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Otros ojos

Richard59
Pensamiento

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tinchof

Yo con suerte me acuerdo de cerrar con llave y este tipo se levanta a las tres a taparle los pies al pibe. Nivel inalcanzable.

Yo con suerte me acuerdo de cerrar con llave y este tipo se levanta a las tres a taparle los pies al pibe. Nivel inalcanzable.

Contenido de la publicación

Durante el día, Esteban es un hombre de hombros caídos, traje gris y pasos aburridos en la oficina; un padre que carga con una hipoteca, con los aumentos del costo de vida y el miedo de no llegar a fin de mes. Sufre cuando no puede comprarle algo a los hijos por lo que termina endeudándose para regalarle la muñeca que Sofía tanto quiere o la pelota con la que sueña Ramiro.

En el último minuto de la jornada laboral, el cosquilleo en todo el cuerpo lo hace reír; regresar a casa es lo único que lo hace feliz, sin ritos extraños ni fórmulas mágicas, es una necesidad física y emocional. Además ya sabe que el mundo exterior está a punto de dormirse y que la franja más frágil del día está por comenzar: la noche.

Cuando abre la puerta, sus hijos corren a abrazarlo, su esposa lo besa y le pide que se de una ducha no sin antes alcanzarle la ropa sucia para ponerla a lavar.

Esteban, feliz, conversa un rato con sus hijos, mima a Elena y luego se encierra en el baño. Se enjabona con jabón blanco, no usa shampoo, tampoco desodorante. Se ha vuelto alérgico con el tiempo.

—¿Amor? Apurate que la sopa se enfría—grita Elena.

Desde el baño también se escuchan las súplicas a los chicos para que guarden los juguetes y se laven las manos.

La cena familiar no puede ser mas amena, todos hablan a la vez, ríen, cuentan sus días mientras comen. Al terminar Sofía y Ramiro van a mirar un rato la tele y es ahí cuando la pareja comparte buenas y malas noticias.

Cerca de las once, Elena acuesta a los niños, mientras Esteban despide con un cuento a cada uno. Cuando se duermen, apaga la luz y cierra la puerta.

Los esposos se encuentran en la cocina para abrazarse y besarse un rato. Cuando Esteban le quita la ropa interior a Elena y la sube a la mesada, las risas se tornan nerviosas.

—Pará, mirá si se levanta alguno de los chicos...—no terminó de hablar y lanzó un gemido mudo. Se besaron y se prodigaron cálidas palabras.

—Ahora andá a la cama y esperame allí que ya termino con la cocina.

Al rato, estaban abrazados en la cama, mirando una serie por poco tiempo pues Elena siempre se duerme a los pocos minutos.

Esteban apagó el televisor, la luz y se quedó solo, desnudo en el pasillo oscuro que distribuye las habitaciones. De pronto, un crujido sordo hizo que su cuerpo comenzara a ceder hasta adoptar una curva horizontal. Sus manos se convirtieron en almohadillas firmes y oscuras; un pelaje tupido, de color arena y carbón lo cubrió. Su cara cambió, ahora tenía un hocico húmedo y frío, y unas orejas capaces de captar el crujir de las maderas viejas y el latido rítmico de sus hijos al otro lado de las puertas. Ya no es Esteban, es su lado más honesto: un ovejero alemán con una mirada dorada. Comienza a recorrer la casa hasta llegar a su habitación con luz; Elena se había despertado y leía a Kafka. Cuando levanta la vista, le dedica una sonrisa breve, cargada de una ternura antigua. —Hola, amor —susurra ella.

Esteban salta a la cama y se coloca a su lado, mirando hacia la puerta. Elena lo abraza, le da un beso en el hocico y apaga la luz. Sabe que, a partir de ese momento, ningún viento en la calle, ni ruido extraño atemorizante, podrá atravesar esa barrera.

A las tres de la mañana, Esteban se levanta con delicadeza y va al cuarto de Sofía. La niña duerme boca arriba, con una pierna fuera de las sábanas. El perro va hacia la cama, apoya el mentón en el borde del colchón y con los dientes acomoda la frazada. Después va al cuarto de Ramiro, que se ha quedado dormido con la tablet encendida sobre el pecho. Esta vez, con el hocico empuja el aparato hacia afuera de la cama donde cae sobre un almohadón. Se entreduerme un rato en la cama, acostado encima de los pies del niño. Luego se va y se queda en la ventana de la cocina mirando hacia afuera.

A las seis de la mañana, cuando el primer rayo de luz grisácea se filtra por las persianas de la cocina, la transformación de Esteban se produce con la misma naturalidad. Se frota el rostro con las manos, estira las piernas, va a su cuarto y abraza a Elena hasta quedarse dormido. A las siete y treinta suena el despertador. Va a la cocina, pone la pava en el fuego y empieza a tostar pan. Cuando los chicos aparecen bostezando, con los ojos hinchados por el sueño, lo saludan con un abrazo. Fue Ramiro que al pasar por su lado dice: "Pá, anoche dormí re bien, tenía los pies calentitos. Gracias".

Elena al escucharlo se emocionó, mientras servía el café humeante y la leche con tostadas untadas.

En ese momento, Esteban siente que la vida pesa un poco menos, cuando la ve con ojos de perro.

Richard/26

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  • tinchof

    Yo con suerte me acuerdo de cerrar con llave y este tipo se levanta a las tres a taparle los pies al pibe. Nivel inalcanzable.

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Durante el día, Esteban es un hombre de hombros caídos, traje gris y pasos aburridos en la oficina; un padre que carga con una hipoteca, con los aumentos del costo de vida y el miedo de no llegar a…

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