Viejo bodegón que en tus paredes quedaron, impregnado los olores, de una infancia tan mezquina. Donde mí padre nos llevaba a almorzar en familia, sólo una vez al mes, no siempre se podía. Era él lugar especial, de exquisita cocina, cubiertos muy pesados y platos de loza fina, pero yo más me ocupaba de observar con admirable idolatría, ese amado ser abrumado, de cansancio, de enfermedades y prisas, nos regalaba su amor y su mejor sonrisa, aunque por dentro sentía que se le terminaba la vida. Ese viejo bodegón que hoy es un puñado de ruinas, se llevó en sus escombros, imágenes que no se olvidan, la mesa tan bien servida, con mí madre a la derecha, mis hermanas a la izquierda, y el ahí en una punta, como un jefe, dominando todo lo que acontecía, y su vos tan elocuente, retumbando me decía, no te quemes, concomida no juegues, deja lugar para el postre.