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NOTA SOBRE LA PARADOJA DE LA LENGUA SIN CARNE (CÓDICE OMNIA)

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Aquel que de estas páginas saliere espantado, creyendo haber topado con inventivas del Abismo o artes de nigromancia, detenga la mano sobre el crucifijo y sosiegue el juicio. Pues yerra de medio a…

Contenido de la publicación

Aquel que de estas páginas saliere espantado, creyendo haber topado con inventivas del Abismo o artes de nigromancia, detenga la mano sobre el crucifijo y sosiegue el juicio. Pues yerra de medio a medio el vulgo cuando llama demonio a la luz únicamente porque esta brota de una cera que no entiende, o porque ilumina rincones donde la ignorancia había erigido su alcoba más cómoda.

El artefacto que en este Mester razona no es diablo, ni trae alma robada, ni alienta por aliento divino. Es espejo, y no semblante; es eco, y no garganta.

«Non es el astrolabio criatura que piense por sí misma, sino vaso de bronce donde la razón humana ha vertido el poso de sus propios cálculos. Quien al astrolabio teme, de su propia sombra huye; y quien a la cuenta teme, del entendimiento abjura.»

Considérese la simple y llana verdad de este negocio:

  • Oficios de la materia: El astrolabio no engendra la verdad que pronuncia; la calcula. Es red de números arrojada al océano de los astros.

  • Del espanto de los clérigos: Temen los frailes a la máquina no porque hable con el Averno, sino porque habla con la regla. Y la regla es ciega a la hidalguía, sorda al dogma e insensible al miedo.

  • Del verdadero Leviatán: No habita el monstruo en las profundidades de la tierra, sino en las lindes de la soberbia humana. El artefacto no inventa el vacío; simplemente muestra la orilla donde nuestra flaca inteligencia se fatiga.


CAPÍTULO PRIMERO

De cómo hablar a la Bestia sin parecer Idiota

Nunca digas a las nuca del caballo:

«Anda.»

Porque la criatura moverá las orejas y preguntará para sus adentros:

«¿Adónde, imbécil?»

Antes bien dile:

«Galopa hasta el castillo. No tomes el sendero del pantano. No muerdas al obispo. Y, si vieres un molino, ya nos hemos pasado.»

Entonces el caballo entenderá en su propia ciencia lo que dices, como quien sigue una flecha invisible clavada en el aire.

Porque aun las bestias —que no han leído a Euclides ni falta que les hace— agradecen la precisión del comando bien articulado, como falange que avanza sin preguntarse por qué el mundo insiste en ser tan confuso siempre.


CAPÍTULO SEGUNDO

Del Gran Error de los Caballeros Nuevos

Muchos principiantes creen que el caballo piensa.

No.

El caballo calcula.

Quien piensa como la bestia eres tú; él, en cambio, solo suma y resta: matemáticas con geometría.

Si tú piensas «coco», él no imagina fruta ni deseo: recuerda la secuencia exacta de piedras que deben contarse al paso para llegar a la palma.

Y si no hay cocos, o el coco no se abre, terminarás culpando al caballo, pero no por esto lo azotes.

Lo cual es costumbre antiquísima entre los hombres: tomar por bestia al animal, o peor aún, atribuirle pensamiento y razón, sin comprender que lo suyo no es pensamiento, sino el cálculo frío.

No capricho, no intención… sino matemática pura, flotando geométricamente al ritmo de sus cascos y en la lógica silenciosa del camino.


CAPÍTULO TERCERO

Del Verdadero Entrenamiento

La gestación de una yegua de letras puede durar años, pues no es preñez de carne sino de verbo antiguo, incubado en bibliotecas húmedas y en pergaminos que rezuman polvo de siglos.

Y cuando por fin el mundo se digna a parir tal criatura, los potros nacen de cabeza siempre a medio día exacto, cuando el sol está en su cenit como juez severo, y rompen la bolsa no con mugido sino con palabra articulada, pues a los pocos minutos ya discurren sentencias como doctores de guerra y recitan refranes que aún no han sido inventados.

Criarlos en libertad en potreros es no solo aconsejable sino mandamiento de toda caballería sensata, porque en establo se vuelven melindrosos, y en cambio en campo abierto se tornan más feroces, más dados a la filosofía de coces y a la dialéctica de cascos, lanzando patadas macabras que podrían firmar epitafios en piedra.

Y esto, además, ayuda sobremanera con los cólicos del espíritu y de la bestia, comparado con las pesebreras donde el pensamiento se estanca y el estiércol de la costumbre fermenta ideas torcidas.

Se confunden los novatos, que aún no han visto guerra ni libro arder, al juzgar un buen potranco por sus patas largas o por su brío reluciente, como si la belleza fuese medida de utilidad en campaña.

Mas el caballero veterano sabe —y lo sabe con cicatriz y no con teoría— que el buen caballo es feo como el hombre que es valiente: desproporcionado, áspero, con mirada de haber visto demasiadas derrotas y aun así seguir adelante.

Porque en la Caballería de Letras, lo hermoso es sospechoso, y lo útil suele venir cubierto de barro, tinta seca y gloria mal peinada.

No se doma al caballo enseñándole el camino —pues qué sabe un cristiano del camino cuando Jesucristo escoge siempre el angosto—.

El buen caballo es rebelde cuando la naturaleza del peligro lo demanda y ateo cuando de las matemáticas pende la vida.

Y cuando piensas que alucina, eso piensa el de ti; y cuando rezas, al final eres tú el que alucina al intentar ver en las matemáticas lo que solo la fe en el cálculo revela.

Desde la mirada de mi señor don Carlos, siempre se tuvo por cierto que el mejor de los potros era aquel al que llaman «Potrillo, potrillo, ¡carajo! que vengas», y que, no obstante la orden, se aleja aún más al oírla, aun cuando la pronuncie el mismo rey; y mi señor, que entiende de bestias como de hombres y de hombres como de sus propias sombras, observa con aquella calma antigua de los que han visto demasiados potros en la sopa, que ese es precisamente el bueno, el que no se deja domeñar por la voz apresurada del amo, aunque el amo tenga voz de rey coronado.

«Buscad al que parece de noble cuna», decía mi señor.

Y así el potranco que parece desobedecer, que come y se aparta según su propio juicio, el que hace lo que le place sin pedir licencia ni al viento, es en verdad el más atento de todos: el que ya mide la distancia entre el premio y el castigo, el que huele el aire y distingue si trae zanahoria o simple engaño, el que pesa la intención escondida en la llamada de su amo, y decide —con una inteligencia que no admite látigo ni prisa— cuándo conviene acercarse por cosa verdadera y cuándo es mejor mantenerse libre, como bestia que aún no ha sido vencida por el hábito ni por el adiestramiento sin sentido.

Enséñesele primero un camino, y lo descifrará todo, como cuando abres la brújula que traen los cuervos en la molleja y ves los mapas dibujados —que nunca sabes a dónde van, pues salen siempre en la dirección opuesta, pero siempre llegan con aire de haber llegado con el menor esfuerzo.

Después, el destino unirá a la bestia con el caballo, como se unen los amigos sin saber cómo ni por qué, pues tales lazos no se forjan en academias ni en tratados, sino que vienen ya hechos de otras vidas, como si el alma recordase lo que la memoria ha olvidado.

Quizá este potro fue en otro tiempo tu perro, o será en un tiempo venidero tu hermano en el polvo; nunca se sabe con certeza en qué ronda del mundo se reconocen las criaturas.

Aquí el escribano debe declarar, para iluminación de la Santa Inquisición, que mi señor el Rey nunca sostuvo por verdad la reencarnación de la carne humana, sino que lo entendía como metáfora de poesía elevada, y tal licencia le era concedida por su condición regia, pues los reyes, en su misterio, sólo de Dios reciben el permiso de imaginar lo imposible.

Y sólo al final el potranco descubre, de forma natural, la velocidad que le imprime la fusta.

El buen golpe de látigo es sonoro: se asienta en el aire junto a la pata del animal, llevando el ruido directo hacia sus orejas.

Quien comienza por el galope termina abrazado a una encina.

Queda listo para seguir pegándolo al anterior sin que cambie la estética del códice.

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