Cuatro paredes guardan la tiniebla,
afuera el mundo rueda sin saber
que aquí la fiebre y el dolor celebran
el amargo festín de mi caer.
Se oyen murmullos tras de la ventana,
risas ajenas de un lejano abril;
yo no sé a dónde van, ni qué les llama,
mientras me consumo en este lecho vil.
A todos digo que la vida es buena,
fingo sonrisa, miento con honor,
pero por dentro mi alma se despena
bajo esta ausencia y este cruel dolor.
¿Acaso el cuerpo fue nacido solo
para encenderse en prueba de aflicción?
¿O hay un destino tras de tanto dolo
que me reserva una mejor canción?
¡Suéltame ya, enfermedad ansiosa!
Dame una tregua, déjame respirar,
que aun en la pena más escabrosa
mis ganas de vivir no han de cesar.
Sé que la luz no se apaga del todo,
que el amor me reclama y el sueño aguarda;
he de ponerme en pie desde este lodo,
volver a ser el hombre que la vida guarda.
Me levantaré, no me cabe duda alguna,
venceré la penumbra de este lecho...
pero ¡ay!, qué amargo pesa hoy la luna,
qué lento sangra el aire aquí en mi pecho.