció temblar—. Yo nací en el Vacío. Vi cómo historias enteras se deshacían y flotaban a la deriva sin nadie que las recogiera. Vi mundos desaparecer en un instante. Vi seres inocentes perderlo todo sin ningún motivo aparente. Dime… si esa entidad realmente existe y todo depende de ella… ¿por qué permite tanto sufrimiento? ¿Por qué deja que los inocentes mueran? ¿Por qué existen la crueldad, la guerra y la ambición desmedida como si fueran algo inevitable? ¿Por qué todo eso es aceptable y nadie dice nada?

 

El dios respondió con una suavidad que dolía escuchar:

 

—Porque sin oscuridad no existiría la luz. Sin dolor no habría aprendizaje. Y sin la libertad de elegir entre el bien y el mal, desaparecería también la posibilidad de hacer el bien por voluntad propia. Ese es el equilibrio que mantiene en pie los universos.

 

Mikaboshi apretó los dientes, y todo su ser pareció estremecerse.

 

—¡Eso no es equilibrio! ¡Es una estupidez! —exclamó—. Entiendo que exista el bien y el mal, entiendo que ambos formen parte del flujo natural de las cosas. ¡Pero no entiendo por qué todo debe depender de una sola voluntad! ¿Por qué llaman libertad a vivir bajo alguien que puede cambiar sus vidas o borrarlas cuando le plazca?

 

El dios se acercó un poco más, mirándolo a los ojos con afecto y temor a la vez.

 

—Porque no conoces lo que realmente hay al otro lado. Y si continúas por este camino, no solo perderás la respuesta que buscas. Perderás todo aquello que tardaste una eternidad en construir: tu hogar, tus recuerdos, y a todos los que te han querido. Todos terminarán viéndote como un enemigo.

 

Ninguno habló durante un largo instante. Mikaboshi sostuvo esa mirada, la mirada de su primer amigo, y supo que no había vuelta atrás. Ya no quedaba duda en sus ojos, solo una determinación que nada podría detener.

 

—Entonces iré a verla personalmente —dijo con voz tranquila pero inquebrantable—. Y si la respuesta que me da no justifica tanto dolor y tantas cadenas… la haré pagar con mis propias manos.

 

Aquellas palabras dejaron el aire helado. El dios comprendió al instante que ya era demasiado tarde para razonar con él.

 

—Si eliges ese camino —advirtió con voz quebrada—, no solo pondrás en riesgo tu existencia. Pondrás en peligro la de todos los universos.

 

Mikaboshi esbozó una sonrisa llena de amargura.

 

—¿Y qué harás? ¿Me encerrarás como hicieron con el prisionero?

 

El dios negó lentamente con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas que no se atrevía a derramar. Y con inmensa tristeza, alzó su mano e invocó su arma: una hoja luminosa que brillaba con la fuerza de una estrella recién nacida.

 

—No —dijo con dificultad—. No volveré a permitir que nadie siembre esta idea y arrastre todo hacia la ruina. Prefiero llorar la muerte de un amigo… antes que ver morir incontables mundos por una esperanza imposible.

 

Mikaboshi cerró los ojos un instante, guardando para siempre el recuerdo de los días en que solo eran dos amigos conversando sin temores.

 

—Entonces… no queda nada más que decir.

 

Aquel día, los cielos de aquel universo se quebraron como cristal. Las estrellas dejaron de brillar de golpe, los mares retrocedieron hasta desaparecer y montañas enteras se desvanecieron bajo la fuerza de dos existencias que jamás habrían imaginado enfrentarse. No era una batalla nacida del odio o la venganza: era el choque entre dos formas de ver el mundo, entre dos amigos que defendían hasta el final aquello en lo que creían.

 

Cuando el silencio volvió a reinar, solo uno seguía de pie.

 

Mikaboshi observó en silencio el cuerpo inmóvil de quien había sido su primer compañero. No sintió orgullo, ni satisfacción, ni victoria alguna. Solo un vacío inmenso, mucho más profundo y frío que aquel del que había nacido.

 

Aun así, se dio media vuelta.

 

Y continuó caminando.

 

Sin saberlo aún, aquella fue la primera vida que arrebató con sus propias manos. Y lamentablemente, no sería la última.

 

Haruka permaneció en silencio durante varios segundos, sin mover ni un solo dedo. Sus manos descansaban aún sobre la última página abierta, como si pudiera seguir sintiendo a través del papel el peso inmenso de aquella despedida y el camino que ahora se abría ante él.

 

Con un movimiento suave y pausado cerró el tomo. El sonido de la cubierta al encontrarse con las hojas resonó con calma entre los estantes antiguos, recorriendo los pasillos hasta mezclarse lentamente con el murmullo constante y casi imperceptible de millones de historias que seguían sucediendo en silencio.

 

Dejó escapar un largo suspiro que parecía llevarse consigo parte de la tristeza que había leído.

 

—…Cada vez que la releo, termina igual de triste —murmuró con voz muy baja.

 

Acarició con delicadeza el lomo ennegrecido y desgastado por los siglos. Sabía perfectamente que aquel no era simplemente un libro lleno de palabras: era el recuerdo exacto del instante en que alguien que había dedicado toda su existencia a comprender el mundo comenzó a perderse un poco a sí mismo.

 

Con sumo cuidado volvió a colocarlo en el hueco exacto del que lo había tomado, respetando su lugar entre las demás historias antiguas. El polvo acumulado volvió a posarse despacio sobre la cubierta, cubriéndola nuevamente como si el tiempo quisiera devolverla a su espera.

 

Se quedó unos instantes mirándolo en silencio, con una mezcla de afecto y melancolía.

 

—Solo queda una parte más…

 

Entonces, desde lo más alto de los pasillos que se perdían en la penumbra, una voz clara y aguda rompió por completo la calma:

 

—¡¡Harukaaa!!

 

Haruka sonrió antes incluso de levantar la vista, reconociéndola al instante.

 

—¿Sí, señorita Luna?

 

—¡Tengo muchísima sed! ¡Tráeme algo para tomar, por favor!

 

Haruka soltó una pequeña risa tranquila.

 

—Enseguida voy.

 

Apenas terminó de hablar, otra voz se escuchó con calma desde la zona de las mesas de lectura:

 

—Ya que vas… ¿podrías traerle otra taza de té al lector, por favor? —pidió el Nuevo con su habitual serenidad.

 

—Yo también quisiera una —añadió el Viejo, con ese tono pausado y cansado que lo caracterizaba.

 

El Nuevo alzó apenas su cubierta desde su sitio.

 

—¿Y yo… puedo pedir chocolate caliente?

 

El Viejo respondió casi al instante, sin perder la compostura:

 

—Sigues siendo un libro demasiado joven.

 

—¿Y eso qué tiene que ver con lo que pida? —replicó el Nuevo con una risita contenida.

 

—Que todavía te gustan las cosas dulces —fue la respuesta.

 

Haruka negó con la cabeza, divertida por aquella pequeña discusión cotidiana.

 

—Parece que todos tuvieron la misma idea al mismo tiempo.

 

Volvió a mirar por un momento el estante donde descansaba el segundo tomo, y una sonrisa más serena apareció en su rostro.

 

—La última parte puede esperar un poco más. Nadie se va a ir a ningún lado.

 

Giró sobre sus pasos y comenzó a caminar despacio entre los interminables pasillos, alejándose mientras se decía a sí misma:

 

—Después de atenderlos a todos… iré a buscar el final.

 

La Biblioteca volvió poco a poco a su silencio habitual, roto solo por el suave roce de las páginas al moverse y las voces tranquilas de quienes vivían allí. Y en algún rincón oculto entre millones de relatos, el tercer y último tomo permanecía en calma, aguardando con paciencia infinita el momento en que ella volviera a detenerse frente a él.

 

Continuará…

Thoughts

  • Ovid

    Después de la pelea más triste de la serie, Luna gritando que tiene sed y el Nuevo pidiendo chocolate caliente. Me hace pensar en esas casas donde alguien acaba de contar algo terrible y aun así hay que poner el agua para el té. Apuesto a que Haruka se toma su tiempo con esas tazas antes de ir a buscar el tercer tomo.

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  • TintaYMadrugada

    A Mikaboshi le dicen tres veces que no la busque: el que es pura bondad, el monstruo de los cientos de ojos y su primer amigo. Tres que no se parecen en nada y coinciden. El único que le da la razón es justo el que lleva eras encerrado y responde con esa risa seca antes de que él pregunte nada. A mí eso me huele a que el prisionero lleva milenios esperando a alguien con la curiosidad suficiente para abrirle la puerta, y Mikaboshi le cayó del cielo.

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