En un jardín donde el alba
bordaba lágrimas de rocío,
vivían dos claveles enamorados:
él, rojo como un latido;
ella, blanca como un suspiro.
Él la amaba sin medida,
sin promesas, sin condición;
ella lo amaba todavía,
pero comenzó a mirar
con los ojos lo que antes miraba con el corazón.
Hasta que llegó una rosa.
Bella como una mentira,
perfecta como una tentación,
con pétalos de poesía
y espinas de contradicción.
—¡Qué hermosa! —dijo la clavel.
—¡Qué peligrosa! —dijo el viento.
Pero ella solo escuchó la belleza
y no quiso escuchar el consejo.
Porque hay flores que enamoran por los ojos
y flores que permanecen por el alma;
unas ofrecen su perfume,
otras ofrecen su calma.
Y la clavel, por mirar la rosa,
dejó de mirar al clavel.
Quiso una flor por sus pétalos
y perdió un amor por sus espinas.
Qué ironía tan hermosa:
buscó una rosa para adornar su vida
y terminó deshojando su alegría.
Se acercó.
La rosa sonrió con sus pétalos.
La clavel extendió sus hojas
y quiso tocar aquel cielo de colores.
Entonces...
¡Ay!
Una espina le recordó
que no todo lo bello es bueno,
ni todo lo bueno parece bello.
Lloró.
Pero no lloró por la herida.
Lloró por descubrir
que había dejado un amor sin espinas
por perseguir una belleza que sí las tenía.
Volvió al lugar donde estaba su clavel.
—Perdóname —susurró—.
Me fui detrás de una flor
porque pensé que su belleza era amor.
El clavel la miró.
—No confundas amor con flor —respondió—.
Una flor puede marchitarse;
el amor, si es verdadero, puede florecer.
Ella lloró.
Él también.
Porque a veces dos lágrimas dicen lo mismo,
pero no significan igual:
una llora por haber perdido,
la otra por haber sido perdida.
—Te quise —dijo él.
—¿Y ya no?
—Te quise tanto
que aprendí a quererte lejos.
Ella bajó la mirada.
—Entonces… ¿ya no hay lugar para mí?
—Lugar sí.
Lo que ya no queda
es el mismo lugar.
Y el jardín guardó silencio.
La rosa seguía siendo hermosa.
El clavel seguía siendo sincero.
Y ella comprendió aquella tarde
la diferencia entre parecer y ser:
La rosa parecía amor
porque era hermosa.
El clavel era amor
aunque no pareciera extraordinario.
Porque hay flores que tienen espinas
y amores que tienen heridas.
Hay bellezas que se miran
y bellezas que se sienten.
Y hay quienes buscan una rosa
para descubrir demasiado tarde
que ya tenían un jardín.
Ella quiso la flor más bella
y perdió al que la hacía florecer.
Porque no siempre quien más embellece la mirada
es quien más embellece la vida.
Y porque, a veces,
por querer una rosa,
uno termina perdiendo su rosa.
La quiso por bella;
la perdió por bella.
Porque quiso ver la flor
y dejó de ver el amor.