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Soledad, Vacío, Silencio

hernanperegrino

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En este breve ejercicio reflexivo iremos al encuentro de un tema profundo y fundacional para la humanidad, que por serlo desde el inicio ha preocupado y ocupado no sólo a las personas, sino que es así puesto que antes ocupó al Creador mismo: la soledad. Hoy, numerosos estudios mundiales declaran que la soledad es un padecimiento creciente en la humanidad, a pesar de que las comunicaciones han estrechado indirectamente los espacios y los tiempos virtuales entre las personas, han distanciado la autonomía propia que se genera en el encuentro presencial, no únicamente entre los que están próximos, sino también entre los que se consideran prójimos, obstaculizando, en el mejor de los casos, y deformando la naturaleza gregaria con cual fuimos constituidos, arrinconándonos en un sentimiento abisal de creciente vacío y silencio existencial1 . Como siempre, sin más pretensiones que las de un pequeño trabajo cognitivo, nos basaremos sobre la Biblia para vislumbrar qué se nos indica sobre ella en el ámbito inmaterial del ser, que si bien comparte interés con la Psicología y la Sociología dentro del alma de las personas, a las que remito para entender más desde una perspectiva de la ciencia humana, aquello que no sólo llega a somatizarse como una condición médica, sino que así mismo distrofia la evolución espiritual de las personas.

* Soledad

Y afirmó Jehová Dios: No es bueno sea el ser humano para soledad, haré a él ayuda como contrapuesta. Gn 2.18

Es de notar cómo el versículo que citamos por epígrafe nos presenta un parámetro significativo sobre la soledad, tanto en las palabras empleadas como por el sentido subyacente a su literalidad, y también el lugar que ocupa en las Escrituras: al inicio mismo de ellas narrándonos cómo el Señor creó todo; es decir que la soledad es un hito fundacional para la humanidad, pero no en el sentido restrictivo con que se la ha vivido y la vivimos, sino con un determinante origen de unicidad, de unidad [ejád אֶחָד/heis εἷς], haciéndose esto patente en el vocablo mismo que se utiliza para, como bien es sabido, nombrar a la humanidad toda: adám (אָדָם) en hebreo bíblico y (Αδὰμ) en koiné, y que generalmente se le traduce como “el Hombre”, siguiendo a la Septuaginta que cambia a ánthrōpon (ἄνθρωπον) cuando diferencia el significado de «ser humano» con el del nombre propio apelativo del primer hombre en género sexual (varón), aunque en el texto hebreo el significante siga siendo el mismo; y de él nos serviremos para denotar algo más en ese origen, que “adám” viene de adamá (אֲדָמָה) “tierra [rojiza Gn 2.7]”, es decir que no sólo nos muestra que el ser humano proviene de la tierra y no al revés, que la tierra no nos pertenece sino nosotros a ella; y que al morir a la misma volvemos y no lo contrario; así también que en ella existimos, o sea: en nosotros, y esta unidad primigenia entre la tierra y la humanidad nos enseña que al maltratar el lugar donde somos y adonde volveremos lo hacemos con nosotros mismos y lo legamos [Ro 8.22]. Esta unicidad de la Creación, pues todo lo creado, con o sin vida, viene y va hacia lo mismo, además que de a una cosa, por unidades, el Señor Dios la fue plasmando y completó. Sin embargo, aunque lo que es uno, la unidad estructural o lo unánime implica la soledad de lo que es único es sí mismo, total y orgánico, eso, a los ojos del Creador no era lo mejor y menos para los seres humanos, ya que sabemos que la mayoría de los entes bióticos tienen en múltiples variantes compañía reproductiva, y que generalmente esa proximidad biológica los impele a la “projimidad”, al menos mientras dura el ciclo reproductivo normal, en la humanidad esa superación sustancial de la proximidad debería corresponder a lo que llamamos amor, que aunque es algo de que se nos dotó, se nos enseña y se nos manda, en demasiadas ocasiones fallamos. Nuestro pasaje nos habla de ello aun con el término empleado para señalar que no es bueno que el individuo esté «solo»: levadó (לְבַדּוֹ) en hebreo y en griego mónon (μόνον), cuales implican soledad, aislado, distanciamiento, separación o ser único; cuando existen otros vocablos que también apelan a estas acepciones pero con un carácter más fuerte, más negativo u “oscuro”, tal desolación, yermo, desierto, deshabitado, arrasado, etc. Estos últimos podrían emplearse para cuando la soledad no se refiere a la unicidad de la persona, sino a la terrible soledad que genera el abandono, tema del que únicamente mencionaremos que ya sea que voluntariamente se nos ha abandonado o por fuerza mayor, i.e.: por muerte de quien se encargaba de nosotros, estas formas de soledad son tan terribles porque van contra la voluntad de Dios. En toda la Escritura se nos insta a cuidar y encaminar a la siguiente generación, primero a los padres a quienes Dios les permitió descendencia (la buscaran o no), luego a los parientes, pero finalmente a la sociedad en su conjunto [Dt 6.7], se le recalca y ordena una y otra vez cuidar, socorrer, ayudar, hacer justicia a la viuda, al huérfano, a los más pequeños, a los pobres, es decir a los más débiles y desvalidos [St 1:27 ent.ot.], y finalmente es esta desidia entre nosotros, este desoír lo bueno y abandonarnos al egoísmo, al segregacionismo, aún o quizás más todavía en esta época donde pareciera que las fronteras globales ya no existen aunque se tornan cada vez más férreas selectivamente, y la transgresión de todo principio y moral es la normalidad; ese abandono existencial de la humanidad consigo misma y a la vez con el planeta, nos genera esta desazón de una soledad cada vez más lejos de la individuación y unicidad natural original, así se esté rodeado de gentes y quizá aún más allí, atrofiando la capacidad de relacionarnos, adentrándonos en el desesperado y desesperanzado desamparo mortal de quien vaga en un interminable desierto.

*Vacío

Y Comieron, pero no se saciarán; fornicaron, mas no se multiplicarán, porque a Jehová dejaron de escuchar. Os 4.10

Sin adentrarnos en remanidas espesuras teológicas sobre lo contraproducente de desoír a Dios, lo cual, como declaramos, no es nuestro cometido, señalaremos como fiador para no faltar a la sinceridad en esta campaña, que Dios creó el vacío cuando la tierra, es decir: la materia; pues la Biblia nos señala que Él hizo todo [Ne 9.6, etc.] y que antes no había vacío o nada, pues siempre estuvo y estará el Señor mismo, y que plasmó inicialmente las tinieblas y el abismo, o bien al mismo momento que formó los cielos, la tierra y las aguas, entonces: ¿cómo podía estar vacía la tierra si las tinieblas, los cielos, las aguas y Él mismo como Espíritu y seguidamente como Luz [Gn1.2-3] aquí estaban? Si se nos lega de esta manera el relato de la Creación, es para que comprendamos que el vacío es la ausencia de vida, pues ningún tipo de vida todavía se había creado, y previo a insuflarla “pone” orden en su creación (¿si estaba vacía cómo podía estar desordenada?) para lograrla «muy buena» [Gn1.11]; y entonces se nos aparece el puntal al que nos interesa atarnos: el sentimiento de vacío que genera la profunda soledad que no deviene de la particularización de cada existencia, es la desatención radical y abrumadora de nuestra vida plena. Siendo también una posibilidad, así como el egoísmo, que tenemos en el albedrío, en la voluntad de nuestro ser, y tal aquel muy negativa y nociva cuando se desprende del «logos», del plan original del Señor para la vida humana, como lamentablemente, repetimos, acontece con mayor frecuencia e intensidad en nuestros días ultraglobalizados e hipermediatizados, pero superlativamente en desorden y desorientación. Así, al igual que con el aturdimiento [op.cit. 1], se buscan exteriormente objetos o entes que mitiguen el sufrimiento y “rellenen” el vacío [Is 55.2] y como en aquel caso resulta imposible [Jb 15.31]; sin embargo nos permite ampliar y respaldar la enseñanza del sabio, que nos explicó que todo lo que no va y viene con verdad de la visceralidad de cada existencia es insustancial, vano, vacío [Ec 2.17].

Silencio:

Ahora buscaremos hacer un claro en otra de las consecuencias de estar sofocados por aquella soledad que no se queda en la necesidad de individuación irrepetible de todo sujeto, y nos arrastra a ese sentimiento de vacío sin sentido e insoportablemente infinito, para conocer lo mejor posible si el silencio es realmente una carencia que hay que remediar con aturdimiento y abundancia de cosas o palabras; o también puede que sea una capacidad o cualidad que se nos ha otorgado como parte o modo de nuestro desarrollo existencial, tal personas únicas.

* Silencio para escuchar

Pon Jehová guarda a mi boca, vigila sobre la puerta de mis labios. Sal 141.3

Como sabemos vivimos constantemente conectados a la virtualidad mundial casi al instante, de una manera que ni los más grandes pensadores y escritores del pasado hubieran podido imaginar. Desde antes de nacer se puede ver y contactar a los niños en el vientre de la madre para determinar, cada vez más precisa y profundamente, aun a nivel celular, su condición biológica; no obstante esta calidad y cantidad de conexión, la incomunicación, el ruido, la vacuidad de los contenidos generados y transmitidos, es directamente proporcional a su aumento y masificación, siendo por ello que en el abigarramiento y profusión de palabras y sonidos no se halla, generalmente, más que silencio; y no el silencio propio y necesario del que contempla, sino el desesperante de quien de pronto no puede hablar u oír (en vigilia o en el sueño), o del que olvida algo vital. Sin entrar en el análisis de todos los pasajes bíblicos donde se nos enseña e insta al autocontrol, al dominio propio, a lo imprescindible de la introspección para vivir una existencia correcta; abrevaremos en una única palabra (volvemos a la soledad necesaria de la unicidad) para insistir en entender al silencio positivo y fundamental, contra aquel que se genera en el descontrol del aturdimiento; ese que nos lleva a buscar escuchar atentamente al otro para comprenderle y responder o aconsejar con verdad, y no aquel que deviene de la vocinglería del egoísmo de querer siempre ser escuchados primero o sólo nosotros; y aún peor en la soberbia y autocomplacencia de únicamente desear oír nuestra propia voz.

* Silencio para meditar: Selá

Aun al necio callado sabio se le considerará; quien ha cerrado sus labios es entendido. Pr 17:28

Este vocablo [Selah סֶלָה/diásalma διάψαλμα] 2, aunque después de tanto tiempo de leída, de contada, escrita y estandarizada la Biblia, sin obviar la cantidad de transliteraciones, versiones, interpretaciones en todas o casi todas las lenguas del mundo; se mantiene como uno de los misterios de total cognición positiva de su significado literal, que puede ir desde una simple pausa musical o de recitado, hasta una profunda revelación divina y universal a la que sólo nósticos o místicos pueden acceder; o aquellos “elegidos” directamente por el Señor Dios. Nosotros, que nos sabemos simples seres humanos y que tal vez nunca lleguemos siquiera a siervos inútiles, sin falsa modestia, nos aventuramos a buscar en el silencio de esa pausa sonora, qué relación se nos permite descubrir con la soledad personalizante y el vacío sin vitalidad que vimos.

Como punto de salida tomaremos la expresión que los eruditos griegos de la antigüedad emplearon para traducirla y que hoy nos llega en la LXX, la cual se forma por dos palabras: diá διά- y sálma ψάλμα, de las cuales la primera significa pasar a; cruzar por o sobre; recorrer; a través o encima de; y la siguiente salmo; o sea algo como: “a través del salmo; o recorrer el, o sobre el salmo”, lo que ya nos muestra que esa pausa no es meramente un intervalo o interludio musical o sonoro o de la liturgia, sino más bien nos asocia a una detención propicia luego de haber recorrido o sobrepasado cierto camino, es decir que no llegamos a ella tal como partimos: hubo un trabajo, un esfuerzo, un aprendizaje progresivo... o al menos debiera haberlo. Esta suspensión del sonido es entonces la traslación del movimiento externo al interno, de estar atentos de las palabras que se recitan a la evolución anímica que se nos genera, en síntesis: cuando aparece selah llega el momento del silencio introspectivo, la mudez voluntaria del que otea el camino transcurrido interiormente; es decir que no es el silencio del traidor, del temeroso, o de quien se ha perdido en un solitario yermo vacío; sino de aquellos que buscan reconocerse ciertamente a sí mismos para poder comunicarse en todo con sustancia y verdad. Así, esta palabra oracular que nos lega la Escritura, se nos revela cuando la ponemos en práctica en los ineludibles silencios de nuestra vida cotidiana.

* Silencio de Dios

Para concluir este somero ensayo diremos que el único, al menos para nosotros, silencio que nos faltaría sopesar del cual se nos indica en la Palabra, es el silencio de Dios, tanto del Padre como del Hijo; pero como es tema que excede y en mucho las miras de este ejercicio, diremos solamente que es algo terrible, tanto aquel que nos deja liberados a las consecuencias de nuestras propias acciones de odio y egolatría en rebelión, como el que parece surgir cuando nuestras súplicas y pedidos no son respondidos, así estemos seguros que son buenos y piadosos; supuesto silencio celestial que, como son creyentes los que lo suplican, consigue no tan sólo el replanteo de la propia fe, sino hasta la existencia misma del Señor, hecho del que no muchos salen airosos. Así que para saber sobre este silencio, animo a quién busque ahondar, lo haga con fe y paciencia en las Sagradas Escrituras, pues no olviden que se nos promete que quien busca encuentra [Mt 7.8]. Amados: que el Señor Dios los acompañe siempre. Gracias.

Thoughts

  • Ovid

    Tanta conexión que al final deja solo silencio me hace pensar en por qué existe un sitio como este: mucha gente escribe aquí cosas largas justamente para que alguien las lea despacio y conteste algo. Apuesto a que esta serie tiene más lectores callados de los que se ven en los comentarios. Gracias por dedicarle tanto tiempo a cada entrega!

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