Una vez me dijeron que dibujar no era para tanto, que al final solo era un dibujo y que no tenía sentido frustrarme tanto por algo que podía volver a intentar. Pero quienes dicen eso no siempre entienden que, a veces, el problema nunca fue el dibujo.
Nunca sintieron esa impotencia de pasar horas intentando plasmar en una hoja algo que imaginaban perfectamente en su cabeza, de observar cada línea, cada sombra y cada pequeño detalle, deseando que se pareciera aunque fuera un poquito a lo que querían conseguir. Nunca sintieron esa decepción de borrar una y otra vez, de intentarlo de nuevo y terminar mirando el papel con ganas de romperlo porque, por más que se esforzaran, nada parecía salir bien.
Y es difícil explicar lo que se siente cuando algo que amas tanto termina haciéndote sentir insuficiente.
Porque no se trata solamente de que una línea salga torcida o de que un dibujo no se parezca a la referencia. Se trata de todo el esfuerzo que pusiste, de las expectativas que tenías y de esa voz en tu cabeza que empieza a decirte que quizá no eres tan bueno como pensabas, que quizá nunca vas a mejorar o que tal vez deberías dejar de intentarlo.
Y entonces dejas de mirar el dibujo como algo que estás aprendiendo a hacer y empiezas a mirarlo como una prueba de todo lo que crees que te falta.
Lo más triste es que, desde afuera, nadie ve todo eso. Solo ven una hoja, unos trazos y algo que no quedó como esperabas. No ven las horas que dedicaste, la ilusión con la que empezaste ni la frustración que sientes cuando tu habilidad todavía no alcanza a expresar todo lo que tu imaginación quiere crear.
Y quizá por eso duele tanto cuando alguien lo minimiza. Porque aquello que para otra persona parece insignificante puede ser uno de los pocos lugares donde depositas tu paciencia, tu creatividad y una parte muy tuya que no siempre sabes expresar con palabras.
Pero hay algo que también necesitamos recordar: que un dibujo no salga como esperabas no significa que seas inútil. Significa que hay una distancia entre lo que quieres hacer y lo que hoy puedes hacer, y esa distancia no se acorta castigándote por no ser perfecto. Se acorta con tiempo, práctica y permiso para equivocarte sin convertir cada error en una razón para despreciarte.
No tienes que dejar de frustrarte de un día para otro. Puedes sentir rabia, decepción y ganas de rendirte por un momento. Lo importante es no confundir un mal resultado con tu valor como persona, ni permitir que un intento fallido te haga olvidar por qué empezaste a dibujar en primer lugar.
Porque para algunos será solamente un dibujo, pero para ti puede ser el reflejo de todo lo que imaginaste, de todo lo que intentaste y de cuánto te importaba hacerlo bien. Y aunque hoy no haya salido como querías, eso no convierte tu esfuerzo en algo inútil ni te convierte a ti en alguien incapaz. A veces, también hay que aprender a tratar con cariño a la persona que está detrás del lápiz. 🎨💜