Terminé y me quedé mirando la pantalla un rato. ¡Qué manera de cerrar el relato! ¿Tenés más publicado en algún lado?
Requiem de un niño
—¡¿Qué hiciste?! —escuché gritar a mi mamá en medio de la madrugada.
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Pensamiento
Terminé y me quedé mirando la pantalla un rato. ¡Qué manera de cerrar el relato! ¿Tenés más publicado en algún lado?
Contenido de la publicación
—¡¿Qué hiciste?! —escuché gritar a mi mamá en medio de la madrugada.
La pelea con mi papá me sacó del sueño. Sus voces llegaban a mi pieza como un eco sordo, amortiguadas por la madera de la puerta.
—¡¿Qué vamos a hacer?! ¡¿Qué va a pasar con Marito?!
El estruendo vino de golpe. En mis oídos retumbó el estallido de platos, ollas y muebles contra el suelo, como si un terremoto estuviera destruyendo la casa. Mi viejo, intentando tapar el desastre con la voz, gritó:
—¡No sé, no tengo ni la más puta idea!
Siguió un segundo de silencio denso, roto de inmediato por otro alarido eufórico de mi madre:
—¡¿Qué vas a hacer?!
Como en una competencia por ver quién gritaba más fuerte, mi papá le volvió a contestar:
—¡Que no lo sé!
Lo último que escuche fue el portazo retumbando en las paredes, haciendo vibrar los vidrios de la casa.
Tres días después nos habíamos quedado sin hogar, durmiendo en la calle con la ropa que llevábamos puesta. Nuestro primer refugio fue un viejo Topolino destartalado, oxidado por los años y sostenido sobre cuatro ladrillos en medio de un pastizal.
Allí aguantamos hasta que algunos vecinos de buen corazón, nos tendieron la mano. Con las chapas y tirantes que nos regalaron, mis viejos lograron levantar como pudieron un rancho modesto al que, a pesar de todo, llamamos hogar.
Si quieres saber cómo llegamos hasta aquí, te sugiero que te acomodes. Me llamo Marito. Mi papá, Rogelio, quien hasta esa noche era el dueño de su propia empresa. Mi mamá, Mercedes, siempre fue ama de casa. Vivíamos cómodos, sin privaciones y sinceramente felices. Todo eso se terminó la noche en que mi viejo, cegado por las apuestas, perdió en una sola jugada lo que le había tomado más de quince años construir.
Hasta ese día, tenía todo lo que quería: estudiaba en una escuela privada y practicaba karate. Después, todo se hizo más duro. Mis viejos me anotaron en una escuela pública; ese fue el único lujo que me quedó: educarme.
Mi papá salía temprano a hacer changas para juntar unos mangos, al menos para poder irnos a dormir con un mate cocido y un pedazo de pan en la panza. A veces pasaban días sin comer ellos con tal de que yo comiera. Una de las cosas que me acuerdo que hacía para juntar plata, era vender cartón y botellas.
Un día se me ocurrió que podía ayudar a mis viejos, así que decidí ir a la escuela por las mañanas y, por las tardes, sentarme en la vereda de un súper con una latita y ver si juntaba algo. Una señora empezó a ir todos los días: me dejaba una moneda, un vasito de café con leche y una factura de dulce de leche.
Una mañana me tocó vivir uno de mis días más felices. En la puerta de la escuela me esperaban un compañerito y su mamá. Me llevaron a su casa, jugamos, comimos, miramos la tele ,que nosotros ya no teníamos, y al terminar la tarde, me llevaron de vuelta a mi casa. Me regalaron una bolsa llena de ropa, zapatillas y una caja con mercadería. Esa semana pudimos comer bien.
Una noche de invierno me dio hambre y pregunté si había pan. No había sido un buen día para mi papá, y se desquitó conmigo. Sin pensar, salí corriendo de mi casa, descalzo y apenas con un abrigo de hilo. Sin saber a dónde ir, corrí sin mirar atrás hasta que llegué a un descampado. Me dio sueño y me dormí sobre el pasto húmedo.
Un hombre pasó por mi lado y me miró; pensó que dormía. La señora del súper fue como cada día, pero no me vio. Se volvió.
Desde ese día, y cada mañana, deja sobre la vereda una rosa blanca y un vasito de café con leche que se enfría... esperando por alguien que nunca volverá.