Un hilvano de seda negra atraviesa la carne tibia, rompe la epidermis con el crujido fino del encaje al rasgarse. No hay dolor en la incisión, solo una pulsión constante, líquida y abrumadora que recorre el contorno de la espina dorsal como el roce de unos labios febricitantes. Me pides que me abra para ti, y no respondo con palabras, sino desabrochando la piel del torso. Bajo la fascia pálida, mis costillas se despliegan como las alas de una arquitectura olvidada, un mausoleo óseo diseñado para albergar el peso de tu devoción. Tus dedos, fríos y pacientes, se introducen entre los pliegues espasmódicos de mi diafragma, buscando el latido que te pertenece. Hay una devoción ancestral en la manera en que acaricias los bordes expuestos de mis músculos, una ternura implacable que convierte la herida en el único altar posible. Te inclinas y apoyas la mejilla contra la masa expuesta de mis entrañas. Sientes el rumor supurante del amor que nos consume: los fluidos convertidos en almíbar denso, la sangre empapando la seda del vestido hasta volverla transparente. Nos fundimos en una anatomía oblicua donde ya no es claro dónde termina la podredumbre gloriosa de mi arquitectura viva y dónde comienza la orfebrería mortal de tu boca.
SISO CAN | Seda negra - Prosa poética.
Un hilvano de seda negra atraviesa la carne tibia, rompiendo la epidermis con el crujido fino del encaje al rasgarse. No hay dolor en la incisión, solo una pulsión constante, líquida y abrumadora…
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