Nunca había escuchado que al atardecer se le dijera así, lo de la Virgen y la color, y me encantó. Suena a abuelo de campo total.
Un dia en la escuela , rosaurita y sus dias de lluvia y primavera .
Pensamiento
Nunca había escuchado que al atardecer se le dijera así, lo de la Virgen y la color, y me encantó. Suena a abuelo de campo total.
Contenido de la publicación
Entre días de lluvia, primaveras y recuerdos de una niña que nunca dejó de soñar
Capítulo 1. Un día como hoy… ¿qué pasó?
Fue un día, así como hoy, con frío o con calor… Ya ni sé qué pasó.
Estaba sentada en mi sala de clases, intentando ordenar mis pensamientos y organizar las actividades del día, cuando de pronto escuché un ruido fuerte, ¡tan fuerte que parecía una explosión!
¡PUMMMMMMM!
Por unos segundos, todo quedó en silencio.
Salimos a mirar qué había sucedido cuando, de pronto, llegó un niño corriendo hacia mí, con los ojos enormes y una cara de susto que no podía disimular.
—¡Tíaaaaaaaaaaa! ¿Qué pasoooooooooooo? ¡Me asustéeeeeee!
Yo lo miré, tratando de mantener la calma, y le contesté:
—No fue nada, hijo. Anda tranquilito a tu sala, que aquí no ha pasado nada.
¡Mentira!
La verdad era que yo también me había asustado. Había sido un trueno enorme, acompañado de un relámpago que iluminó todo el patio de la escuela.
Pero una, como educadora, tiene que mantener la compostura. Aunque por dentro esté pensando en veinte cosas al mismo tiempo.
Porque mientras el pequeño regresaba a su sala, por mi cabeza pasaban miles de preguntas:
¿Y ahora qué va a pasar?
¿Cómo voy a llegar a mi casa?
¿Nos dejarán salir más temprano?
¿Y si se inunda la calle?
¡Ay, Dios mío! ¡Una tratando de enseñar las vocales y el cielo organizando su propio concierto!
Después de unos minutos, todo se oscureció. Las nubes cubrieron el cielo, el viento comenzó a soplar con fuerza y la lluvia cayó como si alguien hubiera abierto una llave gigante allá arriba.
Los árboles se movían de un lado a otro. Sus ramas bailaban al compás del viento, como si estuvieran en un escenario, mientras los truenos y relámpagos iluminaban la escuela.
¡Qué espectáculo!
Era como un concierto dirigido por el mismísimo cielo.
Y yo pensaba: ¿por qué vivir una tormenta en la escuela no es lo mismo que vivirla en casa?
En casa una puede ponerse pantuflas, preparar un té calentito, mirar por la ventana y esperar que pase el temporal.
¡Pero en la escuela!
En la escuela tienes treinta pequeñas personitas preguntando si el cielo se va a caer, si los árboles van a salir volando o si podrán jugar en el patio cuando deje de llover.
Los niños y niñas jugaban bajo techo. Algunos se reían, otros gritaban cada vez que sonaba un trueno y uno que otro aprovechaba cualquier descuido para bailar bajo las goteras.
¡Porque siempre hay uno que encuentra la manera de convertir una emergencia climática en una fiesta!
Y mientras los miraba, sentí una alegría extraña, de esas que llegan sin avisar.
La lluvia me había llevado de vuelta a mi infancia.
A esos días en que nada importaba más que jugar, correr, ensuciarse y volver a casa con los zapatos llenos de barro.
¡Qué hermosos días aquellos!
Días llenos de inocencia, de risas y de una rica leche calentita, con esa nata que preparaba la tía de la cocina. ¡Eso sí que era un festín!
Y si había lentejas calentitas, mucho mejor.
Las salas se llovían, los patios se llenaban de barro y a veces había que acomodar las cosas para que no se mojaran los cuadernos. Pero éramos felices con tan poco que hoy, al recordarlo, me pregunto cuándo comenzamos a complicarnos tanto la vida.
Recuerdo a mi maestra haciendo clases con dos o tres alumnos, mientras los demás no habían podido llegar por el temporal.
Los pocos que asistíamos estábamos mojados como piojos, pero felices.
Dibujábamos, jugábamos, aprendíamos y, por supuesto, hacíamos una que otra maldad.
Porque una infancia sin travesuras es como un pan amasado sin cariño: puede existir, pero le falta algo.
A veces llamaban al apoderado, otras veces recibíamos un reto y, al día siguiente, volvíamos a hacer alguna travesura.
¡Qué le vamos a hacer! Éramos niños.
La vida seguía, aunque lloviera, aunque tronara y aunque el barro nos llegara hasta los tobillos.
Y hoy, tantos años después, me doy cuenta de que quizás aquellos días no eran perfectos, pero tenían algo que ahora extraño profundamente: la sensación de que el mundo podía esperar mientras nosotros jugábamos.
Capítulo 2. Rosaurita, la niña de las hadas blancas
Hace muchos años, cuando Rosaurita era una niña pequeña, el mundo parecía mucho más grande, más colorido y lleno de secretos.
Rosaurita tenía la cabeza llena de sueños, hadas blancas y mariposas de colores.
Creía que detrás de cada árbol podía esconderse un duende, que las flores conversaban cuando nadie las miraba y que las estrellas eran pequeñas ventanas por donde los ángeles observaban la Tierra.
Le encantaba la lluvia, aunque los truenos no eran precisamente sus amigos.
Cuando escuchaba uno demasiado fuerte, corría a buscar a su abuelo.
—¡Abueloooooo! ¡El cielo está enojado!
Su abuelo soltaba una carcajada y la sentaba a su lado.
—No, Rosaurita. El cielo no está enojado. A veces tiene cosas que decir y las dice fuerte, no más.
—¿Y por qué no habla bajito, como las personas?
—Porque si hablara bajito, nadie lo escucharía.
Rosaurita se quedaba pensando.
Su abuelo tenía una respuesta para todo, aunque algunas de sus historias eran tan misteriosas que después a ella le costaba quedarse dormida.
Él le contaba relatos de luces extrañas en los cerros, de sombras que parecían caminar entre los árboles y de viajeros que aseguraban haber escuchado silbidos en medio de la noche.
Rosaurita lo escuchaba con la boca abierta.
—Abuelo, ¿y todo eso es verdad?
Él se acercaba un poquito, miraba hacia la puerta y le respondía en voz baja:
—Mijita, en el campo hay muchas cosas que uno no entiende. Pero no todo lo desconocido tiene que dar miedo.
¡Imagínense!
Con semejantes conversaciones, Rosaurita dormía abrazada a su almohada, esperando que ninguna sombra decidiera visitarla.
Pero al día siguiente se le olvidaba el miedo.
Bastaba con encontrar una mariposa amarilla en el jardín para volver a creer que la magia existía.
Porque Rosaurita era así: podía asustarse con un trueno y, cinco minutos después, perseguir una mariposa como si le fuera la vida en ello.
Capítulo 3. La lluvia que convirtió la escuela en un océano
Volvamos a la escuela, porque esta historia todavía tiene mucho que contar.
La lluvia continuaba cayendo y el patio parecía una laguna.
Yo estaba tratando de mantener el orden cuando escuché una voz que venía desde el fondo de la sala.
—¡Tía Laura! ¡Mire! ¡Mi barco está navegando!
Era un pequeño trozo de papel que un niño había convertido en embarcación. Lo había puesto sobre el agua que corría cerca de la entrada del patio.
En cuestión de segundos, todos querían fabricar barcos.
—¡El mío va a ganar!
—¡El mío tiene motor!
—¡Tía, el mío se hundió!
Y yo, que había preparado una actividad para reconocer sonidos iniciales, terminé organizando una expedición marítima imaginaria.
¡Qué maravilla trabajar con niños!
Uno nunca sabe cómo va a terminar la jornada.
Entonces se me ocurrió una idea.
—Muy bien, navegantes. Ya que tenemos un océano, vamos a imaginar que somos exploradores. ¿Qué animales podríamos encontrar en el mar?
Las respuestas comenzaron a llover más rápido que el agua.
—¡Tiburones!
—¡Delfines!
—¡Sirenas!
—¡Un monstruo marino!
Y desde el último puesto, una pequeña voz agregó:
—¡Y una tía que quiere puro irse para la casa!
¡No pude más y me largué a reír!
Tenía toda la razón.
Porque, aunque una ame su trabajo, también tiene derecho a mirar el reloj y preguntarse cuánto falta para llegar a casa, sacarse los zapatos y descansar.
Pero mientras escuchaba aquellas carcajadas, comprendí que los niños tenían una capacidad extraordinaria para transformar cualquier situación en una aventura.
La lluvia, que al principio parecía un problema, se había convertido en una historia que recordaríamos durante mucho tiempo.
Eso sí, los barcos se quedaron en la imaginación y los juegos continuaron bajo techo, lejos de las zonas inundadas.
Porque una cosa es soñar con navegar y otra muy distinta es terminar flotando junto con las mochilas.
¡Todo tiene su límite, mis queridos navegantes!
Capítulo 4. Rosaurita y el sauce llorón
En aquellos tiempos, Rosaurita pasaba largas temporadas en el campo, donde la vida parecía caminar más despacio.
Había un estero de aguas transparentes y, junto a él, un enorme sauce llorón.
Sus ramas largas se inclinaban hacia el agua, como si quisieran acariciarla.
Rosaurita lo llamaba su árbol amigo.
Cada vez que llegaba al campo, corría a visitarlo.
—Hola, señor sauce. ¿Cómo está usted hoy?
Por supuesto, el sauce no contestaba con palabras, pero sus ramas se movían con el viento y Rosaurita estaba convencida de que le respondía.
En los días de lluvia, el estero crecía y el agua corría con más fuerza. Ella se quedaba a una distancia segura, observando cómo las pequeñas hojas viajaban sobre la corriente.
Imaginaba que cada hoja era un mensaje enviado a un país lejano.
A veces le hablaba de sus preocupaciones.
Le contaba que tenía miedo de la oscuridad, que algunas compañeras no querían jugar con ella o que le daba pena cuando su mamá tenía que despedirse.
Otras veces le contaba sus alegrías: una muñeca nueva, una visita de sus primos o un dulce que su abuelo le había regalado a escondidas.
El sauce guardaba todos sus secretos.
Un día, después de una lluvia suave, Rosaurita descubrió una pequeña flor blanca junto a sus raíces.
La recogió con cuidado y corrió a mostrársela a su abuelo.
—¡Mira, abuelo! ¡El sauce tuvo una hija!
Su abuelo se rio tanto que tuvo que apoyarse en una cerca.
—¡Pero qué cosas se te ocurren, Rosaurita!
—¡Es verdad! ¡Mira qué pequeñita! ¡Debe ser una bebé de árbol!
Desde entonces, cada vez que encontraba una flor o una planta nueva, decía que estaba visitando a la familia del sauce.
Y así fue creciendo, rodeada de historias, animales, tierra húmeda y pequeñas maravillas que los adultos muchas veces dejan de mirar.
Porque los niños tienen un secreto que los grandes olvidamos: no necesitan que todo sea extraordinario para sentirse felices.
A veces basta con una flor, un charco o un árbol que parezca escuchar.
Capítulo 5. La primavera llegó sin pedir permiso
Un día, después de muchas lluvias, el campo comenzó a cambiar.
El aire ya no era tan frío. Los árboles mostraban pequeños brotes verdes y, entre la hierba, aparecían flores amarillas, blancas y violetas.
¡Había llegado la primavera!
Rosaurita salió corriendo al patio.
—¡Abueloooooo! ¡Despertaron las flores!
Su abuelo, que estaba arreglando una herramienta, levantó la cabeza.
—¿Y quién las tenía dormidas, mijita?
—¡El invierno, po!
El abuelo soltó una carcajada.
Rosaurita decidió que aquel día sería la encargada oficial de recibir a la primavera.
Se puso un vestido liviano, recogió una canastita y salió a buscar señales de la nueva estación.
Encontró una mariposa posada sobre una flor, escuchó a los pájaros cantar entre las ramas y descubrió que el sauce llorón tenía hojas nuevas.
Cada hallazgo era una noticia importante.
—¡Abuelo, hay una mariposa!
—¡Qué bueno, Rosaurita!
—¡Abuelo, hay tres!
—¡Mejor todavía!
—¡Abuelo, creo que una me está siguiendo!
—Entonces debe ser porque le caíste bien.
Rosaurita sonrió y continuó su expedición.
Pero lo más emocionante ocurrió cerca del gallinero.
Una gallina había salido con sus pollitos y caminaba orgullosa por el patio. Los pequeños la seguían como una fila de botones amarillos.
Rosaurita se sentó a observarlos.
—Mira, abuelo. Ellos también están descubriendo el mundo.
Su abuelo dejó de trabajar por un momento y se sentó a su lado.
—Así es, mijita. Cada uno lo descubre a su manera.
Rosaurita guardó silencio.
No sabía todavía que crecer significaba cambiar, despedirse de algunas cosas y aprender otras nuevas.
Por ahora, su única preocupación era que la primavera no se terminara nunca.
Y mientras el sol comenzaba a bajar, ella y su abuelo caminaron hasta el sauce llorón.
El cielo estaba pintado de naranjo, rosado y violeta.
El abuelo miró hacia el horizonte y exclamó:
—¡Rosaurita, miraaaaa! ¡La Virgen dio vuelta la color!
—¡Jajajajajajaja!
Los dos comenzaron a reírse.
Era una de esas expresiones del campo que Rosaurita jamás olvidaría.
Se quedaron allí hasta que el sol se escondió por completo, disfrutando de aquel espectáculo gratuito que ninguna pantalla podría reemplazar.
Porque en esos días el atardecer no era algo que uno miraba mientras hacía otras cosas.
El atardecer era algo que se esperaba, se compartía y se disfrutaba.
Capítulo 6. El misterio de las máquinas y las preguntas de Rosaurita
Con los años, Rosaurita comenzó a descubrir que el mundo no siempre era tan sencillo como parecía.
Los adultos hablaban de noticias extrañas, de inventos nuevos, de máquinas capaces de responder preguntas y de personas que parecían pasar más tiempo mirando una pantalla que mirando a quienes tenían al lado.
Rosaurita, que nunca dejó de ser curiosa, comenzó a preguntarse muchas cosas.
¿Por qué sabemos tanto de lo que ocurre al otro lado del mundo y a veces no sabemos cómo está nuestro vecino?
¿Por qué podemos hablar con alguien que está lejos, pero nos cuesta sentarnos a conversar con quien vive en nuestra propia casa?
¿Por qué avanzamos tanto en tecnología y, aun así, a veces parecemos retroceder en amabilidad?
Y una pregunta todavía más grande:
¿Quién está tomando las decisiones que afectan nuestra vida?
A veces, cuando escuchaba teorías sobre grupos secretos, personas poderosas o supuestos planes ocultos que controlarían el mundo, sentía curiosidad y también un poco de temor.
Recordaba las historias de su abuelo y pensaba que quizás el mundo siempre había tenido misterios.
Pero también había aprendido algo importante: no todo lo que se cuenta es verdad, por más convincente que parezca.
Por eso decidió que, antes de creer cualquier historia, debía escuchar, preguntar y buscar información confiable.
No quería vivir asustada por cada noticia ni aceptar todo sin pensar.
Quería comprender.
Porque una cosa es reconocer que existen personas que abusan de su poder y otra muy distinta es creer, sin pruebas, que todo está organizado por fuerzas ocultas.
Rosaurita no tenía todas las respuestas.
¡Y qué bueno que no las tuviera!
Porque vivir también consiste en aprender a hacer mejores preguntas.
Así que decidió advertir a sus hijos y a las personas que amaba sobre algo que consideraba fundamental: cuidar la información que consumimos, pensar por nosotros mismos y no permitir que el miedo nos robe la tranquilidad.
Las máquinas podían ayudarnos, claro que sí. Podían enseñarnos, acercarnos a quienes estaban lejos y facilitarnos muchas tareas.
Pero Rosaurita estaba convencida de que había algo que ninguna máquina debía decidir por nosotros: nuestra capacidad de amar, de cuidar, de sentir compasión y de reconocer el valor de otra persona.
Y cada vez que el mundo le parecía demasiado extraño, regresaba mentalmente al campo, al estero y al viejo sauce llorón.
Allí encontraba una respuesta sencilla.
Quizás no podía controlar lo que ocurría en el mundo, pero sí podía elegir cómo tratar a quienes tenía cerca.
Y eso, pensaba ella, ya era una manera de comenzar a cambiarlo.
Capítulo 7. La escuela en primavera: flores, risas y una que otra travesura
La primavera también llegó a la escuela.
Los patios comenzaron a llenarse de luz, los niños llegaban con más energía que nunca y las plantas del jardín necesitaban que alguien las regara.
Como buena educadora, decidí aprovechar la oportunidad.
—Niños, niñas, esta semana vamos a convertirnos en guardianes de la primavera.
¡Qué entusiasmo!
Unos querían plantar flores, otros buscaban lombrices y varios estaban convencidos de que podían encontrar hadas debajo de los arbustos.
Organizamos una pequeña expedición por el patio para observar las plantas, escuchar a los pájaros y descubrir los cambios que traía la nueva estación.
Cada niño tenía una misión.
Uno debía observar las hojas, otra debía buscar flores de distintos colores y un pequeño explorador estaba encargado de contar las mariposas.
Todo marchaba de maravilla hasta que escuché:
—¡Tíaaaaaaaaa! ¡El guardián de las lombrices se comió la tierra!
¡Casi me da algo!
Corrí hasta el lugar y encontré al supuesto guardián con las manos llenas de barro, muy concentrado en su investigación.
—¿Qué estás haciendo, mi amor?
—Estoy preparando una casa para las lombrices, tía. Pero se me desarmó.
Respiré profundamente.
Una, dos, tres veces.
Y pensé que la educación parvularia debería incluir un curso especial para aprender a mantener la calma frente a las respuestas más inesperadas del universo.
Al final, limpiamos sus manos, ordenamos el espacio y seguimos con nuestra exploración.
Los niños aprendieron que las lombrices ayudan al suelo, que las flores necesitan cuidados y que no debemos arrancar las plantas porque sí.
Pero yo aprendí otra cosa.
Aprendí que, para ellos, el aprendizaje no siempre ocurre sentados frente a una pizarra.
A veces ocurre con las manos llenas de tierra, las rodillas manchadas y la cabeza llena de preguntas.
Y mientras los veía trabajar, recordé a la pequeña Rosaurita que corría detrás de las mariposas.
¡Quién iba a pensar que aquella niña soñadora terminaría acompañando a otros niños en sus propias aventuras!
Quizás, después de todo, nunca dejamos de ser quienes fuimos.
Solo cambiamos los juegos, las responsabilidades y la manera de contar nuestras historias.
Capítulo 8. Un día de lluvia, una taza de leche y mil recuerdos
Otra tarde, mientras la lluvia golpeaba suavemente las ventanas de la escuela, me quedé observando a mis alumnos.
Algunos dibujaban, otros armaban construcciones y un pequeño grupo miraba las gotas que resbalaban por el vidrio.
—Tía, ¿por qué llueve?
La pregunta llegó de pronto.
Y yo, que había escuchado tantas preguntas durante mi vida, sonreí.
—Porque el agua viaja por el cielo y después regresa a la tierra.
—¿Y vuelve a subir?
—Sí, mi amor. El agua hace un viaje.
El niño quedó pensativo.
—Entonces la lluvia también sale a pasear.
Me reí.
—¡Claro que sí! ¡La lluvia sale a pasear y después vuelve a visitar las plantas!
Aquel pequeño comentario me acompañó el resto del día.
Cuando terminó la jornada, seguía lloviendo. Caminé hacia la salida mientras el viento me desordenaba el cabello y las gotas salpicaban mis zapatos.
Por un momento, volví a ser aquella niña que esperaba que su abuelo la llamara para tomar pancito amasado junto al fuego.
Recordé el olor de la leña, las conversaciones de los adultos y las historias que empezaban con un simple:
—¿Les he contado lo que pasó una vez, cuando yo era joven?
¡Ay, Dios mío!
Esas frases eran peligrosas.
Porque uno sabía que podía terminar escuchando una historia de fantasmas, un encuentro misterioso en un camino oscuro o alguna aventura de campo que parecía imposible.
Y lo peor era que siempre había alguien dispuesto a agregar un detalle más.
Cuando finalmente llegaba la hora de dormir, Rosaurita se tapaba hasta la nariz.
Pero al día siguiente volvía a sentarse junto a su abuelo para escuchar otra historia.
Porque el miedo pasaba, pero la curiosidad siempre regresaba.
Ahora, de adulta, comprendía que aquellos momentos eran mucho más que recuerdos bonitos.
Eran pedacitos de una vida compartida.
Eran los abrazos de quienes ya no estaban, las voces que todavía podía escuchar en su memoria y las costumbres que habían dejado huellas profundas en su corazón.
Y entonces entendí algo que me apretó un poquito el alma.
No extrañamos solamente los lugares donde fuimos felices.
Extrañamos a las personas que estaban allí con nosotros.
Capítulo 9. Rosaurita descubre que crecer también es recordar
Rosaurita creció.
Ya no corría con la misma libertad por el campo ni pasaba las tardes enteras junto al estero.
La vida comenzó a llenarse de horarios, responsabilidades, cuentas, preocupaciones y decisiones que a veces parecían no tener una respuesta correcta.
Aprendió que los adultos también se equivocan, que no siempre pueden cumplir sus promesas y que hay días en que una sonrisa esconde cansancio.
Pero nunca dejó de mirar el cielo.
Cuando llegaba la primavera, buscaba las primeras flores.
Cuando llovía, se detenía a escuchar el sonido del agua.
Y cuando veía un sauce llorón, pensaba en su abuelo.
A veces se preguntaba en qué momento había pasado tanto tiempo.
¿En qué momento los niños dejaron de ser niños?
¿En qué momento los abuelos se convirtieron en recuerdos?
¿En qué momento dejamos de jugar bajo la lluvia y comenzamos a preocuparnos tanto por mojarnos?
Quizás crecer era eso: descubrir que el tiempo avanza incluso cuando una quiere detenerlo.
Pero también era comprender que la infancia no desaparece del todo.
Permanece escondida en una canción, en el olor de la tierra mojada, en una taza de leche caliente y en las carcajadas de un niño que acaba de inventar una travesura.
Por eso, cada vez que entraba a su sala de clases y escuchaba una vocecita gritar:
—¡Tíaaaaaaaaaa!
Rosaurita sonreía.
Porque sabía que detrás de aquel llamado había una nueva historia esperando ser contada.
Y mientras pudiera escuchar esas voces, acompañar esos descubrimientos y compartir aquellas pequeñas aventuras, una parte de la niña que había sido seguiría viva.
Capítulo 10. Lo que la primavera nos enseña
Un día, después de una larga jornada, Rosaurita regresó al campo.
El sauce llorón seguía allí, aunque parecía un poco más viejo. El estero continuaba su camino y las flores de primavera volvían a colorear la tierra.
Rosaurita se sentó cerca del árbol y cerró los ojos.
Escuchó el viento.
El canto de los pájaros.
El murmullo del agua.
Y, por un instante, le pareció escuchar la risa de su abuelo.
Abrió los ojos rápidamente.
No había nadie.
Solo estaba ella, el campo y todos aquellos recuerdos que llevaba guardados en el corazón.
Sonrió.
Había pasado tanto tiempo intentando entender el mundo que a veces olvidaba disfrutarlo.
Se había preocupado por las noticias, por el futuro, por las cosas que no podía controlar y por las preguntas que todavía no tenían respuesta.
Pero allí, junto al sauce, comprendió que la vida también estaba hecha de cosas sencillas.
De cuidar una flor.
De escuchar a un niño.
De abrazar a los hijos.
De compartir el pan.
De llamar a alguien solo para preguntarle cómo está.
De pedir perdón cuando una se equivoca.
Y de no olvidar que la bondad, aunque a veces parezca escondida, sigue existiendo en miles de gestos cotidianos.
Rosaurita tomó una pequeña hoja caída del árbol y la sostuvo entre sus dedos.
—Gracias, abuelo —susurró.
No sabía si alguien podía escucharla, pero necesitaba decirlo.
Gracias por las historias.
Por las risas.
Por los miedos que después se convertían en carcajadas.
Por enseñarme a mirar el cielo y a respetar la tierra.
Y, sobre todo, gracias por haberme regalado una infancia a la que siempre puedo regresar.
El sol comenzó a bajar.
El cielo se tiñó de colores y Rosaurita volvió a escuchar aquella frase que tantas veces había compartido con su abuelo.
La Virgen había vuelto a dar vuelta la color.
Y esta vez se rio sola.
Porque hay recuerdos que no necesitan compañía para hacernos sentir acompañados.
Capítulo final. Fue un día, así como hoy…
Fue un día, así como hoy, con frío o con calor… Ya ni sé qué pasó.
Quizás fue una tormenta.
Quizás fue una mañana de primavera.
Quizás fue uno de esos días en que el cielo se oscurece de repente y nos obliga a detenernos, aunque sea por unos minutos, para mirar lo que ocurre a nuestro alrededor.
Lo cierto es que estaba sentada en mi sala de clases cuando un trueno me hizo saltar del asiento.
Y ahí estaba yo otra vez.
La educadora, la adulta, la mujer que debía mantener la calma frente a treinta pequeñas personitas que esperaban una respuesta.
Pero también estaba Rosaurita.
La niña de las hadas blancas, las mariposas de colores y los secretos compartidos junto al sauce llorón.
La niña que corría bajo la lluvia, que escuchaba historias de campo y que creía que cada atardecer tenía algo mágico.
Por un instante, las dos nos encontramos.
La mujer que soy y la niña que fui.
Y comprendí que ninguna de las dos se había ido del todo.
La niña seguía ahí, escondida detrás de mis preocupaciones, esperando que yo levantara la mirada para descubrir una flor, escuchar a un pájaro o reírme de alguna ocurrencia de mis alumnos.
Porque la vida, a pesar de sus misterios, sus cambios y sus días difíciles, continúa regalándonos pequeñas maravillas.
A veces nos las entrega en forma de lluvia.
Otras veces llegan con el sol de primavera.
Y muchas otras aparecen en una pregunta inesperada, en una carcajada infantil o en el recuerdo de alguien que nos enseñó a mirar el mundo con otros ojos.
Hoy ya no soy aquella pequeña que corría descalza por el campo.
Tampoco soy la mujer que cree tener todas las respuestas.
Soy una mezcla de ambas.
Una niña que todavía sueña y una adulta que ha aprendido que no todo se puede entender, que no todo se puede controlar y que no vale la pena vivir con miedo a cada cosa que desconocemos.
Prefiero seguir preguntando.
Prefiero seguir aprendiendo.
Prefiero enseñar a los niños a pensar, a cuidar la naturaleza, a respetar a los demás y a buscar la verdad con curiosidad y valentía.
Prefiero creer que, aunque el mundo cambie y las máquinas avancen, todavía tenemos la posibilidad de elegir la bondad.
Y cuando llegue otra tormenta, cuando los árboles vuelvan a bailar y los truenos hagan temblar las ventanas, quizás vuelva a preocuparme por cómo llegaré a casa.
¡Porque tampoco se trata de hacerse la valiente todo el tiempo!
Pero estoy segura de que, entre una pregunta y otra, volveré a sonreír al escuchar a algún niño decir:
—¡Tíaaaaaaaaaa! ¿Qué pasoooooooooo?
Y yo, tratando de mantener la compostura, le responderé:
—Nada, mi amor. Solo está lloviendo.
Aunque por dentro esté viajando a aquellos días en que la lluvia era una fiesta, el barro era parte del uniforme, las lentejas calentitas sabían a gloria y los abuelos tenían una historia para cada noche.
Porque quizás la felicidad nunca fue tan complicada como nos hicieron creer.
Quizás estaba ahí, en las cosas pequeñas, esperando que nos detuviéramos a mirarla.
En una taza de leche caliente.
En un pan amasado junto al fuego.
En el sonido del agua sobre el techo.
En una flor que aparece después del invierno.
En los niños que juegan sin preocuparse por el mañana.
Y en esos recuerdos que, aunque pasen los años, siguen floreciendo dentro de nosotros.
Hoy quiero abrazar a la niña que fui, agradecer a las personas que hicieron posible mis recuerdos y mirar con esperanza a los niños que tengo delante.
Quiero decirles que disfruten la lluvia, que cuiden la primavera, que hagan preguntas, que respeten la naturaleza y que nunca pierdan la capacidad de maravillarse.
Que no todo lo importante se compra.
Que no todo lo que brilla es oro.
Y que, en un mundo que a veces parece correr demasiado rápido, detenerse a escuchar a alguien puede ser uno de los actos más hermosos de amor.
Ahora miro por la ventana.
La lluvia parece estar terminando.
Entre las nubes aparece un pequeño pedazo de cielo y, aunque todavía hace frío, imagino que pronto volverán las flores, las mariposas y los días de primavera.
Quizás mañana será otro día de aventuras.
Quizás algún niño llegará con una historia imposible.
Quizás el viento vuelva a mover los árboles como si fueran bailarines de un gran escenario.
Y quizás, solo quizás, mi abuelo vuelva a aparecer en mi memoria, señalando el horizonte y diciendo aquella frase que me acompaña desde la infancia.
La Virgen dio vuelta la color.
Y yo volveré a reír.
Porque todavía me quedan historias por contar, niños por acompañar, recuerdos por abrazar y sueños por cumplir.
Porque sigo siendo Rosaurita.
La niña que amaba la lluvia, que temía los truenos, que hablaba con los árboles y que encontraba magia en las cosas más sencillas.
Y si alguien me pregunta qué pasó aquel día en la escuela, probablemente volveré a decir que fue una tormenta.
Pero en el fondo sabré que fue mucho más que eso.
Fue un viaje a mi infancia.
Fue un abrazo a mis recuerdos.
Fue una conversación con la niña que nunca dejé de ser.
Y fue una oportunidad para comprender que, mientras podamos recordar, soñar, amar y compartir nuestras historias, siempre habrá una primavera esperando detrás de la lluvia.
Fue un día, así como hoy, con frío o con calor…
Ya ni sé qué pasó.
Pero pasó la vida, pasó la infancia, pasaron los años… y aquí seguimos, aprendiendo a vivir, a recordar y a contar nuestras historias.
Porque algunas aventuras terminan cuando cerramos un libro, pero las de Rosaurita… esas seguirán viviendo cada vez que alguien mire la lluvia y se acuerde de su propia infancia.
Fin.
Thoughts
Fue un día, así como hoy, con frío o con calor… Ya ni sé qué pasó.