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Palomo

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Alas extendidas, abiertas al viento, dejando al descubierto un cuerpo entero, casi desnudo ante el sentimiento, tembloroso y frágil frente a la posibilidad del amor.

Pero, de pronto, se cierran… ¡De súbito!

Como si el aire anunciara una amenaza, como si el más leve suspiro de ternura pudiera atravesar las murallas de aquel corazón frío, pero expectante, que aún aguarda sin atreverse a esperar.

Sus pies y sus ojos se agitan, se mueven al compás del temor; uno busca la huida, los otros vigilan la amenaza, mientras, al otro lado, nadie comprende el idioma silencioso de su defensa.

El palomo ha decidido no cucurear, guardar su canto, silenciar su pecho y esconder entre las plumas aquello que tanto anhela entregar.

¡Escribe!

Sí, escribe… Deja que la tinta hable por ti, que tus palabras emprendan el vuelo que tu corazón todavía les niega.

Escribe sobre tus viejas hojas secas, esas que han guardado pacientemente el rastro de tus huellas, las cicatrices de tus pasos y los sueños que alguna vez se quedaron dormidos en tus alas.

Escribe, palomo, escribe, aunque la mano tiemble, aunque el recuerdo duela, aunque el miedo, disfrazado de prudencia, te susurre que es mejor permanecer en la seguridad de tu silencio.

Porque hay un temor expectante, un verdugo que acecha en la sombra, que no necesita cadenas ni barrotes: le basta con robarte el valor y convencerte de que el cielo es demasiado inmenso para ti.

Y así pasan los días, y así envejecen las hojas, y así el corazón, prisionero de sí mismo, continúa soñando con horizontes que sus alas jamás se atreven a conquistar.

Pero dime, palomo…

¿Hasta cuándo confundirás la libertad con el peligro? ¿Hasta cuándo cerrarás tus alas ante la posibilidad de ser amado? ¿Hasta cuándo permitirás que el miedo decida el rumbo de tus sueños?

¡Vuela!

No esperes que desaparezcan todos los temores, ni que el cielo prometa días sin tormenta. Vuela, aunque tus plumas recuerden las heridas de antiguos inviernos; aunque el viento te pregunte si estás seguro de tu destino.

Vuela, porque el amor no siempre llega para romper tus defensas; a veces llega para enseñarte que también es posible descansar sin renunciar a tus alas.

Y si alguna vez el vuelo compartido no encuentra el mismo horizonte, que no sea el miedo quien te devuelva al encierro, ni una herida quien condene tus mañanas.

Que tu corazón aprenda, por fin, que sentir no es una derrota, que amar no significa perderse y que abrir las alas también es una forma de salvarse.

Palomo de silencios antiguos, abandona las hojas marchitas, deja que el viento acaricie tus plumas y emprende, de una vez y para siempre, ese vuelo que tanto has deseado.

Que no sea el temor quien escriba tu historia, ni el pasado quien gobierne tu presente.

Extiende tus alas… Desafía el miedo… Y vuela.

Que el cielo no fue creado solamente para contemplarlo desde una rama, sino también para descubrir cuánta libertad cabe en un corazón que, por fin, se atreve a sentir sin esconderse.

— Levi Díaz Echeverri

Thoughts

  • mfuentes73

    Fíjate que el palomo de verdad hace todo al revés: cuando corteja infla el buche, abre la cola y arrulla dando vueltas alrededor de la paloma, sin vergüenza ninguna. El del poema se guarda justo lo que al pájaro le sale solo.

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  • poetadelmetro

    El palomo y quien escribe son el mismo, y por eso la orden de escribir llega antes que la de volar: primero las hojas secas, después el cielo. Publicar esto ya cuenta como el primer aleteo.

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Alas extendidas, abiertas al viento, dejando al descubierto un cuerpo entero, casi desnudo ante el sentimiento, tembloroso y frágil frente a la posibilidad del amor.

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