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PARA DLA

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Contenido de la publicación

No sé exactamente en qué momento empezaste a ocupar tanto espacio en mi cabeza. Quizás fue desde aquella vez que te llevé flores, desde que me miraste de una manera que todavía no sé explicar o mucho antes, cuando apenas comenzábamos a hablar y yo todavía no sabía que terminaría escribiendo páginas enteras sobre ti.

Lo curioso es que yo mismo te lo dije alguna vez: “Algún día te escribiré un libro”. Lo decía entre bromas, entre tantos párrafos que probablemente ni yo mismo sabía cómo terminar. Lo decía como quien promete algo imposible, algo que seguramente nunca iba a suceder.

Y mírame ahora, escribiéndolo.

No sé si alguna vez vas a leer estas páginas. No sé si cuando las leas vas a sonreír, vas a sentir pena, vas a pensar que estaba loco o simplemente vas a pasar la página. Pero si llegaste hasta aquí, quiero que sepas algo: este libro no nació porque todo salió bien. Nació precisamente porque no salió como yo quería.

Porque hubo cosas que nunca pude decirte mirándote a los ojos, noches en las que tenía demasiado que decir y ninguna manera de hacerlo. Porque algunas personas pasan por nuestra vida y se van sin dejar nada. Tú no.

Tú dejaste palabras, canciones, recuerdos y flores que ya probablemente no existen, pero cuyo momento todavía existe en mi cabeza. Dejaste una historia que quizás nunca fue una historia de amor como yo quería, pero fue una historia que yo sentí. Y a veces eso también importa.

Tú te quedaste así en mí. No como una herida que quiero mantener abierta, sino como una parte de mi historia que no quiero fingir que nunca existió.

Tal vez este libro no cambie nada. Tal vez no consiga acercarnos ni explicar completamente lo que pasó. Pero al menos me permite ordenar un poco todo lo que sentí. Ponerle nombre a los momentos, a las ilusiones, a las dudas y a ese cariño que durante tanto tiempo no supe dónde guardar.

No escribo para convencerte de nada. Tampoco para hacerte sentir culpable. Lo escribo porque una vez te prometí que lo haría y porque, aunque muchas cosas hayan cambiado, todavía quiero cumplir esa promesa.

CAPÍTULO 1

Cuando todo empezó

Es raro pensar que una persona puede convertirse en parte de tu rutina sin que te des cuenta. Al principio simplemente hablas: un mensaje, después otro, y luego empiezas a esperar que responda. Cuando quieres darte cuenta, ya estás revisando el teléfono más veces de las que aceptarías admitir.

Al principio uno intenta convencerse de que no significa nada. “Solo estamos hablando”, te dices. “Es normal que me alegre cuando me escribe”. “No pasa nada si reviso el teléfono otra vez”. Pero, poco a poco, esas pequeñas cosas empiezan a ocupar más espacio del que deberían.

Yo me acostumbré rápido. Demasiado rápido, probablemente. Siempre he sido así: me ilusiono, pienso demasiado y después termino escribiendo cosas que probablemente debería haber pensado dos veces antes de enviar.

A veces me pregunto si tú notabas todo eso. Si te dabas cuenta de que esperaba tus mensajes, de que recordaba detalles pequeños de nuestras conversaciones o de que cualquier cosa relacionada contigo podía cambiarme el ánimo durante todo el día.

Quizás para ti era algo normal. Quizás simplemente hablábamos y ya. Pero para mí, cada conversación tenía un peso distinto. Yo encontraba significado en cosas que tal vez tú decías sin pensarlo demasiado.

Pero contigo era diferente. No sentía que estuviera inventando algo. Sentía que simplemente estaba dejando salir lo que tenía adentro. Y mientras más te conocía, aunque fuera poco, más me gustaba la persona que veía.

No necesitaba conocerte durante años para notar ciertas cosas. Me parecías una buena hija, una buena amiga, una buena hermana y una buena persona. Y sí, también eras alguien que podía enojarse conmigo cuando te decía vaga.

Pero bueno era verdad.

Aun así, detrás de todas mis bromas había algo serio: me gustabas. Y cada día me gustabas un poquito más.

Me gustaba la forma en que podíamos pasar de una conversación seria a una tontería en cuestión de segundos. Me gustaba que no todo tuviera que ser perfecto para que yo quisiera seguir hablando contigo. Incluso tus silencios, tus respuestas cortas y esos momentos en los que parecía que no sabías qué decir empezaron a parecerme importantes.

Creo que ahí estuvo el comienzo. No en un momento enorme ni en una escena de película, sino en una suma de detalles pequeños. En esperar tu respuesta. En recordar lo que te gustaba. En querer contarte cosas que antes me habría guardado. En pensar: “Esto le daría risa”.

Y cuando alguien empieza a aparecer en tus pensamientos incluso cuando no está presente, ya es demasiado tarde para fingir que no te importa.

CAPÍTULO 2

Todavía recuerdo aquel momento. No sé si para ti fue tan importante como lo fue para mí. Probablemente no, pero para mí sí.

Llevarte flores parecía una cosa sencilla, un detalle, algo que cualquier persona podría hacer. Pero yo iba con un montón de cosas pasando por mi cabeza. ¿Qué te iba a decir? ¿Cómo te iba a mirar? ¿Y si me daba vergüenza? ¿Y si todo salía mal?

Mientras las llevaba, intentaba actuar con normalidad, como si no estuviera pensando en cada posible escenario. Me decía que no era para tanto, que solo eran flores, que no tenía sentido estar tan nervioso.

Pero sí tenía sentido. Porque no se las estaba dando a cualquier persona. Te las estaba dando a ti.

Cada paso hacía que me pusiera más nervioso. Pensaba en si te gustarían, en si te parecerían demasiado, en si ibas a saber qué significaban para mí. Tal vez eran solamente un detalle, pero yo había puesto mucho más que flores en ese momento. Había ilusión, miedo y una parte de todo lo que todavía no me atrevía a decirte.

Al final, terminé haciendo lo más fácil: darte las flores. Lo difícil vino después.

Tu mirada.

No sé si realmente tus ojos brillaron. Quizás estaba exagerando. Quizás estaba tan nervioso que mi cerebro decidió convertir un segundo cualquiera en uno de los recuerdos más importantes de mi vida.

Pero yo los vi así. Y todavía los recuerdo así.

No sé cuánto duró ese instante. Tal vez fueron apenas unos segundos, pero en mi memoria se volvió mucho más largo. Recuerdo la sensación de estar ahí, intentando parecer tranquilo mientras por dentro sentía que todo se movía demasiado rápido.

Desde ese día me quedé pensando en ese momento. Y creo que ahí comenzó una parte del problema, porque después de eso ya no era solamente hablar contigo. Ahora tenía un recuerdo que repetir en mi cabeza: una mirada, unas flores, un momento y yo pensándolo una y otra vez.

Me preguntaba si tú también lo recordarías. Si las flores habrían significado algo para ti o si simplemente las habías recibido, sonreído y continuado con tu día. Me preguntaba si había hecho lo correcto o si había sido demasiado evidente.

Pero, aunque nunca supe exactamente qué significó para ti, para mí fue importante. Fue una de esas pequeñas cosas que uno guarda sin darse cuenta. Un momento que no parece enorme mientras ocurre, pero que con el tiempo termina creciendo dentro de la memoria.

A veces creo que las flores no fueron solamente un regalo. Fueron una forma de decirte algo sin tener que pronunciarlo. Una manera torpe, pero sincera, de acercarme a ti y mostrarte que me importabas.

Y aunque las flores se marchitaran, aunque el tiempo pasara y aunque quizás tú ya no recuerdes ese día, yo todavía puedo volver a él cuando cierro los ojos.

CAPÍTULO 3

Nunca pensé que extrañar a alguien pudiera empezar tan rápido. Pero cuando dejaste de escribirme, lo sentí.

Había algo diferente. El teléfono seguía siendo el mismo, los días seguían pasando y yo seguía haciendo mis cosas, pero faltaba algo: tus mensajes.

Al principio intentaba no darle importancia. Me decía que seguramente estabas ocupada, que no tenía sentido pensar demasiado en eso, que no podía esperar que estuvieras disponible todo el tiempo.

Pero una parte de mí seguía esperando. Miraba el teléfono, lo dejaba a un lado y después volvía a revisarlo. Abría nuestras conversaciones sin saber qué escribir. Pensaba en mandarte cualquier tontería solo para tener una excusa, pero luego me detenía porque no quería parecer insistente.

Me había acostumbrado a ti. Y sí, probablemente suena exagerado, pero así me sentía. Incluso cuando tardabas en responder, yo era feliz cuando finalmente aparecía tu mensaje.

Eso era lo más extraño. No necesitaba una conversación perfecta. Me bastaba con saber de ti.

Podías escribirme algo sencillo y aun así mi día cambiaba. Un “hola”, una respuesta corta o cualquier comentario sin importancia podía hacerme sonreír. No porque el mensaje fuera especial, sino porque venía de ti.

A veces ni siquiera entendía por qué una canción me hacía pensar en ti. No siempre hablaba de amor ni tenía una letra parecida a nuestra historia. Bastaba con escucharla en el momento equivocado, mientras estaba pensando en ti, para que quedara relacionada contigo para siempre.

También aparecías en lugares. En conversaciones. En cosas que veía durante el día. Si encontraba algo bonito, pensaba que te gustaría. Si veía el color lila me acordaba de ti. Si tenía algo que contar, mi primer impulso era buscarte.

No sé cuándo dejaste de ser solamente alguien con quien hablaba y te convertiste en alguien a quien quería contarle todo.

Quizás fue poco a poco. Quizás ocurrió mientras yo estaba distraído, sin darme cuenta de que ya te había hecho un espacio en mi vida.

CAPÍTULO 4

Alguna vez te dije que no eras difícil de amar y lo dije porque realmente lo pensaba.

Sé que te habían hecho daño. Sé que por eso te costaba confiar. Quizás había personas que te hicieron sentir que pedir cariño era demasiado, que tener dudas era molesto o que llorar era exagerar.

Tal vez por eso aprendiste a protegerte. A no mostrar demasiado. A pensar dos veces antes de confiar en alguien. A esperar que, tarde o temprano, las personas terminaran decepcionándote.

Yo no quería hacer eso. No quería prometerte que sería perfecto, porque no lo soy. Nunca lo he sido y probablemente nunca lo seré.

Pero sí quería hacer las cosas bien. Quería aprender, mejorar mis errores y que sintieras tranquilidad conmigo. Quería que supieras que si algún día estabas mal, ibas a tener a alguien dispuesto a escucharte.

No quería que sintieras que tenías que esconder tus partes difíciles para que alguien pudiera quererte. No quería que pensaras que solamente merecías cariño cuando estabas feliz, tranquila o de buen humor.

Quizás sonaba demasiado para el poco tiempo que nos conocíamos y probablemente lo era. Pero yo nunca fui bueno para querer a medias.

Cuando algo me importa, me importa demasiado. Y contigo estaba empezando a pasar eso.

Me gustaba la idea de conocerte completa, no solamente la versión que mostrabas cuando todo estaba bien. Quería conocer tus miedos, tus inseguridades, tus días malos y esas cosas que quizás no le contabas a cualquiera.

No porque quisiera arreglarte. Tú no necesitabas que nadie te arreglara. Solo quería que supieras que no tenías que ser perfecta para que alguien decidiera quedarse.

Y aunque quizás nunca tuve la oportunidad de demostrártelo como quería, eso era lo que sentía. Para mí, quererte no significaba ignorar tus defectos. Significaba aprender a entenderlos sin convertirlos en razones para irme.

CAPÍTULO 5

Últimamente me gustaba dormir. Antes me costaba, pero ahora no.

¿La razón? Tú estabas en mis sueños.

Y aunque suene ridículo, era bonito, porque mientras dormía podía imaginar una vida contigo sin preocuparme por si era posible. En mis sueños no había dudas, otras personas, miedo ni preguntas. Solo estábamos tú y yo.

A veces pienso que por eso dormía tanto. Quizás era mi manera de escaparme un rato de la realidad.

En esa otra realidad podíamos salir a comer alitas, reírnos, podía llenarte de flores y decirte todo lo que en persona me daba vergüenza.

Podíamos caminar sin tener que preguntarnos qué éramos. Podíamos hablar durante horas sin miedo a que la conversación terminara. Podía tomarte de la mano sin pensar si estaba cruzando una línea. Podía mirarte y sentir que, por una vez, todo estaba exactamente donde debía estar.

Y cuando despertaba, volvía la realidad.

Lo difícil era abrir los ojos y recordar que aquello no había ocurrido. Que no habíamos salido, que no te había dicho todo lo que quería decirte y que esa versión de nosotros solo existía en mi cabeza.

A veces me quedaba unos minutos sin levantarme, intentando conservar el sueño. Como si al moverme demasiado rápido pudiera perder los detalles. Intentaba recordar tu rostro, lo que habíamos hablado, la forma en que me mirabas.

Pero los sueños se deshacen rápido. Y después solo queda la sensación de haber estado contigo y de haberte perdido otra vez al despertar.

Quizás por eso me gustaba tanto dormir. Porque ahí no tenía que aceptar que algunas cosas no dependían de mí.

CAPÍTULO 6

No sé cuántos párrafos te escribí. Probablemente ni siquiera llevé bien la cuenta.

Lo que sí sé es que eran demasiados. Y lo peor era que cada vez que terminaba uno pensaba: “Ya, este es el último”.

Después pasaban unas horas, me acordaba de otra cosa y volvía a escribir.

A veces ni siquiera sabía qué estaba escribiendo. Comenzaba hablando de ti, después hablaba de Dios, luego de una canción, después de las flores, luego de que eras bonita. Después hacía una broma y terminaba diciendo que tenía sueño.

Era un desastre, pero era mi desastre.

Porque en esos párrafos podía decirte cosas que en persona no podía. En persona te miraba a los ojos y me desconcentraba. Por mensaje podía escribirte que tenías los ojos más bonitos del mundo.

Muchas veces escribía de madrugada, cuando todo estaba en silencio y ya no tenía nada que me distrajera de mis pensamientos. A esas horas todo parecía más intenso. Una frase podía convertirse en una página y un recuerdo pequeño podía hacerme sentir que tenía que explicarte toda mi vida.

A veces escribía algo, lo leía varias veces y pensaba que era demasiado. Luego lo borraba. Después me arrepentía y lo volvía a escribir de otra manera.

No sabía si quería que entendieras lo mucho que me importabas o si me daba miedo que lo entendieras demasiado bien.

Escribir era más fácil que hablar. En una conversación podía quedarme sin palabras, pero en una pantalla podía ordenar mis ideas, borrar mis errores y volver a empezar. Podía decirte lo que sentía sin tener que enfrentar inmediatamente tu reacción.

Quizás por eso escribí tanto. Porque cada párrafo era una forma de acercarme a ti sin tener que arriesgarme completamente.

Y aunque algunos mensajes fueran exagerados, confusos o demasiado largos, todos tenían algo en común: eran sinceros.

CAPÍTULO 7

Hubo un momento en el que dejé de pensar solamente en gustarte. Empecé a pensar en cuidarte.

No porque creyera que necesitabas que alguien te salvara. No. Simplemente quería ser una persona que te hiciera bien.

Quería estar contigo en los días buenos y también en los malos; cuando estuvieras feliz, cuando estuvieras estresada, cuando te enojaras, cuando lloraras y cuando sintieras que no podías más. Yo quería estar.

No quería una versión perfecta de ti. Quería a la persona real, con sus cambios de humor, sus errores, sus inseguridades y todo lo demás.

Porque para mí, querer a alguien no significa querer solamente sus días bonitos. Significa también quedarse cuando llegan los días difíciles.

Eso era lo que yo quería darte: un amor sincero, lealtad, paciencia y un corazón que, aunque tuviera defectos, intentaría elegirte todos los días.

No quería que sintieras que tenías que ganarte mi cariño. No quería que cada discusión se convirtiera en una amenaza de irme ni que tuvieras que vivir con miedo de equivocarte.

Yo también habría cometido errores. Seguramente habría dicho cosas que no debía, habría tenido días malos y habría necesitado aprender muchas cosas. Pero quería que existiera la voluntad de hablar, de entendernos y de no rendirnos a la primera dificultad.

Tal vez estaba imaginando demasiado. Tal vez estaba construyendo una relación antes de que siquiera existiera. Pero así funcionaba mi corazón: veía una posibilidad y empezaba a imaginar todo lo que podía crecer a partir de ella.

CAPÍTULO 8

Muchas noches hablaba con Dios sobre ti. No le pedía solamente que estuvieras conmigo. También le pedía que te cuidara y que cuidara a tu familia.

Porque entendí algo: si tu familia estaba bien, probablemente tú también estarías un poco más tranquila. Y yo quería que estuvieras bien, incluso si no era conmigo.

Claro que, si soy sincero, también le pedía otra cosa. Le pedía una oportunidad, una sola, para demostrarte lo que sentía, para hacerte feliz y para que algún día pudieras mirarme y decir: “Quizás él sí”.

No sabía si Dios tenía ese plan para nosotros y eso era lo difícil. Porque yo quería que fuera contigo, pero también sabía que no podía decidirlo solo.

Quizás Dios tenía otros planes. Quizás nuestras vidas volverían a cruzarse. Quizás no. Y esa incertidumbre fue una de las cosas que más me dolieron.

A veces rezaba sin saber exactamente qué decir. Repetía tu nombre y pedía que estuvieras protegida. Pedía que no te faltara fuerza, que encontraras paz y que las cosas que te preocupaban pudieran resolverse.

También le pedía que me ayudara a entender. A aceptar lo que no podía controlar. A no convertir mi deseo de estar contigo en una razón para presionarte.

Porque incluso cuando quería que fueras parte de mi vida, sabía que no podía pedirle a Dios que te obligara a sentir algo que no sentías.

CAPÍTULO 9

Cuando finalmente sentí que no iba a pasar nada entre nosotros, apareció una pregunta que no podía sacar de mi cabeza: ¿qué hice mal?

Quizás fui demasiado intenso, escribí demasiado, quise demasiado rápido o no fui suficiente. Quizás alguien te dijo cosas sobre mí. Quizás simplemente no sentías lo mismo.

Y esa última posibilidad era la que más dolía, porque contra eso no podía hacer nada.

Podía mejorar, cambiar y demostrarte que las cosas que decían de mí no eran ciertas, pero no podía obligarte a quererme. Y nunca quise hacerlo, por mucho que me doliera y por mucho que quisiera una oportunidad.

El amor no funciona así. Puedes darle a alguien todo lo que tienes y aun así esa persona puede decidir no quedarse.

Y tienes que aprender a aceptar eso.

Me revisé muchas veces por dentro. Pensé en cada conversación, en cada mensaje, en cada broma. Intenté encontrar el momento exacto en el que todo había cambiado.

Pero las historias no siempre terminan por un solo error. A veces simplemente las personas quieren cosas diferentes. A veces una llega con el corazón abierto mientras la otra todavía no está preparada. A veces no hay un culpable.

Y aunque al principio necesitaba encontrar una razón, con el tiempo entendí que no todo tiene una explicación que nos deje tranquilos.

CAPÍTULO 10

A veces pensaba en otra vida. Quizás ahí sí. Quizás en otra vida nos encontraríamos en el momento correcto y tú también sentirías lo mismo.

Quizás en otra vida iríamos a comer alitas, nos pasaríamos riendo por cualquier tontería, yo te llenaría de flores y tú te quejarías porque probablemente compraría demasiadas.

Quizás en otra vida no existirían todas estas dudas.

Pero luego pensaba: ¿y por qué otra vida? ¿Por qué no esta?

Yo no quería esperar cien años. Yo quería que fuera ahora. Quería vivirlo contigo, conocer tus secretos, contarte los míos, conocer tu infancia, tus sueños y tus miedos.

Quería saber todo eso que todavía no sabía. Y quizás eso fue lo que más me dolió: saber que había tanto de ti que todavía quería conocer y que quizás nunca tendría la oportunidad.

Aun así, imaginar otra vida era una forma de no sentir que todo había sido inútil. Me permitía pensar que quizás no nos habíamos equivocado, que simplemente habíamos llegado en momentos distintos.

Tal vez en otra vida yo tendría más paciencia. Tal vez tú tendrías menos miedo. Tal vez nos encontraríamos sin heridas anteriores y podríamos querernos sin estar siempre esperando que algo saliera mal.

Pero esta es la vida que tenemos. Y en esta vida, aunque no haya sido como yo quería, me alegra haberte conocido.

CAPÍTULO 11

Hubo algo que siempre quise que recordaras: no estabas sola.

No importaba si yo estaba cerca o lejos, si hablábamos o no, si me querías o no o si algún día terminabas odiándome. Yo quería que supieras que, si alguna vez necesitabas ayuda, iba a intentar estar.

Quizás no soy bueno dando consejos. Eso hay que dejarlo claro: soy bastante malo. Pero al menos lo intentaría.

Podría escucharte, hacerte reír y molestarte hasta que te enojaras conmigo. Y probablemente después tendría que pedirte perdón. Pero estaría.

Porque eso fue lo que siempre quise prometerte. No que serías mía ni que terminaríamos juntos, sino que mientras me permitieras estar, yo estaría.

No quería que sintieras que tenías que cargar con todo sola. Sé que a veces uno se acostumbra a decir que está bien aunque no lo esté, a sonreír para que nadie pregunte demasiado y a guardar las cosas hasta que pesan más de lo que puede soportar.

Si alguna vez te pasó, espero que hayas encontrado a alguien con quien pudieras hablar. Y si no, espero que algún día lo encuentres.

No tienes que ser fuerte todo el tiempo. No tienes que tener todas las respuestas. No tienes que fingir que nada te duele.

CAPÍTULO 12

Hay cosas que escribí cientos de veces, pero nunca pude decirlas mirándote.

Que me parecías hermosa. Que tus ojos me dejaban sin saber qué decir. Que me gustaba hablar contigo. Que me hacía feliz recibir un mensaje tuyo. Que me acostumbré a ti. Que te pensaba demasiado.

Mientras tú quizás estabas pensando en qué hacer mañana, yo ya estaba imaginando una vida entera. Y esa era una de mis mayores virtudes y uno de mis mayores defectos.

Sentía demasiado, pensaba demasiado y quería demasiado.

Nunca pude decirte todo eso sin sentir que estaba exponiéndome demasiado. Porque decirle a alguien “me importas” es sencillo, pero decirle “te has convertido en una parte importante de mi vida” da miedo.

Da miedo porque la otra persona puede no saber qué hacer con algo tan grande. Puede sentirse incómoda, sorprendida o simplemente no sentir lo mismo.

Por eso muchas veces escondía lo serio detrás de una broma. Decía algo bonito y después cambiaba de tema. Te escribía un párrafo enorme y terminaba diciendo que tenía sueño.

Era mi manera de protegerme. Si te reías, podía fingir que todo era una broma. Si no respondías como esperaba, podía convencerme de que no había sido tan importante.

Pero la verdad es que sí era importante.

CAPÍTULO 13

No sé si algún día volverás y ya no quiero escribir esto esperando que lo hagas.

Si algún día vuelves, será porque tú quisiste. Y si nunca vuelves, también tendré que aprender a vivir con eso.

Porque finalmente entendí algo: yo puedo querer compartir mi vida contigo, pero tu vida también te pertenece. Y si tu felicidad está en otro lugar, tengo que aprender a alegrarme por ti aunque duela.

Eso no significa que lo que sentí haya sido falso. Al contrario, quizás precisamente porque fue real tengo que aprender a dejarlo ir de la manera correcta: sin rencor, sin culparte y sin preguntarme eternamente qué hice mal.

Solo aceptando que algunas personas llegan a nuestra vida para quedarse y otras llegan para enseñarnos cuánto podemos llegar a sentir.

Si algún día vuelves, no quiero recibirte con reclamos. No quiero preguntarte por qué te fuiste ni hacerte pagar por todo el tiempo que pasé extrañándote.

Me gustaría que pudiéramos hablar como dos personas que sobrevivieron a una historia complicada. Que pudiéramos recordar lo bonito sin tener que fingir que nada dolió.

Y si al volver ya no sentimos lo mismo, también estará bien. A veces las personas regresan solamente para cerrar una puerta, no para volver a entrar.

Querida Dalia:

No sé a qué hora vas a leer esto. Quizás sea de madrugada, quizás por la tarde, quizás dentro de muchos años o quizás nunca.

Pero si estás leyendo este libro, quiero que sepas algo: no lo escribí para que te sintieras culpable, para convencerte ni para que regresaras.

Lo escribí porque una vez te prometí que algún día te escribiría un libro. Y yo soy muchas cosas: intenso, terco, un poquito migajero, bastante dramático y probablemente demasiado sentimental.

Pero cuando prometo algo, intento cumplirlo.

Así que aquí está: nuestro libro. O quizás debería decir mi libro sobre nosotros, porque quizás nosotros nunca fuimos realmente un “nosotros”.

Y está bien.

Hubo un momento en el que yo quería que lo fuéramos. Hubo un momento en el que imaginé una vida contigo. Hubo un momento en el que pensé que tú eras la persona que estaba buscando.

Y quizás me equivoqué. O quizás simplemente llegaste a mi vida en un momento en el que todavía no era nuestra hora.

No lo sé. Solo Dios lo sabe.

Lo que sí sé es que te quise. Te quise cuando esperaba tus mensajes, cuando me quedaba despierto pensando en ti, cuando te llevé flores y cuando escuchaba una canción y automáticamente pensaba en ti.

Te quise cuando pensé en dejarte ir y también cuando entendí que tenía que respetar tu decisión.

Quizás algún día deje de hacerlo. Quizás no. Quizás no necesito saberlo ahora.

Solo quiero agradecerte. Gracias por haber aparecido, por haberme hecho sentir y por esos momentos que quizás para ti fueron pequeños, pero que para mí terminaron convirtiéndose en páginas.

Y si algún día recuerdas mi nombre, espero que no recuerdes solamente al chico que te escribió demasiados párrafos. Recuerda también al chico que quería verte feliz, al que quería cuidarte, al que rezaba por ti, al que quería darte flores y llevarte a comer alitas.

Y aunque nuestra historia no haya terminado como yo quería, me alegra haberla vivido.

Porque entre tantas personas que pasan por nuestra vida, tú fuiste una de esas que lograron quedarse. No necesariamente a mi lado, pero sí en mi memoria.

Y quizás eso sea suficiente.

Y si nunca volvemos a cruzarnos, también está bien. De donde sea que vengas, a donde sea que vayas, espero que la vida te trate bonito.

Espero que encuentres a alguien que te quiera bien, que nunca te haga sentir difícil de amar, que cuide tu corazón, que te haga reír, que te dé flores, que te escuche y que te acompañe en las buenas y en las malas.

Y si algún día esa persona no soy yo, espero que no deje de quererte como tú mereces.

Porque al final entendí que querer a alguien no siempre significa quedarse con esa persona. A veces significa quererla lo suficiente para dejarla ser feliz.

Y aunque me costó muchísimo entenderlo, finalmente lo entendí.

Tal vez no necesitaba cien años para olvidarte. Tal vez solamente necesitaba aceptar que algunas historias no están hechas para durar para siempre.

Algunas están hechas para ser recordadas.

Y tú... tú serás una de las mías.

Att: A

Thoughts

  • Anaisabel

    Hay un objeto que atraviesa todo el libro y que nadie nombra: el teléfono. Lo revisas en el capítulo uno, lo dejas a un lado en el tres, escribes en él de madrugada en el seis y borras en el doce. Durante años mi semana también giró alrededor de una pantalla que no dependía de mí, y reconozco esa contabilidad de horas. En la carta final el teléfono desaparece y queda un nombre con una firma. Me da la impresión de que el libro sirvió justo para ese cambio.

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  • Ovid

    Cumplir una promesa que se hizo medio en broma, cuando ya no esperas nada a cambio, tiene algo muy limpio. Apuesto a que si Dalia algún día lo lee, va a reconocer primero las bromas y los párrafos que terminaban en tengo sueño, antes que cualquier frase bonita. Me alegra mucho que tu primer texto aquí sea este, @spider. Gracias por subirlo completo!

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