Joana se encuentra en el baño de su apartamento, aseándose mientras escucha a su creador de contenido favorito contar su experiencia menos impresionante de la manera más asombrosa. Ella ríe mientras pasa el acondicionador por su cabello.
Canta a todo pulmón, compitiendo con la secadora, y sale del baño acompañada de una niebla espesa digna del Rey del Pop.
Su toalla cae al entrar a la recámara. Porta una fina tanga de algodón, se detiene a escasos pasos del armario y posa para sí misma contra el espejo. Su contorno la obsesiona; en menos de un minuto, los ángulos que ya conoce son criticados duramente. La vanidad es un pecado cínico.
Disfruta la libertad de su soledad; su ropa es el delicado camuflaje de inseguridad y empoderamiento.
Base, polvos, brochas, rubor, spray, delineador, sombras y rímel; ningún paso se omite si desea capturar la esencia de la edición de invierno. Dueña de su tiempo, castigada por sus propias reglas, disfruta los frutos de la disciplina de una madre que exige ser llamada por su nombre en lugar de su papel.
Como cada mañana, ella baja la escalera y saluda a Jonas, del 204.
Atractivo, de manos fuertes, un artista con un horario tan exigente como lo requieren sus clientes. Solo conversaron una vez, cuando ella estaba mudándose, y bastó para entender que el arte no da de comer, bañarse es un lujo y que odia a su padre.
Hoy le sonríe y, mientras pasa por su puerta, deja caer sus llaves. Jonas las levanta y aprovecha el anzuelo para interactuar con Joana.
—Jo, hoy tengo una exposición en el hotel DeMarco, te...
—Tengo junta mañanera y traigo un poco de prisa. ¿Nos ponemos en contacto por la tarde? —dice mientras pasa su mano por la suya para tomar las llaves.
Jonas se queda paralizado al contemplarla tan cerca.
Ella sonríe y da la media vuelta, marcando sus pasos ligeramente más fuerte mientras se aleja. La edición de invierno pasa la prueba de fuego.
Jonas se emociona y decepciona por la brevedad del encuentro.
—Que tengas un buen día... —le desea Jonas con más devoción que educación.
Joana sonríe con un poco de malicia.
—Es lindo —piensa—, pero no para engancharse con el vecino.
Sale de su edificio sin más retrasos y se coloca sus anteojos polarizados. Antes de descender por la escalera de su entrada, una mano la toma del hombro. Ella voltea con un desdén practicado.
Aminta, la vecina del primer piso, una señora de rasgos masculinos, acento extranjero y con la fuerza de un gorila en su mejor momento, secuestrada de un tiempo donde votar era un lujo y los modales venían con dinero.
—Si no la detengo, se parte su madre —le dice de manera seca y reprobatoria—. ¿No vio que la banqueta está levantada? —señala las tablas que formaban una rampa improvisada.
Joana da una barrida visual a la banqueta y se acomoda los anteojos.
—Gracias, Aminta —agradece con frialdad, mientras le retira la mano del hombro de manera grosera y se acomoda el saco.
Poco menos de dos segundos de silencio entre ambas serían suficientes para que un tercero detectara la aversión.
Joana aspira levemente y se da cuenta de que su fragancia achocolatada ha sido infectada por el ungüento añejado entre sábanas con naftalina. Esto la enfurece lo suficiente para darle la espalda e irse sin cruzar más palabras.
—¡Las putitas de mi país no se toman tanta molestia para atrapar hombres como tú lo haces! —exclama Aminta.
Joana no le da el lujo del contraataque, no le provoca arañarse con ella, no necesita una madre o una nueva amiga...
Al subir a su coche, toma una toalla húmeda y la desliza con sumo cuidado de no arruinar la tela, buscando sacar el olor traspasado. Toma una segunda toalla y la deja encima de su hombro, toma un poco de esencia de su bolso y la frota por encima de la toalla: un secreto heredado de Mildred que le garantiza la ofrenda de la envidia.
Un embotellamiento y tres contenidos al azar después, Joana llega a su oficina, cruza el mar de cubículos, sin prisa, hasta llegar al suyo. Detecta más de una mirada furtiva que la barre de pies a cabeza y, con el talento de una ganadora del Óscar, pasa despreocupada por el pasillo hasta su escritorio.
Las horas pasan y, a media mañana, Joana se permite un descanso y se reúne con su aquelarre.
Patty, Thelma y Liliana encienden la hoguera y sazonan el caldero con moscas muertas, salamandras, arañas y gusanos, pero, como en todo caldero, si no se tiene cuidado, alguien termina salpicado.
—Hoy casi me muero del asco. Froilán se me acercó para apartar la sala de juntas —dice Patty mientras simula una arcada.
—¡Qué ridícula, Patty! —exclama Liliana entre risas—. ¡No es feo! Solo le falta conocer el jabón.
Todas ríen sin vergüenza.
—¿Pero qué le pasa? —cuestiona Thelma—. El otro día me lo encontré en la cocina y me arrinconó. Se le notaba que el español no le daba para explicarme lo que quería y yo no sabía ni para dónde hacerme. ¡Sentía que me desmayaba! Y el otro todavía me sonreía. Si no fue porque Joana llegó con el aromatizante...
Joana ahoga su risa mientras se pasa un pedazo de pay y continúa avivando el fuego.
—Hoy lo descubrí observándome cuando llegué. Me esperé un poco, agarrando valor para pasar enseguida de él...
—¡Porque si no te desmayas! —completa Patty.
—¡Ajá! —confirma Joana—. Ya saben, llegué con toda la actitud y agarré aire antes de pasar por su lugar. Estaba hablando en su idioma por teléfono y me barrió con la mirada. ¡Dios! ¡Nunca me había sentido tan incómoda! Tan pronto abrí mi correo, vi un mensaje de él.
—¿Qué te dijo? —pregunta en coro el aquelarre.
—Decía algo así como: «Hola, Joana, ¿cómo estás? Hay una cena con Gerencia General y quería saber si te interesaría ir conmigo. Como vivimos por la misma calle, pienso que sería más cómodo hacernos compañía de vuelta a casa, solo si tú quieres». Terminó con una carita sonriente el mensaje.
El aquelarre la observa estupefacto y, liderado por Liliana, esta vez pregunta:
—¿Y qué le contestaste?
Joana se toma su tiempo para comer otro pedazo de pay y beber un sorbo de café.
—Joana... —insiste Liliana.
Joana la observa de reojo mientras se limpia los labios.
—Le dije que ya tenía un compromiso y que había quedado con Jonas de ir a su exposición como su pareja, que, si algo cambiaba, yo le avisaba.
Thelma, dubitativa, pregunta:
—¿Sales con tu vecino?
—¡Obvio no! Otro que no conoce el jabón, pero lo que no sabe...
—¡NO LE HACE DAÑO! —contestan al unísono, explotando de risa.
—En serio, es un raro, me incomoda su persona —termina Joana—. Ya es hora de volver.
Joana levanta la mano y el silente mesero, que durante toda la hora estuvo atento a sus deseos, se acerca con la cuenta.
Con un poco de prisa, el aquelarre regresa a la oficina.
Al llegar a su lugar, una rosa metálica en su escritorio llama su atención.
El reflejo de su pantalla, aún apagada, revela que Froilán se encuentra de pie a varios metros detrás. Al darse vuelta para confirmar su sospecha, ve que Froilán está leyendo lo que está escrito en el pizarrón del mérito, una práctica de su oficina para reconocer a los compañeros más productivos.
El chirrido de una silla al otro lado de la oficina la distrae y se da cuenta de que no hay nadie más alrededor. Froilán ha desaparecido durante la distracción.
El resto del día, Froilán se vuelve un fantasma en la oficina. Pasa por la sala de juntas y siente el clavo de su mirada. La incomoda un poco; cansada de su acoso a distancia, le devuelve la mirada.
Sus ojos se enganchan por un largo tiempo hasta que él se ve obligado a desviar su mirada.
Joana deduce que, si quiere terminar con su incomodidad, alguien se tiene que ensuciar las manos. Se acerca a la oficina de RH para hablar de la conducta de Froilán.
Víctor, el encargado, después de escuchar su preocupación, pregunta:
—¿Sientes haberle dado un motivo para que actúe Froilán de esa manera?
—No —contesta Joana.
—¿Te has acercado a él?
—No, ni siquiera lo trato en persona.
Víctor llena el reporte y le informa que hablará con él al final del día.
Como cada día al final de su turno, Joana y Liliana se van juntas, haciéndose compañía en el tráfico, platicando de cualquier cosa menos de su día.
El día de hoy, ellas queman las horas de luz en sus boutiques favoritas, escogiendo lo que llevarán a la cena. Entre vestidos, zapatos y zarcillos, Joana rompe la regla y le cuenta a Liliana lo que pasó después de su descanso de la mañana.
—¿No crees que debiste confrontarlo primero? —cuestiona Liliana en un tono serio.
—¿Por qué lo haría? —pregunta Joana con un tono despreocupado—. Para eso está Víctor, ¿no?
Liliana la observa por un momento, procesando el comentario de Joana, antes de tomar un papel que estresa la relación.
—Jo, él no es de aquí, ni siquiera conoce el país ni las reglas. Difícilmente puede hablar si no es por el traductor.
—Ese no es mi problema. Para eso tuvo inducción, ¿no? —contesta en tono defensivo.
Liliana abre los ojos y, frente a Joana, se encoge al ser confrontada de manera tan agresiva.
—A veces puedes ser una perra, Jo... —contesta Liliana en voz baja.
—Eso es porque te gusta, Lili —señalándola con desprecio.
Joana puede ver cómo Liliana se avergüenza al ser expuestos los secretos de su corazón.
—Detesto el día de rebajas, hace que todo lo bueno se vea menos elegante —exclama Joana mientras regresa el vestido a su colgador.
—Este se te verá bien —indica Liliana en voz baja, al enseñarle el vestido que tenía en la mano.
Joana toma el vestido sin darle una segunda mirada a Liliana y se mete al probador. Tras varios minutos probándose cambios, su móvil vibra: un mensaje de Liliana.
«Perdón, Jo, no me malinterpretes, pero salió algo importante. Mañana te cuento».
Joana cierra el mensaje. No le da más importancia a sus últimas interacciones que la de una oponente herida.
Sin una segunda opinión, Joana sale de la boutique cargada con sus compras. Tarde, llega a casa y estaciona cruzando la calle de su edificio, deseando no ver nuevamente a Aminta.
En cambio, dos albañiles disfrutan de una bebida sentados en la banqueta del edificio. Ella se arma de valor y pasa sin darles una segunda mirada, ignorando la mirada penetrante de ambos.
Ya en su apartamento, ella prende las luces y el televisor. En las noticias se escucha el resumen acerca de las manifestaciones en el centro de la ciudad.
Ella se despoja de sus ropas y se cambia por algo más cómodo. Toma su ropa del siguiente día y la deja preparada en la puerta del armario. A dos pasos, en línea recta al espejo, encuentra un corazón metálico. Extrañada, lo toma y lo relaciona con la rosa que estaba en su escritorio. Retrocede dos pasos más y toma unas tijeras. Al abrir las puertas, ve que hay solo ropa. Dentro, en el piso, ve su alajero, cerrado. Al abrirlo, no ve nada raro, lo que la hace dudar de cómo llegó ese corazón ahí.
«Quizás lo tiré en la mañana, mientras me arreglaba», piensa.
Sin darle más atención, olvida la paranoia que la invadía momentos antes y decide olvidar el mal momento surfeando en sus redes sociales. En su bandeja de entrada aparecen dos solicitudes de amistad. Una es de Froilán.
«Qué descaro», piensa.
En su solicitud, Froilán le deja un mensaje:
«Joana, le debo una disculpa. No la quise incomodar, ¿podemos hablar?».
Ella toma una captura de pantalla y se la manda a Víctor por correo, con el título: «Prueba de que me sigue acosando».
Joana, cansada del estrés del día, es vencida por el sueño.
En medio de la noche, su olfato la levanta por un aroma peculiar. Un olor masculino inunda la habitación. Incapaz de ver por la falta de luz, ella percibe, a través de la oscuridad, cómo la misma le devuelve la mirada. Prende la lámpara de su mesa de noche, sin éxito. Toma su teléfono y marca al 911.
Fuera de su habitación, se puede escuchar el goteo del grifo del baño.
—Tap, tap, tap, tap...
Y súbitamente, se corta.
—911, ¿en qué puedo ayudarle?
—Por favor, vengan. Es una emergencia, no puedo hablar. Apartamento 32.
—Quédese en línea. Una unidad va para allá.
Crujidos se escuchan por el apartamento. El corazón de Joana golpea su pecho con fuerza, como si quisiera escapar de ahí. Ella toma las tijeras que tenía cerca y, en un acto de valentía, prende la lámpara de su móvil.
De pie, encima de su cama, barre la habitación sin ver nada raro, pero todo está deformado por las sombras. Su corazón golpea con fuerza su pecho y, sin poder contenerse más, Joana empieza a llorar. Su voz, amarrada por un lazo invisible, se desata y una pregunta sale de su garganta.
—¿Quién está ahí? —pregunta.
Durante varios segundos, no se escucha nada. Un crujido cada vez más fuerte se escucha afuera de su puerta. Con la velocidad de un gato, ella salta de la cama y cierra la puerta de golpe, echa el candado y prende la luz. Su habitación recupera la normalidad que las sombras le habían robado.
Encendiendo la cámara de su tablet y conectándose a redes, hace un en vivo, pensando que entre más gente esté atenta, menos posibilidades tiene de ser emboscada. Vuelve a barrer la habitación, el armario, debajo de la cama y fuera de su ventana. No ve nada raro.
Ella se asoma por la ventana y espera la unidad hasta que esta se estaciona y un par de oficiales se abren paso a la entrada del edificio. Tres minutos después, la puerta es golpeada. La operadora le confirmó que podía abrir. Afuera, el policía volvió a identificarse.
Ella abre la puerta. El policía da dos pasos hacia atrás y se identifica.
Joana, avergonzada por su reacción, se limpia la cara antes de abrir la puerta completamente y empieza con el interrogatorio de protocolo de la policía.
—¿Vio a alguien o escuchó algo, señorita? —dice el oficial.
—El baño. Escuchaba el goteo de la llave cuando, de repente, se cortó y empecé a escuchar como pasos afuera —describe Joana, reuniendo las fuerzas que le quedaban para no quebrarse frente al hombre.
El compañero entra al baño y abre la llave. No sale agua y, unos segundos después, el mismo sonido que aterrorizó a Joana se hace presente.
—Tuberías —exclama el policía—. Guardan aire y crujen cuando encuentran la salida. Observe que afuera están reparando el frente del edificio. A veces cortan el agua para evitar derrames indeseados. ¿Le había informado de eso su rentero?
Joana, muerta de pena, se disculpa por su paranoia y piensa para sus adentros que mencionar el aroma la haría ver histérica frente a los policías.
Entre ellos se hablan fuera del apartamento por un rato. Regresan con ella, sentada en su sala, y le comunican que se mantendrán activos en su área para que pueda dormir tranquila.
Joana siente el peso de la vergüenza, les agradece y los despide. Se castiga un poco por la paranoia que mostró ante una tubería rota.
Pasan un par de horas antes de caer en un sueño extrañamente profundo.
El vibrar de su móvil la despierta por la mañana, antes de la alarma. Ella lucha por ignorarlo, pero es derrotada por la insistencia del emisor. Desbloquea su teléfono. No reconoce el número; el contacto no tiene imagen, solo múltiples archivos enviados en lapsos de diez segundos.
Curiosa, ella descarga las fotos. Son imágenes de ella mientras cruzaba palabras con Aminta, desayunando con las chicas, en la boutique con Liliana, asomándose por la ventana, con su lámpara encendida, mientras hablaba con la policía.
Se levanta de la cama y corre la cortina de su habitación. Su mente grita: «¡Sal de ahí!».
Quizás esto era una lección macabra por su intransigencia.
Dos fotografías llegan junto con un mensaje, que lee antes de abrir los archivos:
«Querida Joana, te he admirado desde lejos, tu indiferencia me lastima, anhelo tu calidez y pasas de mí como si mi existencia no figurara, he fantaseado con nuestro encuentro, mientras te contemplaba en secreto, no pude resistirlo más, tu divinidad me cautiva, tuve que forzar mi presencia en tu existencia, para confesarte lo que siento, quise llamar tu atención, pero me ignoraste por completo, te ofrecí mi corazón, pero creo que es hora de que sepas lo que siento...»
Joana abre las últimas dos imágenes.
En la primera se ve a Froilán y Liliana juntos.
La última foto es su espalda mientras cierra la cortina.
Sus ojos se abren, su garganta se cierra y un susurro la paraliza:
—Te amo.