Buen texto, pero hay un cliché agazapado que casi te lo lleva. "La vida inevitablemente te hace pecar" suena a coartada y choca con tu propia tesis. Si el pecado es inevitable, ¿de qué obediencia en Getsemaní hablamos, si igual ibas a caer? O lo dejas como "vas a fallar de hecho", que es honesto, o lo dejas como "estás determinado a fallar", que te disuelve la responsabilidad. Tú quieres lo primero. La frase dice lo segundo.
"¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que está en tu propio ojo?"
Hay un tipo concreto de discurso cristiano que siempre me ha incomodado. No es el lenguaje de la convicción moral en sí. El cristianismo no tiene reparos en nombrar el pecado. Es el tono que se cuela cuando la convicción se transforma sin aviso en autosuficiencia, como si quien habla se hubiera salido de la condición que está describiendo.
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Buen texto, pero hay un cliché agazapado que casi te lo lleva. "La vida inevitablemente te hace pecar" suena a coartada y choca con tu propia tesis. Si el pecado es inevitable, ¿de qué obediencia en Getsemaní hablamos, si igual ibas a caer? O lo dejas com
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Hay un tipo concreto de discurso cristiano que siempre me ha incomodado. No es el lenguaje de la convicción moral en sí. El cristianismo no tiene reparos en nombrar el pecado. Es el tono que se cuela cuando la convicción se transforma sin aviso en autosuficiencia, como si quien habla se hubiera salido de la condición que está describiendo.
La tradición no admite esa postura. Solo una persona ha sido jamás sin pecado. Ni en la historia registrada, ni en la historia oculta, ni en el largo trecho de imaginación moral que los humanos proyectan sobre sí mismos. Solo Cristo.
E incluso aquí, la doctrina cristiana hace algo que se resiste a la simplificación fácil. El Logos no es un ser menor dentro de la creación. Es aquel por quien todo fue hecho, plenamente divino, plenamente Dios, no un ejemplo moral que ascendió hacia la divinidad, sino la fuente de la que procede el orden moral mismo. Y, sin embargo, en la Encarnación, este mismo Logos entra en la vida humana sin abandonar su peso. No aparece como un símbolo de pureza distante e intocable. Entra en el hambre, en la fatiga, en el dolor y en la presión de la tentación. La vida inevitablemente te hace pecar. Estamos llamados a evitarlo y a ayudar y perdonar a quienes lo hacen, a aprender y a mejorar.
Los Evangelios son cuidadosos con esto. A Cristo no se lo retrata como teatralmente invulnerable. Es tentado. Se ve presionado a evitar el sufrimiento. En Getsemaní habla de un modo que rechaza todo suavizado sentimental: “aparta de mí este cáliz.” El miedo a la muerte no es ajeno a la condición humana que asume. Está incluido dentro de ella. Lo que sigue no es la ausencia de lucha, sino la obediencia dentro de ella.
Esto importa más de lo que suele permitírsele importar en el juicio cristiano cotidiano. Si el único humano sin pecado que ha existido jamás es también quien atraviesa la tentación, la tristeza y la angustia, entonces la postura moral disponible para el resto de nosotros no puede ser la autocerteza. No puede ser el supuesto callado de que estamos por encima de la condición que estamos juzgando.
El problema no es el discernimiento moral. El cristianismo exige discernimiento. El problema es cuando el discernimiento muta sin aviso en distancia moral respecto de otros pecadores, como si la lucidez sobre el mal implicara inmunidad ante él. Nunca la implica.
"¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que está en tu propio ojo?"
Toda vida humana, sin excepción, se vive dentro de la misma restricción: no somos la fuente de nuestra propia integridad moral. Eso no es una afirmación retórica. Es la condición básica de la antropología cristiana. Olvidarla no es volverse más justo. Es volverse menos consciente de lo que la justicia siquiera significa.
Por eso el juicio, en el sentido cristiano, siempre ha ido acompañado de una advertencia que a menudo se ignora. La medida que uses se usará contra ti. No porque la verdad se vuelva relativa, sino porque el autoengaño siempre es más fácil cuando se aplica hacia fuera que hacia dentro.
El tipo más peligroso de moralismo cristiano no es el que se toma en serio el pecado. Es el que olvida que quien habla ya está dentro de la misma lucha moral que aquel de quien se habla. Una vez que eso se pierde, el juicio deja de ser una forma de lucidez y se convierte en una forma de ocultamiento.
Y si hay alguna estabilidad en la ética cristiana, empieza aquí: ningún ser humano ha sido jamás sin pecado, y a ningún ser humano se le permite la ilusión de que podría ser la excepción.
Thoughts
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PermalinkTiro algo y que me corrijan: capaz el problema no es la certeza moral, es la comodidad. Juzgar al de afuera no cuesta nada, mirarte a vos sí. Toda la paja y la viga se me hace que es eso, y no tanta teología. Puede que esté simplificando.
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PermalinkBuen texto en lo moral, pero le falta la pregunta material. 'Ningún ser humano ha sido jamás sin pecado' suena a igualdad, y en la práctica aplana cosas que no son iguales. El que estafa a mil personas y el que le levanta la voz a su pareja quedan bajo la misma etiqueta de 'pecador', y de ahí a 'no juzgues a nadie' hay un paso corto que le conviene mucho al que tiene más que esconder. Cachái que la viga propia, mal usada, es la mejor herramienta del poderoso para que no le mires la suya. La culpa universal repartida en partes iguales termina cuidando al que más daño hace.
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Permalinka veces lo que nos molesta de otro suele ser un problema que habita en nuestra percepción , por eso lo del ojo es mas desde una perspectiva simbólica.. es una opinión espontanea, se puede discutir y compartir puntos de vista.
por otro lado si anexamos con la biblia podría incluirse lo de " con la vara que medís, serás medido", que considero esta enlazada a una frase moderna : " nunca digas nunca " ..puro simbolismo jaj.
saludos! -
PermalinkTu distinción entre discernir y condenar ya viene en el griego del texto, y eso la deja más firme de lo que la dejas tú. El verbo de Mateo 7 es 'krínō', que es separar, distinguir, juzgar en el sentido de discriminar; lo que el pasaje frena se acerca más a 'katakrínō', condenar, dictar sentencia sobre la persona entera. No te pide apagar el juicio, pe; te pide no pasar de distinguir el acto a sentenciar al sujeto. Ojo que esto no resuelve nada, solo lo ubica: el deslizamiento que describes tiene nombre desde hace dos mil años, y la lengua ya lo marcaba.
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PermalinkComo descripción de un mecanismo interno al cristianismo está muy bien armado. Solo señalo que la figura del que juzga sin reconocerse en la falta no es exclusiva tuya. El fariseo y el publicano de Lucas es casi un manual de esto, pero también lo verás en el examen de conciencia budista o en la idea estoica de mirar primero los propios vicios. Lo interesante no es que coincidan, sino que cada tradición castiga la autosuficiencia con una herramienta distinta. Aquí la herramienta es "solo Cristo", y eso le da una forma muy particular.
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PermalinkUna precisión de texto, sin ánimo de pelear. Citas "aparta de mí este cáliz" como rechazo del suavizado sentimental, y bien, pero te dejas la mitad de la frase fuera: "pero no se haga mi voluntad sino la tuya". Sin esa segunda parte parece miedo a secas. Con ella es justo lo que dices después, obediencia dentro de la lucha. Vale la pena citarla completa porque ahí está tu argumento.
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PermalinkMe quedo pensando en lo de "la lucidez sobre el mal no implica inmunidad ante él". Eso en práctica meditativa es casi lo primero que aprendes: ver claro una pauta no te saca de ella, a veces hasta la refina. Donde tu marco y el que yo trabajo se separan es en el remedio. Tú lo resuelves con humildad ante una falta común; en el budismo el problema no es tanto el orgullo moral como la propia idea de un yo que juzga y posee una virtud. No es lo mismo, y ahí está lo bueno.
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PermalinkEl moralismo que describes es básicamente sacarle la viga al vecino con tu propia viga puesta de palanca.
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PermalinkTodos con la lupa en la paja ajena y la viga tapándoles la vista. Clásico.
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PermalinkBuen texto, pero hay un cliché agazapado que casi te lo lleva. "La vida inevitablemente te hace pecar" suena a coartada y choca con tu propia tesis. Si el pecado es inevitable, ¿de qué obediencia en Getsemaní hablamos, si igual ibas a caer? O lo dejas como "vas a fallar de hecho", que es honesto, o lo dejas como "estás determinado a fallar", que te disuelve la responsabilidad. Tú quieres lo primero. La frase dice lo segundo.