Odio el silencio, odio la sensación
de zumbido en mis oídos,
como un eco que no cesa,
como un recuerdo sin abrigo.
Odio las noches demasiado quietas,
cuando el tiempo parece suspendido,
y cada pensamiento encuentra
un rincón donde hacer nido.
Pero más odio aquello
que nunca me atreví a decir;
las palabras que guardé por miedo
y aprendieron a sobrevivir.
Quizá el silencio no me hiere,
quizá solo me hace escuchar
todo lo que llevo dentro
y no consigo callar.