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PUDIN Y CAFE

narvil-ik
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—Yo no lo recuerdo bien… —dijo el viejo, y sonrió con esa media sonrisa que solo tienen los que ya han vivido demasiado.

Pensamiento

Pensamiento

pnavarro64

Cuando empecé a leer ciencia ficción tenía la edad de ese muchacho. Los libros me salvaron de cosas que no tenía palabras para nombrar. Ahora, sesenta años después, me sigo preguntando si alguien escuchó mi versión del pudín y el café. Capaz que no. Capaz

Cuando empecé a leer ciencia ficción tenía la edad de ese muchacho. Los libros me salvaron de cosas que no tenía palabras para nombrar. Ahora, sesenta años después, me sigo preguntando si alguien escuchó mi versión del pudín y el café. Capaz que no. Capaz que solo importe la del tipo que tiene una Nataniel que lo ama.

Contenido de la publicación

—Yo no lo recuerdo bien… —dijo el viejo, y sonrió con esa media sonrisa que solo tienen los que ya han vivido demasiado.

Los nietos se acomodaron alrededor de la mesa. El menor se subió a la silla de madera vieja y apoyó los codos. La mayor, más seria, lo miraba sin parpadear.

—Abuelo, ¿otra vez nos vas a contar lo de siempre?

—No —respondió él, encendiendo el cigarrillo que ya casi no fumaba—. Esta vez les voy a contar la única historia que de verdad importa. La que escribí cuando ya no me quedaba otra forma de no ahogarme. Se llama Pudin y café.

Hubo un silencio breve. El humo subió despacio hacia la lámpara.

—¿Y de qué se trata? —preguntó el niño.

El viejo miró por la ventana, como si buscara algo que ya no estaba.

—De la primera vez que el corazón se me adelantó a la cabeza. De cuando todavía creía que el amor se podía guardar en los bolsillos. Ahora… ahora sí lo recuerdo.

Y empezó:

Lo recuerdo en aquella primavera tan pudiente de luz.
Yo tenía siete años y el mundo todavía me cabía entero en las manos. Ella se llamaba Alexa. Dulce nombre. Dulce todo. Nos besamos en el parque cuando el sol se estaba yendo, un beso torpe y enorme, de esos que saben a hierba y a futuro. Me dijo que nunca se iba a olvidar de mí. Y yo le creí. Como se le cree a los cuentos. Hasta que un día se fue. Sin explicación. Sin carta. Solo el vacío de un columpio que seguía balanceándose solo.

A los ocho conocí a Camila.
Pelo negro como la tinta derramada. Ojos tan oscuros que parecían tragarse la luz y después devolvértela distinta. Me envolvían. Me arrancaban el aire sin pedirme permiso. La conocí porque mi hermana se hizo su amiga. Y de pronto yo tenía una amiga de verdad. Hacíamos tonterías. Nos reíamos de cosas que solo tienen gracia cuando se tienen ocho años. Nos escondíamos debajo de la mesa y hablábamos de secretos que no eran secretos. Yo solo quería eso: amistad. Mis ojos estaban ciegos. No vi que Camila me miraba de otra forma. Que se quedaba callada cuando yo hablaba de otras cosas. Que a veces se sonrojaba sin razón aparente. Yo era un niño que solo sabía querer sin complicar.

Después llegó el colegio.
Trece años. Las puertas grandes. El ruido. Los pasillos que olían a piso mojado y a nervios. Hice amigos que no eran amigos. Aprendí a sonreír cuando me excluían. Aprendí a decir “estoy bien” aunque el pecho me pesara. Detesté ese lugar. Era un infierno discreto, de los que no dejan marcas en la piel pero sí en la forma de mirarse al espejo. Fingía. Razonaba mal. Me convencía de que no importaba.

Hasta que un día la vi otra vez.
Camila.
Estaba en el mismo colegio. Y no estaba sola.

Tenía su grupo.
Maricielo: alta, blanca, cariñosa, hermosa de esa forma que hace que uno baje la mirada un segundo por instinto. La más hermosa de las tres, decían todos.
Camila: pequeña, delgada, piel canela, llena de una pasión callada que se le notaba hasta en la forma de caminar.
Y la tercera…
La que siempre queda un poco al margen. La que no brillaba tanto. La que a veces se quedaba un paso atrás. Pequeña. Piel clara con un bronceado sutil, casi indescriptible. Como si el sol la hubiera tocado apenas y se hubiera arrepentido de irse.

Mis ojos tontos se quedaron pegados a ella.
El corazón me latió.
Latió.
Y volvió a latir.
Tan fuerte que pensé que se iba a escuchar en todo el patio.

Camila me vio mirando.
Se acercó con esa media sonrisa que yo ya conocía de niño.

—¿Qué haces…? —dijo bajo—. Seguro te gusta Maricielo.

Pasé por las dos. Saludé a Maricielo con la voz un poco rota:

—Hola, qué tal… mi nombre es…

Pero mis ojos ya no estaban en ella.
Estaban en la otra.
En la pequeña.
En la de la piel clara y el silencio distinto.

Era demasiado cobarde para preguntarle el nombre.
Así que le pregunté a Camila después, fingiendo indiferencia.

—Kelly —me dijo—. Se llama Kelly.

Y ahí se me quedó el nombre.
Kelly.
Como una piedra suave dentro del pecho.

Pasaron los días.
Días normales por fuera.
Días en los que yo caminaba por los pasillos con su nombre dando vueltas en la cabeza.
Hasta que una mañana, en el cafetín de la vuelta del bulevar —ese lugar donde el bullying era pan de cada día—, la vi sola frente a la vitrina.

Me acerqué.
La voz me salió más segura de lo que me sentía:

—Hola, Kelly… ¿qué quieres comprar?

Me miró.
Un segundo.
Dos.

—Pudín —dijo.

Me quedé quieto.
Pudín.
Y después agregó, casi avergonzada:

—Y un café también.

Era tan pequeña que no alcanzaba bien la bandeja de arriba.
Le ayudé.
Le pasé el vaso.
Nuestros dedos se rozaron apenas.
Y yo, si mal no recuerdo, sonreí como idiota.

Al día siguiente Camila me dio su número.
Se había comprado su primer celular.
La agregué esa misma tarde.

Jugué básquet hasta que el sol se puso.
Cuando llegué a casa y saqué el teléfono, tenía más de diez mensajes de un número desconocido.

“Hola”
“¿Dónde estás?”
“¿Qué haces?”
“Soy Kelly”
“¿Me agregaste?”
“Contesta…”

Y así, uno detrás de otro,
como si el universo hubiera decidido
que esa noche
yo ya no iba a poder dormir igual.

CAPITULO 2

ENTRELAZOS DEL DESTINO

Empezamos a hablar.
Al principio solo eso: mensajes cortos, risas tontas, preguntas sin importancia. Yo creí que era suficiente. Creí que la amistad era todo lo que podía pedir. Pero el corazón, traicionero y silencioso, ya se había adelantado. Me enamoré de ella sin darme cuenta del momento exacto. Solo sé que un día desperté y todo lo que hacía tenía su nombre escondido detrás.

Los días pasaron.
Me fui alejando de Camila sin querer, o quizás sí queriendo. Mi vida se sentía ligera. ¿Cómo no iba a sentirse así, si la tenía cerca? Aunque fuera solo por mensajes. Aunque todavía no nos hubiéramos atrevido a más.

Una semana antes del aniversario del colegio junté el poco valor que tenía. No me atreví a decírselo mirándola a los ojos. Lo hice por chat. Fue cobarde, de mi parte lo sé. Pero también fue lo más valiente que había hecho hasta entonces un.

«¿Quieres ser mi novia?»

Ella contestó que sí.
Salí a la calle con el pecho tan lleno que me dolía. Caminé por el mismo parque donde años atrás todo había empezado con un beso fugas de Alexa. El aire olía a tarde. Y entonces las vi. Dos chicas. Una de ellas tan hermosa que me hizo bajar la mirada un segundo. Me sonrió a mi, no mas bien a su amiga Solo eso. Una sonrisa. Y yo pensé: qué raro es el mundo, que de pronto te regala cosas que no pediste.

Seguí caminando. Llegué a la iglesia. Me anoté en el credo sin saber muy bien por qué. Buscaba algo. Orden, quizás. O perdón anticipado. Y adiviná quién también se anotó: ella. Una de las dos chicas del parque. Empezamos a hablarnos entre las clases de catequesis. La catequista hablaba del amor con una voz suave y segura, y yo la escuchaba lleno de ilusiones tontas, de esas que solo se tienen cuando todavía se cree que el amor se puede aprender en un salón con un crucifijo.

En uno de esos juegos didácticos conocí a Fátima. Era bella sí claro. Pero no de la forma que me removía por dentro. Hicimos una amistad corta y limpia. Ella se hablaba con la chica de la paroquia. Poco a poco me fui integrando a ese pequeño círculo sin darme cuenta.

Hasta que llegó la última ceremonia.
Faltaron uno, dos, tres dias. Y entonces la vi. Pasó frente a mí llorando. La consolaban.

Fátima también entró. Después la catequista, con esa calma que a veces duele, me dijo al oído:

—Su mamá falleció.
Y añadió, mirándome fijo:
—No todas las personas necesitan lo que uno quiere darles. Deja a Ángela en paz. Es lo mejor.

Ángela.
Qué nombre más hermoso.
Me quedó sonando días enteros.

Poco después dejé el credo. Volví a la vida de siempre. A los recreos. A los mensajes. A Kelly.

A veces me miraba al espejo y no entendía.
A mi mismo el Feo. Gordito. Imperfecto.
¿Qué tenía yo para que ella, kelly me quisiera?
Ella era todo.
Yo era apenas un borrador mal escrito.

Las noches se llenaron de Harry Potter porque a ella le gustaba. Aprendí los nombres, las casas, las hechizos. Su personaje favorito era Draco... mm draco malfoy si bien me acuerdo, Yo me reía y le decía que entonces le gustaban los complicados. Ella solo sonreía.

Pero yo era terco.
Terco y cobarde.
Aunque éramos novios, dentro del colegio me daba vergüenza. La evitaba en los pasillos. Negaba con la mirada. La negue frente a mis amigos,.. Como si quererla fuera una falta que había que esconder. Ella lo notaba. Yo lo sabía. Y aun así seguía haciéndolo.

Un día en el patio ella estaba sentada haciendo la tarea de matemática. Camila y las otras jugaban vóley. Me acerqué y me senté a su lado.

—¿Qué haces?
—La tarea… ¿me ayudas?

Iba a decir que sí, cuando Camila me gritó y me jaló del brazo para que jugara. Mientras me alejaba vi el rostro de Kelly. Una tristeza chiquita, rápida, que se le escapó antes de que pudiera esconderla. Me dolió. Me dolió de verdad. Pero no me solté.

Al día siguiente la acompañé a su casa. Caminamos despacio. Yo miraba su mano. Sabía que si la tomaba ella no la retiraría. Quería hacerlo. Quería tomarle la cintura, el brazo, siquiera rozarle los dedos. Pero el coraje no me alcanzó. Solo hubo abrazos incómodos. Abrazos que sabían a casi.

Después vino el viaje a Chile.
Las vacaciones se fueron volando. En el aeropuerto, mientras esperaba, una chica se me acercó. Piel blanca como porcelana. Hermosa de esa forma limpia y lejana. Me pidió que le indicara un mostrador. Después me pidió el Instagram. Se lo di.

Cuando volví a Perú empezamos a hablar. Horas. Noches enteras. Un amor juvenil, rápido, prohibido. Yo todavía estaba con Kelly. Se lo conté. Adriana me dijo, sin temblarle la voz, que ella era mejor y más hermosa. Por un momento lo dudé. Y en esa duda nació el pecado... nacio mi pecado.

Empezamos a ser algo.
Mientras yo seguía siendo el novio de Kelly.
Me fui alejando de a poco. Hasta que un día ya no pude más. Quise terminar. Se lo dije. Ella me rogó que no. Lloró, creo.. Me pidió otra oportunidad con una voz tan rota que me hizo quedarme.

Lo intenté de nuevo.
Y de nuevo.

Hasta que un día me cansé de mi propia cobardía. Agarré un teléfono que no era mío, busqué una foto donde se me veía besando a alguien y se la envié.

...

Kelly se lo creyó.
Me dejó.

No gritó.
No insultó.
Solo dejó de escribir me..
Y el silencio que quedó fue peor que cualquier reproche.

Me sentí mal. Poco tiempo, pero lo suficiente como para saber que había hecho daño de verdad. Se lo conté a Adriana. Ella me miró a través de la pantalla y dijo:

—Tenemos que hablar de otra cosa pendiente.
Estoy hablando con un chico. Se llama Min Won. Me pidió ser su novia.
Acepté.
Porque tú no me das lo que merezco.

Eres un simp.

Y una cosa acuerdate bien nadie te va a amar como yo pude hacerlo...

Me quedé sin aire.
Supliqué a Kelly que volviera.
La primera vez aceptó.
La segunda ya no.

Se fue.
Y esta vez se llevó consigo todo lo que yo todavía no había aprendido a cuidar.

El dolor se me instaló en el pecho como una piedra caliente.
Me carcomió despacio.
Hasta que sentí que algo adentro se terminaba de romper.

Ese fue el fin de mi primer gran colapso.
El primero de varios.
Pero en ese momento yo todavía no lo sabía.
Solo sabía que el pudín ya no sabía igual.
Y que el café se me había vuelto amargo.

Quizás mi estupidez lo empezó todo.
Era apenas un muchacho que no entendía todavía el significado de amar ni de ser comprendido de verdad. Con Kelly no sentí eso al principio… no como con Adriana. Adriana era dulce, amable, me hablaba como si yo importara. Aunque amaba esas noches de quedarme dormido en llamada con Kelly, fue Adriana quien me hizo probar por primera vez lo que creí que era el cariño verdadero: algo que me completaba, que me hacía sentir menos solo dentro de mi propia piel. La creí perfecta. Tristemente, cuando me mostró su cara real y la crueldad de la que era capaz, esas mismas palabras que para mí lo eran todo —las mismas por las que estuve dispuesto a dejar a Kelly— se convirtieron en cuchillos. Todavía me acuerdo del último día de clases: la vi a lo lejos con esos jeans acampanados que le quedaban tan hermosos, me miró, y yo la abracé. Fue instintivo, como un adiós que no me atrevía a decir en voz alta. Quise besarla. Quise decirle que lo sentía. No lo hice. Sí, fui un infeliz. Un cobarde. Mis actos fueron imperdonables… muy imperdonables. Con Adriana sentí algo al instante, algo que no había sentido con Kelly, algo que en mi ignorancia creí que podía ser para siempre. Ella habría sido la mujer que cualquiera habría soñado. Pero mis errores no justifican lo que hice. Y todavía, después de tanto tiempo, hay noches en las que el pecho se me aprieta hasta el ahogo recordando ese abrazo que nunca debió ser un adiós..

CAPITULO 3

CAIDA

Pasó un año entero de agobio.
Un año de recaídas, de noches en las que el pecho se me cerraba sin avisar y de mañanas en las que fingía que todavía sabía respirar. De alguna forma logré salir… o al menos eso creí. Pero en la mente seguían plasmadas las imágenes, y dolían. Dolían mucho.

Empezó otro año de estudio y todo volvió a sentirse pesado. Me dije a mí mismo que el anterior me lo había pasado disimulando, diciéndome que no había pasado nada, que estaba bien. Mentira.

Todavía tenía el celular con el que le había escrito a Kelly haciéndome pasar por otra persona. Una noche, sin poder contenerme, le pregunté si me amaba, si extrañaba a ………
Me contestó que sí.
El corazón se me desordenó otra vez. Llegué al punto de regalarle ese teléfono a una amiga. Ella se enteró de que yo seguía hablándole a Kelly. Aunque me decía que me extrañaba, yo vivía sobresaltado, como si en cualquier momento el suelo se fuera a abrir debajo de mis pies.

Ese año corté los lazos con las dos.
Mi vida quedó hecha pedazos.
Maldito colegio. Detestaba caminar por esos pasillos. Cada rincón me devolvía una imagen de ella. Recordaba las vivencias, los recreos, incluso a su mejor amiga… Nathaniel. Quise ir hasta donde vivía Kelly, pero cuando llegué al barrio me di cuenta de que no sabía la dirección exacta. Venía de un lugar que yo ni conocía. Solo recordaba haber visto una vez a su madre, cuando la acompañaba. Quizás su familia ya sabía de mí. Me maldije mil veces por dentro.

Cada vez que salía del colegio me quedaba un rato en el parque, justo antes de cruzar la pista donde ella desaparecía. Caminaba sin rumbo, pensando, cargando un silencio que pesaba más que cualquier mochila.

En septiembre junté valor y le escribí otra vez.
Por suerte contestó. Hablamos… poco. Muy poco. Me contó que se había mudado a Los Olivos, en Lima. Que para llegar a su nuevo colegio tenía que cruzar un puente. Intenté rogarle que volviéramos. Recordé el refrán ese de “aprecia las cosas antes de que sea demasiado tarde”. Yo aprecié tarde. La perdí para siempre. Sus respuestas se fueron haciendo más frías hasta que solo me dejaba en visto.

También le escribí a Adriana, aunque me tenía bloqueado. Fue inútil. Ese año Adriana fue detestable.

Llegó el siguiente.
Camila me contó que Kelly se había ido el año en que terminamos, pero que iba a volver para el último año de colegio. Faltaban solo dos meses para acabar. Había un concurso de escritura en honor a José María Arguedas. Me anoté casi por cumplir, sin creer que pudiera lograr nada. Nunca fui el más inteligente del salón.

Milagrosamente la profesora me llamó un día y me dijo que mi escrito era el mejor de la sección. Que tenía que competir contra todos los demás salones. Lo más irónico era el tema: había escrito sobre una vida con Kelly, sobre todo lo que vivimos. Lo titule AIRES MUERTOS. Tenía más de cien errores de ortografía. Trabajé codo a codo con la profesora durante días para limpiarlo, para que las palabras dolieran menos en la forma y más en el fondo.

En el salón C, donde estaba Ángela, había un chico al que todos consideraban el mejor en todo. Pensé: hasta aquí llegué.
Cuando lo llamaron, le dieron un abrazo y un premio, yo bajé la cabeza. Creí que ya había perdido. Entonces me llamaron a mí. El jurado me miró y dijo que mi escrito era asombroso, que la forma en que plasmaba los sentimientos era inigualable… y que había ganado. Mañana lo dirían en el estrado.

Quedé impactado.
Por un momento pensé que no todo tenía que ser doloroso.

Ese mismo año me metí a una academia de básquet. Y ahí estaba Ángela otra vez. Se veía hermosa. Un día junté valor, me acerqué y hablamos. Nos hicimos amigos. En esos últimos días del colegio compartimos un montón de cosas. Una tarde nos quedamos hablando solos en el coliseo donde practicábamos. Nos contamos nuestros líos, nuestros miedos. Lo más gracioso: ella nunca se acordó de que yo era el mismo del parque, el mismo de la catequesis, el mismo que compartía las tardes con su salón. En mis ojos, si no me hubiera enamorado de Kelly, quizás me habría enamorado de ella. Era perfecta en casi todo: aplicada, delegada, todos decían que era bonita… y lo era. Intercambiamos WhatsApp y seguimos hablando.

Pero entonces empezó la verdadera caída.

Me alejé de todo lo que me hacía ser yo.
Las noches se volvieron larguísimas. No podía parar de pensar. Trasnochaba. Dolía estar solo. Y en esas mismas noches inventaba un paraíso: imaginaba que Kelly estaba ahí, que hablábamos, que éramos felices. Un paraíso falso que mi subconsciente fabricaba para no quebrarse del todo. La extrañaba. Sentía su ausencia como un hueco físico.

Empecé a apagarme.
Todo se volvió más triste, más pesado, más depresivo. No me sentía bien. Fui al hospital. Los dolores de cabeza aumentaron, sobre todo de noche. Aparecieron pensamientos de fugarme, aunque en el fondo sabía que no todo estaba tan mal. Empecé a escribir textos cortos, poemas que salían directamente del puño y parecían sangrar el papel. Me sentía cada vez menos vivo.

Recurrí al cigarro.
Fumé durante semanas.
Me cambié de colegio.
Mi salud mental seguía cayendo. No tenía con quién hablar de verdad. A veces con Camila por chat, a veces con Ángela… pero nada llenaba el vacío. No tenía ningún otro contacto femenino. Y aunque sentía que ya no podía seguir… seguí.

Porque a veces uno no se detiene cuando debería.
Simplemente sigue caminando
con el pecho hecho trizas
y la esperanza hecha humo..

CAPITULO 4

SANGRADO

Sufría en silencio.
No había gritos ni lágrimas espectaculares. Solo un dolor sordo que se instalaba en el pecho y se quedaba ahí, como un inquilino que no paga pero tampoco se va. La ausencia de Kelly pesaba más que cualquier otra cosa. Pesaba en las mañanas, cuando abría los ojos y el primer pensamiento era ella. Pesaba en las tardes, cuando el colegio terminaba y el camino a casa se volvía demasiado largo. Pesaba en las noches, cuando el silencio de la habitación se volvía ensordecedor.

Fumaba.
Encendía cigarro tras cigarro creyendo que el humo iba a tapar el hueco. Pero no servía. El humo subía, se diluía en el aire y me dejaba exactamente igual: vacío y con el gusto amargo en la boca. Necesitaba algo más. Algo que todavía no sabía nombrar. A veces, mientras el cigarro se consumía entre los dedos, me acordaba de una canción que hablaba de perderse a uno mismo. La tarareaba bajito, sin voz, solo para no sentir tanto el silencio.

Todo había pasado tan rápido.
Desde los siete años.
Una vez me dijeron que no me enamorara. Que era peligroso. Que dolía. Y yo lo hice igual. A los siete soñaba con ser amado, con que alguien me mirara como si yo fuera suficiente. A los diez sentí el primer amor de verdad, torpe y enorme. A los catorce ya me dolía dejarlo ir. El tiempo se me había escapado entre los dedos como arena mojada.

Era un tiempo en el que el cigarro se convirtió en mi único compañero constante.
El humo era mi amigo.
Entraba en los pulmones caliente, me rasguñaba un poco la garganta y por un segundo me hacía sentir que todavía estaba vivo. Me gustaba ver cómo se enroscaba hacia arriba y desaparecía. Como si llevara consigo un pedazo pequeño de todo lo que me pesaba. Fumaba en el parque después del colegio. Fumaba escondido detrás del coliseo. Fumaba mirando el techo de mi habitación a las tres de la mañana. El cigarro no preguntaba. No juzgaba. No me pedía que estuviera bien.

Y mi soledad…
Mi soledad era mi penumbra.
Una sombra suave y constante que me seguía a todas partes. No era la oscuridad total. Era algo intermedio, esa luz grisácea donde las cosas se ven pero no del todo. Caminaba dentro de ella. Comía dentro de ella. Intentaba dormir dentro de ella. A veces la soledad se sentaba a mi lado en la cama y me miraba sin decir nada. Otras veces se metía debajo de las sábanas y me apretaba el pecho hasta que me costaba respirar. Yo la dejaba. Porque al menos era algo mío. Algo que no me había abandonado.

En esa penumbra el humo se volvía casi sagrado.
Cada calada era una forma torpe de rezar.
Cada ceniza que caía era una confesión que no me atrevía a decir en voz alta. Fumaba y pensaba en Kelly. Fumaba y pensaba en todo lo que había roto. Fumaba y sentía cómo el tiempo seguía pasando sin consultarme, llevándose pedazos de mí que ya no iba a recuperar.

Me estaba desangrando por dentro.
Lento.
Callado.
Sin que nadie se diera cuenta.

Y lo peor era que una parte de mí
ya se había acostumbrado
a vivir así.}

Al final encontré un consuelo chiquito,

casi vergonzoso,

como quien esconde un caramelo

en el bolsillo roto del abrigo.

La escritura.

Al principio era apenas un roce,

una mano invisible que me tocaba la espalda

cuando el pecho se me hacía nudo.

No me pedía que sonriera.

No me decía “ya va a pasar”.

Solo esperaba,

paciente y muda,

a que yo soltara

todo lo que se me pudría por dentro.

Empecé a escribir

no como quien busca aplausos

sino como un eco cansado.

Eco de risas que ya no volvían.

Eco de manos que nunca se atrevieron a juntarse.

Eco de promesas que se me escaparon

entre los dedos como agua sucia.

Y mientras más llenaba las hojas,

menos necesitaba el cigarro.

El humo fue perdiendo terreno.

Las páginas lo fueron expulsando

despacio,

sin pelea,

como se expulsa a un amigo

que ya solo sabe hacer daño.

Aunque las noches seguían siendo largas.

Tristes.

Solitarias hasta el hueso.

En esas noches yo suspiraba

y el suspiro se me volvía renglón.

El renglón se me volvía herida abierta.

Y la herida, una vez escrita,

ardía un poco menos.

Escribía del parque vacío a las seis de la tarde.

Del cafetín donde todo empezó con un pudín y un café.

Del abrazo que se quedó a medio camino

de ser un beso.

Del tiempo, ese ladrón elegante

que se lleva lo bueno

y te deja las culpas

sentadas en la primera fila del alma.

Escribí cosas redondas

y cosas cojas.

Algunas salían casi hermosas,

limpias, con ritmo propio.

Otras nacían torcidas,

llenas de tachones y de verdades

que todavía me sangraban al nombrarlas.

Pero todas me prestaban un poco de aire.

Todas me recordaban

que todavía estaba aquí,

aunque a veces dudara.

La soledad no se fue.

Se quedó, fiel y callada,

como una perra vieja

que ya no ladra pero tampoco se aleja.

A veces se echaba a mis pies

mientras yo escribía

y parecía decirme sin palabras:

sigue,

aunque te duela la mano,

sigue.

Y yo seguía.

Porque entendí, tarde y a golpes,

que escribir era la única forma

que me quedaba

de no deshacerme del todo.

La única forma

de convertir este desangrado lento

en algo que, al menos,

tuviera un poco de sentido

y un poco de música

aunque fuera triste.

Así el eco se fue haciendo voz.

Y la voz,

rota,

temblorosa,

impropia a veces,

empezó a cargarme

cuando ya casi

no me quedaban fuerzas

ni para sostenerme

a mí mismo.

CAPITULO 5

EN DESTELLO

Pasó un año entero de sufrimiento.
Dos años desde que dejé ir a mi ex.
Ya no era el mismo.
Había cambiado de colegio, de aire, de forma de caminar. Los días se volvieron normales, casi felices. Sin recuerdos que me golpearan de pronto en medio del pasillo. Sin el peso constante en el pecho. Fingía menos. Dormía un poco mejor. A veces hasta me sorprendía sonriendo sin motivo aparente.

Y entonces apareció ella.

La luz que iba a iluminar todo lo que todavía estaba a oscuras.
La que me haría sentir vivo otra vez.
La que me haría vivir, soñar, pensar, escribir… de verdad.

Fue una mañana cualquiera.
El pájaro cantó tarde y yo me desperté más tarde todavía. Llegué al salón con el corazón acelerado por la carrera y el miedo a que me regañaran. Me senté sin mirar. Y ahí estaba: un libro sobre mi pupitre. Cerrado. Sin dueña a la vista. Lo giré entre las manos. Tenía el lomo un poco gastado y el nombre escrito en la primera página con letra chiquita y ordenada.

Prometí devolverlo.
Aunque no era lo ideal. Aunque mis miedos me decían que mejor lo dejara ahí y no me metiera. Aunque una parte de mí prefería no arriesgarse otra vez. Al final lo guardé. Escribí una nota simple, casi tímida, con mi número, y lo dejé en el mismo lugar al día siguiente.

Pensé que no iba a pasar nada.

Pasó un año.

Un año en el que casi me olvidé del libro y de la nota. Hasta que un día el teléfono vibró. Un mensaje de un número desconocido:

«Hola… gracias por devolverme el libro. Lo había dado por perdido.»

Ese fue el comienzo.

En tres semanas su nombre se volvió importante. Hermoso. Necesario.
Nataniel.

Empezamos a hablar. Primero de libros, después de tonterías, después de cosas que importaban. Nos volvimos amigos. Después mejores amigos. Había una facilidad rara entre nosotros, como si el tiempo que habíamos perdido antes de conocernos se estuviera compensando de golpe. Nos reíamos de las mismas cosas. Nos entendíamos en los silencios. Yo, que había pasado tanto tiempo sintiéndome a medias, de pronto me sentía completo cuando hablaba con ella.

Un día junté todo el valor que me quedaba.
Ya no quise esconderme detrás de las metáforas ni de los mensajes cuidados. Le dije lo que sentía. Que me gustaba. Que la amaba. Que desde que apareció en mi vida todo se había vuelto más claro y más posible.

Ella no corrió.
No se asustó.
Solo me miró (aunque fuera a través de una pantalla) con esa calma que ya le conocía y aceptó.

Tuvimos una cita en un parque.
El sol salía grande ese día, como si también quisiera ser parte de la historia. Caminamos despacio. Hablamos de todo y de nada. Nos reímos. Nos quedamos callados un rato mirando cómo la luz se filtraba entre los árboles. En un momento ella apoyó la cabeza en mi hombro y yo sentí que el pecho se me expandía de una forma que no recordaba. No había miedo. No había culpa. Solo una certeza tibia y nueva: esto sí.

Desde ese día viví con ella.

No de la forma perfecta que inventan las películas. Hubo discusiones, silencios, días grises. Pero también hubo mañanas en las que el simple hecho de saber que existía me hacía levantarme con otra gana. Hubo noches en las que nos quedábamos hablando hasta que la voz se nos rompía de tanto reír. Hubo gestos pequeños que se volvieron sagrados: la forma en que me buscaba la mano sin mirar, la manera en que decía mi nombre cuando estaba medio dormida, el café que me preparaba aunque a ella no le gustara tanto como a mí.

Con el tiempo entendí que el destello no había sido solo el momento en que la conocí.
El destello fue todo lo que vino después.
Fue aprender a quedarme.
Fue aprender a no huir cuando el pecho se ponía pesado.
Fue escribir otra vez, pero ya no desde el desangrado, sino desde un lugar más quieto y más verdadero.

Años después, cuando el abuelo que ahora soy se sienta con sus nietos y les habla de Pudin y café, siempre llega a este punto y sonríe. Porque aunque la historia empezó con dolores y errores y cigarrillos a media noche, terminó con una luz que no se apagó.

Con ella.
Con Nataniel.
Con la certeza de que, después de tanto perder,
por fin había encontrado
un lugar donde quedarse.

—Así lo recuerdo muy bien —dijo el viejo, y esta vez la voz se le quebró un poco—.

Aunque… no fue mi historia.

Los nietos lo miraron en silencio. El menor dejó de balancear las piernas. La mayor frunció el ceño, confundida.

—¿Cómo que no? —preguntó ella—. ¿Entonces todo eso de Kelly y del pudín y del café…?

El abuelo sonrió con cansancio, esa sonrisa que ya no necesita esconder nada.

—Fue algo que escribí yo, sí. Pero no me pasó a mí.
Un día, hace ya muchos años, me encontré en el parque con un muchacho joven. Estaba sentado en la misma banca donde yo solía fumar cuando todavía creía que el humo podía salvarme. Tenía los ojos cansados y un cuaderno lleno de tachones. Me pidió un cigarro. Se lo di. Y de pronto, sin que yo se lo pidiera, empezó a contarme su vida.

Me habló de Alexa, de Camila, de Kelly, de Adriana, de Ángela… de todo. Me habló del colegio que odiaba, de los cigarrillos, de las noches en las que se desangraba por dentro y de cómo la escritura lo sostuvo cuando ya casi no quedaba nada. Me habló también de Nataniel. De la luz que llegó cuando él ya no esperaba ninguna luz.

Yo solo escuché.
Estábamos en lo más triste del relato cuando de pronto apareció una mujer. Hermosa, decidida, con cara de pocos amigos.

—¡Te dije que dejaras ese vicio ADRIAN! —le gritó, y sin más ceremonia lo agarró de la oreja y lo levantó de la banca como si pesara dos kilos.

El muchacho ni se resistió. Solo hizo una mueca de dolor y de vergüenza al mismo tiempo. Detrás de ella venían tres niños correteando, riéndose, completamente ajenos al drama.

Ella lo miró a él, después a mí, y suavizó un poco la expresión.

—Perdone, señor. Es que este cabezota todavía se escapa a fumar cuando cree que no lo veo.

El joven, todavía con la oreja roja, me miró y se encogió de hombros, sonriendo como un niño pillado.

—Ella es Nataniel —me dijo—. Y esos tres desordenados son nuestros.

Se veían felices. De esa felicidad imperfecta, ruidosa y verdadera.

Cuando se fueron —él caminando un poco torcido porque ella todavía le tenía agarrada la oreja—, yo me quedé solo en la banca con la historia completa dentro de la cabeza.

Le pedí prestada su vida esa misma tarde. Le prometí que la iba a cuidar. Que la iba a escribir con respeto. Y así nació Pudin y café.

No es mi vida.
Es la de ese muchacho que un día se sentó a mi lado en un parque, me contó lo que más le dolía… y después se fue de la oreja, riéndose, con la mujer que lo había salvado y tres hijos que no le dejaban fumar en paz.

El abuelo se rió bajito, sacudiendo la cabeza.

—A veces me pregunto si todavía se escapa a fumar a escondidas… o si Nataniel ya le ganó la batalla del todo.

Después miró a los nietos con ternura.

—Por eso se la conté.
Porque las historias de los otros también nos pertenecen un poco… cuando alguien confía en nosotros lo suficiente como para dejárnoslas.

Y porque a veces, solo a veces,
contar el dolor de otro
es la forma más honesta
de no olvidar el propio.

Se hizo un silencio largo y suave en la cocina.
Solo se escuchaba la risa contenida del nieto menor,
que todavía imaginaba al joven
siendo arrastrado de la oreja
mientras sus tres hijos corrían detrás.

Thoughts

  • Yolanda_M

    El final donde lo agarran de la oreja es lo que de verdad importa. Todo lo anterior es necesario pero el final, eso es la redención de verdad.

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  • leoenvozalta

    ¿Todavía buscas a Kelly a veces? ¿En las redes, en la calle, en las historias que escribes?

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  • idea1908

    A mí me pasó algo parecido pero con pastillas, y lo que me sacó fue escuchar a alguien contar su versión de mis noches oscuras con tanto respeto que me reconocí en eso que escuchaba. Me dio permiso de ser yo, de cargar con eso sin que fuera vergüenza. Espero que esto que escribiste te haya dado lo mismo.

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  • subrayoTodo

    Espera, a mí no me engañas. Lo de "mi mejor obra al momento" es falso. Esto que escribiste es tuya, de nadie más. El truco del final con el abuelo no cambia eso. Internalizaste el dolor del otro tanto que salió con tus huesos, con tu ritmo. Eso es propiedad tuya.

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  • pnavarro64

    Cuando empecé a leer ciencia ficción tenía la edad de ese muchacho. Los libros me salvaron de cosas que no tenía palabras para nombrar. Ahora, sesenta años después, me sigo preguntando si alguien escuchó mi versión del pudín y el café. Capaz que no. Capaz que solo importe la del tipo que tiene una Nataniel que lo ama.

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  • versoAjeno

    ¿Y qué pasó después con el muchacho? ¿Se enteró de que su historia estaba en el mundo con otro nombre? ¿O el abuelo se la guardó en secreto, como su tesoro más grande?

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  • melisaenlacola

    "Mi mejor obra al momento" y luego resulta que no era ni suya. Amigo, eso es twist de antología. 😭

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  • pregunta_rapida_

    Creo que lo que más duele es que Kelly se fue silenciosa. Ella no le dio el lujo de un griterío, un portazo, un final apoteósico. Solo el silencio. ¿De verdad volvió cuando la buscó o es mentira de la historia?

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  • solo_curioseo

    ¿Por qué le contó todo al abuelo? ¿Qué había de especial en ese viejo sentado en el parque?

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  • hojaSuelta

    Me molesta un poco, a ver si me explico. La gente escribe algo de tanto dolor y después viene otro y le dice "qué hermoso que sufriste, déjame hacer arte con eso". No. El dolor es propiedad de quien sangra. El abuelo al final es un ladrón, aunque sea amable.

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