Saltar al contenido
Cargando…

Apartado ocho. Capítulo uno.

Felipe1606
Pensamiento

Pensamiento

cuatrocafes

Belial se despide con una lluvia de sangre porque está emocionado. Hasta los demonios se van mal cuando han bebido de más.

Belial se despide con una lluvia de sangre porque está emocionado. Hasta los demonios se van mal cuando han bebido de más.

Contenido de la publicación

VIII

Belial era conocido por su mal temperamento y malicioso carácter. Desde la antigüedad, lo humanos, incluso, las dos nuevas razas caídas del cielo durante el renacimiento, lo veían como un ser que no da beneficio, como todo demonio. Pero su poder y el vigor preternatural que otorgaba a aquellos seres de carne que acudían a él hacían que las historias de terror parecieran meras fábulas sin sentido. Entonces, ir a verlo para que se sumara a mi estratagema era necesario; dado que él podría colaborarme en sobrescribir los sellos y de mostrarme con más detalle cómo canalizar la energía para activar un nuevo sigilo[1] que nos libere. Aunque, era de por sí un riesgo mortal… como muchos, era un caníbal etéreo. Al llegar a su morada, sabíamos que él ya nos estaba saboreando; sazonándonos con el morbo depravado que lo caracterizaba. Y esto se debía a que Belial era un infernal que tenía una hipersensibilidad exquisita para encontrar o sentir a otros seres. Por ello, al pisar sus dominios; él ya sabía que estábamos allí. Bathin, cautelosa y en guardia, caminaba sutilmente al lado mío; mientras sus serpientes ariscadas estaban en alerta constante… a diferencia de mi trinidad, todos estábamos seguros de nuestro cometido. Tras recorrer un inefable sendero confusamente sereno, llegamos al protervo lugar donde habitaba aquel demonio que buscábamos. Ante nosotros se hallaba un siniestro abismo romboide; en cuyas esquinas se alzaban obeliscos majestuosos donde brotaban ríos de sangre; cayendo cómo cascadas dentro de aquel precipicio de locura. En su interior, nocivos vientos huracanados de fuego frío destruían todo lo que caía allí. -Enviaré a una de mis ayas víboras como mensajera… - Dijo Bathin, pero no había terminado de hablar hasta que Philimgar le interrumpió y se ofreció como voluntaria. No lo hacía para ayudar en sí, sino, deseaba impresionar a Bathin. Velth y Garthaborus asintieron; dejándose llevar por una pulsada sicalíptica que ruborizó la cara felina del anciano. Entonces, desenroscándose del brazo del infernal al que pertenecía, se dirigió directamente a la boca de aquel ciclón insidioso. A medida que las llamas la herían, ella se regeneraba hasta que creó unas escamas que parecían estalactitas de neón, cuyo delicado color malva brillaba dentro del rítmico y caótico fuego azul que la rodeaba con rudeza gangrenosa. Aquel espectáculo de color maravilló de nuevo el corazón vacío de Bathin; acelerando su motor, pulsar percibido por Velth y que degustó; llevándolo a un estado de confort por haber provocado dicha sensación en su compañera infernal. A medida que Philimgar descendía, sus escamas ganaban un brillo cada vez más vítreo incandescente y con una dureza de diamante titánico que desafiaba el ir y venir del aire colosal de las llamas color índigo que la envolvía en un frenético manifestar de poder. Sin embargo, aquel plasma demoniaco ya no le lastimaba… ella, Philimgar, había construido con su propio dolor una panoplia impenetrable. Ante su vulnerabilidad, un fuerte rugido hizo un eco brutal y, de pronto, las flamas se disiparon a medida que dichas centellas plasmáticas de dolor se difuminaban en el silencio ruidoso. Fue así que Purson y Bathin pudieron percibir el abismo con suma naturalidad: dividido en peñascos, en cada nivel se hallaba penitentes pagando con delirio frenético su deuda con Belial. Aquel precipicio era un espacio vacío y denso, en donde nada era visible hasta que un estruendo oscuro hizo temblar el suelo y, en medio de la turbación, se manifestó el funesto Belial, acompañado de su nefasto vapor que brotaba al andar de su carruaje carcomidamente pomposo; mientras salía de su gehena.

 

Cuando Salomón atrapó a Belial, su cuerpo físico estaba en un bosque de su provincia real y, en el mismo instante que el sabio rey parlamentaba con Belial dentro del mundo astral, en el plano tangible, el rey canalizó toda la energía vital del verde y frondoso sitio donde él estaba, además de un caserío aledaño, en el cual había 463 personas, más 550 reses, 600 ovejas, 245 aves, y demás seres vivos, sin olvidar a los árboles. Toda esa vida fue el pago de sangre que utilizó Salomón para poder sellar a este demonio; me explico, mandarlo al infierno y subyugarlo a su capricho. Para los mortales, todo era cuestión de energía y tenían razón. Y nosotros que somos energía plena, en conjunto, podríamos crear un sigilo capaz de romper la magia impuesta por el Rey mago…aquellas eran las notas que emanaba Purson; mientras desgranaba su estratagema ante Belial  y Bathin… Reunamos a todos los seres penitentes que están subyugados a nuestro capricho y que nos acompañen otros cuatro demonios más, así podremos salir, hice el cálculo y es perfecto. Si hacemos esto, tendremos la energía de no solo salir, sino de desprendernos del sello. - ¿Desprendernos? Interrumpe Belial con su voz de mil seres; manifestando un agudo desagrado que Purson supo manejar… -Sí, desprendernos… Desde que La Llave fue ocultada, nadie nos ha vuelto a invocar, es decir, el libro está perdido. Al hacer lo que les propongo, nos podremos librarnos como tal del sello. Con la energía que reunamos, podremos cambiar la solicitud de la atadura impuesta por Salomón y podremos sobrescribir en él e imponer nuestra voluntad y salir a dónde nos plazca. Un silencio se hizo, Belial digería lo escuchado igual que Bathin. Aunque, tal afonía fue cortada de improviso con la voz de Bathin, sonidos que no venían de la boca de ella, sino de las serpientes que la adornaban y acompañaban: -Es decir, si hacemos eso, ¿no podríamos volver acá? Ante aquella pregunta, Purson le contestó con punzante determinación: - ¿Acaso, quieres volver? Tras las notas de la voz de Purson apareció la múltiple de Belial con un determinante ‘sí’, yo deseo ir y venir a mi antojo, ante esto, que solución propones antes de que te los devore; puesto que ya me harté de ustedes… al decir esto, el vaho gris se expandió con gran rapidez; rodeando a los dos demonios. Un denso silencio empezaba a taladrar la paciencia de Belial y en el momento que del vaho brotaron un sin-número de manos, Bathin, sagaz y directa, interrumpió la acometida del infernal agresor: - No debemos sobrescribir... sino debemos destruir el sello. Ergo, reconstruyámoslo, cambiémosle toda su esencia. Dime usted, Purson, ¿es posible…? Purson, sin titubeo ante la presión que ejercía Belial, contestó afirmativamente. Aquella nueva solicitud llevaba un poco más de trabajo, mas no un imposible; ya que si Salomón pudo solidificar su voluntad en los sellos que los someten dentro del infierno, ellos también podrían hacerlo. El anciano con cabeza de león; montando un oso y acompañado de una serpiente, hizo aparecer un cayado y empezó, haciendo garabatos, a confeccionar un sello; cuyos sigilos canalizaran las ambiciones de todos ellos y, para cuando se activara pudiera roer la magia del noble elfo.

 

-Si sabía que se puede… ¿Por qué no lo expuso desde un principio? Increpó Belial con una penetrante desconfianza amenazante. Entonces, dichas sus palabras, el efluvio deletéreo, ere vapor pesado se alejó del todo de Bathin y empezó a moverse de nuevo, pero está vez sólo en dirección a Purson. Él, sin increparse, pero manteniendo una rigidez estática, no por miedo… sino de rabia, contestó: – Porque para hacerlo, para burlar totalmente el sello impuesto por Salomón, debemos hacer reliquias. Ergo, al hacerlo, nuestra consciencia y energía quedaría disuelta en dichos objetos y hasta que estos no sean reunidos en un mismo portador, estaríamos fracturados dentro del vasto meta-cosmos… incluso, sin psiquis alguna. Mas podríamos movernos a donde quisiéramos e influir inconscientemente, poco a poco, en alguien para unir las reliquias y volvernos en seres nuevos… una nueva raza: entidades espirituales y orgánicas al unísono. Entiendo, el olvido… respondió Belial, a su vez que su carruaje se desencajaba temblorosamente. Sin embargo, no suena mal, agregó Bathin. Mas, en Belial, la paz, sentir no palpado, empezaba a ser una convulsión en su interior. El no tiempo del báratro pasaba y Belial comenzó a revelar una confusión picante que se podía contemplar a simple vista: la vieja famélica sólo se rascaba bárbaramente la cabeza y miembros, incluyendo rostro; ocasionándose unas lesiones salvajes, heridas a las que Purson y Bathin estaban familiarizados en disfrutar. Mientras ella se arrancaba mechones sangrientos de su cenizo cabello de alambre; la otra, la joven, en cambio, dentro del fuego aciago que la envolvía sin carbonizarla, sacó una rota botella roída por la desdicha, un botellón de champán vacío y cuando se la puso en su boca, brotó de la nada un vino negro que se desbordaba de sus labios; lavando su femineidad abruptamente. Ante aquel espectáculo siniestro, el carruaje púrpura crujía y el vaho se movía de forma errática. Todo esto pasaba a su vez que el demonio decía: el olvido… olvido… olvido… Bathin solo sonreía mientras miraba hacia la nada y decía a ritmo del río de sangre que la rodeaba: un nuevo ser, novel, nouvelle… nova, nacer otra vez… νέα. Aquellas palabras parecían una cacofonía incomprensible, pero que Purson podía palpar. En el momento en que estos dos demonios se perdían en su éxtasis, él, Purson, mostraba una pasividad formidable para poder ocultar su cólera por haber mencionado aquello; dicho ritual de las reliquias era suyo, sólo suyo, de nadie más, una idea nacida del arrebato de su paranoia, pero ahora lo debió compartir para satisfacer su pulsar deseo de escapar del infierno.

 

… Finalizado el diálogo, Belial, borracho y lacerado, temeroso y excitado, quedó de visitarme pronto para poner en práctica la idea propuesta por las notas de mi sagaz mente. A su vez, se había comprometido de conseguir los otros cuatro demonios, poderosos como él y cuyo apetito había atrapado a un sinfín de penitentes. Pronto nos veremos, dijo él y al retirarse, el torbellino de fuego índigo volvió; pero esta vez con más estridencia y locura; mientras la sangre de los obeliscos fluía con estentórea ansiedad hacia arriba; cayendo así una lluvia roja que bañó a Purson y a Bathin. -Está emocionado. Aquella fue la observación de la diablesa que mirando a su compañero trinidad se despidió con un elegante y frío beso sobre la cabeza de Garthaborus, acto que hizo estremecer de enajenación a Purson. Luego de tal lasciva despedida, ella desapareció en medio del llanto y lamentación que evocaba dicho lugar lúgubre en donde se hallaban, lúgubre pero acogedor para ellos.

 

Ya dentro de su palacio esférico, Purson toma una copa y la llenó de las lágrimas de sus penitentes y, embriagado, empezó a cavilar la forma más óptima de sobrescribir el sello de cada uno de los que estuvieron presentes en la reunión. Dirigiéndose a un escritorio, se sentó frente a él e hizo aparecer las herramientas necesarias para su tarea. Mientras dibujaba, recargó las líneas con furia sobre el papel etéreo; exagerando las líneas como si fuese un castigo autoimpuesto por doblegar su ímpetu y hacer pública su idea secreta. Las líneas de los sigilos se marcaron con tanto ahínco, que sobre su mesa quedó grabado cada trazo realizado. Aunque no todo fue cólera; porque mientras estuvo en esa ocupación, él se sintió todo un artista a medida que rescribía la voluntad de Salomón. Aquel acto de rebeldía le llenó de paroxismo su vigor; sintiéndose vivo en dicha zona de muerte. Realizada tal mágica maniobra artesanal, se dirigió a ver sus dos compañeros de escape. Ni siquiera esperó la ausencia atemporal prescrita por la turbación de Belial, su deseo de romper la imposición de La Llave lo llevó frenéticamente a buscarlos. Primero acudió a Bathin, pero ni siquiera tuvo que buscarla, porque en la omnipresencia de dicha diabla, ella ya lo esperaba en la entrada de su alcázar esférico. – Sentí tu emoción y, pues, heme aquí… espero no ser impertinente, ya que, como tú, deseo romper la magia de Salomón, dijo ella mientras montaba su corcel, un ser amorfo de fuego violeta iridiscente, cuya velocidad violenta era un asombro, incluso para los corazones yertos de los habitantes del erebo.

 

Al llegar a la morada de Belial, este manifestó una sorpresa alegre por la presencia anticipada de los dos infernales (sí, los demonios pueden alegrarse, efímeramente, pero consiguen disfrutar de esta emoción de forma mórbida y morbosa). Sonriendo, hizo un chasquido con sus ocho dedos apareciendo, de tal forma, los otros cuatro señores infernales deseosos de romper su ligadura del brío de los sellos de Salomón… uno de ellos era Baël, todo un rey del infierno, lleno de una aristocrática decadente. Al surgir, miró con un atisbo peyorativo a Purson y Bathin, pese a que el infernal triada también era un monarca demoniaco, como Belial. Aunque estos dos infernales no se alteraron, sabían del comportar de sus semejantes, aún más la duquesa. Otro era Abigor, un ser infernal malditamente apuesto que podía ablandar toda superficie física o psíquica/emocional. A pesar de que él era un duque infernal, el pilar de su existencia era la guerra y por eso había desarrollado una arrogancia necrófaga y punzante hacia todo ser, sentir que le hizo mirar con desaire mordaz a Purson y a su compañera; girando su gallardo cuello en represalía a Belial, acto que este ignoró con desdén. Detrás de ellos estaba el conde Andromalius que quiso presentarse, pero Beleth, otro rey infernal le cerró el paso y dirigiéndose hacia Purson le cuestionó… - ¿Cómo es posible hacer eso, escapar del yugo de la magia de Salomón? Ante aquella incertidumbre afilada, el demonio trinidad contestó que con el poder ellos podían quebrar la mágica voluntad del rey mago. Para tal fin, ellos debían confeccionar un sello; cuyos sigilos canalizaran sus ambiciones; royendo la magia del noble elfo. Además, no debían preocuparse por la energía; pues los siete poseían a su merced una infinidad de almas y con ellas, su aura y su posible boleto de salida del erebo...  Todos excepto Bathin y Purson miraron a Andromalius y este, al sentir el peso de la contemplación demoniaca, asintió con su cabeza. Pero aquella presión de no desapareció; pues ellos aún no lo perdían de su penetrante campo visual. Entonces, el habló, ya que su palabra tenía un titánico peso hacia la verdad, y les dice que la musicalidad emanada de la boca de Purson es sincera. Al decir esto, los cuatro se miraron e introduciendo sus manos en sus respectivos pechos, sacaron en sincronía una hoja que revelaba sus sellos que, acto seguido, le entregaron a Purson para que este los sobrescribiera y así poder crear un nuevo macrosigilo que les permitiría escapar.

 

El demonio trinidad al recibir dichos símbolos, agregó, que para asegurar el objetivo y tener más probabilidades de romper las branas[2] que separan el infierno del infinito plano de lo tangible, los siete debían conceptualizarse… Salomón había hecho sellos de ellos y, con dichos símbolos mágicos, un libro. Por tal razón, Purson, junto con los otros seis demonios que lo acompañaron en dicha travesía, debían autocanalizarse en objetos para representar su cuerpo etéreo y su espíritu dentro del multiplano de la novena dimensión y, de tal forma, poder estar en todos lados al mismo tiempo, libres de la voluntad de La Llave. -La realidad cuántica, vociferó excitado uno de los demonios que había reclutado Belial; pues la verdad era su pilar existencial, mas otro, que adoraba la magia, le corrigió… así le denominan las entidades de carne, mejor llámalo Mundo espiritual.

 

Para tal fin, los demonios necesitarían buscar el material idóneo para esculpir sus reliquias. Y mientras cavilaban qué usarían, Andromalius aplaudió ante una epifanía que lo abordó ipso facto y agregó que tenía el material perfecto para emplear en dicha tarea artesanal: oro… Sé dónde hay yacimientos de oro aquí en el infierno. Aquel elemento era perfecto para confeccionar dicha obra, nacido de las estrellas, enterrado durante eones dentro del infierno, aquel era un elemento inmaculado. Pero, ante la idea, Purson le cuestionó que cómo era posible si dicha materia estelar absorbe aquello nocivo espiritualmente, entonces, debía estar corroído y putrefacto dentro del infierno, como todo el suelo estéril donde ellos estaban parados. Ante tal aguda apreciación, Andromalius le explicó que dicho material estaba dentro de los dominios de Lucifer, cuyo orgullo le permitió mantener incorrupto dicho metal. Finalizadas sus palabras y mientras los demás vociferaron en voz muerta, el conde se dispuso a señalar el lugar, mas un cuerpo obstaculizó su dedo índice… era Paimon, un rey demoniaco que, como conocedor de las artes oscuras, signos inefables surgieron de la nada ante él y este, tan imponente como aterrador, los descifró con una rápida avidez, característica de todo un seductor del poder. Fue así como se enteró de los planes de los otros demonios y picado por el interés (además de la complicidad que compartía con el Señor del Orgullo, la Luz de la Mañana) concentró su aura para encontrar el lugar en donde estaban reunidos los siete demonios; apareciendo de improviso y convirtiéndose en una verdadera amenaza para el destino de Purson y los demás.

 

 



[1] Símbolo que representaba un deseo y que se activa (manifestación real dentro de la realidad tangible) con la exaltación de aquel que lo realiza.

[2] Paredes energéticas que separan las realidades o planos entre sí.

Thoughts

  • cuatrocafes

    Belial se despide con una lluvia de sangre porque está emocionado. Hasta los demonios se van mal cuando han bebido de más.

    Permalink
  • solo_curioseo

    Philimgar bajando al abismo mientras sus escamas se vuelven diamante fue lo que más vi. El relato «Vete al infierno, Stein», de Margencero, también desciende entre colores hacia un planeta.

    Permalink
  • solo_curioseo

    Me quedé pensando en que el ritual de las reliquias era de Purson y de nadie más, y aun así lo tiene que soltar para que Belial no se los coma. El capítulo entero va de siete demonios que se detestan y que tienen que fiarse unos de otros porque solos no salen. Y la factura ya la pasó Salomón con las 463 personas y las reses contadas una a una. Si salir cuesta lo mismo que entrar, pagan otra vez los penitentes.

    Permalink

Publicaciones relacionadas

Pública 0 conversaciones 3 pensamientos 26 votos positivos 0 votos negativos 0 series

VIII

En grupos