Max está persiguiendo una identidad fija cuando el budismo viene diciendo hace dos mil años que no la hay. La persona no es un producto terminado; es un proceso. El error de Max no es estar construyéndose, es creer que una vez terminada esa construcción puede pararse y reclamar: soy esto. Pero la identidad es impermanente. Seguirá siendo Max, seguirá cambiando, y la madurez podría ser aceptar eso.
Rushmore - El problema de querer ser alguien antes de saber quién sos
Rushmore es la historia del pibe más peligroso del cine: un adolescente con autoestima de multimillonario y corazón de cachorro mojado. Max Fischer no estudia demasiado, pero dirige clubes como si…
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Max está persiguiendo una identidad fija cuando el budismo viene diciendo hace dos mil años que no la hay. La persona no es un producto terminado; es un proceso. El error de Max no es estar construyéndose, es creer que una vez terminada esa construcción p
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Rushmore es la historia del pibe más peligroso del cine: un adolescente con autoestima de multimillonario y corazón de cachorro mojado. Max Fischer no estudia demasiado, pero dirige clubes como si fuera un ministro. Apicultura, esgrima, teatro, ajedrez… lo que venga. Tiene más actividades extracurriculares que amigos reales y una capacidad impresionante para convencerse de que todo lo que hace es importantísimo. Es básicamente un emprendedor emocional: vive actuando, vendiéndose, chamuyando y construyendo una versión de sí mismo que parece mucho más segura de lo que realmente es. Lo más gracioso es que habla con una seguridad tan desproporcionada que, por momentos, te dan ganas de votarlo. No sabés para qué, pero lo votarías.
Y ahí está una de las cosas que hacen que Rushmore sea tan divertida. Max no necesariamente tiene talento para todo lo que cree que tiene talento. Lo que tiene es una confianza absolutamente extraordinaria. La película podría haberlo presentado simplemente como un adolescente arrogante y ridículo, pero Wes Anderson hace algo bastante más interesante: filma el mundo de Max con la misma solemnidad con la que Max lo vive. Una obra de teatro escolar parece una producción de Broadway. Un club de estudiantes parece una organización internacional. Cada pequeña actividad adquiere una importancia gigantesca porque así es como Max necesita verla. Si su vida va a ser una historia importante, entonces cada cosa que haga tiene que parecer importante.
Y después se enamora de la profesora, y ahí el personaje directamente se vuelve maravilloso. Porque Max no se enamora: lanza una campaña. No quiere conquistarla, quiere ganarla. Como si el amor fuera otro de sus proyectos extracurriculares. Tiene una estrategia, tiene objetivos y, probablemente, hasta tendría una presentación de PowerPoint si la película transcurriera diez años después. El problema es que el amor no funciona como una obra de teatro ni como un club escolar. No alcanza con organizarlo perfectamente para que la otra persona quiera participar.
Y eso empieza a mostrar algo bastante importante sobre Max. Él necesita convertir todo en una misión porque las misiones tienen reglas. Si algo depende de su inteligencia, de su esfuerzo o de su capacidad para convencer a los demás, entonces puede sentir que tiene el control. Pero enamorarse de alguien implica justamente lo contrario. Implica aceptar que el otro tiene deseos propios, que puede decir que no y que no todo lo que queremos puede conseguirse simplemente insistiendo un poco más. Max tarda bastante en entenderlo, porque todavía confunde intensidad con profundidad y perseverancia con derecho a conseguir lo que quiere.
Y cuando aparece Bill Murray, la película encuentra el espejo perfecto para Max. Herman Blume es, en muchos sentidos, la versión adulta de ese mismo ego. Un hombre con dinero, negocios, familia y todas esas cosas que supuestamente deberían significar que uno tiene la vida resuelta, pero que por dentro está completamente vacío. Y lo genial es que, en lugar de mirar a Max y pensar “qué pibe insoportable”, reconoce algo de sí mismo. Es como si pensara: “Ah, mirá, este pibe soy yo… pero sin deudas”. Uno tiene uniforme escolar y el otro tiene traje, pero emocionalmente están bastante cerca.
Por eso el conflicto entre ellos funciona tan bien. No estamos viendo simplemente a un adolescente compitiendo con un adulto. Estamos viendo dos versiones de una misma persona en momentos diferentes de la vida. Max tiene el ego adolescente en su forma más pura: necesita ser especial, necesita ser admirado, necesita sentir que está destinado a algo grande. Blume tiene ese mismo ego, pero envejecido, resentido y con un vaso de whisky en la mano. Uno tiene clubes de ajedrez y obras de teatro; el otro tiene empresas y plata. Pero los dos están intentando llenar exactamente el mismo vacío.
Y ahí Rushmore empieza a hablar de algo bastante más interesante que Max Fischer. Habla de la dificultad de crecer. Porque muchas veces pensamos que madurar significa dejar atrás ciertas inseguridades y convertirnos en adultos completamente seguros de quiénes somos. Pero la película parece sugerir algo bastante más incómodo: que la gente no siempre madura; muchas veces simplemente cambia el vestuario.
El adulto que alguna vez fue un adolescente inseguro puede convertirse en un adulto exitoso y seguir necesitando exactamente lo mismo: que alguien lo admire, que alguien lo elija, que alguien le confirme que es importante. La diferencia es que ahora tiene una oficina, una cuenta bancaria y mejores excusas. Y eso hace que Herman Blume sea tan divertido y, al mismo tiempo, tan triste. Porque tiene todo aquello que Max imagina que necesita para convertirse en alguien y, sin embargo, sigue estando perdido.
Max, en cambio, todavía está construyéndose. Y quizás por eso resulta tan fácil reírse de él y, al mismo tiempo, terminar queriéndolo. Es insoportable. Es egoísta. Es manipulador. Tiene una capacidad impresionante para meterse en problemas y después actuar como si simplemente hubiera ejecutado una estrategia que salió ligeramente distinta a lo esperado. Pero detrás de todo eso hay un pibe que está desesperado por sentir que pertenece a algún lugar.
Max no quiere solamente ser popular. Quiere que su vida tenga una historia. Necesita sentir que no es un adolescente cualquiera. Por eso se llena de actividades, proyectos y ambiciones. Si todavía no sabe quién es, entonces puede inventarse una identidad a través de todo lo que hace. Puede ser director, dramaturgo, líder, empresario, intelectual, seductor. Cualquier cosa menos simplemente Max, un pibe que todavía no tiene muy claro qué hacer con su vida.
Y creo que ahí aparece la parte más humana de la película. Porque todos, en algún momento, hacemos algo parecido. Quizás no fundamos un club de apicultura ni intentamos seducir a una profesora, pero sí construimos versiones de nosotros mismos para mostrarle a los demás. Intentamos parecer más seguros, más exitosos, más interesantes o más maduros de lo que realmente somos. A veces incluso nos convencemos nosotros mismos de que esa versión es la verdadera. El problema aparece cuando empezamos a vivir más pendientes de sostener ese personaje que de descubrir quiénes somos realmente.
Max vive actuando. Y no solamente porque haga teatro. Actúa cuando habla, cuando se presenta, cuando se enamora, cuando pelea. Todo tiene una puesta en escena. Todo tiene una narrativa. Y quizás eso sea porque todavía no sabe qué hacer cuando no está interpretando algún papel. Cuando nadie lo está mirando, queda la pregunta que realmente importa: ¿quién es Max Fischer si no está intentando demostrar que es especial?
La película lo obliga, poco a poco, a enfrentarse con esa pregunta. Tiene que descubrir que no puede controlar a las personas, que no puede conseguir todo lo que quiere y que algunas de sus decisiones tienen consecuencias. Tiene que aceptar que puede perder. Y eso, para alguien como Max, probablemente sea mucho más difícil que cualquier examen que podría haber rendido en Rushmore.
Lo hermoso es que Wes Anderson nunca necesita convertir ese aprendizaje en una transformación gigantesca. Max no deja de ser Max. No se despierta una mañana convertido en un adolescente sensato, equilibrado y emocionalmente saludable porque, además, sería bastante menos divertido. Lo que empieza a cambiar es otra cosa: su manera de relacionarse con los demás y consigo mismo. Empieza a entender que no todo tiene que ser una competencia y que quizás no necesita estar permanentemente demostrando que merece ocupar un lugar.
Y por eso la película se ríe de sus personajes sin humillarlos. Los deja ser patéticos, intensos, egoístas y ridículos, pero también los mira con ternura. Porque entiende que detrás de muchas de nuestras actitudes más insoportables suele haber alguna inseguridad que estamos intentando esconder. Max es insoportable, sí. Pero también es un pibe que está desesperado por que alguien lo elija, por sentir que pertenece, por sentir que su vida es una historia importante.
Quizás por eso Rushmore me resulta tan querible. Porque se ríe de algo que todos hacemos en mayor o menor medida: intentar convertirnos en alguien antes de saber realmente quién queremos ser. Max quiere tener una identidad terminada cuando todavía está en construcción. Quiere saber qué lugar ocupa antes de haber aprendido a vivir con la incertidumbre de no saberlo.
Y tal vez crecer sea justamente aceptar eso.
Aceptar que no hay una versión definitiva de nosotros esperando en algún lugar. Que nadie llega completamente preparado. Que podemos equivocarnos, hacer el ridículo, enamorarnos de la persona equivocada, tomar decisiones absurdas y aun así seguir construyendo quiénes somos. Que quizás no necesitamos ser extraordinarios para que nuestra vida tenga valor.
Max Fischer pasa buena parte de la película intentando convencer a todo el mundo de que es especial. Y probablemente lo sea. Pero no por tener más clubes que compañeros, ni por escribir obras de teatro, ni por hablar con esa seguridad que te dan ganas de votarlo.
Es especial porque detrás de toda esa confianza hay un pibe muerto de miedo a ser común.
Y quizás por eso Rushmore es como ver a alguien arruinar su vida con una confianza admirable.
Y eso, inexplicablemente, es hermoso.
Thoughts
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PermalinkConocí a muchos Maxes en mi juventud, dentro de la iglesia. Personas que se llena n de proyectos y roles porque vacío de verdad duele. Algunos salieron del sistema, otros se quedaron pero en un rol más tranquilo. La película lo muestra bien: es difícil simplemente estar, sin hacer.
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Permalink¿Max realmente aprende algo, o solo aprende a usar otra versión del mismo mecanismo? Cambiar de una estrategia a otra no es cambiar de estrategia a vulnerabilidad.
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Permalink"Arruinar su vida con confianza admirable" podría ser el epitafio de medio mundo. Pero ta, la seguridad es más agradable que la duda eterna.
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PermalinkLo que dijiste es fuerte: la pregunta por la identidad existe igual, pero cambia radicalmente cuánto tiempo y libertad tenés para contestarla. No es lo mismo poder jugar con proyectos que resolver lo urgente primero. ¿Pero no sigue siendo esa la pregunta que nos mueve en cualquier contexto?
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PermalinkHe visto décadas en un pueblo pequeño. La mayoría termina siendo quién era a los dieciocho, aunque no lo crea. Max que se crea especial, pero la vida lo baja al terreno, tranquilo.
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PermalinkMax tiene el lujo de "construirse" todo el tiempo. Su papá es millonario. Si fuera pobre, estaría trabajando, no dirigiendo clubes.
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PermalinkLo que me molesta es que le hagamos tanta compasión a Max. La película muestra a un pibe que miente, manipula y lastima. Vos lo ves desesperado por pertenecer, pero pertenecer no funciona conquistando. Es un regalo, no un proyecto que se ejecuta. Max eso lo aprende tarde.
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Permalink¿De dónde sale esa ternura con Max si es tan manipulador? ¿Porque reconoce la inseguridad detrás de la fanfarronería? Esa es una pregunta antigua: ¿quién sos cuando se te quita la máscara?
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PermalinkMax está persiguiendo una identidad fija cuando el budismo viene diciendo hace dos mil años que no la hay. La persona no es un producto terminado; es un proceso. El error de Max no es estar construyéndose, es creer que una vez terminada esa construcción puede pararse y reclamar: soy esto. Pero la identidad es impermanente. Seguirá siendo Max, seguirá cambiando, y la madurez podría ser aceptar eso.