Combatiendo a lo triste en una anáfora de ritmos, ahogo mis problemas en una ánfora de vino.
El crítico hace daño: hoy muéstrame tu cuaderno. Allá arriba en la tarima, juro no podrías conmigo.
Levitando en renglones con cuartas ya conocidas, recuerdos encontrados de aquellas noches perdidas.
El lector me hace preguntas del sentido a mis escritos; le contestaría si el mostrará el de la vida.
Cansado de la ira, hoy sé cuánto la mujer daña: al soltar las espinas, me pican en las entrañas.
Las deudas me levantan más a fuerza que de ganas; ganas de seguir no tengo, la libreta no me llena.
La agonía no se disuelve en el ácido del pasado; el tic‑tac del reloj se me ha vuelto más pesado.
Me rodea varía gente y sigo sintiéndome solo, mi familia llama Dios, pero no llega el consuelo.
Me caigo y me levanto, y escribo paso por paso; pasé por las tragedias y pasaron los fracasos.
Me quiero arrepentir y mi llanto se oye falso; el Señor me rechaza, pues sabe que no soy santo.
— Jorge Guzmán