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Una cita fallida...

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Pensamiento

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Una_voz

Tu historia atrapa de principio a fin, la narrativa es precisa, los personajes están bien desarrollados. Cada uno tiene su propia psicología, aunque le heches tierra a la psicología jajaja. Los consejos mas sencillos son los que al final nos construyen.…

Tu historia atrapa de principio a fin, la narrativa es precisa, los personajes están bien desarrollados. Cada uno tiene su propia psicología, aunque le heches tierra a la psicología jajaja.
Los consejos mas sencillos son los que al final nos construyen. Gracias por este bálsamo en esta noche tan melancólica en la que quizás lloro, o quizás ahora río, o quizás ambas por lo imposible que puede llegar a ser el verdadero amor, cuando se pierde.

Contenido de la publicación

Afuera está fresco, más de lo que debería. Aún hay gente caminando y vehículos, pero el horario de salir ya pasó. Adentro, en el pequeño café, está calentito e iluminado con luces amarillas. La dueña, la señora Prune, dice que así tiene más aire de café familiar, donde uno puede reunirse con amigos o novias o novios. Pero la señora Prune no tiene esposo ni esposa ni hijos, se dice que ella siquiera jamás se casó porque los hombres son muy superficiales para ella. Pero su hermana, la señora Moore, si se casó y tuvo una linda niña, la cual siempre va al café y obtiene gratis todo lo dulce que hay. 

Esta noche, una de viernes, donde algunos jóvenes con amigos o novias o novios vienen a sentarse y charlar, no hay nada raro. La sobrina de la señora Prune, de unos catorce años, estaba charlando en la mejor mesa del local con sus amigas, todas niñas bien lindas y educadas. En otra mesa había una pareja de universitarios que charlaban de política o literatura o de alguna guerra actual o vieja. En la zona de sillones, donde uno siempre está más cómodo, hay tres amigas que están estudiando mientras comen porciones de torta de distintas variedades: una de limón, otra de fresa y otra de chocolate. Todo es profundamente normal. 

Hasta ese chico, sentado en una mesa de dos en la esquina más alejada y fría del local, porque justo allí está todo vidriado y el frío se escurre. Él lleva sentado un tiempo, solo con un vaso de agua, cortesía de la casa. Había estado mirando el menú una y otra vez, pero sin hacer pedido. Su pierna subía y bajaba inquietamente mientras él miraba por los grandes cristales. Una de las meseras, de las que trabaja medio tiempo y es nueva, dijo que seguramente lo dejaron plantado, que él luce como un chico plantado. Pero a María no le parecía que él fuera un chico plantado: lucía bien, tenía buena ropa y parecía tranquilo, ¿por qué lo plantarían?. Seguramente debe ser cuestión de carácter. 

Con calma, ella se acercó, con una sonrisa amable, a pasos lentos pero firmes y preguntó al joven si él pediría algo. Él aceptó y pidió un café y una dona de chocolate. Elecciones básicas pero seguras, pensó ella mientras escribía el pedido con calma. Ella le sonrió al chico y fue a preparar el pedido con la misma calma y costumbre de siempre. 

Mientras ella colocaba la taza en la cafetera, notó como el chico estiraba su cuello para ver mejor quienes pasaban por los grandes vidrios frente a él, pero nadie se sentó a su lado, ni una chica ni un chico. Pobre alma, pensó María mientras acomodaba la taza de café en la bandeja, junto a una gran dona de chocolate y... un pequeño chocolate envuelto en papel dorado, regalo de la casa, dijo ella cuando lo entregó. El chico le sonrió. Por primera vez en una hora ella lo veía sonreír. Ambos se sonrieron y ella se fue a donde necesitaba seguir con su trabajo.  

Unos minutos después, quizás unos veinte, el chico ya no tenía nada en la mesa, solo los estragos de lo que fue su café y su dona. Maria colocó la bandeja en la mesa y comenzó a limpiarla mientras el chico la miraba, ella volvió a sonreír, porque eso hace uno con los clientes: sonríe y sonríe hasta que sus mejillas se entumecen. 

—Está fresco esta noche, ¿no?. —pregunta ella casualmente mirando al joven, sacando una conversación amena porque la mirada colorida de él era más intensa de lo que seguramente él pensaría. 

—Ah, si, si… Pero hubo noches peores. 

—Siempre hay noches peores. —responde ella, aunque no supo si realmente había hablado del clima o de algo más profundo, tampoco supo si el joven entendió el quizás doble sentido de su frase, pero, por el asentimiento rápido de él, quizá lo hizo, quizá no. 

—¿Traigo tu cuenta? 

—Ah, si… Claro. 

Él chico miró a la mesera, de estatura baja y de cuerpo menudo, la cual se mueve con gracia y firmeza a pesar de sus piernas pesadas. Ella luce tan tranquila, como si afuera no existiera la posibilidad de que caiga nieve y los caminos se pongan feos, o como si nada, ni la nieve misma, pudieran estropear la serenidad que ella parece tener. Cuanta envidia, por un segundo, lo invadió: ¿por qué no podía tener esa serenidad?, ¿que le faltaba?. No lo sabe y odia no saberlo. 

Por ahora, su mente volvió a recordar que fue plantado por una chica a la que seguramente no volvería a saludar porque le daría mucha vergüenza tener que verle la cara. Al menos que la chica se disculpara primero, entonces él no tendría el ego tan herido ni se sentiría tan miserable. ¿Por qué ella lo había plantado? seguramente algo que él dijo, o que él hizo, o quizás algo que él no dijo ni hizo. No lo sabé y capaz jamás lo sepa. Cuanto dolor genera la incertidumbre de no saber porque uno es rechazado. 

La cuenta llegó y él pensó: ¿por qué no preguntar a una mujer por qué otra mujer planta a un hombre?. A fin de cuentas, él ni siquiera conoce a la mesera y ella parece amable y él no tiene porqué sentir vergüenza de tal pregunta a un extraño. Él vio el nombre de ella en su mandil, el cual estaba escrito con una letra cursiva muy linda.

—María, dime, ¿por qué una chica planta a un chico?. 

Ella lo queda mirando, perpleja de la pregunta tan directa mientras el joven coloca el dinero en la mesa. Ella suspira. 

—Bueno… Que pregunta… Quizás ella no sintió afinidad, a veces las mujeres tenemos ese sexto sentido… O quizás a ella le sucedió algo de último minuto. Puede haber miles de razones. 

La respuesta a él no le bastó en el interior, en lo profundo donde su enojo lo carcome, pero, en la superficie, donde todo está más frío e intelectual, él encontró sentido a sus palabras. Él la mira fijo. 

—¿Tú has plantado a alguien, Maria? 

—No, nunca. 

—¿Nunca?

—Nunca, me parece algo malo de hacer.

Él asiente.

—Algo malo de hacer por cuestiones de modales, me refiero. No quisiera hacer perder el tiempo a nadie… Además prefiero intentar… y decir las cosas de frente. Siempre es bueno decir las cosas de frente.  

—Tienes razón. Es bueno decir las cosas de frente. 

Las palabras de María sonaron mezcladas, poco pensadas. Y así lo eran. Ella había divagado porque quería continuar hablando con el extraño, no porque quisiera hablar con él en sí, sino porque quería dar algún consejo o ayudar a un pobre joven con cara de afligido. Ella recuerda su adolescencia y como está es tan caótica y cruel. Ella solo quiere ser buena, desde lo más profundo de su corazón. María vuelve a ver al chico e ignorando esa voz que siempre le dice que deje de hablar de más, ella pregunta.

—¿Puedo darte un consejo, chico?

Él la mira, algo descolocado, sorprendido de la pregunta de ella pero, asiente. No es que él espere un gran consejo de ella ni que María resulte ser la Virgen María quien resolverá todos sus males, pero, esta María, tiene una mirada honesta que él no cree haber visto antes. 

—Lo que hagan o digan los otros, es decir, las otras personas, reflejan quienes son ellos. Y ese qué decir y qué hacer no tiene relación con tu valor como persona. 

Ella estaba nerviosa y jugaba con el anotador pequeño en sus manos, sin mencionar que se mueve de adelante a atrás de forma leve sobre sus pies. Sus mejillas y orejas se habían puesto rojas y eso era aún más obvio por su piel pálida. Él estaba por reírse, decir algo burlón o sarcástico, pero ella volvió a hablar. 

—Sé que suena a consejo mediocre, pero cuando realmente entiendes cada una de las palabras, algo cambia en uno. Lo juro. También me rechazaron cuando era adolescente y creí que el mundo acabaría, pero no lo hace. El mundo jamás se termina… Lo que quiero decir es que, no te sientas triste solo por el actuar de alguien más, el cual, repito, no tiene que ver con tu valor. 

Esta vez, ella lo miró fijo, como si así sus palabras fueran más serias y firmes, aunque fuera el mismo tono que las anteriores. María sonríe con timidez y vergüenza de quizás haber sido muy intensa con su pequeña charla y consejo que nadie le pidió, pero se sentía orgullosa de poder haber hablado con un extraño de algo que era realmente profundo, al menos para ella. 

Él la observó por unos segundos y no encontró burla en su mirada ni nada de malicia. Solo sinceridad. Pureza. Ella genuinamente quería ayudarle y darle un consejo de corazón. En sus diecisiete años de vida jamás creyó encontrarse con alguien tan… así, transparente. ¿Quién daba buenos consejos hoy en día? ni siquiera los malditos psicólogos. Nadie, hoy en día, en este mundo tan ensimismado, se detendría a darle consejos a un adolescente solo porque una chica no llegó a una cita. Simplemente le dirían que deje tonterías, que sea un hombre, o que los sentimientos son cosas de chicas. Pero no María, ella hizo todo lo opuesto: le dijo palabras bonitas y sabias y lo entendió incluso si no se conocen. 

—Gracias, María. 

Ella sonrió de vuelta, esta vez mostrando los dientes, feliz, contenta, y se llevó el dinero mientras caminaba de forma más segura que antes, casi con un ritmo, como si ella estuviera bailando en su cabeza. 

Él se levantó de su mesa de dos, se despidió de María con la mano y salió del café. Se sentía más liviano, tranquilo, como si su cita hubiera funcionado, porque de alguna forma, así lo hizo. 

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  • Una_voz

    Tu historia atrapa de principio a fin, la narrativa es precisa, los personajes están bien desarrollados. Cada uno tiene su propia psicología, aunque le heches tierra a la psicología jajaja.
    Los consejos mas sencillos son los que al final nos construyen. Gracias por este bálsamo en esta noche tan melancólica en la que quizás lloro, o quizás ahora río, o quizás ambas por lo imposible que puede llegar a ser el verdadero amor, cuando se pierde.

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