El hombre aparta la vista del expediente, incómodo, con esa urgencia patética de los mediocres por llenar los silencios con ruido emocional.
—Nunca te has enamorado —suelta, intentando disimular el temblor en el análisis de sobremesa—. Lo vi fijamente y él solo se incomodó... No me refiero a que te enamores de mí —se apresura a aclarar, con la rapidez del reflejo defensivo—. Simplemente es curiosidad. Eres tan fría y distante... Tú abrazas a la soledad y no al revés.
Levanto la vista de los gráficos de toxicología con la lentitud exacta de quien presencia una autopsia innecesaria. El diagnóstico es evidente antes de abrir la boca.
—¿Curiosidad? Más bien es proyección barata —respondo, con la voz plana, a temperatura de morgue—. Confundes lógica con carencia. El enamoramiento no es más que un colapso neuroquímico temporal, un fallo sistémico del lóbulo frontal donde el organismo decide ignorar los datos empíricos de la incompatibilidad humana solo por garantizar la supervivencia de la especie. Yo prefiero conservar el juicio intacto.
Traga saliva, recalculando el terreno pisado.
—Aun así, ¿es anormal estar tan... aislada?. Todo el mundo necesita a alguien.
—Esa es la falacia de los parásitos emocionales —sentencio, depositando el bolígrafo sobre la mesa con un pequeño golpe seco—. No abrazo a la soledad porque le tenga miedo a la compañía; la administro porque la inmensa mayoría de la gente es un lastre cognitivo. No aportan datos, no resuelven problemas y solo exigen mantenimiento afectivo.
¿Por qué a todos les da la imperiosa necesidad de hurgar en mi vida?
—Responde él— Porque ver a alguien sostenerse en pie sin necesidad de muletas emocionales nos recuerda lo profundamente cojos que estamos.
Siento una punzada fugaz de piedad por él, pero caer en el bucle del sentimentalismo es un desperdicio. Carraspeo.
—Si tu guardia ya terminó, vuelve a los informes antes de que tenga que diagnosticarte una incompetencia laboral crónica.
—¿Eres cruel? —pregunta, bordeando el abismo.
—¿Yo cruel? No exageres el diagnóstico —respondo sin apartar la vista de la pantalla, donde los datos siguen fluyendo con la fría precisión de un reloj suizo—. La crueldad implica intención de dañar, y eso requiere un esfuerzo emocional que me parece un desperdicio absoluto de energía metabólica. Si la verdad duele, es porque el paciente tiene la piel demasiado fina o el ego mal cicatrizado.
Dejo escapar un suspiro corto, el único recordatorio físico de que sigo operando en este plano material.
—¿Y tus padres? ¿También decían lo mismo?
—Un clásico de manual en un diagnóstico familiar —respondo sin inmutarme—. Sistemas disfuncionales que siempre necesitan un chivo expiatorio que no siga las reglas del circo. Si no te desgarras las vestiduras ni te sumerges en sus crisis teatrales, para ellos eres una anomalía, un defecto de fábrica. Es más fácil llamarte desalmada que admitir que su propia estabilidad dependía del chantaje emocional. No hay rastro de esa basura sentimental en mi sistema, y adivina qué: no pienso instalarla. La vida es demasiado precisa como para perderla intentando descifrar un error de código que la mitad de la humanidad sufre, pero que ninguno sabe reparar.