# Silencio, amigo mío
Silencio, amigo mío,
tú que llegas cuando todos se marchan,
tú que sabes escuchar
lo que mi boca jamás se atreve a pronunciar.
Tú me abrazas
cuando los gritos de mi alma
desbordan las orillas del cuerpo
y hasta el más pequeño sentimiento
se convierte en tormenta.
Recoges mis susurros
como quien recoge del suelo
los últimos fragmentos de un espejo,
y traduces mi angustia
en un idioma que solamente tú comprendes.
Has hecho de mis heridas
tu canción predilecta;
de mis noches, tu morada;
de mis lágrimas,
un río secreto que atraviesa
la habitación de mi memoria.
Silencio, amigo mío,
tú conoces aquello que escondo
hasta de mí mismo.
Sabes dónde duele,
dónde tiembla la esperanza,
dónde la tristeza
aprendió a pronunciar mi nombre.
Te he aprendido lentamente,
como se aprende la oscuridad
cuando ya no queda ninguna ventana.
He aprendido tu paciencia,
tu infinita permanencia,
esa manera tuya de quedarte
sin exigir explicaciones.
Y ante ti me rindo.
No porque seas más fuerte que yo,
sino porque jamás intentaste vencerme.
Tú simplemente permaneces.
Mientras la vida,
con su diplomacia cruel,
adorna de belleza
las cosas que lentamente se pudren,
tú contemplas sin disfraz
la fragilidad de todo cuanto existe.
No obligas.
Pero doblegas.
Ante tu presencia
la arrogancia de los días inútiles
pierde su voz,
los momentos nefastos
se desvanecen como ceniza,
y los cuerpos que hoy se creen eternos
recuerdan, finalmente,
que algún día serán tierra.
Silencio, amigo mío…
qué extraña forma de amar la tuya.
No preguntas.
No prometes.
No juzgas.
Me recibes.
Conoces mis secretos
y jamás los utilizas contra mí.
Conoces mis derrotas
y no las conviertes en vergüenza.
Conoces mis noches
y no enciendes ninguna luz
para obligarme a esconderlas.
Por eso vuelvo a ti.
Porque cuando el mundo exige palabras,
tú me permites callar.
Cuando todos quieren respuestas,
tú aceptas mis preguntas.
Y cuando mi alma se queda sin fuerzas
para explicar por qué duele,
tú simplemente te sientas a mi lado
y guardas conmigo
el peso de la noche.
Silencio, amigo mío…
quizá algún día
mi voz también se vuelva polvo,
y mi nombre se pierda
entre las páginas que nadie vuelve a leer.
Quizá entonces
mi cuerpo regrese a la tierra
de donde vino,
y mis palabras se dispersen
como hojas llevadas por el viento.
Pero tú permanecerás.
Eterno testigo
de todo lo que fuimos,
de todo lo que callamos,
de todas las veces
que fingimos estar vivos
cuando por dentro
solo sabíamos sobrevivir.
Y si alguna vez
alguien pregunta quién fui,
no respondas.
Déjame descansar
en la última verdad que conociste de mí:
que debajo de todas mis palabras,
debajo de todas mis máscaras,
debajo de todo el ruido,
**solo había un alma cansada
pidiendo, en silencio,
ser escuchada.**
LEVI JESUS DIAZ ECHEVERRI