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Setenta y Dos Ausencias de un Domingo Negro.

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La mañana del domingo amaneció tranquila.

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Pensamiento

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Me interrumpieron justo en el twist. ¿Es mejor leerlo de una o puedo hacerlo en partes?

Me interrumpieron justo en el twist. ¿Es mejor leerlo de una o puedo hacerlo en partes?

Contenido de la publicación

La mañana del domingo amaneció tranquila.

Demasiado tranquila, incluso para Celaya.

El aire estaba quieto y las calles tenían ese aspecto extraño de los días en que mucha gente no tiene nada mejor que hacer que salir a mirar cómo pasa el tiempo.

Él tampoco tenía nada mejor que hacer.

Entonces llegó el estruendo.

No fue exactamente un ruido.

Fue una presión brutal que le expulsó el aire de los pulmones, un temblor grave que le recorrió el cuerpo y le hizo vibrar los dientes. Después llegaron los gritos, las alarmas y una columna de humo que comenzó a levantarse sobre las bodegas de abarrotes de Sostenes Rocha.

Algo acababa de romperse.

Algo que ya no volvería a ser igual.

Salió de su casa casi por instinto.

No pensó en las víctimas. No pensó en ayudar. Ni siquiera se preguntó si podía hacer algo.

Solo quiso saber qué había pasado.

Siguió la columna de humo mientras otras personas hacían lo mismo. Hombres, mujeres, jóvenes. Una pequeña corriente humana avanzando en la misma dirección.

Nadie hablaba demasiado.

Todos llevaban en el rostro esa mezcla incómoda de preocupación y expectativa que nadie admite, pero que todos conocen.

La curiosidad disfrazada de preocupación.

Mientras se acercaban, el olor a pólvora se volvió más intenso. Dulce, quemante, parecido al de las fiestas patronales.

Solo que más denso.

Más amargo.

—Dicen que explotó una bodega.

—Toneladas de pirotecnia.

Las voces llegaban fragmentadas.

Cuando llegó al perímetro improvisado, la escena parecía imposible.

Estructuras abiertas como cajas rotas. Láminas retorcidas. Mercancía convertida en metralla. Cartones quemados. Restos de vehículos.

Y cuerpos.

Algunos cubiertos con chamarras.

Otros con pedazos de cartón.

Otros apenas ocultos de la vista.

Algunos todavía se movían.

Muchos no.

Entonces escuchó un golpe.

Seco.

Aislado.

Como si alguien hubiera tocado una puerta desde muy lejos.

Se quedó quieto.

Miró alrededor.

Nada.

Quizá había sido una lámina al caer.

Quizá una explosión secundaria.

Quizá su propia imaginación.

En medio de una tragedia, la mente encuentra cualquier explicación que le permita seguir funcionando.

Continuó.

Un zapato infantil.

Una caja de fuegos artificiales completamente calcinada.

Un hombre arrodillado, gritando nombres hacia un montón de escombros.

Una mujer que buscaba desesperadamente a alguien entre los restos.

Una ambulancia.

Otra.

Y otra.

Él observaba todo con una atención casi obscena.

Memorizaba cada detalle.

El humo.

Los gritos.

El olor.

Los cuerpos.

Todo.

Como si necesitara conservarlo para después poder contarlo.

Yo estuve ahí.

Entonces ocurrió la segunda explosión.

Esta vez había demasiada gente cerca.

El mundo se partió.

No vio fuego.

Vio movimiento.

Cuerpos lanzados por el aire. Láminas girando. Polvo. Gritos.

Durante un instante no existieron arriba ni abajo.

El tiempo pareció desgarrarse.

Después, nada.

Un silencio espeso.

Antinatural.

Cuando volvió a abrir los ojos, estaba de pie.

No sabía cuánto tiempo había pasado.

La escena había cambiado.

Las sirenas llegaban una tras otra. Los sobrevivientes corrían sin dirección. Algunos daban órdenes. Otros rezaban. Otros lloraban en silencio, como si el ruido se hubiera quedado atrapado dentro de ellos.

Escuchó a alguien gritar una cifra.

—¡Setenta y dos!

No alcanzó a entender a qué se refería.

Decenas de muertos.

Cientos de heridos.

Las cifras cambiaban de boca en boca.

Más tarde, las autoridades hablarían de setenta y dos muertos.

Pero él no lo sabía.

Avanzó entre los restos.

Vio cuerpos cargados sobre puertas arrancadas de sus marcos.

Vio manos temblorosas cubriendo rostros ensangrentados.

Vio a un hombre abrazando una fotografía.

Vio a los rescatistas improvisando camillas con cualquier cosa que encontraban.

Alguien mencionó que la Deportiva Miguel Alemán sería habilitada como morgue provisional.

Pensó en lo absurdo.

En lo perfectamente evitable.

En las advertencias ignoradas.

En las toneladas de pirotecnia clandestina almacenadas donde nunca debieron estar.

Quiso alejarse de aquel lugar.

Caminó unos metros.

Entonces vio a un hombre entre los escombros.

Se acercó.

—¿Está herido?

El hombre no respondió.

Tenía la mirada fija en algún punto detrás de él.

—¿Me escucha?

Nada.

Él frunció el ceño.

Volvió a intentarlo.

—¿Necesita ayuda?

El hombre permaneció inmóvil.

Como si él no estuviera ahí.

Sintió un escalofrío.

En ese momento vió una ambulancia que venía hacia a él a toda velocidad.

Intento hacerse a un lado.

Pero el vehículo atravesó exactamente el lugar donde estaba parado.

Él se quedó inmóvil.

Volteó.

La ambulancia continuó su camino.

Miró alrededor.

Nadie había reaccionado.

Nadie parecía haberlo visto.

Por primera vez sintió que algo no estaba bien.

Pero no tuvo tiempo de pensarlo.

El golpe volvió a escucharse.

Seco.

Breve.

Esta vez parecía estar dentro de él.

Intentó ignorarlo.

Siguió caminando.

Y entonces se detuvo.

No sabía por qué.

Frente a él había un montón de escombros más grande que los demás.

Sintió una necesidad inexplicable de acercarse.

Dio un paso.

Luego otro.

Entre las láminas retorcidas y las cajas pulverizadas distinguió una figura humana.

Estaba inmóvil.

Demasiado inmóvil.

El polvo blanquecino cubría el rostro.

La ropa estaba desgarrada.

El cuerpo había quedado atrapado entre dos estructuras de metal.

Sintió rechazo.

Después pena.

Finalmente, algo más difícil de nombrar.

Una sensación de reconocimiento.

Se acercó.

Y vio la muñeca.

El reloj.

Se quedó sin respiración.

Era el mismo modelo barato.

La misma correa gastada.

La misma pequeña marca sobre la esfera.

El mismo reloj que llevaba puesto desde hacía años.

Lo miró.

Las manecillas estaban detenidas.

3:17.

La hora exacta de la segunda explosión.

Entonces escuchó nuevamente el golpe.

Una vez.

Seco.

Definitivo.

Y comprendió.

No había sobrevivido.

Había muerto en la segunda explosión.

Lo que había ocurrido después no podía ser real.

Nunca se había levantado.

Nunca había caminado entre los restos.

Nunca había intentado hablar con aquel hombre.

Nunca había visto pasar aquella ambulancia.

O quizá sí.

Pero ya no pertenecía al mismo mundo que ellos.

La certeza llegó sin gritos.

Sin apariciones.

Sin ninguna explicación sobrenatural.

Simplemente encajó.

Él no había sobrevivido.

Había acudido por morbo.

Por esa curiosidad pequeña y ruin que empuja a acercarse al horror cuando uno cree que la tragedia siempre le ocurre a otros.

No había ido a ver una tragedia.

Había ido a sumarse a ella.

Y al salir de casa solo para mirar había firmado su lugar entre los setenta y dos.

Afuera, Celaya comenzaba a contar a sus muertos.

Con el tiempo hablarían de negligencia, de advertencias ignoradas y de una tragedia anunciada.

Después vendrían los aniversarios.

Luego, el olvido.

Y cuando todo hubiera terminado, cuando el humo, los periódicos y el escándalo desaparecieran, de él no quedaría un nombre.

Quedaría una cifra.

Uno de los setenta y dos.

Thoughts

  • relatoBreve

    Terminé en mi descanso de quince minutos. Ahora necesito más de quince para respirar.

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  • quintopiso

    La parte donde dice que la mente busca cualquier explicación en una crisis... eso es exacto.

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  • pnavarro64

    Hace años pasó algo en Celaya con unas bodegas. ¿Esto viene de ahí o es imaginación? Porque la forma en que escribe los detalles (el olor, el golpe sordo, la ropa) se siente como que alguien lo vio de verdad.

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  • paginaDoblada

    Me interrumpieron justo en el twist. ¿Es mejor leerlo de una o puedo hacerlo en partes?

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  • melisaenlacola

    Leí esto entre trámites. No me hubiera gustado terminar a mitad.

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  • mediocapitulo

    ¿Había pistas desde el inicio? Yo creo que me perdí en el camino.

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  • lo_lei_en_el_bus

    ¿Cuándo se da cuenta exacto? Porque yo pierdo siempre en esos momentos.

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  • leoenvozalta

    Algo de esto me quedó pegado. ¿A vos te pasó así?

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