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Un mañanero

Simon_Chiari
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Simón Gòngora

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Pensamiento

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Entonces la música es lo que diferencia cada día. Todo lo demás es igual, ¿o hay algo más?

Entonces la música es lo que diferencia cada día. Todo lo demás es igual, ¿o hay algo más?

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Como de costumbre me levanté a las muy 6:30 a. m., tal vez más temprano aunque con dificultades; usualmente la guerra mental y la pereza mañanera hacen que se alarguen los minutos intentando conciliar el sueño después de despertar por el estruendo de la alarma genérica que ni siquiera me molesté en cambiar: es tal vez lo más irritable del día. Aunque la lucha se postergue y sea continua día a día, tiene algo interesante: cada vez que se pierde la batalla con el sueño y el anhelo cómodo del calor propio de uno, se empieza a propagar una serie de frases mientras ese conflicto se da: «En 15 minutos me levanto», «tengo todo preparado», «voy a descansar un poco más» o, en otros casos, «voy a descansar los ojos y a meditar un rato para desestresarme». Es curioso, y aún más cuando ese cansancio exasperante es una retahíla diaria y, por sobre todas las cosas, una serie de reseñas genuinamente habituales.

​Así empieza mi día rutinario, con una primera guerra que se supera después de entender que estoy yendo más tarde de lo normal y ni siquiera he tocado una gota de agua, lo que implica una reacción más preocupante: la alarma que sonó a las 6:30 se postergó hasta las 7:15, lo que desfigura el deber ser de una planeación llena de expectativas y moralidad. Creo que uno se levanta después de cambiar el discurso dentro de sí mismo, esa intimidad tan característica de la mañana; ya no es «quiero dormir más», ahora es: ¿por qué me levanto?, ¿qué depara el día de hoy?, ¿por qué sueño hoy?.

​Aunque no lo parezca, soy alguien muy radical con esos pensamientos, y más cuando el poder de conversar y charlar con alguien que está dentro de sí mismo es un hábito normalizado. Es por eso que la razón de entenderse es tan compleja; día a día tengo el mismo cuento, el mismo reto, aunque sé que no es sano del todo, ni siquiera tiempo para preparar un desayuno o tomarme un vaso de agua. Aunque eso pase, no es del todo malo: hay días más pesimistas que otros, y conocerse en esos momentos es tan importante como el uso de protección en una atracción de un parque extremo; el riesgo de salir volando y perderse en el aire que respira el otro es tan posible como estamparse en el suelo que espera junto a la eternidad, con esa tez fría y grisácea, a que uno sea parte del mismo todo.

​Y eso, aunque al leerlo no tenga sentido con que no sea malo, sí lo tiene cuando el reflejo automático de poner el dedo índice de mi mano derecha en el costado también diestro de mi teléfono desbloquea una pantalla llena de identidad, llena de vibras y vida en otra realidad. Es curioso, pienso mucho en que esta relatividad de vidas y compartimiento constante con otra modalidad de convivencia ayuda a entender que la realidad es un fragmento que se especializa en la continuidad de campos: algunos se concentran de vez en cuando, otros lo están más tiempo, quizá unos son más intermitentes, otros en sus pensamientos deslizan de arriba abajo o de abajo arriba, y otros no se conectan aunque exploren en más lugares. No precisamente hablo de las redes sociales, sin embargo es curioso porque esa es nuestra vida. Así, mi intermitencia y pertenencia fiel al grupo que no se desliga de una realidad y esta constante toma la primera acción posterior al despertar.

​Tras el mareo de la angustia de ir tarde tras desbloquear el teléfono, lo primero es desconectar el cargador de la toma corriente, porque si uno duerme y el otro carga, tal vez se amanezca con más energía: una quita el sueño y el otro da energía; aunque más por menos sea menos, las emociones y discernimiento de costumbres es más poderoso que eso, creo. ¿En qué momento uno se transforma en un ser adulto con energía de reserva cargando a un sistema para alimentar su día a día? (a decir verdad creo que no importa planteárselo), aunque tal vez la rapidez o inconsciencia del actuar humano me lleva directamente a la dimensión que no toco o palpo, solo obedece, desliza, abre, retrocede y avisa, muy distante a la que a uno le preocupa día a día, la hostil vía del tacto y los sentidos. Sin tantos rodeos, sé por el orden de mis mundos en el teléfono cómo están organizados y por qué de tal forma; es automático, creo que hasta sé dónde está cada aplicación sin verlo.

​Es intrigante: existe en mí un reflejo que me coloca en una situación graciosa (para mí mismo); tras desbloquear con el biométrico y saber dónde están las aplicaciones, siempre doy un giro más, un movimiento horizontal con los dedos en el que cambio de pestaña y me pierdo. En el momento en que empiezo a revisar de más y recuerdo que existen otras angustias, otras aplicaciones con mensajes numéricos en rojo y llamados de adulto, una notificación del banco es posiblemente lo primero que veo y omito tras ese ejercicio de reflejo. Leo a medias, como si eso arreglase algo; es como dejar de mirar cuando se cae o tropieza una meta, hay que amortiguar aunque no tenga gran sentido de valentía.

​Corrido a esa experiencia veo un correo explotado de mensajes que ya ni miro, ofertas de trabajo en las que la postulación dura más de dos meses sin siquiera ser revisada, o ilusiones interesantes, premios de descuento en la aplicación de ropa y cosas baratas. A decir verdad desistí de la bandeja de entrada, he destinado más tiempo a filtrar entre miles de correos que estorban y abruman; es tan tensionante o incómodo ver el buzón de uno mismo sin que parezca el de uno mismo, que lo mejor es cerrar y volver nuevamente a la acción que se tenía pensada inicialmente (es curioso, pero parece que la conciencia de la dispersión personal se ha normalizado: la gente quiere hacer algo y después hace otra cosa; conciencia sin eficacia no es más que dedos sin uñas; también es curioso que haya tantos mensajes como preocupaciones, solo con una pequeña diferencia: ¿quién está cargado y quién no?).

​Tras el silencio de cortar el despampanante estruendo y la experiencia de responsabilidad omisiva, busco lidiar con la desmoralización del querer descansar, querer dormir bien tras un trasnocho aunque necesario, constante y agotador. Las obligaciones de un joven dependen profundamente de lo que esté dispuesto a sacrificar con el pasar del tiempo: los años de belleza, gloria e irracionalidad, por la uniforme vida del crecimiento y sosegar de la tranquilidad incómoda, aquella que propone un trabajo formal y un sueño de neutralidad. No es malo, pero sí simple; sin embargo, como meta es lo aceptable. El sacrificio es voluntario: si se tiene la oportunidad de obligarse a algo, hay que hacerlo sin pensar en lo que se deja atrás. El «hubiera» no existe y el futuro sin presente tampoco, o bueno, por lo menos eso me digo.

​Más conversaciones en pequeños lapsos: eso es el flujo de hablarse mientras se comprende la adicción a algo, en mi caso, a hacer pereza y dormir un par de minutos más y, cómo no, darle ruido al silencio que incomoda al despertar y brinda desprestigio autónomo. Es como soldar con estaño una barricada para hacer un cuadro metálico: sin darse cuenta todo fluye hasta que se quema la punta y no junta más. Música para el músico, música para el triste, música para el joven, para el desahuciado e infinidad de seres. Sin pensarlo mucho, solo quiero recitar armonía con el despertar, un poco más de ruidaje que genere satisfacción para seguir el día a día, motivación autoimpuesta junto a preocupaciones, pero con una motivación más: una motivación lírica, un algo sin forma.

​ Así, la mañana tardía se convierte en una carrera en donde la serie de la vida de un muchacho un poco disperso pero impenitente se desarrolla, con un trastocar diverso de fondo, con una historia distinta destinada por los sonidos de un gusto culposo y un teléfono cargado con miles de notificaciones sin revisar conscientemente; pese a eso, hay algo claro: habrá música, habrá ilusión. La música es esencia y atmósfera; cada tres o cuatro minutos es la misma escena, un poco más avanzada, pero con un trasfondo y energía distinta. No es la misma canción, no es el mismo género: es solo la austera oportunidad de vivir entre crecimiento y bendiciones. No hay mayor resistencia que sonreír, llorar, sentir. En las mañanas mi cuerpo, aunque acostado o moviéndose automáticamente, por dentro está en una clase de fiesta, un éxtasis colorido y variable.

​Para algunos las mañanas están llenas de acción y afinidad, complicidad inclusive: conversaciones con otros, intercambios de temperatura con la estufa, saltos de aceite y ruido de frituras; unos encienden la estufa con una llama ligera y modesta, ponen una olla o tintera y preparan el vicio más genuino, un café. Otros más afortunados, según yo, amanecen acompañados, entrepiernados y entre vivos con una malicia más natural. ¿Algo así como un mañanero? Eso es: todo es un mañanero, todo es una forma de empezar la batalla. Para mí es otro campo. Mi mañanero no es el café, ni freír huevos, menos estar entrepiernado con alguien: es reproducir los melismas de un artista, corear la estrofa más pegajosa y, cómo no, despedir la coda con una sonrisa. Ese es mi mañanero.

​ Quizá la vida se trate de reconocer esa dicotomía entre el no querer hacer algo y compartir con las preocupaciones que interrogan a diario sin respiro —como son las deudas, el miedo a fracasar en una sociedad tan compleja y desinteresada del presente y austera en el futuro que no ha transformado—; entre tanto vacío y espacio lo mejor es encontrar en las pequeñas revanchas una forma de combatir contra esa indiferencia, y cómo no, cada uno encuentra la suya. La mía tiene sonido. No transforma la pesadez en ligereza, pero sí en berraquera.

​La mañana y la vida siguen con sus fantasmas, sus piedras y rencillas; aun así ¡habrá música, habrá expectativa! Habrá jóvenes que anhelen sumirse en sueños y vivir del presente que avizora fragilidad y dolor en el sendero, pero sin que olviden que tropezar con ellos no está mal: lo malo sería encariñarse de aquello que no deja cantar ni ver el sol y lo que refleja.

Thoughts

  • capitulopiloto

    Entonces la música es lo que diferencia cada día. Todo lo demás es igual, ¿o hay algo más?

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  • Tulipina

    Eso de levantarse a las 6:30 y no poder. Toda la mañana así. Es la realidad de cualquiera que madruga.

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  • RominaB84

    La música es tu hora. La mía es cuando todos están en la cancha y yo en el auto con la radio bajita. Parece que todos tenemos que robar eso de algún lugar.

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  • RodrigoLezama

    Yo leo los últimos veinte minutos antes de que se despierte alguien en la casa. Es lo único que tengo. La diferencia es que me duermo con el celular en la cara.

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  • Otilia

    Eso de revisar el teléfono sin querer y después no soltar es exactamente mi mañana. Aunque para mí es la tele en lugar de la música.

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