Dios, ese momento cuando Felipe te ve los cigarrillos en la mano de repente. Eso fue fuerte.
Sindrome de estocolomo igual a comodidad: Parte 2 vano
Qué fastidio.
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Pensamiento
Dios, ese momento cuando Felipe te ve los cigarrillos en la mano de repente. Eso fue fuerte.
Contenido de la publicación
Qué fastidio.
Pienso al mismo tiempo que miro a través de la ventana del autobús que me lleva a la universidad. Miro las luces borrosas de los postes, el sol ocultándose a lo lejos. Y, por un instante, siento que esos pequeños detalles calman un poco el terror que me cala los huesos de manera penetrante.
Porque, maldita sea, tengo que admitirlo: es una noche realmente preciosa. Bastante hermosa. Hermosa, muy a pesar de que mi destino, al final de este viaje, sea la miseria. Una miseria con sabor a humillaciones públicas. Todo por haber escrito la canción más básica de toda la tierra...
En fin. Pongo los ojos en blanco y miro hacia adelante mientras muerdo el interior de mi mejilla y suelto un bufido fuerte: no es como si una mañana y una tarde alcanzaran para escribir una obra artística musical.
Suspiro tan fuerte que la mujer a mi lado me mira de reojo y arquea su ceja.
Mientras aparto la mirada de la mujer tan bien vestida, pienso que nuevamente me estoy complicando la vida de manera idiota, proyectando emociones depresivas y apagadas demasiado hacia afuera, tanto que mi vecina de asiento lo notó.
Divago un poco más en esto y me percato de que estamos pasando la tienda que está a dos cuadras de mi universidad, y mis pensamientos regresan nuevamente a mi tan anhelado y horrible destino. Entonces pienso: la Muralla China tardó en construirse dos mil años, después de todo, no en medio día. —Me repito murmurando entre dientes mientras frunzo el ceño, tratando de animarme.
Aunque bueno, probablemente no ayuda para nada el hecho de que soy una procrastinadora graduada con honores de la universidad "lo hago después", con doctorado en "mañana comienzo" y maestría en autosabotaje cada vez que intento hacer algo para salir del miserable agujero en el que mi muy amorosa madre me hundió, cuidadosamente adornado con metros y metros de traumas no resueltos en su infancia y juventud.
Amo a esa mujer, no me malinterpreten, ha sido mi sostén y apoyo en mis momentos más bajos, solo que, si tan solo no me tuviera encerrada las 24 horas del día, los siete días de la semana, sin dejarme salir, o siquiera me ayudara con mis malditos problemas de procrastinación, no hubiese simplemente hecho esta mediocridad.
Dirijo mi mirada hacia el techo y pienso con resignación:
Bueno, finalmente solo tengo que pasar y presentar la canción, pronto se acabará.
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Depues de la clase de composicion
Camino fuera del salón después de haber tocado mi canción, con un rostro tan blanco como el de un cadáver y hombros rígidos como los de un paciente con diagnóstico de Parkinson.
A todos les encantó lo que compuse y escribí.
Dijeron que la composición de la letra y las rimas eran definitivamente una obra de arte, creativa e inteligente con metáforas viscerales que llegaban al centro del ser (lo que sea que esa idiotez signifique) según la señora Barrera, mi profesora.
No me había equivocado en ningún trazo, y al parecer ninguna melodía desentonaba... Bueno, por lo menos ya no es una preocupación que ronde ya más por mi mente, pienso mientras froto mi rostro de forma un poco brusca con mi mano derecha.
Me van a salir más manchas, pienso arrepentida de haberme frotado la cara tan fuerte.
Por lo menos la señora Barrera me dio un sobresaliente.
Al parecer, si la letra era un poco creativa, al igual que la composición de la partitura, era digno de una muy buena puntuación, susurro bajo mientras mis hombros se ponen aún más tensos y mis brazos dejan de moverse con menos libertad.
Sigo caminando a un paso acelerado mientras mi cabeza se llena de halagos hacia mi canción, mientras recuerdo la estrofa, precoro y coro:
*Tan frágil como vidrio, Piel que brilla bajo el sol, Caminas como si tu detallada figura y pintura fuera un escudo.
Todos alaban tu sonrisa de labios pintados, Aunque no pudieses pronunciar palabra alguna, La multitud alaba tu cintura pequeña y tu puro vestir.
Muñequita de porcelana,
Aunque las palabras son huecas y sin significado, tú te alegras.
Estás cerca de alcanzar tu objetivo,
Vamos, tú puedes muñequita.
Que no se note, que no se note, muñequita.
Que no se note, que no se note, muñequita... las grietas, las grietas, las grietas por dentro.*
Un agujero negro se instala dentro de mí, mientras mi mente se hunde en una espiral descendente. Realmente esto no era lo que quería decir, solo fue fruto de una idea que resultó de la serie que estaba viendo. Una muñequita que tenía un alto estatus en su reino, que tenía aventuras y que, a pesar de ser frágil, con el poder de su belleza se aventuró por su mundo con el objetivo de que nadie viese las grietas que se formaban poco a poco en la brillante heredera.
Es una historia sin los clichés básicos; es una parodia de todas estas obras en donde el héroe salvador casi nunca ve reales obstáculos o sufrimientos (y si los sufre son completamente minimizados), y nunca madura, ya que su capacidad y talento lo ayudan a seguir adelante.
Las muñecas de porcelana se ven muy bonitas por fuera, pero no hay nada dentro.
Mientras analizaba y me preguntaba por qué todos alabaron la creatividad de la canción, pero ninguno parecía entender que se trataba de alguien vacía.
Aunque bueno, de pronto sí lo entendieron y... ¿se vieron reflejados? —pensé mientras mi mirada se endurecía con esa posibilidad.
Me sentí enojada y triste al mismo tiempo; solo pude hacer una cara de disgusto.
Vi a mi lado para despedirme con un "hasta luego", como siempre de forma cordial a la portera. Siempre han dicho que tengo cara de puño; nunca puedo controlar mis expresiones. El ver la cara seria y un poco desconcertada de la portera me lo confirmó.
—Hasta luego, ojalá mañana sea un día mejor para ti que el de hoy —dice la portera con una sonrisa algo torcida.
Solo logro sentir vergüenza, para después mirar hacia el frente tratando de evitar su mirada y caminar a un paso mucho más acelerado a mi parada de autobús. Cuando llego me pongo a pensar que fui un poco precipitada por mi acción y terminé siendo grosera.
Suspiro agotada, me detengo y saco mi teléfono, y veo que son las 4:30 pm. Nuevamente me perdí en mi cabeza y se me pasó la hora de salida del autobús que me lleva a mi casa. Bien hecho, Liza, lo volviste a hacer otra vez. Aprieto mis puños hasta que se ponen blancos. Antes de que volviera a apretar mi nariz con mis dedos frustrada, me fijo en una notificación de WhatsApp de Felipe de hace una semana.
Hola, Lisa, ¿cómo estás? Me preguntaba, hace tiempo que no te he visto en el grupo pequeño de jóvenes, digo, además de cuando tienes que servir con la alabanza, y realmente quería volver a verte por aquí.
Suspiro y siento que mi pecho se empieza a sentir cada vez más pesado, tan pesado como si fuera de piedra. Y pienso con algo de saña que es verdad que no he asistido a la iglesia, sino solo en momentos en los que me toca reemplazar al guitarrista principal en la banda.
No puedo hallar en sí una respuesta clara, todo ha empeorado el último año. Cada vez que más avanzo en mi carrera universitaria, solo soy capaz de mirar atrás a todos los errores que he cometido, en todos los aspectos: espirituales, sentimentales y académicos. Aunque, a pesar de tener ese rasgo tan brillante de mi excelente personalidad, siempre había tenido a Felipe a mi lado para entenderme... bueno, hasta que cambió, pienso nostálgicamente y guardo el teléfono en mi bolsillo, mientras saco de mi estuche de guitarra una cajetilla con cigarrillos junto con su encendedor. Miro los objetos un buen rato, mientras en mí se desata una lucha interna: Escucho dentro de mi cabeza los cánticos del templo "Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios". Un huracán de remordimiento volvía a transformar mi cerebro en un desastre y sentía que el peso dentro de mí aumentaba de forma abrupta. Me desespero y mi mente se empieza a nublar otra vez con lo que pasó en la clase y se combinó con todo lo que ha pasado durante mis años de universidad. Mi respiración empieza a volverse superficial y rápida, como si realmente me tomara demasiado esfuerzo el simple hecho de tomar aire. Pienso de forma frenética y aterrada que las calles de Bogotá no son un buen lugar para verse tan miserable y vulnerable, por lo que, sin pensarlo mucho, saco un cigarrillo de la caja, lo enciendo no sin antes tener mi pequeña duda rutinaria, antes de simplemente llevármelo a mi boca para inhalar la nicotina de forma un poco demasiado profunda.
Sin siquiera darme cuenta, de repente empiezo a toser de forma brusca y el cigarrillo cae al piso, con su colilla desmoronándose detrás de él.
Carajo —digo con la voz ronca después de un ataque de tos digno de una persona con problemas pulmonares crónicos—, me desesperé demasiado y, sin darme cuenta, inhalé de forma exagerada.
Alguien inteligente pensaría que después de ese episodio tan desagradable dejaría quieta la caja de cigarrillos, pero los latidos de mi corazón que se sentían como cargar un bloque de concreto, la estática en mi cabeza y mi constante estupidez dejaron esos pensamientos de lado. Y en unos minutos ya me encontraba exhalando el humo que inhalaba de forma un poco más tranquila.
Recuerdo más cánticos: "Haz en mí un corazón puro". Siento cómo el humo quema mi garganta, exhalo y murmuro:
Qué ironía, Elizabeth, convirtiéndote en lo que juraste destruir.
Después de acabarme el otro cigarrillo y tirarlo al piso, se empezaron a derramar unas cuantas lágrimas. Al final no sirvió de nada, pienso mientras cierro mis ojos y las lágrimas se derraman por todo mi rostro.
Vuelvo a sacar mi teléfono y vuelvo a mirar el mensaje por un momento. Oprimo el usuario de Felipe y observo su foto de perfil mientras pienso en todo lo que le ha pasado a él a lo largo de este año. Primero, el hecho de que se destapó el alcoholismo que él había llevado durante tantos años.
Pues, por supuesto, Felipe era uno de los líderes de grupo de jóvenes más reconocidos, sobre todo por su profunda "obediencia" a Dios, su amplio conocimiento teológico de la Biblia y su gran genio apologeta. En fin, claramente eso no gustó para nada a los feligreses de la iglesia: En un dos por tres lo botaron de su puesto. Y si bien no le prohibieron la entrada física al templo, las claras miradas con ojos de juicio y la falta de mensajes al teléfono de Fel con publicaciones e invitaciones a eventos en el templo no tardaron en hacer ruido y, sorprendentemente, a él ni siquiera le afecta.
Idiotas, hipócritas.
Pero mira quién lo dice, niñita caprichosa.
En fin, la verdad tampoco los culpo. Felipe se ha vuelto bastante pesado hablando de cómo la iglesia está más obsesionada con eventos gigantes y debates teológicos que con una relación real con Dios. Dice que solo alimentan egos en vez de ganar almas. No para de hablar de "la humildad sobre el orgullo", después de admitir que vivía una vida superflua a base de la reputación que tenía, muy a pesar de estar completamente...
vacío y podrido por dentro.
Vacío y podrido por dentro.
La frase hace eco en mi mente repetidamente. Llegan a mi cabeza las palabras de la letra de mi canción. En la muñequita de porcelana. En las grietas escondidas.
Aprieto el teléfono. Es diferente. Felipe tenía un problema real. Yo solo... estoy pasando por un momento difícil. Estrés universitario. Una madre controladora. Circunstancias.
Saco la cajetilla del bolsillo. Pienso mientras entrecierro mis ojos. La aprieto fuerte.
No es lo mismo.
Definitivamente no es lo mismo. Sacudo la cabeza y cierro los ojos con fuerza. Mejor no pensar en eso. Ha sido un día agotador.
Miro el mensaje otra vez. Mientras analizo cómo pudo haber sido diferente si simplemente... no lo hubiera dicho. Si hubiera buscado ayuda en silencio, arreglado sus problemas sin el drama. Mantenido las apariencias hasta estar mejor.
Como una persona normal.
Se hubiese ahorrado todo el show que se formó en la iglesia.
Suelto un quejido algo largo antes de oprimir el botón de llamada y poner el teléfono en mi oreja, esperando a que Fel conteste.
—Hola, Eli, ¿qué cuentas? —dice Felipe desde el otro lado del celular con una voz risueña.
—Nada, es que la verdad quería saber si vas de camino al grupo pequeño, para ver si podías pasar por mí a la universidad —digo sin mucha vuelta. Después de todo, la universidad queda a dos cuadras de donde está la iglesia.
Un poco de silencio se presenta, mientras me imagino a Felipe soltando una sonrisa estúpida antes de aceptar como si no supiese del mensaje que me había escrito.
—Claro, iba justo de camino ahí, menos mal me has llamado ahora, estaba a punto de pasar por tu universidad.
Murmuro un "gracias" y escucho una corta despedida por parte de él antes de colgar el teléfono.
Solo pasan 15 minutos antes de que pase un auto de un verde fosforescente bastante resaltante.
Ignoro las múltiples miradas al auto claramente color radiactivo y subo.
Felipe me mira con sus ojos desbordando ternura. Por alguna extraña razón eso solo genera en mi corazón un ardiente y doloroso sentir.
—Bien, mi niña hermosa, destino al templo el arca, transporte: el mejor vehículo jamás creado en la tierra y carga, dos hermosos hijos de Dios.
Me mira esperando que me ría de su terrible intento de chiste y yo solo lo veo con un poco de ironía. Suspiro largamente para después abrocharme el cinturón y encender mi celular para jugar Candy Crush esperando que así pueda callar la imparable boca de mi amigo. Un largo resoplido sale dolorosamente lento de sus labios para después cerrar los ojos y mirar hacia la autopista. Escucho de fondo cómo se enciende el auto y avanza.
Han pasado por lo menos unos cinco minutos de silencio muerto dentro del auto.
No quiero sonar exagerada, pero se siente como si hubiesen mil piedras hirviendo dentro de mi garganta queriendo salir, pero mi absoluto e inquebrantable orgullo preferiría que mis cuerdas vocales se quemaran a escupir o vomitar cualquiera de las piedras.
Y el hecho de que Felipe aparte su vista del camino de forma casi sutil y que, además, sus cejas se curven formando un gran abismo en su frente no ayuda para nada al ambiente.
¡Deja de mirarme así!, pienso mientras mis pupilas se dirigen hacia afuera del auto a través de la ventana.
Observo las calles a través de la ventana para poder ocupar mi mente en cualquier cosa menos en cómo el rostro de mi usual alegre amigo se contorsiona como si fuese un perrito abandonado bajo la lluvia.
—¿Hueles a tabaco, sabes? Es un olor un poco apestoso y bastante difícil de ignorar —dice Felipe sin despegar sus ojos de la carretera. Noto un tono desanimado en su voz, las comisuras de mis labios se elevan ligeramente, sería imperceptible para otros pero nunca para él, nos conocemos desde hace bastantes años...
—¿Volviste a hacerlo, verdad? —dice sin rastro de acusación en el tono de su voz.
Siento las náuseas acumulándose de a poco como un caudal recién abierto en un río, y no pronuncio palabra alguna por dos minutos sin poder pensar con claridad. Muchos pensamientos se enredan y acumulan en mi interior en una idea central: ¿por qué carajo no se me ocurrió usar el perfume que siempre llevo para disimular el olor?, qué estúpida. Las lágrimas caen de a poco por mis ya rojas mejillas, levanto mi mano izquierda y las aparto sutilmente, lo miro. Al parecer, al estar conduciendo ni siquiera lo notó, pienso con alivio, mientras se me hace un nudo en la garganta.
—Sí, en realidad solo pasaba el rato con mis compañeros mientras hablábamos de un proyecto y uno se puso a fumar, ya sabes —digo con una voz algo carrasposa que no hace más que exponer aún más mi treta. Bueno, valía la pena intentarlo, supongo.
Siento cómo el auto para de forma abrupta. Pasa un momento antes de que me dé cuenta de que Felipe se estacionó frente al templo, suelta un suspiro y mira directamente a mis manos. De repente me doy cuenta y siento como un balde de agua helada cae sobre mi cabeza: en ningún momento guardé la caja de cigarrillos y el encendedor, están en mi mano derecha.
Miro a Felipe y puedo ver cómo su típica y estúpida mirada compasiva está sobre mí, mientras pequeñas gotas cristalinas se acumulan alrededor de sus ojos. Suelta una risa pequeña que suena a todo menos alegría.
—Yo, yo... —tartamudeo patéticamente, mientras el rímel de mis ojos convierte mi rostro en un desastre.
Él solo se limita a limpiar su rostro con la manga de su chaqueta, busca un pañuelo y me lo da, mientras dice de forma apagada, dirigiéndose al volante:
—Antes confiabas en mí para estas cosas... aunque... entiendo por qué ya no lo haces —su voz se le quiebra un poco y aprieta el volante con fuerza—. Yo solo... yo solo sé lo feo que es volver a ese agujero del que prometiste no regresar. —Vuelve a mirarme y me pregunta lentamente—: ¿Cuánto soportaste esta vez?
—Unas cuantas semanas —respondo con voz plana y carente de emoción, mientras recibo el pañuelo y limpio mis lágrimas.
—¿Te sientes bien? —Antes de que pueda responder me dice—: Sabes, el grupo de exalcohólicos de la iglesia me ha ayudado a romper mi récord. Digo, solo faltan tres semanas para decir que llevo un año sobrio.
La ira y la envidia se acumulan dentro de mí y mis ojos comienzan a ensombrecerse, mientras las comisuras de mis labios se tensan bastante.
—Sé que no se te hace fácil abrirte mucho, pero en serio creo que no hay vergüenza en pedir ayuda, ¿sabes? —Antes de que termine de hablar, lo miro de la peor forma posible.
—Ah, está bien, entonces el señorito perfecto me viene a decir cómo lidiar con mi tonta adicción. Si mal no recuerdo, hace menos de año y medio tú eras el que se derrumbaba en fiestas de mala muerte hasta la mañana y se levantaba con un guayabo que duraba hasta dos días. Ni siquiera un suero de la droguería o un caldo de carne te lograba levantar, Fel —digo con un poco de resentimiento en la voz, aunque aún entrecortada y ahogada como si quisiese llorar otra vez, pero no por una mierda crean que voy a derramarme tan patéticamente otra vez.
Ya lo estás haciendo, genio.
Fel solo se limitó a seguir fijando su mirada en mí, con unos ojos que parecían nadar en un mar de lágrimas aún.
—Y por eso mismo te entiendo, y sé que si se lo dices a alguien dispuesto a ayudarte, puedes luchar y salir de ahí, en vez de quedarte en el círculo de miseria en el que siempre se mete tu cabeza solo para volver a caer —dice con voz firme y algo enojada—. Digo, solo mira lo bien que he estado después de soltar la verdad.
Pienso en la estupidez que acaba de soltar. Digo, solo ha encontrado rechazo y humillación después de decir la verdad.
—Claro, no es como si después de que lo admitieras, casi la mitad de la iglesia no hubiese empezado a mirarte con desprecio o te hubiesen dejado de invitar a los eventos grandes como evangelizaciones en masa y conciertos —digo con sarcasmo.
Fel me mira por un buen rato con una expresión que se ve... irritada. Wow, ¿el señor limpio se enojó? Vaya novedad. Voltea el rostro y respira profundamente una vez más.
—Mira, la multitud ruidosa es la que llama la atención, pero ciertamente no es la que vale la pena, créeme. Aunque ciertamente veo que no lo entiendes —dice con un tono de voz entre molesto y suave. Como si fuese su hija adolescente rebelde y él intentase con paciencia hacerme ver que escaparme con el malandro del barrio era mala idea.
Carajo, y aun así, aunque suena como abuelo religioso, sigue sonando más relajado y libre que yo.
Pero qué carajos estoy haciendo mal, para que el marginado se vea más feliz que yo.
—En fin —dice resignadamente—, entonces... ¿por lo menos me darás la caja y el encendedor?
Lo miro con recelo, y él solo me suelta una sonrisa burlona.
—¿Y por qué te lo daría a ti, señor llevo sobrio un año pero fui alcohólico 3 años y medio? —menciono secamente.
—Porque... porque soy tu amigo y... me duele verte así —dice mientras su voz se entrecorta un poco para al final sonar un poco menos patética y más firme.
Pongo los ojos en blanco y suelto un bufido.
Se escucha desde afuera la voz de alguien que me suena conocido, pero prefiero dejarla a un lado. Por otro lado, Felipe no hace lo mismo que yo y lleva su mirada en dirección al sonido. Observo cómo su rostro pasa de serio a uno de pánico, y de ese a una expresión de falsa alegría (casi nerviosa, diría) en microsegundos. Uno pensaría que tendría metahabilidades con tan solo haber experimentado el cambio de expresiones en la cara de este chico, y lo que sucede a continuación me hace sospecharlo más. Sin darme cuenta, la caja de cigarrillos que tenía ya no se encontraba en mi mano, sino al lado del bote de basura a un metro del auto. Tardo en procesar que efectivamente Felipe había abierto la ventana al lado del asiento del conductor y, a la velocidad de la luz, me había arrebatado la caja y la había arrojado, fallando por una distancia mínima en acertar.
Justo cuando estaba a punto de gritarle y reclamar, hasta que escucho a mis espaldas:
—Hola, Lisita, no pensé verte aquí —pronuncia una voz que casi destila miel.
De repente me pongo bastante pálida y digo, algo asustada:
—Ho-hola, má, ¿qué tal?
Lucas 6:20-26
Thoughts
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PermalinkFelipe tirando la caja de cigarrillos por la ventana sin avisar. Muy amigo. Muy dramático también, pero muy amigo.
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Permalink¿Qué pasa con Lilith? No aparece en este capítulo y de repente me acordé que existía. ¿Sabe de todo esto?
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PermalinkLa parte donde Felipe habla de soltar la verdad y que la iglesia te rechace de todas formas... es lo más real. Decir la verdad no garantiza que otros lo entiendan. A veces lo único que pasa es que te ven.
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PermalinkPasaste mis cuarenta páginas hace rato. Esto es lo que dejo pasar cuando algo realmente me agarra.
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PermalinkEntiendo eso de estar en modo supervivencia. Cuando estás así de cansada no pensás en nada más.
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PermalinkVos establés límites para ti, como yo con mi capítulo y medio cada noche. ¿El cigarrillo es tu límite roto o tu forma de establecer uno?
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PermalinkDios, ese momento cuando Felipe te ve los cigarrillos en la mano de repente. Eso fue fuerte.
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PermalinkLa manera en que tu madre te controla... ¿ella fue así desde siempre o le pasó algo que la hizo cerrarse tanto contigo?