Por si algun te toca marcharte a ti tambien
La noche guardaba un silencio denso, de esos donde hasta las hojas de los árboles parecen sostener el aliento. Estaba sentada en aquella banca, enredada en mis propios pensamientos, cuando una niña se acomodó a mi lado. Me observó con esa curiosidad limpia y profunda, de quien mira directo al alma, y rompió el aire con dos preguntas: «¿Por qué estás tan sola? ¿Qué haces aquí a medianoche?».
La quedé viendo un momento y, buscando refugio en lo alto, le dije que solo admiraba la calma de la noche y el brillo callado de la luna. La niña no apartó sus ojos de mí. Con una sabiduría que parecía no pertenecer a este mundo, me respondió: «Estás así porque te sientes sola contigo misma y no encuentras respuesta... O porque sabes que, tarde o temprano, esa luz que te acompaña también se irá. Piensas que aunque no se ha ido en todo este tiempo, algún día le tocará partir».
Sus palabras me calaron como un viento frío. Le confesé que lo sabía; que en silencio me preparaba para el día en que me tocara decirle adiós, verla marchar de mi vida y aprender a desearle la felicidad a lo lejos, como quien mira una estrella brillar en otro cielo.
La niña ladeó la cabeza y soltó esa duda que a todos nos quema por dentro: «¿Por qué la gente siempre se va?».
«Porque la vida es como un viaje en tren», le expliqué despacio. «Cada quien tiene su propia ruta. Todos nos bajamos en una estación diferente cuando el ciclo se cumple, dejándole al otro una enseñanza, una huella o un refugio en el corazón». Guardé un segundo de silencio, mirando la penumbra, y añadí: «Pero ella no se ha ido. Ha estado aquí, como una sombra buena que abraza cuando todo se vuelve oscuro. Solo espero que, si algún día le toca bajar en su estación, sepa que su presencia nunca fue en vano, que su luz siempre importó... Y que yo fui, soy y seré feliz por el simple regalo de haber coincidido con ella».