ese sentimiento que se mantiene a lo largo del tiempo, solo ocultandose lo suficiente para hacerte creer que se fue, para luego reaparecer y hacerte replantear si todo lo que haces está bien y si estás haciendo lo que realmente quieres.
Pero no hablo de la soledad que se siente cuando estás sin personas alrededor, hablo de aquella que se siente cuando estas rodeada de personas físicamente y aún así te sientes solo, perdido, hasta abrumado. Esa que aparece cada vez que tú mente tiene un segundo libre, la que parece adueñarse de tus pensamientos y controlarlos a su voluntad.
Esa soledad que a algunos nos acompaña desde pequeños, esa disfrazada de autonomía y un falso sentimiento de ser autosuficientes. Esa que aparece cada vez que pedimos ayuda y nadie está ahí, esa que es halagada en niños y la que los encasilla como personas comprensibles. Esa que los padres desean tener en sus hijos ya que no ven la otra cara.
Esa soledad que te impide pedir ayuda, esa que te hace consiente de tus emociones y de los demás.
Esa que en ocasiones reprime nuestros sentimientos ocasionando mala memoria.
Esa que hace perderte, esa que te hace pensar en si vale la pena a veces seguir. Esa con la que peleas todos los días para que no te gane.
Esa soledad que parece solo acabar si dejas de respirar.