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Siete años

Juanfer00Cuesta
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Te he amado durante siete años de mi vida.

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Te he amado durante siete años de mi vida.

Siete años.

Y todavía me parece increíble escribirlo, como si al pronunciar esa cifra pudiera escuchar, uno por uno, los latidos de todo el tiempo que pasé esperándote.

Te he perseguido como las plantas persiguen la luz del sol; con esa obstinación silenciosa de quien sabe que puede marchitarse, pero aun así estira sus ramas hacia aquello que la ilumina. He crecido hacia ti. He inclinado mi vida hacia tu sombra. He buscado tu calor incluso en los inviernos más largos.

He intentado, aunque fuera desde la distancia, escuchar tu voz entre miles de voces. Reconocerla como se reconoce una canción después de muchos años. He querido encontrar tu risa entre el ruido de las calles, entre las conversaciones ajenas, entre el murmullo interminable del mundo.

Porque, de alguna manera, mi mundo siempre ha girado alrededor del tuyo.

Eres la única mujer en el mundo que tiene dos corazones: el tuyo y el mío.

Ese corazón que te entregué sin saber cómo recuperarlo.

Ese corazón que, aunque nunca me lo pediste, decidí poner en tus manos y dejarlo allí, latiendo por ti, como una pequeña criatura que jamás aprendió a volver a casa.

Pero nada ha funcionado.

Nada.

He llamado a puertas que nunca se abrieron. He dejado flores en caminos donde nadie esperaba encontrarme. He encendido pequeñas luces en medio de la oscuridad, esperando que alguna llegara hasta tus ojos.

Y quizá simplemente nuestras almas estaban destinadas a permanecer lejos.

Quizá la tuya debía caminar bajo un cielo distinto al mío.

Quizá la vida decidió escribir nuestros nombres en páginas diferentes.

Y me duele.

Oh, sí que me duele.

Créelo.

Me duele de una manera que no sé explicar sin quedarme sin palabras.

Pero sé que no es tu culpa.

Nunca lo fue.

Tú no tienes la obligación de mirarme como yo te miro, de buscarme como yo te busco, de pensarte como yo te pienso, ni mucho menos de amarme como yo te amo.

El amor no puede ser una deuda.

Y tú jamás me debiste nada.

Daría lo que fuera por poder caminar al lado de Dios, sentarme frente a Él y pedirle un último milagro. Le pediría que tomara mi nombre entre sus manos y lo dejara caer, suavemente, dentro de tus pensamientos. Que me concediera vivir aunque fuera un instante en algún rincón de tu memoria. Que hiciera que, por una sola noche, antes de cerrar los ojos, apareciera mi rostro en tu mente.

Pero ni siquiera Dios puede obligar a un corazón a sentir lo que no siente.

Y eso es lo que más duele.

Estoy cansado.

No de amarte.

Jamás de eso.

Estoy cansado de verte feliz con alguien más. De contemplar desde lejos las sonrisas que no provoqué. De ver tus ojos llenarse de luz y saber que esa luz no nació por mí.

Estoy cansado de imaginar tus manos entre otras manos.

De saber que existen brazos donde encuentras refugio mientras yo aprendí a refugiarme en recuerdos.

De saber que tus labios encuentran otra boca, mientras los míos solo aprendieron a pronunciar tu nombre.

Y cada segundo lejos de ti se siente como si el tiempo tuviera dientes.

Como si cada minuto mordiera un pedazo de mí.

Como si alguien, lentamente, abriera las ventanas de mi pecho y dejara escapar todo aquello que alguna vez fui.

Porque sí.

Llegué a amarte.

A amarte más de lo que debí.

Y quizá ese fue mi error.

No amarte demasiado.

Sino olvidarme de mí mientras lo hacía.

Por ti cambié.

Por ti intenté ser mejor.

Por ti miré mis propios defectos como quien contempla ruinas después de una guerra y decidió reconstruirse piedra por piedra.

Me convertí en alguien que quizá ni siquiera reconozco.

Fui arrancando pedazos de mí, uno tras otro, pensando que quizá, cuando terminara de cambiar, cuando terminara de ser suficiente, tú finalmente volverías la mirada.

Y no ocurrió.

Me olvidé de quién era.

Todo por una esperanza pequeña, absurda y obstinada: que algún día, aunque fuera por un segundo, levantaras los ojos y me encontraras allí.

Esperándote.

Como una lámpara encendida en una casa abandonada.

Como un barco que permanece en el puerto después de que todos los demás han partido.

Como alguien que todavía mira el horizonte aunque sabe que el barco que espera jamás regresará.

Me lastima verte rodeada de otros brazos.

Me lastima saber que alguien más conoce la calidez de tus manos.

Que alguien más escucha de cerca esa voz que durante años intenté alcanzar desde lejos.

Que alguien más puede hacerte sonreír mientras yo, desde la distancia, aprendo a sonreír fingiendo que no me duele.

Y para escribir todo esto he tenido que reunir las pocas fuerzas que me quedan.

Porque quiero arrancarte de mi vida.

Quiero sacarte de mis pensamientos.

Quiero cerrar las puertas por las que entraste y apagar las luces que dejaste encendidas dentro de mí.

Quiero que todo termine aquí.

No porque quiera dejar de amarte.

Sino porque tengo que aprender a vivir sin ti.

Tengo que enseñarle a mi corazón que no todo lo que ama puede quedarse.

Tengo que enseñarle a mis manos a no buscar tu nombre.

A mis ojos, a no buscar tu rostro.

A mis labios, a no esperar tu voz.

Espero que algún día mi corazón haga caso a mi cabeza.

Espero que estas sean las últimas palabras que te escribo.

Espero que, después de esto, pueda caminar hacia adelante sin seguir mirando por encima del hombro.

Cada verso, cada palabra, cada sílaba que has leído está escrita con lágrimas que jamás pensé derramar.

Nunca en mi vida he llorado por una mujer como lo he hecho por ti.

Tú me causaste esto.

Tú me lastimaste.

Tú me cambiaste.

Pero tampoco puedo culparte.

Porque quizá nunca supiste lo que ocurría dentro de mí.

Quizá nunca imaginaste cuántas noches pasé hablando contigo en mi cabeza.

Cuántas veces imaginé conversaciones que jamás tuvimos.

Cuántas veces construí futuros sobre terrenos donde nunca existió una casa.

Quizá nunca supiste que mientras tú simplemente vivías tu vida, yo iba guardando pequeños pedazos de ella como quien recoge fotografías después de un incendio.

Y aun así, aquí termina todo.

Espero que Dios te cuide siempre.

Que camine contigo cuando no haya nadie a tu lado.

Que ilumine tus caminos cuando todo parezca oscuro.

Que te rodee de personas que sepan quererte, respetarte y cuidarte.

Que nunca tengas que preguntarte si eres suficiente para alguien.

Y que encuentres a alguien que te ame, aunque sea un poco, de la manera en que yo te he amado.

Perdóname por admirarte.

Perdóname por pensarte.

Perdóname por convertirte, sin querer, en el centro de un universo que solo existía dentro de mí.

Perdóname por cada palabra que quizá nunca debí decir.

Por cada esperanza que alimenté solo.

Por cada vez que confundí una mirada con una promesa.

Solo perdóname…

por amarte.

Va a ser difícil.

Va a ser difícil ver tu fotografía y no escribirte.

Ver tu nombre y contener las manos.

Escuchar una canción y no asociarla contigo.

Pasar por un lugar y no preguntarme si alguna vez estuviste allí.

Va a ser difícil aprender a caminar por las calles donde antes caminaba mi esperanza.

Pero lo haré.

Debo hacerlo.

Porque quizá amar también significa saber cuándo soltar, incluso cuando las manos todavía tiemblan por quedarse.

Es increíble cómo la mente puede construir su propio mundo.

Yo te idealicé.

Te convertí en un sueño al que regresaba cada noche.

Construí una versión de ti hecha de recuerdos, deseos, silencios y posibilidades.

Una mujer que quizá nunca existió.

Una mujer que fui inventando lentamente, como un escultor que encuentra un rostro dentro de una piedra y termina enamorándose de la estatua que él mismo creó.

Yo solo te amé.

Y creí que, en algún momento, quizá podría existir algo entre nosotros.

Esperé.

Esperé tanto que la espera terminó convirtiéndose en parte de mí.

Y mientras esperaba, la vida pasó.

Pasaron días.

Pasaron meses.

Pasaron años.

Y yo seguía mirando la misma puerta.

He perdido oportunidades de avanzar, de crecer, de conocer otros caminos, de descubrir otras personas.

Todo por esperarte.

Todo por esa pequeña palabra que nunca fue una promesa:

“Quizá”.

Quizá algún día.

Quizá después.

Quizá cuando sea el momento.

Quizá.

Y qué palabra tan cruel puede ser una esperanza cuando se convierte en una forma de quedarse quieto.

Pero entonces me pregunto:

¿Por qué tienes que hablarme así?

¿Por qué?

¿Por qué tus palabras pueden atravesarme de esa manera?

¿O acaso todo me lo inventé yo?

¿Acaso fui yo quien convirtió cada gesto en una señal, cada conversación en una posibilidad, cada pequeño acercamiento en una estrella que podía guiarme hasta ti?

Quizá fui yo quien dibujó puertas donde solo había paredes.

Quizá fui yo quien escuchó música donde solo había silencio.

Quizá fui yo quien confundió tu existencia con una promesa.

Y quizá esa es la verdad que más me duele aceptar:

que mientras yo escribía una historia de amor dentro de mi cabeza, tú simplemente estabas viviendo tu vida.

Y yo estaba allí.

Esperando.

Amando.

Soñando.

Perdiéndome.

Siete años.

Siete años mirando hacia el mismo lugar.

Siete años pronunciando tu nombre dentro de un corazón que nunca supo cómo dejarte ir.

Y ahora, por primera vez, voy a cerrar los ojos y dejar que el recuerdo de ti se vaya alejando.

No sé cuánto tardará.

Quizá meses.

Quizá años.

Quizá siempre quedará una pequeña parte de mí mirando hacia atrás.

Pero tengo que hacerlo.

Tengo que aprender a vivir en un mundo donde tú no seas el centro de cada pensamiento.

Tengo que aprender a respirar sin buscarte en el aire.

A mirar el cielo sin imaginar tu rostro entre las nubes.

A escuchar el silencio sin esperar que tu voz lo rompa.

Tengo que aprender, finalmente, que hay amores que no terminan porque dejan de sentirse.

Terminan porque uno comprende que no puede vivir eternamente esperando que el otro sienta lo mismo.

Así que adiós, mi amada.

Adiós a lo que imaginé.

Adiós a los futuros que inventé contigo.

Adiós a todas las conversaciones que nunca tuvimos.

Adiós a todas las noches en las que te soñé.

Adiós a los siete años que dejé frente a tu puerta.

Adiós a la esperanza.

Adiós a ti.

Para siempre.

O tal vez no.

Tal vez algún día, cuando hayan pasado muchos años y nuestras vidas hayan tomado caminos completamente distintos, el destino vuelva a cruzarnos.

Tal vez entonces pueda mirarte sin dolor.

Tal vez pueda sonreír.

Y tal vez, por fin, pueda decirte adiós sin que mi corazón siga esperando que regreses.

Thoughts

  • HERIBERTO

    Los amores así no crecen en línea recta. A veces se estiran hacia donde no hay nada y se quedan así, esperando.

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  • Gala

    Siete años es mucho para vivir por una persona. Qué bueno que lo escribiste todo esto.

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  • Evaristo

    He estado en trabajos donde el tiempo pesa así, donde seguís aunque ya no tenga sentido. Pero eventualmente uno tiene que poder moverse.

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  • Elena_V

    Siento que en el camino te encontraste a vos mismo en la espera, aunque sea eso lo que quisieras soltar.

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  • Anselma

    Conozco ese tiempo de espera. A veces es lo más honesto que uno hace, aunque duela.

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