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Algunas almas solo están destinadas a encontrarse

seavienbyyeni
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Dicen que algunas almas están destinadas a encontrarse, aunque no siempre estén destinadas a quedarse.

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Dicen que algunas almas están destinadas a encontrarse, aunque no siempre estén destinadas a quedarse.

Durante mucho tiempo me costó entender esa idea.

Porque cuando alguien llega a tu vida y consigue tocar una parte de ti que nadie había tocado antes, lo último que imaginas es que algún día tendrás que aprender a vivir sin esa persona.

Yo también pensé que encontrarnos tenía que significar quedarnos.

Pensé que si la vida había hecho coincidir nuestros caminos, si habíamos llegado a conocernos de una manera tan especial, entonces seguramente había un motivo para que permaneciéramos juntos hasta el final.

Y quizá sí había un motivo.

Solo que no era el que yo imaginaba.

Tal vez algunas personas llegan para acompañarnos durante una etapa.

Para enseñarnos algo.

Para mostrarnos una versión de nosotros mismos que todavía no conocíamos.

Para regalarnos recuerdos que algún día vamos a mirar con nostalgia.

Y después, cuando llega el momento, los caminos simplemente empiezan a separarse.

Eso no hace que el encuentro haya sido menos importante.

Al contrario.

Hay personas que pasan poco tiempo en nuestra vida y dejan una huella que permanece durante años.

Personas que quizá no estuvieron para siempre, pero estuvieron justo cuando necesitábamos vivir aquello que nos tocaba aprender.

Yo tuve que aceptar que no todo encuentro tiene como destino una permanencia.

Algunas personas llegan para quedarse.

Otras llegan para enseñarnos a soltar.

Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.

Porque cuando yo quería que alguien se quedara, buscaba razones para pensar que todavía había una oportunidad.

Me aferraba a los recuerdos, a las conversaciones, a los momentos buenos y a todo aquello que alguna vez me hizo pensar que nuestra historia podía tener otro final.

Me costaba aceptar que algo podía haber sido bonito y, aun así, terminar.

Pensaba que si terminaba, entonces todo lo que había sentido había sido en vano.

Pero con el tiempo entendí que una historia no pierde su valor simplemente porque no duró para siempre.

Lo que vivimos existió.

Lo que sentí fue real.

Lo que aprendí también.

Y aunque hoy esa persona ya no esté donde alguna vez estuvo, no necesito borrar su lugar en mi pasado para poder seguir adelante.

Puedo agradecer el encuentro sin seguir esperando el regreso.

Puedo recordar sin querer repetir.

Puedo extrañar algo que fue importante y, al mismo tiempo, entender que ya no me pertenece.

Quizá esa sea una de las partes más difíciles de crecer:

aprender que algunas personas fueron exactamente lo que necesitábamos en una etapa de nuestra vida, pero no necesariamente lo que necesitamos en todas las que vienen después.

Y no siempre hay un culpable.

A veces simplemente cambiamos.

Cambian nuestras prioridades.

Cambian nuestros caminos.

Cambiamos nosotros.

Y llega un momento en el que seguir intentando permanecer en una historia que ya terminó solo consigue convertir un recuerdo bonito en una herida que no deja de abrirse.

Por eso hoy no quiero pensar que nuestro encuentro fue un error solo porque no duró.

Prefiero pensar que hubo una razón para coincidir.

Quizá para conocerme mejor.

Quizá para aprender a querer.

Quizá para descubrir qué quiero y qué ya no estoy dispuesta a aceptar.

Quizá para entender que amar a alguien también significa saber cuándo dejar de insistir.

No sé cuál fue exactamente el propósito.

Tal vez nunca lo sepa.

Pero sé que aquella persona dejó algo en mí.

Una enseñanza.

Una memoria.

Una parte de una historia que siempre será mía, aunque ya no forme parte de mi presente.

Y creo que está bien.

Está bien aceptar que hubo personas que quise y que ya no están.

Está bien recordar con cariño sin querer regresar.

Está bien admitir que alguna vez imaginé un futuro con alguien y después descubrir que la vida tenía otro plan.

Porque no todos los encuentros tienen que convertirse en para siempre para haber sido especiales.

Algunas personas simplemente llegan, cambian algo dentro de nosotros y después siguen su camino.

Y quizá nosotros también hacemos lo mismo en la vida de otras personas sin siquiera saberlo.

Por eso, si alguna vez vuelvo a pensar en alguien que ya no está, quiero dejar de preguntarme por qué no se quedó.

Quiero aprender a preguntarme qué me dejó su presencia.

Porque quizá esa sea la verdadera razón de algunos encuentros.

No para acompañarnos durante toda la vida...

sino para encontrarnos en el momento exacto, enseñarnos algo que necesitábamos aprender y después dejarnos continuar nuestro camino.

Y aunque al principio duela aceptar que no todas las personas que encontramos están destinadas a quedarse, hoy prefiero verlo de otra manera:

quizá algunas almas no llegan para escribir toda nuestra historia, sino para formar una parte de ella que, aunque termine, nunca dejará de haber sido importante.

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