ANDRO ESPÍA
Capítulo 3 — El mundo que aún existía
La luz blanca se apagó de golpe.
Ethan cayó de rodillas sobre asfalto limpio y seco.
El impacto no fue fuerte, pero la desorientación sí. Por un segundo su sistema no entendió qué estaba pasando. Los sensores intentaban recalibrarse. El ojo analítico parpadeaba con errores de fecha y ubicación.
Luego el aire llegó a sus pulmones sintéticos.
Olor fresco.
Sin metal quemado.
Sin radiación residual.
Sin el sabor amargo de la Zona Muerta.
Ethan levantó la cabeza lentamente.
Estaba en medio de una avenida amplia. Edificios altos y brillantes se elevaban a ambos lados, con pantallas holográficas anunciando productos, películas y noticias que ya no existían en su tiempo. Personas caminaban con prisa. Un hombre discutía por teléfono. Una mujer reía mientras sostenía un café. Un grupo de adolescentes cruzaba la calle mirando sus dispositivos.
Todo estaba… vivo.
Ethan se puso de pie con cuidado. Activó el ojo analítico.
—Fecha actual: 12 de marzo de 2107 —murmuró para sí mismo—. Hora: 09:47. Ubicación: Nueva York, sector este. Niveles de radiación: normales. Contaminación atmosférica: aceptable. Firmas de vida humanas… miles.
Se quedó quieto en medio de la acera, dejando que la gente pasara a su lado. Nadie lo miraba dos veces. Para ellos solo era un chico de diecinueve años con una chaqueta oscura.
Ethan soltó una risa baja y casi incrédula.
—Vale… funcionó.
Estoy aquí. Dos días antes del fin de la mitad del mundo.
Caminó hacia una esquina y se detuvo frente al escaparate de una cafetería. En el reflejo del vidrio se miró a sí mismo. El mismo rostro. La misma apariencia humana perfecta. Solo que ahora estaba rodeado de un mundo que todavía no sabía que estaba condenado.
—Noah debería estar viendo esto —susurró—. Se volvería loco escaneando cada detalle. Y Maya… Maya diría que el café de aquí se ve mejor que el de la base.
Sonrió un poco ante el pensamiento, pero la sonrisa se le borro rápido.
Activó la invisibilidad. Su cuerpo se volvió transparente. Solo un leve destello del aire lo delataba si alguien miraba con demasiada atención. Luego se elevó con la propulsión a baja potencia y se deslizó hasta el tejado de un edificio de oficinas.
Desde arriba la ciudad se veía aún más imposible. Limpia. Ordenada. Llena de ruido y movimiento.
Ethan se sentó en el borde del tejado, con las piernas colgando, y habló en voz baja, como si Noah pudiera escucharlo a través del tiempo.
—Oye… si estuvieras aquí, dirías que estoy perdiendo el tiempo mirando el paisaje en vez de buscar el cubo. Y tendrías razón.
Activó el ojo analítico a máxima potencia y comenzó a barrer la ciudad en busca de firmas energéticas anómalas.
Pasaron varios minutos.
Luego el sistema encontró algo.
—Firma energética residual detectada. Coincidencia con Cubus Dominii: 87 %. Distancia: 1,4 kilómetros. Dirección: norte. Zona industrial abandonada.
Ethan se puso de pie.
—Ahí vamos.
Se lanzó sobre los tejados, moviéndose en silencio gracias a la propulsión y la invisibilidad. En menos de dos minutos llegó al distrito industrial. La mayoría de los almacenes estaban en uso, pero uno de ellos, al final de una calle estrecha, parecía abandonado. Las ventanas estaban rotas y la puerta principal tenía cadenas oxidadas.
Ethan descendió y desactivó la invisibilidad solo cuando estuvo dentro.
El interior era amplio, vacío y olía a polvo y humedad. En el centro del piso de concreto había una marca circular quemada, como si algo hubiera aterrizado con violencia desde el cielo. Alrededor, pequeños fragmentos de metal negro flotaban a unos centímetros del suelo, desafiando la gravedad.
Ethan se acercó con cuidado y se arrodilló.
—Residuos del Cubus Dominii… —murmuró—. Estuvieron aquí. O al menos una parte de ellos.
Extendió la mano y tocó uno de los fragmentos con la yema de los dedos.
Una descarga fría le recorrió el brazo. Imágenes fragmentadas explotaron en su mente durante un segundo:
Un cielo negro.
Naves alienígenas destrozándose entre sí.
Un cubo cayendo envuelto en llamas a través de la atmósfera.
Y una mano humana tocándolo por primera vez.
Ethan retrocedió, respirando agitado.
—Alguien lo encontró. Alguien lo tocó. Y eso fue el principio de todo.
Se quedó mirando los fragmentos en silencio durante un rato largo. Luego habló otra vez, más bajo:
—Noah… Maya… si pudieran ver esto. El mundo todavía está entero. Todavía hay gente riendo en las calles. Todavía hay niños en los parques.
Y en dos días… la mitad de todo esto desaparecerá.
Se puso de pie y guardó uno de los fragmentos más pequeños dentro de un campo de contención improvisado con su energía solar.
—Misión oficial: observar. No intervenir.
Pero… ¿cómo se supone que uno solo observe algo así?
De pronto, una voz resonó detrás de él.
Fría. Calmada. Casi divertida.
—Esa es una muy buena pregunta, viajero.
Ethan giró al instante. Desactivó cualquier resto de camuflaje y levantó el brazo, cargando una esfera de energía en la palma.
Una figura estaba apoyada contra la pared, entre las sombras. No podía verle el rostro con claridad. Solo una sonrisa pálida y unos ojos que brillaban con un tono imposible de identificar.
—¿Quién eres? —preguntó Ethan, voz firme.
La figura dio un paso adelante, sin prisa.
—Alguien que lleva mucho tiempo esperando que llegaras.
El cubo ya sabe que estás aquí, Ethan.
Y eso… lo cambia todo.
FIN DEL CAPÍTULO 3.